jueves, 17 de marzo de 2022

43 DNA = FUNCIÓN x ECONOMÍA

 


En otro mundo…

     El viaje hasta el mítico otro mundo parecía cada vez más imposible y el secuestro más interminable. Descubrí en él, cosas harto más complejas que en la investigación fallida de las cartas. De algún modo, el Emisario me las enseñaba sin palabras o yo las aprendía en la evidencia que su sola presencia mostraba. Aparecieron otras sensaciones y otros colores.

     Del Emisario aprendí incluso de la prehistoria y las causas de esa lejana humanidad; saberes que me agradaría no retener sólo en mí, sino compartir con ustedes. Lo más notable que aprendí es que la vida en su sentido último es como un río; uno que se despeña por las eras, un linaje ininterrumpido de moléculas germinales: los átomos de una molécula espiral y fría. La vida —claro— no es la molécula germinal, que es sólo una cosa, sino lo que ésta hace para multiplicarse; nunca cosa, siempre proceso, siempre fluir. Supe que ese río avanzó sin pausas por los paisajes del tiempo y como el agua, tomó su forma según la forma del terreno en el que fluía. La vida, que carece en sí de forma, toma entonces la del recipiente que la contiene. Como el agua, la vida se arremolinaba, se despeñaba, se perdía o se estancaba; como ella, se mezclaba o se confundía con otras aguas. El cambio de la vida era constante, pareciendo que quisiera agotar todas las formas posibles de ser, evidencia de no tener en lo profundo, un ser. Pero la evolución de la vida también volvía a sus comunes hábitos como el agua a hacer turbulencias, remolinos, oleajes y meandros. Ahora el Emisario y yo somos la vanguardia de ese viaje; un tramo en su desconocido viaje a ninguna parte. Somos parte de esa huida sin destino ni itinerario de la vida. Pero paradójicamente nosotros somos cosas, o sea, no somos la vida, pero ella está pasando a través de nosotros hacia delante. La vida es un ajedrez y nosotros somos sus piezas, no los jugadores.

     La vida es auto multiplicación de la auto multiplicación, ése es el fin, todo lo demás el medio. Hace trillones de años, en un punto del universo llamado Tierha y que ya no existe empezó ese minúsculo fluir, al formarse la primera molécula germinal. Su descendencia ha sobrevivido asombrosamente y aún persiste hoy, trillones de trillones de siglos después de su nacimiento en un planeta remoto. Sigue aún en este atardecer triste del cosmos, como un germen que persiste en el cadáver de un Dios muerto ya hace mucho; un Dios cuyo cuerpo cada vez más hueco amenaza con desaparecer en sus abismos a su antiguo huésped: la vida.

42 EL PROBLEMA DEL HOMBRE, ES EL HOMBRE

  


En otro lugar del espacio y el tiempo…

      El terrible estruendo resonó por todos lados. Empezaron a caer a una terrible velocidad pedazos de naves en las instalaciones del planeta Plouton; objetos grandes viajaban con una aceleración vertiginosa por el sistema planetario demoliendo lo que embestían. Nadie esperaba esto a solo un día del experimento que salvaría a la humanidad. ¡Millones y millones de años malgastó el cosmos y le faltó un solo día para salvarse!

Empezó una urgente batalla. En esta ocasión, la ventaja de la sorpresa la tenía la otra meta-corporación. Quizás planeaba apoderarse del Mekhanes Meta-dimensional recién construido o sólo planeaba destruirlo sin saber su valor.

Miles de ojos terribles se encendieron de ira y de terror.

     Millones de bolas flamígeras rayaron la oscuridad, chocando pesadamente contra los astros del sistema planetario y contra los Mekhanes flotantes, desestabilizando su relojería gravitatoria y rompiendo su helada y armónica estructura.

     Herakón y todos los Thaumasios fueron inmediatamente protegidos.

     La corteza del planeta Ploutón se empezó a resquebrajar toscamente y la órbita del Mekhanes meta-dimensional, centro de los experimentos del viaje fuera del cosmos, se ladeaba peligrosamente. Herakón, Ahelios y todos los técnicos importantes recibieron la orden de viajar al Mekhanes meta-dimensional que era el lugar mejor protegido.

     M recibió órdenes de unirse a las tropas de defensa y de contraatacar la embestida de guerreros que de seguro sobrevendría. Se unió a Ayazx que apareció en la lucha con su asustado erómenos Gerontes, devastado día a día por la crueldad de éste, a Fratedes cuyo joven erómenos Wille expresaba confianza en la lucha que empezaría, a Andros y a los demás guerreros.

     L tenía orden de viajar al Mekhanes para su protección a pesar de su bajo rango y juventud. Los androides no eran prioridad, así que Nimis y los demás androides, conscientes o no, fueron dejados a su suerte.

     Los androides-qualia carecían de instinto de supervivencia, así que no sentían desesperación o miedo, no estaban programados para ello como los humanos, pero eran conscientes de que eran conscientes y de que ya no lo serían en unos minutos. Caminaban cautos y lúcidos entre los estallidos. Al contrario, los androides como Nimis paseaban totalmente indiferentes a las explosiones. No eran conscientes de que eran conscientes y la muerte no cambiaría esa condición. Eran despedazados tanto unos como otros por el ataque de la otra meta-corporación.

     Los seres humanos en Plouton se torcían entre la ira y el miedo; y con los dos sentimientos al mismo tiempo pelearon.

     La muerte venía por todos lados a todos y cada uno de los miembros de este milenario linaje humano, que conformaba la meta-corporación local.

     Se ordenó que el Mekhanes meta-dimensional, que se iba cargando de los Thaumasios y personal calificado, se alejara todo lo posible de la batalla. Pero no se pudo evitar que le alcanzara una miríada de ataques que lo agujerearon y rompieron. Después de unos minutos el Mekhanes perdió sus formas y se despedazó en fragmentos multidimensionales. La única tabla de salvación de la humanidad se derrumbó sobre sí misma epi-dimensionalmente.

     Una nubosidad de objetos empezó a aparecer alrededor de Plouton, eran naves que aparecían y rodeaban los planetas. De ellas salieron otras más pequeñas que cayeron sobre las ciudades como meteoritos. En ellos hormigueaban terribles guerreros acéfalos, sintéticos colosos que eran la fuerza de destrucción de la otra meta-corporación. Salieron a despedazar y a matar; eran las fuerzas de segunda línea de la meta-corporación atacante.

Inmensos y poderosos, corrieron como una turba de fieras por todos lados. Desparramándose en las ciudades como un alud de cuerpos sin cabeza, cuerpos sólo construidos para matar. En minutos se encendió el fuego de la pelea. Los gigantes de la meta-corporación local, entre ellos M, Ayazx, Gerontes, Fratedes, Wille y Andros embistieron como una ola fornida a otra ola de carne sintética. Los acéfalos cuerpos empezaron a mutilar y a reducir a los guerreros humanos.

     Voceríos y alarmas saturaron las instalaciones atacadas. Todos ansiosos y urgidos de combatir. Así se acercaron los masivos cuerpos, los vigorosos músculos, las venas palpitantes de caliente sangre. Millones contra millones, un furor de miembros se entrelazaron y rompieron en un estruendoso estallido de odio. La hermosa arquitectura de los gigantes humanos, hecha de músculos, tendones y sangre, se despedazaba y fragmentaba, saltando en desorden carnes, fluidos y astillas de hueso. Estallidos violentos convertían en caos, el orden y proporción de sus bellas formas naturales. De este modo, también los cuerpos de los gigantes acéfalos, no hechos de carne, también se quebraban y reventaban, mostrando el tejido y los fluidos artificiales que los hacían. Así, fueron matándose y muriendo ambos grupos de titanes. El cuerpo de M se cubrió de sangre y de pedazos de los gigantes acéfalos, que mataba o que trataban de matarlo. Aunque el balance de muertes y de dolor rápidamente le daba la victoria a la otra meta-corporación.

     Ayazx luchó como siempre, con más habilidad y crueldad que los demás guerreros, era cubierto en su lucha por su desgastado erómenos Gerontes, que no dudaba en arriesgar su vida para cuidarlo; con esta ventaja Ayazx fue matando más que ninguno. Entre el caos de cuerpos que se matan Ayazx notó que M peleaba a solas, no emparejado como era la costumbre entre los guerreros de la meta-corporación y su carne deseó ser la otra mitad de M, pues todo guerrero era siempre la mitad incompleta de una pareja.

     Aprovechado el anonimato de la lucha, acabó con uno de los obstáculos que ponían distancia entre él y su deseo. Así que cuando nadie lo vio, con su erómenos delante de él defendiéndolo, levantó un brazo duro como un hierro y golpeó con un tosco golpe la espalda del enamorado Gerontes. El golpe fue tan seco e impactante que rompió la columna y desarticuló varios huesos. Una hemorragia oscura pronto ahogó con una negra sangre, las vísceras del fiel Gerontes, que volteó incrédulo a mirar por última vez a Ayazx, que ya se iba. Así recibió el triste Gerontes, el último pago a su devoto amor.

     Pero el único y gastado ojo de Fratedes y los ingenuos de su erómenos, pudieron mirar aquella injusticia. Wille se acongojó en su tierna edad conmovido por el destino del viejo.

Cuando Ayazx notó las miradas de censura de los dos a su espalda, volteó a mirarlos indolente.

Fratedes aún con un mínimo de esperanza en el corazón le preguntó como a un hijo:

—¿Por qué has hecho algo tan malo?

Ayazx le respondió lúcido y coherente:

—¿Por qué no hacer algo si es malo? Dame una razón.

 Fratedes se vio incapaz de contestarle lógicamente y sacó a su erómenos de la vil presencia de Ayazx y juntos se internaron en la batalla. 

     Por otro lado, Ahelios abordó con L la nave que los llevaría al Mekhanes. Pero vio una duda en su pupilo, que sentía su vida vaciarse al dejar a su Erómenos, su lugar era el Mekhanes, pero...

En el rictus sin significado que se iba dibujando en L, Ahelios se vio a sí mismo, que siempre vivió sin motivo ni razón. L se había vuelto más que un esclavo y ahora volvería a meramente serlo. En un segundo entendió qué le convenía más.

—Quédate —dijo a su joven subordinado—, si partes al Mekhanes meta-dimensional con nosotros, tu vida quedará tan vacía como la mía. No tienes idea de lo que es vivir una vida sin sentido.

     L a punto de partir al Mekhanes meta-dimensional echó una mirada a la batalla que se estaba perdiendo. Pensó que lo más razonable era partir y sobrevivir, pero que en un punto en esa tormenta estaba M, e inseguro y con temor dudó en abordar.

Se tejió en su mirada desesperada este poema destinado a perderse:

 

M, ¿Qué se desteje y se parte en silencio cuando no sé dónde estás?

El mundo retrocede y se desbarata como sobre rocas cuando no sé dónde estás. Cuando no vuelves…

 

Pero, al igual que el moho de la pared deseaba vivir L deseaba a M.

     Nimis descuidadamente abordó y salvó su inconsciente existir sin proponérselo.

Cuando la última nave cargada de técnicos dejó el planeta rumbo al Mekhanes Meta-dimensional, L quedó en Plouton atrapado por la necesidad de buscar la otra mitad de su carne entre esa tormenta de muerte.

41 ¿SOMOS LOS MISMOS DE HACE 5 MINUTOS?

 


En otro lugar del espacio y el tiempo…

¡El largo camino hasta el transmundo! Llegamos a unas ruinas muy densas. En el centro de ellas encontramos un enorme monumento de piedra muy extraño. El Emisario decidió descansar bajo él y antes de desvanecerse en el sueño me miró unos minutos atentamente, como si me viese por primera vez o como si reconociese recién algo largamente ignorado en mí. Sentía algo que aún no se dejaba entender, aunque si sentir. Finalmente fue vencido por el sueño y entró en el sopor de la inconsciencia.

Entonces esa terrible estructura sobre el Emisario captó toda mi atención y me hizo comprender algo que ya iba sospechando. Era una estructura cuadrangular muy alta. Partía de una ancha base de diminutos elementos pétreos que al inicio eran caóticos y después se elevaban formando cuatro dobles hélices escalonadas. De cada uno de esas dobles espirales nacían cuatro robustos gigantes, extrañamente semejantes al Emisario que también se torcían, como continuando el ascenso espiral de las hélices que los sostenían. Pero más arriba, sus gruesos brazos sostenían a duras penas una inmensa y pesadísima estructura. La rara geometría de esa pesada carga estaba colmada de signos y parecía a lo lejos un negro cubo ladeado. Pero era más bien dos cubos, uno dentro del otro, las líneas de comunicación entre sus aristas dibujaban una trama que confundía y mareaba al ser examinada. Lo llamaré provisionalmente hipercubo. Lamentablemente la erosión había borrado los detalles, así que su forma real sólo era posible de verse con cierto esfuerzo visual. Las esquinas inferiores del hipercubo descansaban en los anchos cuellos de esos hombres colosales que, aunque fornidos como toros, trabajosamente aguantaban el peso. Los gestos llenos de presión, la tensión muscular al borde del desequilibrio, la sobriedad geométrica del hipercubo y el vertiginoso ascenso de las espirales bajo ellos, todo estaba esculpido en una negra piedra manchada y resquebrajada por la erosión. 

El Emisario echado y dormido en la base de esos cuatro gigantes, parecía como un quinto atlas que, agotado por la dura tarea de sostener al negro hipercubo, hubiese caído rendido, agravando de este modo la labor ya difícil de los otros cuatro.

     Estos bellos atlas de piedra también tenían los ojos cerrados a semejanza de todos los que siempre observé en mi vida, incluyendo al Emisario ahora soñando. Pero su sueño parecía ser incómodo, incluso intolerable, como si soñaran un castigo duro e insufrible. Los gigantes vivían en sus vísceras de piedra un dolor mineral, fruto de aquel severo peso, eternamente sobre ellos.

     Empecé a caminar alrededor del dramático monumento. Cada gigante era igual físicamente a los otros, aunque en distinta posición de sostén y con gestos también distintos por el esfuerzo, se notaba una cierta descoordinación de sus esfuerzos musculares, que desequilibraba aún más el sostén del hypercubo, aumentando el dramatismo del conjunto escultórico. La base del monumento era más ancha e inicialmente estaba formada de esos pequeños elementos desordenados. Al mirarlos más de cerca miré que cada uno de ellos, parecía ser esférico, pero también tenían una estructura ya borrada por la erosión. Estos átomos, mientras uno subía la mirada, se iban organizando y girando formando dos espirales; una paralela a la otra que se comunicaban por peldaños. A cierta altura estas gruesas hélices se convertían en los desarrollados muslos de los cuatro gigantes, de modo que cada uno de estos nacía de una de las cuatro espirales dobles. Y la torsión tensa de sus músculos y volúmenes repetía esa tensión elíptica de las dobles hélices, símbolo y forma de la molécula germinal, esencia misma de la vida. Obviamente los gigantes representaban a la humanidad. ¿Pero qué era el hypercubo?

     Los gigantes eran idénticos en rasgos y tamaño entre sí y con el Emisario, pero distintos pues dibujaban diferentes posiciones y plasmaban diversos gestos. Parecía una secuencia de movimiento de uno solo ¿Eran el mismo gigante? ¿O distintos gigantes?

En eso medité distraído.

     Yo mismo tenía gestos diversos. Cada minuto mi cuerpo adoptaba posiciones y formas diferentes. Y sin embargo era yo el mismo ¿O no? Si algo no es igual en modo y forma, ¿por qué llamarlo “el mismo”? ¿Será que no soy el de hace cinco minutos?

     Miré el perturbador monumento que se alzaba invencible y arrogante hasta una gran altura y comprobé el trabajo extenuante de los cuatro gigantes o del único gigante multiplicado.

     Supuse luego que a pesar de que mi cuerpo cambiaba de posición como lo hacían los gigantes, los átomos de mi cuerpo eran los mismos, eso me hacía a mí ser siempre yo. En cambio, los gigantes tenían átomos diferentes y eso los hacía distintos.

     Pero recordé, que al cabo de unos años los átomos de mi cuerpo se renovaban por otros. Los átomos que antes eran polvo ahora son mi carne y los de ahora serán mañana quién sabe qué. ¿Por qué creía que yo continuaba si me iba deshaciendo y rehaciendo con el tiempo? Los átomos de los cuatro gigantes eran otros también. No podían ser el mismo gigante, ni yo el mismo hombre de hace algunos años.

     Pero a diferencia de los gigantes yo tenía una memoria de la cual podía decir que era mía. Medité así caminando alrededor del monumento.

     Luego recordé que cada día acumulaba nuevos recuerdos y otros se iban borrando. Más rápido que el recambio de mis átomos era el recambio de mis ideas. No podía decir entonces que fuera yo el mismo de hace algún tiempo en base a mi constitución mental. Miré al Emisario pensando.

El enigma planteado por ese monumento no tenía solución, pero al fin creí hallarlo. ¿No había acaso una continuidad entre mi pasado y yo? ¿No había una sucesión de estados, todos relacionados unos después de otros que me hacían a mí?

     Me alegré aliviado. Pero de pronto me decepcioné de nuevo, pues esa continuidad sólo significaba una relación, una proximidad, hasta una génesis, pero no una identidad, no igualdad. También había sucesión entre las esferas y los gigantes y entre el hipercubo y el aire, pero no eran lo mismo. De hecho, había una continuidad entre el viento que surca el planeta y yo, pero no éramos lo mismo. Yo me originaba remotamente del Thecnetos pero no era uno con él.

     Mi cuerpo no era el mismo ni mi mente, pero si el mismo yo, ese yo pensaba unas cosas y luego otras, pero era el mismo, pero ¿qué es el yo? No sabía que era la consciencia, pero sabía que era igual a sí misma. ¿O no?

¿Qué significaba ser “yo”?

     Seguí girando lentamente alrededor de este misterioso monumento y pensé que al cabo de la vuelta ya no sería el mismo.

     Cuando terminé de dar la vuelta al monumento encontré con los ojos del Emisario de pie. Me miró agudamente respirando inquieto y así me comunicó que empezaríamos de nuevo la marcha y que abandonara esas frívolas preocupaciones. Las abandoné. Habría abandonado un cosmos por ir adonde él fuera.

     Pero en lo íntimo, jamás olvidé el acertijo que el monumento de los cuatro emisarios dejó en mí.

El acertijo sin respuesta de la consciencia.

jueves, 3 de marzo de 2022

40 AMOR EST MAGIS CONGNITIBUS CUANT COGNITIO

 


Muy, muy lejos de ahí…

     El viaje fuera del universo estaba punto de empezar y también el diseño de Ahelios para acabar con la enfermedad atávica de M y L, lo diseñó, aunque simpatizaba con aquellos que habían logrado tener lo que él no podría.

Se reunió con Herakón y los androides-qualia.

—Encontré los genes responsables de iniciar la bioquímica del amor en las cartografías genéticas —dijo Ahelios—. Mi plan es insertar sondas anti-sentido[1] en los técnicos para bloquear su funcionamiento. En unas semanas el estado fisiológico de los eromenois M y L volverá al estado normal —dijo Ahelios apesadumbrado de dañar así a su pupilo.

—Eso no será un estado irreversible —dijo Herakón decepcionado—, además, deseo que se eliminen esos genes del todo de la molécula germinal de una vez por todas. ¡En todo el personal de la estación y por las siguientes generaciones!

—Pero ya no habrá otras generaciones…Además he hallado que esos genes sirven para otras funciones —dijo Ahelios sorprendido—, se desestabilizarían numerosos sistemas fisiológicos importantes.

—Nada que no se pueda resolver insertando más genes artificiales en el cromosoma Y que cubran esas funciones —dijo Herakón.

—Diseñarlo tomaría meses, además habrá que calcular las infinitas consecuencias de esos genes artificiales —contestó abrumado Ahelios.

—Yo ya lo hice antes de que Ud. viniera, suponía que no podría hacerlo. El programa completo está ya en estos dos androides-qualia, (estos dos ejemplares eran toscos y de pobre metal, sin embargo, esos pobres mecanismos de aspecto envejecido estaban conscientes).

Ahelios quedó aún más sorprendido. Era obvio que Herakón odiaba el amor, su inteligencia había soñado largamente con desaparecerla desde hacía mucho tiempo. Y en realidad no era la primera vez que Herakón luchaba a muerte con el amor, y en el pasado había sido derrotado por este.

—¿En qué basa su técnica? —dijo Ahelios.

—En la complementariedad genética, los eromenois no se enamoran al azar, sino que están destinados a amarse por su mutua complementariedad genética. La composición de la molécula germinal de un erastés es afín y complementaria al de su erómenos, lo que le falta a uno lo tiene el otro, lo que le sobra a éste, le falta a aquél. Unidas sus moléculas germinales alcanzan más perfección y equilibrio, por eso surge la enfermedad atávica entre ellos, el amor no es más que deseo de perfección de la molécula germinal. Esos genes del amor que Ud. identificó obedecen a otro sistema genético más profundo. Uno que se encarga de identificar en las moléculas germinales de los demás esa complementariedad. Suprimiendo esos genes, suprimiremos el amor por fin —dijo satisfecho y orgulloso Herakón.

—¿Quiere Ud. decir que nuestra composición genética determina necesariamente a la persona de la que nos enamoraremos? —preguntó asombrado y reverente Ahelios.

—Exactamente, desde el nacimiento —respondió sumergido en la noche de su ceguera Herakón.

—Es decir —dijo Ahelios entendiéndolo— desde que se forma la molécula germinal en los úteros artificiales ya sabe la meta-corporación qué eromenois serán compatibles y se enamorarán. Entonces…—agrego asombrado—. ¿Si clonásemos a estos dos eromenois, necesariamente estos se volverían a enamorar uno del otro?

Herakón calló unos minutos y después respondió:

—Si…pero amar, tener hambre, seguir nuestros instintos y deseos no es ser un ser humano, es sólo ser un animal. Ser esclavo de lo orgánico. Los seres así sólo son tripas que hablan. Ser un ser humano es ser capaz de ser libre la naturaleza, de hacer algo artificial, sólo lo contra-natura nos hace hombres. El amor es una determinación biológica, un atavismo del que debemos ser libres los Homo sapiens thecnecies. Debemos ser más que simples seres vivos.

Ahelios entendió entonces por qué y cómo M había sido escogido para la misión. Antes de que L o M lo supieran, Herakón ya había adivinado el amor que necesariamente nacería entre los dos. Su venganza contra L, por proponer una salvación a la vida, era hacerlo responsable de la muerte del que amaba. Ahelios se aterró al ver el poder de la inteligencia del oscuro Thaumasios.

—Si eso es cierto —dijo Ahelios también fascinado por la lucidez de Herakón— entonces ¿Por qué algunas personas como yo tenemos esa rara forma de la enfermedad atávica? ¿Por qué nos sentimos enamorados y nunca encontramos esa molécula germinal de la que somos complementarios? ¿Dónde está lo que anhelamos? ... Quizás… Si esto es cierto, ¿Yo podría encontrar por este medio a la persona de la que estoy enamorado y que aún no conozco? ¿Ud. me guiaría y ayudaría a encontrarla? —agregó lleno de esperanza y fe Ahelios.

—No la busque, porque esa molécula germinal que busca existió alguna vez, pero ya no —respondió indiferente Herakón a Ahelios—. Usted posee una molécula germinal afín a un tipo de molécula germinal extinto. En la prehistoria de nuestra humanidad, en los Homo sapiens sapiens, especie de la que evolucionamos, existían dos tipos de humanos en simbiosis con diferencias genéticas entre ellos. Uno de esos dos linajes parasitaba al otro y fue desterrado, desapareció y no existirá nunca más. Sus sentimientos están dirigidos a ese linaje inexistente.

—¿Y la meta-corporación permite que nazcan personas con necesidad de algo que nunca tendrán? —pregunto Ahelios dolido.

—No los hacemos nacer para ser felices ni para ser perfectos, sólo suficientes. La meta-corporación es perfecta, pero sus esclavos no tienen que serlo —respondió Herakón—. Su perpetua incompletitud les permite entregarse al servicio de la meta-corporación más íntegramente que el resto. Además, esa enfermedad suya acabara ahora. Empezaremos la eliminación de esos genes en este momento, en los técnicos M y L y en todos los demás. A través de estos NIGAs los distribuiremos y tendremos terminado el trabajo. Estas plantas productoras tendrán el número suficiente en unas horas. —Señaló unas máquinas sintetizadoras—. Empiece a trabajar con los androides–qualia.

Ahelios se quedó callado pensando en ese sentimiento que lo había acompañado toda su vida y que ahora saldría de él. Así, callado, empezó a trabajar en los NIGAs. De repente interrumpió dolido a Herakón:

—Herakón, Ud. y los Thaumasios Hekantokeinos de la meta-corporación son asombrosamente cognitivos, pero se me ocurre que hay algo más cognitivo aún que el mismo conocimiento.

—El conocimiento es la proximidad máxima al ser —contestó brusco Herakón—. Al conocer, los hombres tomamos contacto con el mundo. Sólo estamos lúcidos los que conocemos perfectamente cómo es. Los ignorantes nacen, viven y mueren dormidos, sólo se diferencian de los animales en que hablan ¡Y detrás de sus palabras no hay razones sino sólo reflejos! A la perfección dirige la meta-corporación al ser humano. Nos alejamos del ser primitivo que fueron nuestros ancestros. Deje de una vez el amor en el pasado. Que no quede recuerdo de que una vez enfermó y esclavizó a la humanidad.

—Creo —dijo humilde Ahelios— que el amor es más cognitivo que el mismo conocimiento.

—¿Por qué? —dijo Herakón.

—En el conocimiento —respondió contrito Ahelios—, una consciencia es consciente de una cosa. En el amor dos eromenois se conocen mutuamente. Es decir, una consciencia es consciente de otra consciencia. Y aún más, en el conocimiento la conciencia se acerca al mundo, pero nunca se une con él. En el amor la conciencia se acerca a otra y es una con ella. Aunque yo nunca pueda unirme con la que me corresponde, el amor debe ser más cognitivo que el conocimiento (amor est  magis congnitibus  cuant cognitio). Creo que no deseo perder mi enfermedad atávica a pesar de todo —dijo melancólico Ahelios.

        Herakón calló e iba responder, pero algo sorprendente pasó. Un estruendoso ruido se escuchó a lo lejos. Lo siguió un temblor en las instalaciones dejando a todos atónitos.



[1] Oligo-desoxi-nucleótidos de pequeño tamaño que inhiben la expresión génica.

39 UN LABERINTO DENTRO DEL EMISARIO

 


En el perdido Ouranus…

 Dormí con el recuerdo del extraño viajante.

     Como aquellos melancólicos hombres de piedra que se deshacen en los desiertos, el Emisario permanecía por horas inmóvil. Miraba imperturbable, con una bella y limpia mirada esa última luz, antes de que la gran tormenta girase y empezase a rodar por debajo del planeta. Pero no la atendía en realidad. Siglos de siglos se cansaron esos ojos de ver nadas. Era como si dentro de ellos estuviese pasando una vida más concreta que la pobre realidad de este lento atardecer llamado Thecnetos. Un mundo volvía a su mente ¿Qué había dentro de sus ojos esas tardes de polvo? En sus ojos algo más importante que la realidad ocurría; el Emisario los apretaba y callaba, conmovido en su secreta vida interior.

     Él era como los edificios muertos que tanto visité, que parecían decir siempre algo que yo nunca alcanzaba a entender, pero que implacablemente siempre lo estaban diciendo.

Algo se asentaba en su mente. Algo débil pero letal.

     A veces yo despertaba y notaba que el Emisario estaba mirándome fijamente. Aun mirándome así sabía que mis ojos eran para él un punto cualquiera, una excusa para perderse dentro de sí mismo, siempre a una enorme distancia de mí. Pero creí sentir, de vez en cuando, que algunos segundos posaba su atención efectivamente en mí, sus ojos eran entonces más brillantes y húmedos de lo normal, se delineaban como con cierto anhelo triste, sobre su cuerpo enorme y contrito.

Con el tiempo esa muda atención sobre mí se volvió más concentrada, profunda y frecuente.

 

38 ¿QUÉ ES EL AMOR?

 



En el remoto Aether…

     El anciano Herakón recibió a la androide Nimis y al técnico Ahelios, responsable ahora del control neurológico de los empleados; la androide le entregó un informe sobre las irregularidades laborales de los técnicos M y L.

Herakón, una vez que se dio cuenta de lo que pasaba, dijo mirando al Mekhanes que giraba inmenso sobre sí mismo:

—La evolución de la molécula germinal le dio forma a todo y le dio formas al sentimiento que esos técnicos empiezan a sentir —dijo y su voz retumbaba entre los metales de su locus[1]— el amor; esa vieja enfermedad atávica, no es una fuerza ciega, como todos creen, sino que tiene un propósito claro, los ciegos son los amantes. Los hombres son títeres del amor y el amor títere de la molécula germinal. Los eromenois aman lo que necesitan, al amar se aman así mismos más que a sus amados, pues el amor es la fuerza más egoísta de todas, el amor los hace escoger y perseguir lo que necesitará su molécula germinal en la siguiente generación; otra que la acompañara en el futuro perfeccionándola, completándola y sirviéndola, por eso solo se ama lo bello, lo fuerte, lo brillante, lo proporcionado y lo saludable y nunca lo pequeño, lo incompleto, lo primitivo o lo enfermo —concluyó mientras la androide lo escuchaba insensible.

El amor es un truco de la molécula germinal. Un embuste. Solo una vez, hace trillones de años, Herakón sintió algo parecido, pero eso había pasado hace tanto, antes de que los hombres fueran hombres…

Los recuerdos se mezclaron evanescentemente con el presente. Luego recordó que más recientemente, hacía un par de décadas él era un hombre tan perfecto, que no había nadie digno de combinar su molécula germinal con la suya. Y la metacorporación concibió el plan de combinar su ADN con la de él mismo. Así que en un anónimo laboratorio a cargo de un tosco técnico llamado gnomon se jugó con su material genético y ensayó la partenogénesis masculina. Luego de decenas de nacimientos monstruosos. Empezaron a nacer niños relativamente normales de aquellas máquinas, clones y epi-clones[2], que se fueron acumulando en el secreto laboratorio experimental.

     Un día Herakón, el absoluto, meditó que un hombre superior no debería actuar bajo los mismos impulsos que movían a los hombres primitivos que lo rodeaban, consideró la reproducción la más injustificada de todas las conductas animales. ¿Para qué se multiplica una bacteria, una planta? Para hacer otros organismos que existen también para reproducirse. No quería ser semejante al moho de las paredes, que solo se reproduce para reproducirse. Sin un fin más que ese…

Asesinó a todos los niños esa noche y al parecer también al técnico que sabía aquel arte.     

—La molécula germinal de L y de M buscan su perfección con la del otro — continuó una vez desvanecido su recuerdo—. Sus recipientes, los cuerpos de los Eromenois, obedecen esta ciega necesidad. ¡Mas…qué asquerosamente ilógica es la vida humana subordinada a las sin razones de una molécula inerte! ¿Qué es la vida sino un accidente? ¡Todos los deseos humanos provienen de ese accidente y por eso son absurdos! Prohibiría la existencia de los eromenois y su necia búsqueda de más vida si pudiera ¡Prohibiría la vida! —Meditó amargado y oscuro Herakón—. Sin duda la nueva estructura de la meta-corporación debe prohibir el amor.

—Prohibir es temer, siempre prohibimos lo que nos daña —susurró imperceptiblemente Ahelios. Y miró mudo y controlado la conversación que iniciaba Herakón y Nimis.

—¿Qué es el amor? —preguntó Nimis al anciano Thaumasios.

—Es una enfermedad incurable, una patología del yo —respondió Herakón sin mirarla, respondiéndose a sí mismo—. ¿Habrá observado cambios en la bioquímica del cerebro? ¿Qué dicen sus monitores cerebrales?

Nimis revisó sus archivos en la base de datos de tiempo real de los técnicos.

—Noto una anormal producción de adrenalina y noradrenalina en ellos.

—¿Qué más? —preguntó Herakón que ya suponía lo que Nimis hallaría.

—Hay un nivel muy elevado de Feniletilamina en ellos, lo que eleva sus sensaciones de regocijo, las zonas de la ínsula media, cíngula anterior, el striatum y el cortex prefrontal del cerebro muestra una marcada actividad también.  ¿Esto es el amor? —preguntó Nimis.

—Sí —respondió Herakón—, la antigua enfermedad atávica.

—¿Es un trastorno patológico? —preguntó Nimis.

—De alguna forma, sí —respondió Herakón que consideraba la vida misma un trastorno patológico—, es un síndrome que favorece la unión de eromenois. Una antigua relación entre humanos que no pudieron suprimir las leyes sobre conducta social. Bueno, hasta ahora.

—También noto —agregó Nimis— que la oxitocina se secreta elevadamente cada vez que tienen contacto visual. Esto causa una fuerte dependencia y adicción mutua, también ha caído la serotonina creando un síndrome obsesivo compulsivo de uno hacia el otro. No debería ocurrir entre técnicos de castas separadas.

—El amor es solo una adicción, una drogo-dependencia y más perjudicial que las demás. En unas semanas vendrían más cambios —dijo pausado Herakón que parecía conocer el infierno del amor mejor que nadie—. La producción de endorfinas, sellarán definitivamente su unión fisiológica. Pero esos técnicos no podrán llegar a esa fase de la enfermedad atávica...

—¿Por qué? —pregunto Nimis.

Ahelios escuchó atento y preocupado.

—Terminados los protocolos 5hnn de M, ordenaré a Ahelios la anulación bioquímica del amor entre esos dos, así se prevendrá que su malsana pulsión interfiera más con los trabajos.

—Podríamos empezar ahora mismo —dijo Ahelios—, acabe de una vez con lo que tanto lo ofende. Tengo acceso a las sondas intracerebrales de L y de M, podría ordenarse a las sondas que liberen antagonistas químicos de las hormonas en exceso y produzcan las que están en baja concentración.

—Eso no resolverá de modo permanente el asunto —respondió el Thaumasios Hekantokeinos—. Un modo más directo sería modular los sistemas genéticos que organizan la bioquímica del amor. ¿Está entrenado en la técnica de supresión genética? —Preguntó Herakón a Ahelios.

—Medianamente, como cualquiera —respondió asombrado Ahelios—, yo sería el más feliz de terminar con esa enfermedad que también a mí me ataca y que pierde a mi pupilo.

—¿Pero Ud. no tiene ni ha tenido Erómenos ni Erastés? —dijo Nimis.

—Ahelios sufre una variante rara de la enfermedad atávica —dijo Herakón—, pero se curará pronto. Todos se curarán.

—Ud. desearía curarnos de la misma vida que considera una enfermedad —dijo de nuevo Ahelios con una voz tan baja que nadie lo escuchó.

—¿Está enamorado sin ser correspondido? —pregunto Nimis—. entiendo que todos esos cambios fisiológicos buscan la correspondencia y la propiedad sobre el ser amado.

—Estoy enamorado de un concepto imposible. De algo que nunca he conocido —contestó Ahelios—. Me muerde este amor raro desde mi juventud.

—¿Cómo puede desear algo de lo que no tiene idea ni ha percibido? —preguntó Nimis.

     Ahelios la miró como a punto de contestarle. Pero el desprecio que sentía por los androides-zombis detuvo sus palabras y las mantuvo en la boca.

—Empezaré el estudio del tema y la técnica estará lista en unas horas. ¿La aplicará en ese momento? —preguntó Ahelios a Herakón.

—No. Aún no, aunque vedado, permitiré ese platónico amor. Pero sólo hasta después de los protocolos —dijo Herakón—. Este estado ahora será útil en el desempeño de L, para lograr el éxito de la misión. Mientras más deseos de salvar a su erómenos tenga, mejor trabajará. Y las endorfinas del amor limitarán la angustia de M sobre el experimento y sus riesgos.

—Pero en 48 horas aplicaremos la técnica, reúnase conmigo entonces para discutir su propuesta técnica.

—Ese amor —continuó Herakón—, no está destinado a lograrse; nunca llegarán a esa última unión fisiológica y después ya no habrán más irregularidades. En ningún lado.

Herakón dejaría vivir a L hasta el viaje trans-universal donde moriría M, antes L se esforzaría en el éxito del experimento para salvar a su erómenos.  Después moriría...todos morirían.

        Nimis y Ahelios se retiraron. Afuera Ayazx esperaba hastiado. Mientras van por los vacíos senderos a sus locus, en la cabeza de Nimis un vacío y en la de Ahelios ese sutil fluir y búsqueda, que es ese amor infinitamente no correspondido en él. En Ayazx confusión y violencia.



[1] Lugar, en biología, una posición determinada en un cromosoma, en matemática un conjunto de puntos que satisfacen ciertas propiedades.

[2] Los genes pueden estar prendidos o apagados. Los clones tienen los mismos genes, pero los epi-clones tienen el mismo encendido o apagado de genes.

37 LOS RECOVECOS NEGROS DEL UNIVERSO

 


En otro espacio-tiempo…

      Era de noche. Yo miraba el planísimo desierto que recorríamos, mientras el voluminoso Emisario dormía su sueño parecido a una dulce muerte. Una luz tenue inundaba el paisaje. Tan escasa que sólo plasmaba sobre las cosas que alumbraba, un tono menos de negritud absoluta.

     En ese paisaje noté algo extraño; un punto de los miles que componían esa llanura parecía moverse. ¿Era un efecto del viento? Al rato ese punto estaba avanzando. Yo estaba tras unas ruinas y vi el recorrido de aquel ser por la noche y vi que su trayectoria pasaría cerca de nosotros. Me quedé a observarlo atento. 

     El punto a los minutos era un cuerpo delgado y largo que pasaba a unos veinte metros de las ruinas en donde estábamos. Su avanzar era lento y recto. Asombrosamente, después de años de temer este encuentro, estaba ad portas de observar a otro ser humano. La inmóvil teoría se volvía real y respiraba sin percatarse de ser observada. Era cierto, los demás humanos existían, el Thecnetos había parido otros hombres.

     Primero pensé en aproximarme, pero algo en esa figura me asustó. Veía un ser, existiendo, anónimo y callado, quizás desde que nació. Y ese ser avanzaba sin una ruta o dirección por la esférica soledad del último planeta. Vi que era tenso, sus miembros eran igual de delgados y feos en toda su longitud, sus piernas daban largas y cansadas zancadas, sus pies eran casi puntas delgadas sobre el suelo, como si tuviese un solo dedo largo y tieso sobre el que se sostuviese.

     Exhalaba un mínimo y triste ulular que me heló la sangre. Aunque era débil ese lamento, era el único sonido que llenaba el inmenso espacio entre el desierto y la nada circundante. Su desahuciada existencia me pareció aterradora, más que por significar un peligro exterior, por hacerme ver desde afuera algo que me afectaba como una enfermedad incurable desde dentro: la congénita condena de ser feo y triste.

     Temblé mientras lo vi pasar. No venía en dirección a nosotros, pasó a unos metros en su lento caminar y se internó luego lejos. Como un indiferente cometa que pasase a lo lejos de un ignorado y también indiferente astro y ahora se hundiese hacia los recovecos negros del universo.

     Anhelaba que acabara pronto de llegar ese sonido atroz que emitía, un sonido que parecía medir la profundidad del espacio y que demoraba en desvanecerse.

Pronto fue una vez más un punto inmóvil en el paisaje. Había vivido un encuentro con otro ciudadano de la moderna humanidad. Ese punto ya no se movió y se perdió en la negritud. Deseé con todo el corazón que no existiera ni se repitiera un encuentro así.

     Pero sentí también que era incorrecto sentir eso. Era otro hombre, fruto del azar, del Thecnetos jugando con nuestras moléculas germinales. Con temor regresé al perfecto Emisario que dormía profundamente. Me acosté pegado a él mirándolo, como queriendo comunicarle con mi muda mirada lo que había vivido. La cercanía de mi cuerpo produjo que el pulso del inconsciente Emisario se acelerara imperceptiblemente y escuché que su respiración exhaló una especie de anhelante e infantil requerimiento, no supe —no podía saber— que en sus abstractos sueños reaparecía alguien muy parecido a mí, ni que una tibia rigidez afectaba una parte de su inmaculado cuerpo.