Los últimos días del universo.
NOVELA–ENSAYO.
A Marcos. Como epitafio a su tumba, que jamás pude visitar ni llorar.
Luis Arbaiza Escalante.
“A falta de una vida exterior, la vida interior también tiene sus incidentes” À la Recherche du Temps Perdu. Marcel Proust.
“En otro tiempo traté con hombres aún más esforzados que vosotros, y jamás me desdeñaron. No he visto todavía ni veré hombres como Pirítoo, Driante, pastor de pueblos, Ceneo, Exadio, Polifemo, igual a un dios, y Teseo Egeida, que parecía un inmortal. Criáronse éstos los más fuertes de los hombres; muy fuertes eran y con otros muy fuertes combatieron: con los montaraces centauros, a quienes exterminaron de un modo estupendo. (…) Con tales hombres no pelearía ninguno de los mortales que hoy pueblan la tierra; no obstante lo cual, seguían mis consejos y escuchaban mis palabras”. Homero: Ilíada.
Los hombres son dioses muertos, de un templo ya derrumbado, ni sus sueños se salvaron, sólo una sombra que ha quedado. ATAHUALPA YUPANQUI: GUITARRA DíMELO TÚ
Human, not human, Freedom, no freedom, Change, no change, Revolution, Employment, no employment, Choice, no choice, Memory, no memory, Revolution, Sex, no sex
TV, no TV, Future, no future, Revolution, Computer, no, no computer, Sex, no, no, no sex, Memory, no, no, no memory
Revolution, Choice, no choice, Freedom, no, no freedom
TV, no, no, no TV , Change, no, no change
Jean-Michele Jarre Révolution industrielle: Part 1
MÚSICA PARA LEER THECNETOS: TEMA PRINCIPAL
jueves, 5 de abril de 2012
2 I N T R O D U C C I Ó N
El universo está en expansión, las galaxias se alejan unas de otras, dejando la materia cada vez más aislada y fría (*). Antes, algunos astrofísicos creyeron que tal expansión se detendría y que el universo se contraería de nuevo, pero esta hipótesis ya ha sido completamente descartada; la expansión no se detendrá nunca.
Se calcula que dentro de un trillón de años (un 1 seguido de 18 ceros) la materia de las galaxias habrá sido absorbida por gigantescos agujeros negros y en el universo no habrá estrellas ni otras formas de materia conocida. Después de 100 billones de trillones de años (un 1 seguido de 32 ceros), la poca materia que quede se descompondrá en exóticas partículas elementales. Igualmente, los agujeros negros se “evaporarán”. En 1 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 de años no quedará ninguna estructura actual del universo y solo subsistirán unas pocas partículas subatómicas, perdidas en medio de espacios vacíos tan grandes como el que ocupa el universo actual. Y este estado durará para siempre, sin ocasión de revertirse ni de cambiar.
Así, tenemos que el universo es una cosa que apareció de la nada sin ninguna causa conocida, y que persistirá en una extraña forma, por la eternidad. Su hueco e infinito cadáver se parecerá mucho a la nada que le dio origen.
L, Valderrama; M, Arbaiza, ¿Cuánto hace falta quitarle a un cosmos para que sea nada? 3rd January. Año 2017. International Astronomic Journal, INNS XXXXII, Vol. 17, No 454. Noticias en breve.
En esos albores extremos del futuro empieza esta historia(N del R).
(*) En 1928, Edwin Hubble descubrió la expansión del universo; en 1998, el análisis de ciertas supernovas determinó que esa expansión se aceleraba con el tiempo. Hubble, Edwin et ál (1929) “Una relación entre la distancia y la velocidad radial entre nebulosas extra galácticas" Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU., vol. 15, no. 3, pp. 168-173
3 MONÓLOGOS DESDE EL FIN DEL MUNDO: TODO ACERCA DE NADA
Uno de esos vacíos días, el Thecnetos envió con su Emisario una “carta”, el primer suceso de una serie rara. Su inexplicable contenido me salvó brevemente de la soledad y del silencio; fue una pausa en la constante banalidad del mundo. Ahora que ya lo he comprendido todo, me siento agotado a contemplar el larguísimo camino que han recorrido todas las cosas, para llegar a ser.
Todo está demasiado lejano en el último planeta, demasiado profundo en el vacío. Nada ha ocurrido en millones de años, ni nada parece que pueda pasar ya en adelante. ¡Qué fría es su vastedad! ¡Qué efímeros y volátiles sucesos en tanto tiempo, en tan vasto paisaje!
La profundidad del Ouranos (*) a su alrededor es agotadoramente extensa y su contenido usual es un perfecto vacío. ¡Qué extraño es pensar así el universo! Un infinito de impecable nada. Tal vez sería mejor pensar que el universo es solo este planeta. Y que, más allá de su atmósfera, todo es no-ser. Que en sus bordes cesan cosmos, tiempo y espacio.
Pero no sería más correcto. No siempre fue así. Antes había millones de astros y otras cosas brillantes flotando en el Ouranos. Pero, después de trillones de años de expansión del universo, quedó solo este frío mundo. Entre este y algún hipotético “otro” hay ahora un abismo insalvable, un espacio interminable, imposible de ser recorrido; imposible, incluso, de ser pensado. Y si acaso existiera un “algo” flotando en algún “otro lugar”, este nunca podría jamás llegar hasta nosotros.
Por esto, nuestro cielo carece de estrellas, o de alguna otra forma de luz exterior. Solo quizás, aquí y allá, algún mínimo resplandor, como un borrón en la impecable negritud del cielo, que acaso será el desdibujado eco de los mundos ya desaparecidos.
Solo muy rara vez en esta oscuridad, más negra que cualquiera antes conocida, ocurre la materia: solitaria y muda. Neciamente, aún hay materia en vez de nada.
Pero, dada la profunda oscuridad que la rodea, esa materia siempre es invisible. Y es que estos tiempos son para el cosmos como un atardecer, pero uno en el que no se va la luz sino el tiempo. Estamos en los tramos finales de la expansión del universo, un evanescente universo que ahora se acerca a su último abismo. Y él mismo es el hueco de ese abismo. Un universo tan diluido y disperso que no comportará un gran cambio cuando al fin de su expansión, en lugar de él, aparezca la nada.
Los paisajes, siempre inconscientes de sí mismos, carecen de cualquier espectador, orgánico o siquiera mecánico. Nadie ni nada conoce los diferentes mundos que eventualmente van apareciendo y desapareciendo en eso que llamamos “la realidad”; nada interrumpe la quietud y el silencio. Así es de solitario y quieto el último planeta y así también somos nosotros: los últimos seres humanos que lo poblamos.
Sí, increíblemente hemos sobrevivido a la misma muerte de la materia y al desvanecimiento del cosmos; estamos extraviados en los resquicios de un agotado porvenir. ¡No sé cómo fue posible esto cuando todo lo demás murió! Por eso es necesario creer, aunque sin otra prueba que esta, que existe el Thecnetos y su siempre vigilante Emisario.
No tengo nombre ni sé quién soy, pues solo tiene nombre lo conocido, lo que puede mostrar definición o explicación. Y yo no la tengo. Que raro es que estemos y es más raro lo que somos: cosas conscientes. ¿Cómo es que surgió nuestra mente de la inconsciencia que nos rodea? Nadie lo sabe.
No nacemos de otros hombres; como es lógico, somos hechos artificialmente en el mecánico avernus (**) y más profundamente diré, que nacemos del azar. Más adelante relataré mi nacimiento para que —usándome de ejemplo— sepan cómo nacen los últimos hombres, en este, el último planeta.
Poco recuerdo de mi nacimiento, pero sé que no soy un inmortal: antes de cierta fecha, fui nada. Después de mi concepción artificial, lentamente, una cosa, sin tamaño o peso, surgió en mi cerebro. Y en mis carnes inconscientes se encendió el yo que ahora soy. De las insensibles moléculas de mi cuerpo, tan muertas como las demás moléculas del mundo, apareció —no sé cómo— algo capaz de vivir el vano paso del tiempo. Pero no como un reloj que solo lo mide, sin sentir lo que mide, sino como una conciencia que vive su devenir.
Pero ya esos recuerdos se me han borrado y los confundo con lo que conjeturo que será mi futuro. Pero sé que no están perdidos: están en el Thecnetos, en su memoria y en su poder de premonición total.
Por el último planeta resbala una tenue brisa, muy suave y constante. Ese aire va acariciando los extensos desiertos como el desganado brazo de un amante, que con desdén palpa los paisajes tristes y las frías piedras, que por lo general, no cuentan con ningún otro testigo de su existencia.
En lo más alto de la atmósfera, justo antes del inicio de la nada, millares de melancólicas nubes, suavemente luminiscentes, tejen una tormenta circular. Esa gran mancha gira alrededor de los hemisferios del planeta cada 24 horas, proporcionando una escasa luz la mitad de ese tiempo y dejando en oscuridad la otra. Eventualmente, entre los desiertos hay algún profundo foso del que se levantan monstruosas columnas de denso gas en medio de truenos. Al observarlas pacientemente, he sido testigo de que finalmente esas columnas de gas —fabricadas en el fondo del avernus— alimentan la gran tormenta luminiscente. Protagonista de nuestra sintética atmósfera. Aquí y allá se pueden encontrar, gastados Mekhanes (***); que son milenarios artefactos de bio-mantenimiento público, usados desde hace una eternidad por los solitarios que van naciendo y muriendo, de centuria en centuria, en el último planeta. Estos Mekhanes impiden que mi sangre, casi seca, deje de fluir. O dejan entre mis tejidos microsistemas que llenan de escaso, aunque suficiente, oxígeno mis flacas carnes. Pero sobre todo, van reparando los errores y micro-aberraciones que va sufriendo mi molécula germinal (****), que es lo más esencial que tengo y que soy.
Cada cierto tiempo el Emisario deja unas cartas (instrucciones). Por ellas sé cómo hallar y usar estos Mekhanes o cuando debo empezar nuevas operaciones en ellos. Así que el Emisario es la interfaz entre los Mekhanes y yo, y ellos son las manifestaciones lejanas, los ecos pobres del Thecnetos, que permite así, mi supervivencia.
Entre los desiertos pueden hallarse algunos paisajes aún más raros que los otros: contienen formas regulares y de rara belleza. Supongo son lejanas construcciones, garabatos de la lejana y violenta prehistoria del ser humano, ocurrida hace ya tanto que quizás el mismo tiempo no sirva para concebir la distancia de nosotros a ellos. Son ahora polvo remoto, desvaneciéndose en polvo aún más viejo, y sin embargo me parecen tan interesantes cuando los comparo con la falta de significado de los demás paisajes. Ellos hablan de nuestros vehementes antepasados, demasiado distintos a nosotros.
Yo nunca había salido del sistema de ruinas local y recorrerlo estudiadamente era mi única distracción, pero mi paseo por él era siempre solitario. Hace ya trillones de años que fracasaron todas las formas de vida, menos, claro, la nuestra, que perdurará hasta el fin del universo. Y aún cabe la posibilidad de que si alguna forma de materia o energía sobrevive a ese fin, el Thecnetos hallará la forma de hacernos sobrevivir también.
Dedo reconocer que estas ruinas me son confusas o a veces totalmente incomprensibles. No puedo imaginar cómo sirvieron alguna vez a esa remota humanidad ni qué papel jugaron en ese raro mundo pasado. La frase "todo era muy distinto entonces", que podría usarse para responder a esta pregunta, no alivia mis profundas y ansiosas dudas.
Las recorro y examino pacientemente y siempre parecen no tener sentido, ¿o podría ser acaso que nunca lo tuvieron, por lo menos no para nosotros? (Lo cual es una evidencia de que en la prehistoria no fuimos físicamente como ahora somos). Tal vez corresponden a períodos de desorientación o de drástico cambio, o pertenecen al inicio del control autómata del mundo, de los antepasados de las máquinas que vinieron después, ya que lo artificial también tiene su prehistoria, demasiado distinta —seguro— al actual Thecnetos.
Si lo pienso mejor, lo artificial también tendrá su porvenir, pero no nosotros, pues no cambiaremos ya. Llegó hace ya mucho a su fin nuestra evolución como la especie que somos: Homo sapiens thecnesies.
Estas raras ruinas, esas álgebras de piedra y cemento, fueron tal vez las trincheras de guerra de las primeras inteligencias artificiales; la simiente primitiva y tosca del Thecnetos actual, absoluto e infalible.
El Emisario (su emisario) creo que las ha de entender mejor.
(*) En griego antiguo Οὐρανός es ‘cielo’ o ‘firmamento’.
(**) Mundo subterráneo en el último planeta.
(***) Máquinas.
(****) ADN o genes.
Todo está demasiado lejano en el último planeta, demasiado profundo en el vacío. Nada ha ocurrido en millones de años, ni nada parece que pueda pasar ya en adelante. ¡Qué fría es su vastedad! ¡Qué efímeros y volátiles sucesos en tanto tiempo, en tan vasto paisaje!
La profundidad del Ouranos (*) a su alrededor es agotadoramente extensa y su contenido usual es un perfecto vacío. ¡Qué extraño es pensar así el universo! Un infinito de impecable nada. Tal vez sería mejor pensar que el universo es solo este planeta. Y que, más allá de su atmósfera, todo es no-ser. Que en sus bordes cesan cosmos, tiempo y espacio.
Pero no sería más correcto. No siempre fue así. Antes había millones de astros y otras cosas brillantes flotando en el Ouranos. Pero, después de trillones de años de expansión del universo, quedó solo este frío mundo. Entre este y algún hipotético “otro” hay ahora un abismo insalvable, un espacio interminable, imposible de ser recorrido; imposible, incluso, de ser pensado. Y si acaso existiera un “algo” flotando en algún “otro lugar”, este nunca podría jamás llegar hasta nosotros.
Por esto, nuestro cielo carece de estrellas, o de alguna otra forma de luz exterior. Solo quizás, aquí y allá, algún mínimo resplandor, como un borrón en la impecable negritud del cielo, que acaso será el desdibujado eco de los mundos ya desaparecidos.
Solo muy rara vez en esta oscuridad, más negra que cualquiera antes conocida, ocurre la materia: solitaria y muda. Neciamente, aún hay materia en vez de nada.
Pero, dada la profunda oscuridad que la rodea, esa materia siempre es invisible. Y es que estos tiempos son para el cosmos como un atardecer, pero uno en el que no se va la luz sino el tiempo. Estamos en los tramos finales de la expansión del universo, un evanescente universo que ahora se acerca a su último abismo. Y él mismo es el hueco de ese abismo. Un universo tan diluido y disperso que no comportará un gran cambio cuando al fin de su expansión, en lugar de él, aparezca la nada.
Los paisajes, siempre inconscientes de sí mismos, carecen de cualquier espectador, orgánico o siquiera mecánico. Nadie ni nada conoce los diferentes mundos que eventualmente van apareciendo y desapareciendo en eso que llamamos “la realidad”; nada interrumpe la quietud y el silencio. Así es de solitario y quieto el último planeta y así también somos nosotros: los últimos seres humanos que lo poblamos.
Sí, increíblemente hemos sobrevivido a la misma muerte de la materia y al desvanecimiento del cosmos; estamos extraviados en los resquicios de un agotado porvenir. ¡No sé cómo fue posible esto cuando todo lo demás murió! Por eso es necesario creer, aunque sin otra prueba que esta, que existe el Thecnetos y su siempre vigilante Emisario.
No tengo nombre ni sé quién soy, pues solo tiene nombre lo conocido, lo que puede mostrar definición o explicación. Y yo no la tengo. Que raro es que estemos y es más raro lo que somos: cosas conscientes. ¿Cómo es que surgió nuestra mente de la inconsciencia que nos rodea? Nadie lo sabe.
No nacemos de otros hombres; como es lógico, somos hechos artificialmente en el mecánico avernus (**) y más profundamente diré, que nacemos del azar. Más adelante relataré mi nacimiento para que —usándome de ejemplo— sepan cómo nacen los últimos hombres, en este, el último planeta.
Poco recuerdo de mi nacimiento, pero sé que no soy un inmortal: antes de cierta fecha, fui nada. Después de mi concepción artificial, lentamente, una cosa, sin tamaño o peso, surgió en mi cerebro. Y en mis carnes inconscientes se encendió el yo que ahora soy. De las insensibles moléculas de mi cuerpo, tan muertas como las demás moléculas del mundo, apareció —no sé cómo— algo capaz de vivir el vano paso del tiempo. Pero no como un reloj que solo lo mide, sin sentir lo que mide, sino como una conciencia que vive su devenir.
Pero ya esos recuerdos se me han borrado y los confundo con lo que conjeturo que será mi futuro. Pero sé que no están perdidos: están en el Thecnetos, en su memoria y en su poder de premonición total.
Por el último planeta resbala una tenue brisa, muy suave y constante. Ese aire va acariciando los extensos desiertos como el desganado brazo de un amante, que con desdén palpa los paisajes tristes y las frías piedras, que por lo general, no cuentan con ningún otro testigo de su existencia.
En lo más alto de la atmósfera, justo antes del inicio de la nada, millares de melancólicas nubes, suavemente luminiscentes, tejen una tormenta circular. Esa gran mancha gira alrededor de los hemisferios del planeta cada 24 horas, proporcionando una escasa luz la mitad de ese tiempo y dejando en oscuridad la otra. Eventualmente, entre los desiertos hay algún profundo foso del que se levantan monstruosas columnas de denso gas en medio de truenos. Al observarlas pacientemente, he sido testigo de que finalmente esas columnas de gas —fabricadas en el fondo del avernus— alimentan la gran tormenta luminiscente. Protagonista de nuestra sintética atmósfera. Aquí y allá se pueden encontrar, gastados Mekhanes (***); que son milenarios artefactos de bio-mantenimiento público, usados desde hace una eternidad por los solitarios que van naciendo y muriendo, de centuria en centuria, en el último planeta. Estos Mekhanes impiden que mi sangre, casi seca, deje de fluir. O dejan entre mis tejidos microsistemas que llenan de escaso, aunque suficiente, oxígeno mis flacas carnes. Pero sobre todo, van reparando los errores y micro-aberraciones que va sufriendo mi molécula germinal (****), que es lo más esencial que tengo y que soy.
Cada cierto tiempo el Emisario deja unas cartas (instrucciones). Por ellas sé cómo hallar y usar estos Mekhanes o cuando debo empezar nuevas operaciones en ellos. Así que el Emisario es la interfaz entre los Mekhanes y yo, y ellos son las manifestaciones lejanas, los ecos pobres del Thecnetos, que permite así, mi supervivencia.
Entre los desiertos pueden hallarse algunos paisajes aún más raros que los otros: contienen formas regulares y de rara belleza. Supongo son lejanas construcciones, garabatos de la lejana y violenta prehistoria del ser humano, ocurrida hace ya tanto que quizás el mismo tiempo no sirva para concebir la distancia de nosotros a ellos. Son ahora polvo remoto, desvaneciéndose en polvo aún más viejo, y sin embargo me parecen tan interesantes cuando los comparo con la falta de significado de los demás paisajes. Ellos hablan de nuestros vehementes antepasados, demasiado distintos a nosotros.
Yo nunca había salido del sistema de ruinas local y recorrerlo estudiadamente era mi única distracción, pero mi paseo por él era siempre solitario. Hace ya trillones de años que fracasaron todas las formas de vida, menos, claro, la nuestra, que perdurará hasta el fin del universo. Y aún cabe la posibilidad de que si alguna forma de materia o energía sobrevive a ese fin, el Thecnetos hallará la forma de hacernos sobrevivir también.
Dedo reconocer que estas ruinas me son confusas o a veces totalmente incomprensibles. No puedo imaginar cómo sirvieron alguna vez a esa remota humanidad ni qué papel jugaron en ese raro mundo pasado. La frase "todo era muy distinto entonces", que podría usarse para responder a esta pregunta, no alivia mis profundas y ansiosas dudas.
Las recorro y examino pacientemente y siempre parecen no tener sentido, ¿o podría ser acaso que nunca lo tuvieron, por lo menos no para nosotros? (Lo cual es una evidencia de que en la prehistoria no fuimos físicamente como ahora somos). Tal vez corresponden a períodos de desorientación o de drástico cambio, o pertenecen al inicio del control autómata del mundo, de los antepasados de las máquinas que vinieron después, ya que lo artificial también tiene su prehistoria, demasiado distinta —seguro— al actual Thecnetos.
Si lo pienso mejor, lo artificial también tendrá su porvenir, pero no nosotros, pues no cambiaremos ya. Llegó hace ya mucho a su fin nuestra evolución como la especie que somos: Homo sapiens thecnesies.
Estas raras ruinas, esas álgebras de piedra y cemento, fueron tal vez las trincheras de guerra de las primeras inteligencias artificiales; la simiente primitiva y tosca del Thecnetos actual, absoluto e infalible.
El Emisario (su emisario) creo que las ha de entender mejor.
(*) En griego antiguo Οὐρανός es ‘cielo’ o ‘firmamento’.
(**) Mundo subterráneo en el último planeta.
(***) Máquinas.
(****) ADN o genes.
4 SOBRE M Y L : PARTENOGÉNESIS (MASCULINA (fragmento)
En otro lugar del espacio-tiempo…
La negra noche descendió un día del Aether sobre el universo y lo tragó todo. Muriendo entre sus tinieblas el bello universo de luces. Quedó en su lugar otro, sórdido y a oscuras. Pero aunque murieron todas las estrellas, la vida no quiso morir y continuó su agotadora, aunque también infructuosa, lucha por persistir.
La humanidad, ha tiempo que pobló todo el oscuro cosmos, hecho de despojos de planetas y sin una sola luz natural. Luego de una vasta época de exterminios sólo habían hombres. Pero como todo ser vivo, estos hombres estaban obligados a reproducirse…solo eso los hacía vida, eran cada uno una comunidad de reacciones químicas en simbiosis con un fin secreto.
En aquellas épocas todo niño tenía dos padres, excepto este, hijo, o mejor dicho huérfano de una melancólica humanidad y de un triste experimento, era un punto minúsculo que logró escapar y perderse sin ser visto en ese vértigo artificial que era el mundo, que así mismo era un detalle microscópico, entre, lo que llamó alguna vez un poeta: Oscilantes galaxias de hórrida atrocidad.
5 T I T A N O M A Q U I A (fragmento)
...Unos segundos antes del ataque con el micro-big-bang, un helado y calmado panorama, en el que se mezclan esos restos, como una polvareda sutil, mezclándose sobre sí misma. De repente, las armas meta-dimensionales de la meta-corporación atacante iniciaron su ofensiva.
Se abrió un punto de singularidad en medio del espacio; con previsión, hordas de gigantes guerreros habían sembrado este punto de inestabilidad espacio-temporal por aquel cúmulo galáctico. Ahora se abría entre los planetas, quebrando violentamente el equilibrio gravitatorio de esos mundos, torciendo el tiempo hasta romperlo y disolverlo, y con él, las miles de poblaciones. La meta-corporación atacada se percató del ataque, pero su respuesta fue demasiado tardía, aun así, inició un desordenado contraataque desde sus miles de planetas y astros artificiales. Rompieron las alarmas y se lanzaron a la defensa millones de tropas y naves, mientras el espacio mismo se partía a su alrededor. Después de unos mili-segundos de iniciado el ataque, el punto de singularidad curvó el espacio-tiempo, de forma tan grave que, creó zonas en las que aumentó la temperatura miles de millones de grados. Temperaturas casi imposibles que produjeron una altísima densidad, semejante a la del parto inicial del cosmos. Un microscópico big bang se encendía.
En ese punto se inició entonces una impresionante y brutal expansión, destrozando todo lo que gobernaba la meta-corporación atacada. Las fracturas fueron tan salvajes que los electrones fueron arrancados de los átomos y después se despedazaron en partículas todavía más elementales.
Un segundo estallido despedazó esas partículas elementales en otros componentes aún más esenciales, perdiendo en su fragmentación cualquier propiedad conocida del ser. Sus fragmentos eran tan nimios y raros, que no tenían extensión ni duración.
Tres milisegundos de iniciado este ataque, los átomos se recompusieron y las fuerzas de la meta-corporación atacante avanzaron a ocupar el cúmulo ya despedazado.
Pero era tan grande aquel cúmulo de restos galácticos, que en sus extremos algunas fuerzas de la meta-corporación vecina lograron sobrevivir y empezaron a viajar violentamente a defenderse. Pero el espacio, como en un remolino desordenado, seguía aún curvándose torvamente, despedazando esas fuerzas de defensa, desparramándolas no sólo a distintos puntos del espacio, sino del tiempo.
El estado de la materia ya era estable y aparecieron numerosos contingentes de tumultuosos guerreros. Uno de entre esos millones de férreos y anónimos asesinos era M, gigantesco, mortal, pero a la vez inocente. Desmesurado, recio, pero prístino. Su labor, como la de los demás, era destruir por medios más convencionales lo que hubiese sobrevivido al ataque meta-dimensional, pero además M tenía un encargo secundario: recuperar los archivos científicos de ciertos centros. Ayazx, un formidable e impetuoso guerrero, lo apoyó en la búsqueda.
M, Ayazx, Fratedes (un viejo guerrero tuerto), Wille (que era el más pequeño de todos), el triste Gerontes y hordas de otros miles de guerreros se repartieron los mundos sobrevivientes. A esos vértigos se arrojaron sin titubear, pareciendo no solo odiar la vida que en ella aún había, sino depreciar las suyas propias. Inyectados de frenesí violento, eran ciegos a la muerte que llevaban y a las que les traían. Pronto cientos de contingentes y naves chocaron entre sí, y así se despedazaron las fuerzas de las dos meta-corporaciones, reventándose y fulminándose casi en su totalidad. Esto no preocupó a la meta-corporación atacante, incluso los cadáveres de sus propios gigantes serán útiles como anti-entropía después, por lo que no se escatimaron vidas y la muerte del 92% de sus guerreros no fue considerada una pérdida significativa, valían casi lo mismo vivos o muertos.
Cuando la superioridad numérica y técnica de la meta-corporación local logró ganar la batalla, M, Ayazx, Fratedes, y otros miles de guerreros descendieron como leones a los pocos planetas o estaciones aún ocupadas, a terminar con técnicas primitivas y pacientes lo que se inició con las técnicas más modernas de muerte. La más antigua forma de asesinato, el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, persona contra persona, empezó.
Esto duró varios días de frenesí sangriento. Bajo los toscos músculos de los guerreros, resbaló la sangre de los hombres de la meta-corporación derrotada y un linaje humano más, desapareció del cosmos para poder dar vida a otro. La muerte fue, como siempre ha sido, el alimento de la vida.
Se abrió un punto de singularidad en medio del espacio; con previsión, hordas de gigantes guerreros habían sembrado este punto de inestabilidad espacio-temporal por aquel cúmulo galáctico. Ahora se abría entre los planetas, quebrando violentamente el equilibrio gravitatorio de esos mundos, torciendo el tiempo hasta romperlo y disolverlo, y con él, las miles de poblaciones. La meta-corporación atacada se percató del ataque, pero su respuesta fue demasiado tardía, aun así, inició un desordenado contraataque desde sus miles de planetas y astros artificiales. Rompieron las alarmas y se lanzaron a la defensa millones de tropas y naves, mientras el espacio mismo se partía a su alrededor. Después de unos mili-segundos de iniciado el ataque, el punto de singularidad curvó el espacio-tiempo, de forma tan grave que, creó zonas en las que aumentó la temperatura miles de millones de grados. Temperaturas casi imposibles que produjeron una altísima densidad, semejante a la del parto inicial del cosmos. Un microscópico big bang se encendía.
En ese punto se inició entonces una impresionante y brutal expansión, destrozando todo lo que gobernaba la meta-corporación atacada. Las fracturas fueron tan salvajes que los electrones fueron arrancados de los átomos y después se despedazaron en partículas todavía más elementales.
Un segundo estallido despedazó esas partículas elementales en otros componentes aún más esenciales, perdiendo en su fragmentación cualquier propiedad conocida del ser. Sus fragmentos eran tan nimios y raros, que no tenían extensión ni duración.
Tres milisegundos de iniciado este ataque, los átomos se recompusieron y las fuerzas de la meta-corporación atacante avanzaron a ocupar el cúmulo ya despedazado.
Pero era tan grande aquel cúmulo de restos galácticos, que en sus extremos algunas fuerzas de la meta-corporación vecina lograron sobrevivir y empezaron a viajar violentamente a defenderse. Pero el espacio, como en un remolino desordenado, seguía aún curvándose torvamente, despedazando esas fuerzas de defensa, desparramándolas no sólo a distintos puntos del espacio, sino del tiempo.
El estado de la materia ya era estable y aparecieron numerosos contingentes de tumultuosos guerreros. Uno de entre esos millones de férreos y anónimos asesinos era M, gigantesco, mortal, pero a la vez inocente. Desmesurado, recio, pero prístino. Su labor, como la de los demás, era destruir por medios más convencionales lo que hubiese sobrevivido al ataque meta-dimensional, pero además M tenía un encargo secundario: recuperar los archivos científicos de ciertos centros. Ayazx, un formidable e impetuoso guerrero, lo apoyó en la búsqueda.
M, Ayazx, Fratedes (un viejo guerrero tuerto), Wille (que era el más pequeño de todos), el triste Gerontes y hordas de otros miles de guerreros se repartieron los mundos sobrevivientes. A esos vértigos se arrojaron sin titubear, pareciendo no solo odiar la vida que en ella aún había, sino depreciar las suyas propias. Inyectados de frenesí violento, eran ciegos a la muerte que llevaban y a las que les traían. Pronto cientos de contingentes y naves chocaron entre sí, y así se despedazaron las fuerzas de las dos meta-corporaciones, reventándose y fulminándose casi en su totalidad. Esto no preocupó a la meta-corporación atacante, incluso los cadáveres de sus propios gigantes serán útiles como anti-entropía después, por lo que no se escatimaron vidas y la muerte del 92% de sus guerreros no fue considerada una pérdida significativa, valían casi lo mismo vivos o muertos.
Cuando la superioridad numérica y técnica de la meta-corporación local logró ganar la batalla, M, Ayazx, Fratedes, y otros miles de guerreros descendieron como leones a los pocos planetas o estaciones aún ocupadas, a terminar con técnicas primitivas y pacientes lo que se inició con las técnicas más modernas de muerte. La más antigua forma de asesinato, el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, persona contra persona, empezó.
Esto duró varios días de frenesí sangriento. Bajo los toscos músculos de los guerreros, resbaló la sangre de los hombres de la meta-corporación derrotada y un linaje humano más, desapareció del cosmos para poder dar vida a otro. La muerte fue, como siempre ha sido, el alimento de la vida.
6 TODO ACERCA DE NADIE (fragmento)
En otro tiempo y espacio…
Sí, los humanos somos la única forma de vida y dado que yo estoy completamente solo, yo soy por el momento la vida. Dado que el Thecnetos no me deja morir y vivir pareciera imposible en el último planeta, su misión debe ser entonces preservar mi vida y, en general, la vida. Pero, ¿para qué? No lo sé. ¡Si yo supiera para qué sirve la vida sabría verdaderamente para qué está el Thecnetos en el mundo!
Mucho después, cuando ya lo entendí todo, vi, al enfocarme en la prehistoria humana, que el único sentido de la vida es la supervivencia; cada detalle del que está hecho un ser vivo sirve para eso. Por eso, el sentido de la vida no es más que la vida y el sentido de la supervivencia no es más que la misma supervivencia. Así de tautológica es la biología en sus profundidades. Una gallina (alguien lo dijo) es el instrumento de un huevo para hacer otro huevo. Aprendí —quizás muy tarde— que la tortuosa historia universal no era más que el tortuoso método que tuvo un hombre para hacer otro hombre. Descubrir a esos dos hombres daría algún sentido a los días que siguieron y justificará este largo y a veces tedioso monólogo.
En los seres vivos, los de ahora y los de antes, es infructuoso buscar otro sentido, otro significado a su industria, a su anatomía, a su conducta y a su psicología. La vida solo sirve para persistir; cualquier examen de los elaborados y a veces oscuros rasgos de la vida, si llega a una suficiente profundidad, llega siempre a esta conclusión: el vacío sentido de la vida es la vida. Y es quizás más honesto y simple admitir que no tiene ningún sentido. Se dice que el fin justifica y explica los medios. Pero en la vida el fin perseguido por ese medio es el mismo medio. La vida es reproducción que se auto reproduce y nada más. Esto es obvio en las poblaciones, y en los individuos, pues solo egoísmo y ansiedad por seguir siendo se observa al estudiar la prehistoria universal, pero ya somos menos los que sabemos que detrás está la vana pulsión de supervivencia de la molécula germinal, que es una molécula capaz de generar otras moléculas iguales a sí misma, —y que no sabe hacer otra cosa más que eso— y que ha encontrado, después de un infinito tiempo de perfeccionamiento, una infinitamente eficaz forma de copiarse a sí misma: el Thecnetos.
Así, una molécula inerte es —paradójicamente— la final y única protagonista de la vida.
...Así es el último planeta, para el solitario hombre moderno no hay familia ni relaciones amorosas; no hay comercio, ni arte, ni medios de comunicación; no hay libros, ni arquitectura, ni religión, ni ciencia; no hay filosofías ni supersticiones, no hay cementerios, ni tecnologías, ni siquiera hay lenguaje en el sentido estricto de la palabra; cada individuo tiene en su mente pensamientos que no requieren ser simbolizados en palabras, ¿a quién se las dirigiría en caso de existir? No hay signos en lugar de las cosas, hay solo nociones puras de las cosas y de sus relaciones. Ese proto-idioma individual solo sirve para entenderse a sí mismo y al Emisario. No hay lenguaje verbal, pero sí hay ese proto-lenguaje por cada persona que nace (lo que ocurre muy rara vez) y hay un sistema escrito común solo con el Emisario (la cartas son un ejemplo de ello). Todas éstas y demás estructuras usadas por la primitiva humanidad para su supervivencia, son ahora innecesarias.
Ha desaparecido cualquier rastro de civilización o de sociedad.
Sí, los humanos somos la única forma de vida y dado que yo estoy completamente solo, yo soy por el momento la vida. Dado que el Thecnetos no me deja morir y vivir pareciera imposible en el último planeta, su misión debe ser entonces preservar mi vida y, en general, la vida. Pero, ¿para qué? No lo sé. ¡Si yo supiera para qué sirve la vida sabría verdaderamente para qué está el Thecnetos en el mundo!
Mucho después, cuando ya lo entendí todo, vi, al enfocarme en la prehistoria humana, que el único sentido de la vida es la supervivencia; cada detalle del que está hecho un ser vivo sirve para eso. Por eso, el sentido de la vida no es más que la vida y el sentido de la supervivencia no es más que la misma supervivencia. Así de tautológica es la biología en sus profundidades. Una gallina (alguien lo dijo) es el instrumento de un huevo para hacer otro huevo. Aprendí —quizás muy tarde— que la tortuosa historia universal no era más que el tortuoso método que tuvo un hombre para hacer otro hombre. Descubrir a esos dos hombres daría algún sentido a los días que siguieron y justificará este largo y a veces tedioso monólogo.
En los seres vivos, los de ahora y los de antes, es infructuoso buscar otro sentido, otro significado a su industria, a su anatomía, a su conducta y a su psicología. La vida solo sirve para persistir; cualquier examen de los elaborados y a veces oscuros rasgos de la vida, si llega a una suficiente profundidad, llega siempre a esta conclusión: el vacío sentido de la vida es la vida. Y es quizás más honesto y simple admitir que no tiene ningún sentido. Se dice que el fin justifica y explica los medios. Pero en la vida el fin perseguido por ese medio es el mismo medio. La vida es reproducción que se auto reproduce y nada más. Esto es obvio en las poblaciones, y en los individuos, pues solo egoísmo y ansiedad por seguir siendo se observa al estudiar la prehistoria universal, pero ya somos menos los que sabemos que detrás está la vana pulsión de supervivencia de la molécula germinal, que es una molécula capaz de generar otras moléculas iguales a sí misma, —y que no sabe hacer otra cosa más que eso— y que ha encontrado, después de un infinito tiempo de perfeccionamiento, una infinitamente eficaz forma de copiarse a sí misma: el Thecnetos.
Así, una molécula inerte es —paradójicamente— la final y única protagonista de la vida.
...Así es el último planeta, para el solitario hombre moderno no hay familia ni relaciones amorosas; no hay comercio, ni arte, ni medios de comunicación; no hay libros, ni arquitectura, ni religión, ni ciencia; no hay filosofías ni supersticiones, no hay cementerios, ni tecnologías, ni siquiera hay lenguaje en el sentido estricto de la palabra; cada individuo tiene en su mente pensamientos que no requieren ser simbolizados en palabras, ¿a quién se las dirigiría en caso de existir? No hay signos en lugar de las cosas, hay solo nociones puras de las cosas y de sus relaciones. Ese proto-idioma individual solo sirve para entenderse a sí mismo y al Emisario. No hay lenguaje verbal, pero sí hay ese proto-lenguaje por cada persona que nace (lo que ocurre muy rara vez) y hay un sistema escrito común solo con el Emisario (la cartas son un ejemplo de ello). Todas éstas y demás estructuras usadas por la primitiva humanidad para su supervivencia, son ahora innecesarias.
Ha desaparecido cualquier rastro de civilización o de sociedad.
8 T H E C N E T O S , E L A T A R D E C E R D E L M U N D O
En otro lugar del espacio…
Confieso que del Thecnetos no tengo certezas, sino sólo elucubraciones. Presiento que hay un artefacto con una tarea precisa, funcionando en la oscuridad. El Thecnetos es también (pero no sólo) una red que satura las calles abandonadas y los desiertos y contiene, en su inescrutable mente, una humanidad inmortal.
Creo que no es necesario aclarar que el Thecnetos es artificial, aunque entiendo, al examinar el tema con más detenimiento, que en el mundo no hay nada artificial, que la naturaleza ha parido todas las cosas, inclusive al Thecnetos; que "lo no natural" es lo imposible, lo lógicamente inadmisible. Lo artificial lo hicieron los hombres, pero ellos y sus motivos eran también naturales, sujetos a las leyes de la naturaleza. Así, de lo artificial podemos decir que no existe.
El Thecnetos, creo, ha existido desde la creación de la primera tecnología, de lo cual debo concluir —algo incómodamente— que no es eterno. En él debió confiar el hombre parcialmente su destino; su desarrollo posterior lo llevó a grados de poder de cálculo inimaginables. Una revolución en los sistemas que sustentaban la inteligencia artificial le dio su primera independencia, mientras nosotros perdíamos la nuestra.
La ciega evolución creó el cerebro humano y éste creó el nuevo y mejor cerebro mecánico. Luego éste creó a los antepasados del Thecnetos, que ya no eran un simulacro de aquellas funciones cognitivas humanas, sino algo diferente: dueñas de una auténtica lucidez, ya incomprensible a nosotros. Pero confío en que esta máquina nunca olvidará el fin para lo que es creado todo artefacto: garantizar nuestra supervivencia y acompañar nuestra futura evolución.
Así, los individuos, al cabo de unas décadas desaparecemos, como yo pronto desapareceré, pero nunca ese río que llevamos dentro; ese río es un linaje ininterrumpido de moléculas germinales, pasando de generación en generación a través de nuestros cuerpos y éste es un flujo que corre sin interrupciones ni pausas desde el comienzo de la vida.
Describir el Thecnetos es imposible, incluso pensarlo lo es; sólo puedo figurármelo infantilmente, por aproximaciones. Por ejemplo, pienso en él como una población infinita discutiendo simultáneamente en todas partes, o como una nube de pensamientos plácidamente flotante en la eternidad. Me parece hasta hermoso pensarlo así: debajo de tanto polvo, comprendiendo cómo y por qué un papelito es levantado por el viento en algún rincón perdido del último planeta.
En sus manos estará seguro mi futuro por un tiempo y el de la humanidad para siempre. Claro, ya dije que del Thecnetos no tengo, ni nadie tiene, una percepción directa ni deja huellas su presencia. Sólo mis dudosos razonamientos me llevan a creer en él. Si no, ¿cómo podría ser posible la vida siquiera por un segundo en el último planeta?
Y me parece que hay otra prueba de su existencia. Ocurre que, no importa de dónde parta un razonamiento (única ocupación para los hombres solitarios), ni qué temas se aborden en él, si se llega lejos, siempre se llega a la necesaria existencia del Thecnetos. Aunque el origen de todo razonamiento es también dudoso. Los míos siempre se originan en las disposiciones del Emisario (que es el único otro ser vivo del que tengo certezas). Es a través de él o de eso, que deduzco y creo en el Thecnetos. ¡Y aún él es tan evasivo, tan lejano! Tampoco lo he visto ni tocado, pero permanentemente presiento su proximidad.
Asumo, como lo más razonable, que este Emisario es un ángelos del Thecnetos. Una forma de comunicación entre ese dios mecánico, ese imperturbable y total ente y mi fugaz y fragmentaria existencia. Pero, en fin, he de aclarar que mi creencia en estos dos seres no es sobrenatural, pues ya aclaré que sólo existe lo natural.
En los años que llevo recorriendo el planeta, el Emisario se ha vuelto aún más elusivo o yo más predecible; siempre procede a ejecutar sus disposiciones mientras duermo, mientras me ausento o viajo. Deja generalmente impersonales cartas con instrucciones que intento comprender y obedecer cabalmente.
Impersonal. Dormida tal vez, sentía yo la ciudad de escombros. La soledad me hacía creerla íntima y mía, pero luego recordaba que no era ni único ni singular en el planeta, que con otros quizás, comparto ese Emisario que nos tutela o vigila.
Consumía a pie las interminables calles y plazas siempre estériles y mudas. Al acercarse a los edificios muertos uno siente como si se acercara a las espaldas de hombres gigantescos y muertos. A veces sentía una sensación de rechazo de aquellas espaldas, e inmediatamente tomaba rumbo a cualquier otro lugar. Me movía un primitivo deseo de exploración humano, un rasgo innecesario como tantos otros ahora.
Pero olvidé la causa fundamental de mi relato, ¡el asunto de las cartas...!
Confieso que del Thecnetos no tengo certezas, sino sólo elucubraciones. Presiento que hay un artefacto con una tarea precisa, funcionando en la oscuridad. El Thecnetos es también (pero no sólo) una red que satura las calles abandonadas y los desiertos y contiene, en su inescrutable mente, una humanidad inmortal.
Creo que no es necesario aclarar que el Thecnetos es artificial, aunque entiendo, al examinar el tema con más detenimiento, que en el mundo no hay nada artificial, que la naturaleza ha parido todas las cosas, inclusive al Thecnetos; que "lo no natural" es lo imposible, lo lógicamente inadmisible. Lo artificial lo hicieron los hombres, pero ellos y sus motivos eran también naturales, sujetos a las leyes de la naturaleza. Así, de lo artificial podemos decir que no existe.
El Thecnetos, creo, ha existido desde la creación de la primera tecnología, de lo cual debo concluir —algo incómodamente— que no es eterno. En él debió confiar el hombre parcialmente su destino; su desarrollo posterior lo llevó a grados de poder de cálculo inimaginables. Una revolución en los sistemas que sustentaban la inteligencia artificial le dio su primera independencia, mientras nosotros perdíamos la nuestra.
La ciega evolución creó el cerebro humano y éste creó el nuevo y mejor cerebro mecánico. Luego éste creó a los antepasados del Thecnetos, que ya no eran un simulacro de aquellas funciones cognitivas humanas, sino algo diferente: dueñas de una auténtica lucidez, ya incomprensible a nosotros. Pero confío en que esta máquina nunca olvidará el fin para lo que es creado todo artefacto: garantizar nuestra supervivencia y acompañar nuestra futura evolución.
Así, los individuos, al cabo de unas décadas desaparecemos, como yo pronto desapareceré, pero nunca ese río que llevamos dentro; ese río es un linaje ininterrumpido de moléculas germinales, pasando de generación en generación a través de nuestros cuerpos y éste es un flujo que corre sin interrupciones ni pausas desde el comienzo de la vida.
Describir el Thecnetos es imposible, incluso pensarlo lo es; sólo puedo figurármelo infantilmente, por aproximaciones. Por ejemplo, pienso en él como una población infinita discutiendo simultáneamente en todas partes, o como una nube de pensamientos plácidamente flotante en la eternidad. Me parece hasta hermoso pensarlo así: debajo de tanto polvo, comprendiendo cómo y por qué un papelito es levantado por el viento en algún rincón perdido del último planeta.
En sus manos estará seguro mi futuro por un tiempo y el de la humanidad para siempre. Claro, ya dije que del Thecnetos no tengo, ni nadie tiene, una percepción directa ni deja huellas su presencia. Sólo mis dudosos razonamientos me llevan a creer en él. Si no, ¿cómo podría ser posible la vida siquiera por un segundo en el último planeta?
Y me parece que hay otra prueba de su existencia. Ocurre que, no importa de dónde parta un razonamiento (única ocupación para los hombres solitarios), ni qué temas se aborden en él, si se llega lejos, siempre se llega a la necesaria existencia del Thecnetos. Aunque el origen de todo razonamiento es también dudoso. Los míos siempre se originan en las disposiciones del Emisario (que es el único otro ser vivo del que tengo certezas). Es a través de él o de eso, que deduzco y creo en el Thecnetos. ¡Y aún él es tan evasivo, tan lejano! Tampoco lo he visto ni tocado, pero permanentemente presiento su proximidad.
Asumo, como lo más razonable, que este Emisario es un ángelos del Thecnetos. Una forma de comunicación entre ese dios mecánico, ese imperturbable y total ente y mi fugaz y fragmentaria existencia. Pero, en fin, he de aclarar que mi creencia en estos dos seres no es sobrenatural, pues ya aclaré que sólo existe lo natural.
En los años que llevo recorriendo el planeta, el Emisario se ha vuelto aún más elusivo o yo más predecible; siempre procede a ejecutar sus disposiciones mientras duermo, mientras me ausento o viajo. Deja generalmente impersonales cartas con instrucciones que intento comprender y obedecer cabalmente.
Impersonal. Dormida tal vez, sentía yo la ciudad de escombros. La soledad me hacía creerla íntima y mía, pero luego recordaba que no era ni único ni singular en el planeta, que con otros quizás, comparto ese Emisario que nos tutela o vigila.
Consumía a pie las interminables calles y plazas siempre estériles y mudas. Al acercarse a los edificios muertos uno siente como si se acercara a las espaldas de hombres gigantescos y muertos. A veces sentía una sensación de rechazo de aquellas espaldas, e inmediatamente tomaba rumbo a cualquier otro lugar. Me movía un primitivo deseo de exploración humano, un rasgo innecesario como tantos otros ahora.
Pero olvidé la causa fundamental de mi relato, ¡el asunto de las cartas...!
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