jueves, 5 de abril de 2012

1 THECNETOS Dedicatoria y citas





Luis Arbaiza Escalante.


“A falta de una vida exterior, la vida interior también tiene sus incidentes” À la Recherche du Temps Perdu. Marcel Proust.

“En otro tiempo traté con hombres aún más esforzados que vosotros, y jamás me desdeñaron. No he visto todavía ni veré hombres como Pirítoo, Driante, pastor de pueblos, Ceneo, Exadio, Polifemo, igual a un dios, y Teseo Egeida, que parecía un inmortal. Criáronse éstos los más fuertes de los hombres; muy fuertes eran y con otros muy fuertes combatieron: con los montaraces centauros, a quienes exterminaron de un modo estupendo. (…) Con tales hombres no pelearía ninguno de los mortales que hoy pueblan la tierra; no obstante lo cual, seguían mis consejos y escuchaban mis palabras”. Homero: Ilíada.

Los hombres son dioses muertos, de un templo ya derrumbado, ni sus sueños se salvaron, sólo una sombra que ha quedado. ATAHUALPA YUPANQUI: GUITARRA DíMELO TÚ

Human, not human, Freedom, no freedom, Change, no change, Revolution, Employment, no employment, Choice, no choice, Memory, no memory, Revolution, Sex, no sex
TV, no TV, Future, no future, Revolution, Computer, no, no computer, Sex, no, no, no sex, Memory, no, no, no memory
Revolution, Choice, no choice, Freedom, no, no freedom
TV, no, no, no TV , Change, no, no change
Jean-Michele Jarre Révolution industrielle: Part 1 

Todos somos máquinas de supervivencia para el mismo tipo de replicador, las moléculas denominadas ADN. Los replicadores han construido una vasta gama de máquinas para prosperar explotándolas. Un mono es una máquina que preserva a los genes en las copas de los árboles, un pez es una máquina que preserva a los genes en el agua; incluso existe un pequeño gusano que preserva a los genes en la cerveza.

Richard Dawkins. El gen egoísta. 


A Marcos. 

2 I N T R O D U C C I Ó N





I N T R O D U C C I Ó N

     El universo está en expansión[1], las galaxias se alejan unas de otras, dejando la materia cada vez más aislada y fría. Antes, algunos astrofísicos creyeron que tal expansión se detendría y que el universo se contraería de nuevo, pero esta hipótesis ya ha sido completamente descartada; la expansión no se detendrá.
     Se calcula que dentro de un trillón de años (un 1 seguido de 18 ceros) la materia de las galaxias habrá sido absorbida por gigantescos agujeros negros[2] y en el universo no quedarán estrellas ni otras formas de materia. Después de 100 billones de trillones de años (un 1 seguido de 32 ceros), la poca materia que quede se descompondrá en extrañas partículas elementales, por su lado, los agujeros negros se “evaporarán”. En 1 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 de años no quedará ninguna estructura actual del universo y solo subsistirán unas pocas partículas subatómicas, perdidas en medio de espacios vacíos tan grandes como el que ocupa el universo actual. Y este estado durará para siempre, sin ocasión de revertirse ni de cambiar.      Así, tenemos que el universo es una cosa que apareció de la nada sin ninguna causa conocida y persistirá en una extraña forma, por la eternidad.
Su hueco cadáver se parecerá mucho a la nada que le dio origen.

L, V; M, A, ¿Cuánto hace falta quitarle a un cosmos para que sea nada? 3rd January. 2017. International Astronomic Journal, INNS XXXXII, Vol. 17, No 454. Noticias en breve.

En estos albores extremos del futuro empieza esta historia (Nota del Redactor).



[1] En 1928, Edwin Hubble descubrió la expansión del universo; en 1998, el análisis de ciertas supernovas determinó que esa expansión se aceleraba con el tiempo.

[2] Un agujero negro es una estrella negra, tan denza que atrae todo incluso la luz, deforma y desgarra el espacio y el tiempo que la rodea.

3 MONÓLOGOS DESDE EL FIN DEL MUNDO

Uno de esos vacíos días, el Thecnetos envió con su Emisario una “carta”, el primer suceso de una serie rara. Su inexplicable contenido me salvó brevemente de la soledad y del silencio; fue una pausa en la constante banalidad del mundo. Ahora que ya lo he comprendido todo, me siento agotado a contemplar el larguísimo camino que han recorrido todas las cosas, para llegar a ser.

     
     

Todo está demasiado lejano en el último planeta, demasiado profundo en el vacío. Nada ha ocurrido en millones de años, ni nada parece que pueda pasar ya en adelante. ¡Qué fría es su vastedad! ¡Qué efímeros y volátiles sucesos en tanto tiempo, en tan vasto paisaje!
     La profundidad del Ouranos[1] a su  alrededor es agotadoramente extensa y su contenido usual es el perfecto vacío. ¡Qué extraño es pensar así el universo! Un infinito de impecable nada. Tal vez sería mejor pensar que el universo es solo este planeta. Y que, más allá de su atmósfera, todo es no-ser. Que en sus bordes cesan cosmos, tiempo y espacio.
     Pero no sería más correcto. No siempre fue así. Antes había millones de astros y otras cosas brillantes flotando en el Ouranos. Pero, después de  trillones de años de expansión del universo, quedó solo este frío mundo. Entre este y algún hipotético “otro” hay ahora un abismo insalvable, un espacio interminable, imposible de ser recorrido; imposible incluso de ser pensado. Y si acaso existiera un “algo” flotando en algún “otro lugar”, este nunca podría jamás llegar hasta nosotros.
     Por esto, nuestro cielo carece de estrellas o de alguna otra forma de luz exterior. Solo quizás, aquí y allá, algún mínimo resplandor, como un borrón en la impecable negritud del cielo, que acaso será el desdibujado eco de los mundos ya desaparecidos.
     Solo muy rara vez en esta oscuridad, más negra que cualquiera antes conocida, ocurre la materia: solitaria y muda. Neciamente, aún hay materia en vez de nada.
     Pero dada la oscuridad que la cubre, esa materia siempre es invisible. Y es que estos tiempos son para el cosmos como un atardecer, pero uno en el que no se va la luz sino el tiempo. Estamos en los tramos finales de la expansión del universo, un evanescente universo que ahora se acerca a su último abismo. Y él mismo es el hueco de ese abismo. Un universo tan diluido y disperso que no comportará un gran cambio cuando al fin de su expansión, en lugar de él, quede la nada.
     Los paisajes (siempre inconscientes de sí mismos) carecen de cualquier espectador, orgánico o siquiera mecánico. Nadie ni nada conoce los diferentes mundos que eventualmente van apareciendo y desapareciendo en eso que llamamos “la realidad”; nada interrumpe la quietud y el silencio. Así es de solitario y quieto el último planeta y así también somos nosotros: los últimos seres humanos que lo poblamos.

     Sí, increíblemente hemos sobrevivido a la muerte del cosmos y al desvanecimiento de la materia; estamos extraviados en los resquicios de un agotado porvenir. ¡No sé cómo fue posible esto cuando todo lo demás murió! Por eso es necesario creer, aunque sin otra prueba que esta, que existe el Thecnetos y su siempre vigilante Emisario.
     No tengo nombre ni sé quién soy, pues solo tiene nombre lo que tiene definición o explicación. Y yo no la tengo. Es raro que aún estemos y es más raro lo que somos: cosas que sienten. ¿Cómo es que surgió nuestra consciencia de la inconsciencia que nos rodea? Nadie lo sabe.
No nacemos de otros hombres; como es lógico, somos hechos artificialmente en el mecánico avernus[2]  y más profundamente diré, que nacemos del azar. Más adelante relataré mi nacimiento para que —usándome de ejemplo— sepan cómo nacen los últimos hombres en el último planeta.
      
     Poco recuerdo de mi nacimiento, pero sé que no soy un inmortal: antes de cierta fecha, fui nada. Después de mi concepción artificial, lentamente, una cosa, sin tamaño surgió de mi cerebro. Y en mis carnes inconscientes se encendió eso que llamo yo. Con las insensibles moléculas de mi cuerpo, tan muertas como las demás moléculas del mundo, se hizo —no sé cómo— algo vivo capaz de sentir el paso del tiempo. Pero no como un reloj que solo mide el tiempo sin sentir lo que mide, sino como una consciencia viva que es ella misma tiempo.

Pero ya esos recuerdos ya se me han borrado o los confundo con lo que conjeturo que será mi porvenir. Pero sé que no están perdidos del todo: están en el Thecnetos, en su memoria y en su poder de premonición total.


[1] En griego antiguo Ouranos es cielo o firmamento.
[2] Mundo subterráneo en el último planeta.

4 SOBRE L Y TODO SOBRE NADA

 SOBRE  L

En otro lugar del espacio-tiempo…

     La negra noche descendió un día del Aether[1] sobre el universo y lo tragó todo. Muriendo entre sus tinieblas el bello universo de luces. Quedó en su lugar otro: sórdido y a oscuras. Pero aunque murieron todas las estrellas, la vida no quiso morir y continuó su agotadora, aunque también infructuosa, lucha por persistir.
     La vida. Ese meloso fenómeno, esa torva reacción en cadena, en la que un cierto tipo de cosas hacen otras cosas iguales, solo para que estas hagan a su vez otras más. La vida: máquinas químicas que viajan por el tiempo sin objetivo, usando al ADN y a nosotros, como deleznables instrumentos. Todos somos sus esclavos, somos efímeros y ella eterna, somos imperfectos pero suficientes, para servirles. Por eso aún hay vida en este cosmos casi muerto, por eso aún hay civilizaciones, batallando en titánicas luchas por entre los escombros negros de lo que antes fueron galaxias.
     Por eso en un insignificante punto del espacio-tiempo, una colosal meta-corporación batalla por subsistir entre los despojos de mundos. Y en ella como dos puntos casi invisibles: M y L.
     La humanidad, ha tiempo que pobló todo el oscuro cosmos, hecho de despojos de planetas y sin una sola luz natural. Luego de una vasta época de exterminios sólo quedaron los hombres, el antiguo linaje de las mujeres desapareció. Pero como todo ser vivo, estos hombres estaban obligados a reproducirse… Pero ¿Qué es un hombre?, mucho le he meditado, un hombre no es más que una comunidad de reacciones químicas en simbiosis. Un hombre es una colonia de moléculas distintas, todas con un mismo fin, secreto y oscuro. Pero ese fin es el hombre como ingenuamente pensamos. Sino otra cosa.  

     Así era la Babilonia remota y amorfa que ha construido esa ya vieja humanidad, Una humanidad que hace milenios se aburre de haber conquistado el universo, una violenta humanidad que se sabe inútilmente victoriosa. Así son, las tristezas de su última lucidez.
Esclavizados, los hombres se entregan al único entretenimiento permitido por la meta-corporación.
     Lejos, dado el pánico de la incesante guerra, las calles para un fugitivo niño son solitarias, solo las recorrían ecos metálicos de miedo y de tristeza, el cielo es manchado de a ratos por multicolores explosiones. Sus pequeños ojos reflejan en su humedad los brillos de esas lejanas hecatombes. Bajo eso ojos, se veía una mutilación en sus parpados y en el tórax algunas viejas quemaduras.
    En aquellas épocas todo niño tenía dos padres aunque ninguna madre, pero no este huérfano de la melancólica humanidad, este es el bastardo artificial de un triste y sórdido experimento, era un punto minúsculo que logró escapar y perderse sin ser visto en ese vértigo artificial que era su mundo, que así mismo era un detalle microscópico, entre, lo que llamó alguna vez un poeta: Oscilantes galaxias de hórrida atrocidad.
     Un melancólico técnico: Ahelios, de rasgos levemente andróginos, paseaba también ensimismado por las regiones deshabitadas de esa ciudad de metal. Interrumpió sus tristes reflexiones al ver al extraviado niño por unas gigantescas escaleras del sector L, minutos después, dado que no había más personas en las anchas calles, habló con él, preocupado de su abandono.
– ¿De dónde has salido? —preguntó cálido.
–No lo sé —dijo el pequeño mintiendo y disimulando su terror.
–Pero ¿Quién eres o de quién? ¿Eres humano?
–No lo sé —dijo el niño mintiendo otra vez. Ahelios lo escaneó con un equipo portátil de identificación, el equipo debía estar averiado pues decía que tenía casi 1100 años de edad, luego de un ajuste no logró hallar ya su identidad ni edad. Era seguro que era un esclavo o un prisionero de alguna meta-corporación derrotada. Debía entregarlo para su eliminación y aprovechamiento como combustible de anti-entropía.
– ¿Ves las luces? —dijo Ahelios con ojos también infantiles dada su juventud.
Sí —dijo el niño—, dos meta-corporaciones se están matando.
–En esas batallas se hacen pequeños universos, ¿Lo sabías? —pregunta Ahelios tratando de asombrar al niño.
Pero vio en la mirada triste e indiferente de este, que sí lo sabía, Ahelios no se sorprendió demasiado de las habilidades del pequeño, la educación moderna hacia prodigios a todos los niños de esa remota humanidad, pero este parecía aún más excepcional.
– ¿Cómo crees que lo hacen?  —preguntó curioso de escuchar la respuesta:
–Se logra poniendo regiones del espacio en “tiempo imaginario”[2] —y calló cauto.
–Sigue —dijo Ahelios encantado y algo perturbado.
–Primero se hace tiempo que corra hacia atrás, en lugar de elevarse su entropía[3], disminuye, así se acumula energía…
–Pero esto sólo es el primer paso —dije Ahelios preocupado por los detalles de la respuesta.
–Sí, después de poner el tiempo hacia atrás, se hace una “sombra” de tiempo imaginario, así se hace  que el tiempo reverso pierda una dimensión[4], pero, dado que es tiempo hacia atrás —especularmente— para el nuestro, lo gana. Se convierte en “tiempo imaginario”. De este modo la anti entropía ganada se multiplica exponencialmente, al pasar esa a una dimensión mayor.
–Si dijo Ahelios– sigue.
–Pero este estado es muy inestable y termina en una terrible explosión de entropía, un estallido termodinámico de caos reventado todo en una compleja inflación.
Un efímero universo nace y muere en cada explosión —concluyo Ahelios cogiendo al niño de la mano.
     Una racionalidad de ese nivel produjo en Ahelios un principio de náusea y una pena muy grande, a ese extremo era un defecto en su personalidad, una minusvalía. Esa inteligencia era un pecado en un esclavo, uno que pagaría caro el resto de su vida. Por piedad pensó en matarlo pero dudando decidió rescatarlo de ese caos. Lo llamó L, por el sector de escaleras en las que lo encontró.
A su lado L maduraría y sobreviviría entre el horror de esa humanidad decadente.



[1] Aether del latín Aether y a su vez del griego αἰθήρ aithēr, substancia etérea; parte más alta del firmamento.
[2]  El tiempo negativo corre hacia atrás del tiempo normal, el tiempo imaginario corre perpendicular al tiempo normal.
[3]  Medida física de caos o desorden de los eventos naturales. En el tiempo normal el caos aumenta siemrpe. 
[4] La raíz cuadrada hace perder una dimensión, por ejemplo la sombra de un cubo  (3D) se convierte un cuadrado.




 T O D O   S O B R E    N A D A

En otro lugar del espacio-tiempo.

     Por el último planeta resbala una tenue brisa, muy suave y constante. Ese aire va acariciando los extensos desiertos como el desganado brazo de un amante, que con desdén palpa los paisajes tristes y las frías piedras, que por lo general, no cuentan con ningún otro testigo de su existencia.
     En lo más alto de la atmósfera, justo antes del inicio de la nada, millares de melancólicas nubes, suavemente luminiscentes, tejen una tormenta circular. Esa gran mancha gira alrededor de los hemisferios del planeta cada 24 horas, proporcionando una escasa luz la mitad de ese tiempo y dejando en oscuridad la otra. Eventualmente, entre los desiertos hay algún profundo foso del que se levantan monstruosas columnas de denso gas en medio de truenos. Al observarlas pacientemente, he sido testigo de que finalmente esas columnas de gas —fabricadas en el fondo del avernus— alimentan la gran tormenta luminiscente, única protagonista de nuestra sintética atmósfera.
Aquí y allá se pueden encontrar, gastados Mekhanes[1], milenarios artefactos de bio-mantenimiento público, usados desde hace una eternidad por los solitarios que van naciendo y muriendo, de centuria en centuria, en el último planeta. Estos Mekhanes impiden que mi sangre, casi seca, deje de fluir. O dejan entre mis tejidos microsistemas que llenan de escaso, aunque suficiente, oxígeno mis flacas carnes. Pero sobre todo, van reparando los errores y micro-aberraciones que va sufriendo mi molécula germinal,[2] que es lo más esencial que tengo y que soy.
     Cada cierto tiempo el Emisario deja unas instrucciones. Por ellas sé cómo hallar y usar estos Mekhanes o cuando debo empezar nuevas operaciones en ellos. El Emisario es la interfaz entre  los Mekhanes y yo, y ellos son las manifestaciones lejanas, los ecos pobres del Thecnetos, que permite así, mi supervivencia.
     Entre los desiertos pueden hallarse algunos paisajes aún más raros que los otros: contienen formas geométricas y de rara belleza. Supongo son lejanas construcciones, huellas de la lejana y violenta prehistoria del ser humano, ocurrida hace ya tanto que quizás el mismo tiempo no sirva para concebir la distancia de nosotros a ellos. Son ahora polvo remoto, desvaneciéndose en polvo aún más viejo, y sin embargo me parecen tan interesantes cuando los comparo con la falta de significado de los demás paisajes. Ellos hablan de nuestros vehementes antepasados, demasiado distintos a nosotros.
     Yo nunca había salido del sistema de ruinas local y recorrerlo estudiadamente era mi única distracción, pero mi paseo por él era siempre solitario. Hace ya trillones de años que fracasaron  todas las formas de vida, menos, claro, la nuestra, que perdurará hasta el fin del universo. Y aún cabe la posibilidad de que si alguna forma de materia o energía sobrevive a ese fin,  el Thecnetos hallará la forma de hacernos sobrevivir  también.
     Dedo reconocer que estas ruinas me son confusas o a veces totalmente incomprensibles. No puedo imaginar cómo sirvieron alguna vez a esa remota humanidad ni qué papel jugaron en ese raro mundo pasado. La frase "todo era muy distinto entonces", que podría usarse para responder a esta pregunta, no alivia mis dudas, mis profundas y ansiosas dudas.
     Las recorro y examino pacientemente y siempre parecen no tener sentido, ¿O podría ser acaso que nunca lo tuvieron, por lo menos no para nosotros? (Lo cual es una evidencia de que en la prehistoria no fuimos físicamente como ahora somos). Tal vez corresponden a períodos de desorientación o de drástico cambio, o pertenecen  al inicio del control autómata del mundo, de los  antepasados de las máquinas que vinieron después, ya que lo artificial también tiene su prehistoria, demasiado distinta —seguro— al actual Thecnetos.

     Si lo pienso mejor, lo artificial también tendrá su porvenir, pero no nosotros, pues no cambiaremos ya. Llegó hace ya mucho a su fin nuestra evolución.
     Estas raras ruinas, esas álgebras de piedra y cemento, fueron tal vez las trincheras de guerra de las primeras inteligencias artificiales; la simiente primitiva y tosca del Thecnetos actual, absoluto e infalible.
El Emisario, su Emisario creo que las ha de entender mejor.



[1] Máquinas.
[2] ADN


5 SOBRE M: TITANOMAQUIA




Muy, muy lejos de ahí…

     Pocos eventos tienen tal grado de brutalidad que las guerras entre  meta-corporaciones y el botín por el que se matan y devoran unas a otras, es el más mísero por el que se haya peleado una guerra antes: el polvo, los inertes restos de la materia, o uno que otro fragmento de planeta. Se explota en ellos las últimas moléculas con energía aprovechable, últimas y escasas fuentes de anti-entropía, en un cada vez más entrópico cosmos.
Es que nada vale más que el orden en un universo de caos, pues el desorden es muerte y el orden vida. La anti-entropía es el combustible último y para apropiarse de ella ningún acto de crueldad es demasiado.

     En esta ocasión la meta-corporación local se apresura a invadir y acabar a su  vecina, hace pocos días su aliada.
     La meta-corporación atacada se asentaba en un cúmulo de astros opacos, en un conglomerado negro de pedazos de lo que una vez fue una galaxia y ahora eran sólo fragmentos helados y carcomidos,  poblados de una raquítica civilización humana.
     Unos segundos antes del ataque con el micro-big-bang, un helado y calmado panorama, en el que se mezclan esos escombros, como una polvareda sutil, mezclándose sobre sí misma. De repente, las armas meta-dimensionales de la meta-corporación atacante iniciaron su ofensiva.

     Se abrió un punto de singularidad en medio del espacio; con previsión, hordas de gigantes guerreros habían sembrado este punto de inestabilidad espacio-temporal por entre aquel cúmulo galáctico. Ahora este se abría entre los planetas, quebrando violentamente el equilibrio gravitatorio de esos mundos, torciendo el tiempo hasta romperlo y dispersarlo, y con él, las miles de poblaciones. La meta-corporación atacada se percató inmediatamente del ataque, pero su respuesta fue demasiado tardía, aun así, inició un desordenado contraataque desde  sus miles de planetas y astros artificiales. Rompieron las alarmas y se lanzaron a la defensa millones de tropas y naves, mientras el espacio mismo se partía a su alrededor. Después de unos mili-segundos de iniciado el ataque, el punto de singularidad curvó el espacio-tiempo de forma tan grave que creó zonas en las que la temperatura aumentó miles de millones de grados. Temperaturas casi imposibles que produjeron una altísima densidad, semejante a la del parto inicial del cosmos. Un microscópico big bang se encendía.

     En ese punto se inició entonces  una impresionante y brutal expansión, destrozando todo lo que gobernaba la meta-corporación atacada. Las fracturas fueron tan salvajes que los electrones fueron arrancados de los átomos y después estos se despedazaron en partículas todavía más elementales y simples.
     Un segundo estallido despedazó esas partículas elementales en otros componentes aún más esenciales, perdiendo en su fragmentación cualquier propiedad conocida del ser. Sus fragmentos eran tan nimios y raros, que no poseían extensión, forma ni duración.
     Tres milisegundos después, los átomos se recompusieron y las fuerzas de la meta-corporación atacante avanzaron a ocupar el cúmulo ya despedazado.

     Pero era tan grande aquel cúmulo de restos galácticos, que en sus extremos algunas fuerzas de la  meta-corporación vecina lograron sobrevivir y empezaron a viajar violentamente a defenderse. Pero el espacio, como en un remolino desordenado, seguía aún curvándose torvamente, despedazando esas fuerzas de defensa, desparramándolas no sólo a distintos puntos del espacio, sino del tiempo.

     El estado de la materia ya era estable y aparecieron numerosos contingentes de tumultuosos guerreros de la metacorporación atacante. Uno de entre esos millones de férreos y anónimos asesinos era M, gigantesco, mortal, pero a la vez inocente. Desmesurado, recio, pero prístino. Su labor, como la de los demás, era destruir por medios más convencionales lo que hubiese sobrevivido al ataque meta-dimensional, pero además M tenía un encargo secundario: recuperar los archivos científicos de ciertos centros. Ayazx, un formidable e impetuoso guerrero, lo apoyaría en esa búsqueda.
     M, Ayazx, Fratedes (un viejo guerrero tuerto), Wille (que era el más pequeño de todos), el triste Gerontes y hordas de otros miles de gigantes se repartieron los mundos sobrevivientes. A esos vértigos se arrojaron sin titubear, pareciendo no solo odiar la vida que en ella aún había, sino depreciar las suyas propias. Inyectados de frenesí violento, eran ciegos a la muerte que llevaban y a las que les traían. Pronto cientos de contingentes y naves chocaron entre sí, y así se despedazaron las fuerzas de las dos meta-corporaciones, reventándose y fulminándose casi en su totalidad. Esto no preocupó a la meta-corporación atacante, incluso los cadáveres de sus propios gigantes serían útiles como anti-entropía después, por lo que no se escatimaron vidas y la muerte del 98% de sus guerreros no fue considerada una pérdida significativa, valían casi lo mismo vivos o muertos.
     Cuando la superioridad numérica y técnica de la meta-corporación local logró ganar la batalla, M, Ayazx, Fratedes, y otros miles de  guerreros descendieron como leones a los pocos planetas o estaciones aún ocupados, a terminar con técnicas primitivas y pacientes lo que se inició con las técnicas más modernas de muerte. La más antigua forma de asesinato, el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, persona contra persona, empezó.

     Esto duró varios días de frenesí sangriento. Bajo los toscos músculos de los guerreros, resbaló la sangre de los hombres de la meta-corporación derrotada y un linaje humano más, desapareció del cosmos para poder dar vida a otro. La muerte fue, como siempre ha sido,  el alimento de la vida.
Finalmente bajo los poderosos brazos del descomunal e indolente Ayazx murió el último ciudadano de la meta-corporación vencida.
     El cuerpo de M quedo también rojo de sangre, entonces los dos guerreros se separan del grupo central. Los ojos de Ayazx, desorbitados de euforia, buscaban, junto a los agazapados y serenos de M,  en los ahora vacíos recintos científicos. Buscaban los archivos de una nebulosa investigación.

     Después de buscar inútilmente en las instalaciones superiores, se internaron por un angosto corredor que bajaba en un aguzado declive. Cubierto por miles y miles de toneladas de construcciones derrumbadas, hallaron un laboratorio de pruebas para una bomba meta-dimensional, la meta-corporación vencida había estado a pocos días de lograr hacer una y destruirlos a ellos, fabricando sus propios nano-big-bangs, quizás otras lo estaban ahora, había un monstruoso complejo de líneas de montaje colmado de un hedor ácido.
     Ese humor de muerte emanaba de miles de cadáveres de gigantes, esclavos prisioneros, seres humanos capturados de diversas meta-corporaciones, una buena parte de ellos de la meta-corporación a la que pertenecían Ayazx y M.
     Habían sido explotados por años en esas instalaciones y asesinados en el mismo instante en que fue atacada la meta-corporación vencida, en los patéticos cuerpos de los cadáveres se veían las huellas de la minuciosa violencia, tortura, hambre, que habían vivido sin pausa, en aquel infernal y sórdido hueco. La belleza natural de los guerreros, hombres corpulentos y grandes, se encogía y arrugaba en los cuerpos ruinosos de esos cadáveres, dimensiones de las que solo hablaban los huesos aún pesados y macizos, que se notaban bajo las azuladas y pobres carnes. M y Ayazx  avanzaron pegados uno al otro entre ese horror sin perder ni mínimamente su serenidad. M, aunque joven, era incapaz de temer o perder su calma aún en las más horribles circunstancias y jamás había perdido la serenidad o el control. Ayazx era feliz en la violencia, se abría camino pateando a los tristes muertos y se alegraba en él, una maldad de ver su miseria.
     Por fin, en el laboratorio más profundo de armas meta-dimensionales, hallaron los archivos de trabajo buscados entre científicos muertos. Un informe sobre animales meta-dimensionales que les encomendaron buscar.
     Lejos de ellos y  aprovechando los rasgamientos del espacio y el tiempo, grandes cuerpos artificiales  de la meta-corporación vencedora, cargados de equipos de colonización y de científicos, se instalaron en el clúster de restos galácticos. La explotación de esta región debía empezar de inmediato.

     Con los años esta nueva colonia  maduraría y quedaría borrada toda memoria de lo que fue la vida y esperanzas de las millones de consciencias que poblaron la meta-corporación derrotada. Nadie los recordaría en los años que siguieron.

6 TODO ACERCA DE NADIE




En otro tiempo  y espacio…

     Sí, los humanos somos la única forma de vida y dado que yo estoy completamente solo, yo soy por el momento la vida. Dado que el Thecnetos no me deja morir y vivir pareciera imposible en el último planeta, su misión debe ser entonces preservar mi vida y en general, la vida. Pero, ¿para qué? No lo sé. ¡Si yo supiera para qué sirve la vida sabría verdaderamente para qué sirve el Thecnetos!
    Mucho después, cuando ya lo entendí todo, vi, al enfocarme en la prehistoria humana que el único sentido de la vida es la supervivencia; cada detalle del que está hecho un ser vivo sirve para eso. Por eso, el sentido de la vida no es más que la vida y el sentido de la supervivencia no es más que la misma supervivencia. Así de tautológica es la biología en sus profundidades. Una gallina (alguien lo dijo) es el instrumento de un huevo para hacer otro huevo. Aprendí —quizás muy tarde— que la tortuosa historia universal no era más que el tortuoso método que tuvo un hombre para hacer otro hombre. Descubrir a esos dos hombres daría  algún sentido a los días que siguieron y justificará este largo y a veces tedioso monólogo. 
En los seres vivos, los de ahora y los de antes, es infructuoso buscar otro sentido, otro significado a su industria, a su anatomía, a su conducta y a su psicología. La vida solo sirve para persistir; cualquier examen de los elaborados y a veces oscuros rasgos de la vida, si llega a una suficiente profundidad, llega siempre a esta conclusión: el vacío sentido de la vida es la vida. Y es quizás más honesto y simple admitir que no tiene ningún sentido. Se dice que el fin justifica y explica los medios. Pero en la vida el fin perseguido por ese medio es el mismo medio. La vida es reproducción que se auto reproduce y nada más. Esto es obvio en los individuos, pues solo egoísmo y ansiedad por seguir siendo se observa al estudiar la prehistoria universal,  pero ya somos menos los que sabemos que detrás está la vana pulsión de supervivencia de la molécula germinal, que es una molécula capaz de generar otras moléculas iguales a sí misma, —y que no sabe hacer otra cosa más que eso— y que ha encontrado, después de un infinito tiempo de perfeccionamiento, una infinitamente eficaz forma de copiarse a sí misma: el Thecnetos.
Así, una molécula inerte es —paradójicamente— la final y única protagonista de la vida.

     De esta definición de vida —por supuesto, la que existía antes de que el universo se quedara vacío— se pueden deducir y explicar a todos los seres vivos que alguna vez colmaron el cosmos. Y debería por lo tanto servirme para explicar el  misterio supremo: qué es esa consciencia en mis carnes inconscientes. Pero no la explica.[1]

     Y esta explicación, si yo la alcanzara a entender por completo, explicarían las vacías ruinas que recorro y que me intrigan, por qué mi yo no se ignora a sí mismo como normalmente hacen las cosas, siempre ajenas a las demás cosas del mundo y a sí mismas. 
     La vida también debería explicar quién soy yo o qué es el Emisario. Y explicar el contenido de esas cartas erradas y por sobre todo, aunque no sé con qué palabras, qué es en verdad el Thecnetos. Pero no hay nadie ni nada encargado en revelar eso.

     Dudas. Solo de dudas colmo mis días. Y acaso vendrá mi muerte sin que pueda responder mis pobres preguntas, ni entender si acaso esas eran las preguntas importantes. No sabía aún, que esa muerte ya me buscaba, presurosa e impaciente.

     Así es el último planeta, para el solitario hombre moderno no hay familia ni relaciones amorosas; no hay comercio, ni arte, ni medios de comunicación; no hay libros, ni arquitectura, ni religión, ni ciencia; no hay filosofías ni supersticiones, no hay cementerios, ni tecnologías, ni siquiera hay lenguaje en el sentido estricto de la palabra; cada individuo tiene en su mente pensamientos que no requieren ser simbolizados en palabras, ¿a quién se las dirigiría en caso de existir? No hay signos en lugar de las cosas, hay solo nociones puras de las cosas y de sus relaciones. Ese proto-idioma individual solo sirve para entenderse a sí mismo y al Emisario. No hay lenguaje verbal,  pero sí hay ese proto-lenguaje por cada persona que nace (lo que ocurre muy rara vez) y hay un sistema escrito común solo con el Emisario (la cartas son un ejemplo de ello). Todas éstas y demás estructuras usadas por la primitiva humanidad para su supervivencia, son ahora innecesarias. Ha desaparecido cualquier rastro de civilización o de sociedad.

     No hay memoria, ni individual ni colectiva. Hay máquinas, pero no las hemos hecho nosotros y no se han hecho para nosotros; ellas  tienen su raro lenguaje, éste sí,  universal y común a las otras máquinas, al Emisario y al Thecnetos.

     Ahora el perfecto Thecnetos multiplica infaliblemente a la molécula germinal y no es necesaria más la vida y la consciencia, mientras haya energía, por muy poca que ésta sea, no llegará el fin y funcionará el Thecnetos, usándola para multiplicarla.

     La vida orgánica y la consciencia solo fueron instrumentos de la ciega molécula germinal para multiplicarse. Medios, no fines. Yo mismo soy un medio, el Thecnetos es un medio y el fin es en realidad, nada.



[1] Consciencia es la experiencia subjetiva de ser un yo, es eso que perdemos cuando morimos.

8 THECNETOS: EL ATARDECER DEL MUNDO

En otro lugar del espacio…

     Confieso que del Thecnetos no tengo certezas, sino sólo elucubraciones. Presiento que hay un artefacto con una tarea precisa, funcionando en la oscuridad: El Thecnetos, es también (pero no sólo) una red que satura las calles abandonadas y los desiertos y encierra en su inescrutable mente, una humanidad inmortal.
     No es necesario aclarar que el Thecnetos es artificial, aunque entiendo, al examinar el tema con más detenimiento, que en el mundo no hay nada artificial, que la naturaleza ha parido todas las cosas, inclusive al Thecnetos; que "lo no natural" es lo imposible, lo lógicamente inadmisible. Lo artificial lo hicieron los hombres, pero ellos y sus métodos eran también naturales, sujetos a las leyes de la naturaleza. Así, de lo artificial podemos decir que no existe.

     El Thecnetos, creo, ha existido desde la creación de la primera tecnología, de lo cual debo concluir —algo incómodamente— que no es eterno. En él debió confiar el hombre parcialmente su destino; su desarrollo posterior lo llevó a grados de poder de cálculo inimaginables. Una revolución en los sistemas que sustentaban la inteligencia artificial le dio su primera independencia, mientras nosotros perdíamos la nuestra.
                                  
     La ciega evolución creó el cerebro humano y éste creó el nuevo y mejor cerebro mecánico. Luego éste creó a los antepasados del Thecnetos, que ya no eran un simulacro de aquellas funciones cognitivas humanas, sino algo diferente: dueñas de una auténtica lucidez, ya incomprensible a nosotros. Pero confío en que esta máquina nunca olvidará el fin para lo que es creado todo artefacto: garantizar nuestra supervivencia y acompañar nuestra futura evolución.
     Así, los individuos, al cabo de unas décadas desaparecemos, como yo pronto desapareceré, pero nunca ese río que llevamos dentro; ese río es un linaje ininterrumpido de moléculas germinales, pasando de generación en generación a través de nuestros cuerpos y éste es un flujo que corre sin interrupciones ni pausas desde el comienzo de la vida.

     Describir el Thecnetos es imposible, incluso pensarlo lo es; sólo puedo figurármelo infantilmente, por aproximaciones. Por ejemplo, pienso en él como una población infinita discutiendo simultáneamente en todas partes, o como una nube de pensamientos plácidamente flotante en la eternidad. Me parece hasta hermoso pensarlo así: debajo de tanto polvo, comprendiendo cómo y por qué un papelito es levantado por el viento en algún rincón perdido del último planeta.
     En sus manos estará seguro mi futuro por un tiempo y el de la humanidad para siempre. Claro, ya dije que del Thecnetos no tengo, ni nadie tiene, una percepción directa ni deja huellas su presencia. Sólo mis dudosos razonamientos me llevan a creer en él. Si no, ¿cómo podría ser posible la vida siquiera por un segundo en el último planeta?

     Y me parece que hay otra prueba de su existencia. Ocurre que, no importa de dónde parta un razonamiento (única ocupación para los solitarios hombres), ni qué temas se aborden en él, si se llega lejos, siempre se llega a la necesaria existencia del Thecnetos. Aunque el origen de todo razonamiento es también  dudoso. Los míos siempre se originan en las disposiciones del Emisario (que es el único otro ser vivo del que tengo certezas). Es a través de él o de eso, que deduzco y creo en el Thecnetos. ¡Y aún él es tan evasivo, tan lejano! Tampoco lo he visto ni tocado, pero permanentemente presiento su proximidad.

     Asumo, como lo más razonable, que este Emisario es un ángelos del Thecnetos. Una forma de comunicación entre ese dios mecánico, ese imperturbable y total ente, y mi fugaz y fragmentaria existencia. Pero, en fin, he de aclarar que mi creencia en estos dos seres no es sobrenatural, pues ya aclaré que sólo existe lo natural.
En los años que llevo recorriendo el planeta, el Emisario se ha vuelto aún más elusivo o yo más predecible; siempre procede a ejecutar sus disposiciones mientras duermo, mientras me ausento o viajo. Deja generalmente impersonales cartas con instrucciones que intento comprender y obedecer cabalmente.
     Impersonal. Dormida tal vez, sentía yo la ciudad de escombros. La soledad me hacía creerla íntima y mía, pero luego recordaba que no era ni único ni singular en el planeta, que con otros quizás, comparto ese Emisario que nos tutela o vigila.
     Consumía a pie las interminables calles y plazas siempre estériles y mudas. Al acercarse a los edificios muertos uno siente como si se acercara a las espaldas de hombres gigantescos y muertos. A veces sentía una sensación de rechazo de aquellas espaldas, e inmediatamente  tomaba rumbo a cualquier otro lugar. Me movía un  primitivo deseo de exploración humano, un rasgo innecesario como tantos otros ahora.


     Pero olvidé la causa fundamental de mi relato, ¡el asunto de las cartas...!

7 THAUMASIOS HEKANTOKEINOS

T H A U M A S I O S H E K A N T O K E I N O S

En otro punto del espacio-tiempo…
     Una década después, la androide-zombi Nimis[1]  viajaba por las aglomeradas escaleras con el técnico L —ya un joven empleado de bajo rango en la vertical estructura de la meta-corporación, cuya mirada era sensible, lúcida y un poco desilusionada.
     Ambos iban por una de las miles de escaleras que se disparaban en todas direcciones, entre los saturados recovecos donde vivían los técnicos de la meta-corporación. De tramo en tramo, eran arrastrados por la masa tosca de gente, hombres pequeños y duros, de aspecto preocupado caminaban aún con más prisa que el resto; eran los malgeniados asistentes, ensimismados en su carrera. Su prisa los llevaba a ser oscos y neuróticos.

     L pensó melancólico en lo caprichosa que era la realidad: el universo podría haber sido simple, por ejemplo hecho solo de unas cuantas partículas flotando en el espacio y así siempre, o un denso núcleo de materia estable, pero en cambio surgió la vida, su torvo sinsentido, sus casi infinitos y desgastantes detalles. Todas las expresiones de la vida, eran para L redundantes y absurdas. Y acaso lo más preocupante de la vida orgánica era que él mismo estaba atrapado dentro de ella. Él era un instrumento de los genes, pero planeaba defraudarlos y además sabía que ellos no eran los verdaderos protagonistas de la vida, sino instrumentos de algo aún más profundo, pues los genes desaparecen y cambian, ¿acaso la evolución no es el cambio de los genes? ¿Qué clase de protagonista sale de escena  ni bien entra? Los genes son instrumentos de un fin invisible,  y este si inmortal los genes se pierden, yo me pierdo, lo otro queda. Pero también a esto vencería…o al menos eso planeaba el joven y núbil L.

     Sólo lo más central de su yo era libre: su trans-biológica voluntad. Despreocupado del mundo, dejaba de atender a las formas y los colores que acaso lo distraían del verdadero ser del mundo. Le daba igual si este caprichoso y redundante universo acabase mañana.   
     L y Nimis, al salir de la escalera M llegaron a un corredor ancho; había más aire ahí, pero algo semejante a una negra procesión estorbaba el paso. Primero solo vieron un compacto grupo de pequeños asistentes, unos corrían golpeándose desde un montón central y otros hacia él, llevando papeles e instrumentos. En el centro, un hombre grande y lento  avanzaba con las dificultades de un anciano. Era uno de los Thaumasios Hekantokeinos [2], los sabios oscuros de la meta-corporación y su nombre era Herakón. Era viejo pero alto y  fuerte, avanzaba penosamente hacia quién sabe dónde, por aquel hormigante edificio. Los asistentes hacían mucho ruido hablándose a gritos y L miró reverente y fascinado a ese hombre raro, de esa casta de centenarios carísimos a la meta-corporación. Herakón se detenía cansado de trecho en trecho, su traje y su cuerpo estaba abrumado de artefactos y cableado. Sus ojos y oídos, se veían sellados por negros instrumentos relucientes, pero las vacías cuencas de sus ojos estaban atravesadas de cables, que llegaban a su poderoso cerebro.
     Entre el caos que lo rodea, bajo las artefactos que lo aprisionan, el oscuro Thaumasios exhalo un cansado suspiro.
     Los Thaumasios administraban la meta-corporación aunque subordinados a los lejanos Zombis Hekantokeinos y eran capaces de cálculos y análisis desmesuradamente complejos, que eran imprescindibles a la humanidad en guerra.
Las meta-corporaciones tenían relaciones enredadísimas entre ellas. Era difícil dilucidar por qué un día se recibían ataques de antiguos socios. La velocidad de los cambios históricos no se computaba en meses sino en días, de modo que  una alianza podía convertirse mañana en una mortal enemistad. El mapa de estas centenarias guerras era incomprensible para las primeras inteligencias artificiales. Pero estos genios podían entenderlos entre los angostos y laberínticos corredores. L pensaba que era un desperdicio que tanta inteligencia fuera usada para una tarea deleznable: hacer persistir  a la torva humanidad.
     Al llegar de madrugada L podía ver a esos Thaumasios recostados en desorden por todo el edificio recibiendo mensajes por sus cableados, meditando las largas respuestas, ciegos y casi inmovilizados por esos artefactos que invadían sus ropas y sus viejas carnes.
     Cuando alguno se levantaba y movía por el edificio, sus movimientos eran torpes y lentos, por la vejez y por la ceguera. Su actividad era meramente intelectual, pero sin descanso y esto los mantenía en una desconexión que los hacía parecerse al enajenado o al bruto. A veces también descansaban, pero no se descubrían los ojos o los oídos artificiales; ¿qué sentían, en esos pocos minutos que se detenía su labor, en esos períodos en que no había programada ninguna actividad o comunicación? —Se preguntaba inmaduro y anónimo L.
     Faltos de una vida como la de los demás, sin descendencia, casi sin pasado ni porvenir, con los ojos y el resto de sentidos muertos, los Thaumasios solo tenían el vacío de sí mismos. Sus consciencias vacías de contenido, simplemente vivían el pasar del tiempo.
     Acaso sin recuerdos en que entretenerse, se distraen con abstractas construcciones que solo ellos pueden entender —pensaba L, que también colmaba su hueca vida con un universo abstracto, de conjeturas e hipótesis. Un universo irreal.
     Los Thaumasios eran mártires de una época difícil de incesante guerra y si no sacrificaran así sus vidas, se derrumbaría la precaria estabilidad que mantenía a la meta-corporación con vida. Se decía que estos ancianos construyeron esa inteligencia que ahora los esclavizaba. Pero no era por la fuerza o la extorsión que esa inteligencia conseguía su trabajo devoto y su entrega absoluta. Como cualquiera, ellos podrían escapar, pero en cambio su labor continuaría hasta que la muerte los alcanzase en sus incómodos trajes.
     Solo aquellos que construyeron la meta-corporación y que conocían más de cerca los vínculos de gobierno, sabían algo acerca de sus motivos irrenunciables.
     Pero este Thaumasios era aún más singular que los demás, ningún ser humano había nacido antes con la inteligencia de Herakón, su mente era toda una descomunal razón, vacía de emociones, no era como la inteligencia usual de los técnicos y científicos, que se entregaban a la razón por el placer de razonar, por el deleite intelectual.
     En Herakón la razón ocurría por la misma razón, no por el placer de pensar. La suya era una inteligencia en estado puro y ésta no estaba al servicio de nada más que de sí misma. Los demás usaban la razón como medio y no como fin. Pero para el Thaumasios Herakón, la razón no podía subordinarse a nada que le fuera inferior. L admiraba y compartía desde su humildad, las convicciones del venerado Thaumasios.
     Tanto el poderoso Herakón como el insignificante L miraban a los seres que los rodeaban como a máquinas de carne, simples títeres del placer. Un placer programado por un ciego accidente químico: la evolución. Toda la historia humana había ocurrido tal y como había ocurrido solo por la búsqueda del placer y por la aversión al displacer de los hombres, una perversa humanidad de marionetas siempre sometidas a ese viejo mecanismo de recompensa y castigo sensorial, incorporado por la primitiva selección natural para controlarlos.
Por fin, ensimismado, L llegó con Nimis a su precario locus de trabajo[3]. Al mismo modo que otros millones de técnicos, L era, debajo de decenas de estratos de responsabilidad, un subordinado de Herakón. Se sentía a salvo en su imperceptible puesto en el gran engranaje de trabajos. Llevaba años desde su niñez, aislado en una precisa y tediosa tarea: monitorear a los animales meta-dimensionales. Poco más sabía del mundo, que el camino del locus de trabajo al locus de descanso. Registraba la ecología y dinámica de las poblaciones de estos seres: éstos eran entes que saturaban el Aether aparentemente vacío. El imperceptible L llevaba años estudiándolos, pero en los últimos tiempos ni él ni otros técnicos habían captado datos sobre esos animales meta-dimensionales, al parecer eran problemas del instrumental que impedía su ubicación. Cada vez había menos energía para los instrumentos de L y en general para cualquier máquina de la meta-corporación, dada la cada vez mayor escasez de energía en el cosmos. Quizás por esto ahora los instrumentos de L no alcanzaban a registrar las especies multi-dimensionales.
Pero la insegura inteligencia de L pensaba que se debía a otra cosa. Una cosa muy grave.



[1] Una no programada para sentir qualias, qualias son las cualidades subjetivas de las experiencias individuales. Por ejemplo, la rojez de lo rojo, o lo doloroso del dolor, a  diferencia de los androides-qualia que sí podían sentir
[2] Thaumasios, genios;  Hekantokeinos, oscuros.
[3] Del latín locus, lugar.