viernes, 4 de febrero de 2022

23 HOMBRE SIN ROSTRO

 



Un tramo de infinito más allá…

              Afuera del sueño la sombra había sido el Emisario en efecto y tenía otra carta en mi pecho. El papel era amarillento y viejo, pero la tinta era nueva. Otra carta venida desde el transmundo. Una vez más esas dos personas tras esas dos letras:

 M:

En unos minutos vendrás,

Te espero impaciente...

Pienso en cuántas cosas se deben cumplir todavía en el mundo antes de que tú llegues,

Aunque sólo son unos minutos.

Su vastedad la siento en esta helada banca.

Temeroso como si el pasado pudiese cambiar, enumero

esas coincidencias y azares de las que dependió nuestro encuentro.

Noto que esos requisitos no se acaban ahí, que hizo falta más.

Por ejemplo, toda tu infancia y la precisa historia de nuestros miles de antepasados para que esta noche ocurra,

tal como está ocurriendo.

Te espero,

Endulzo los segundos pensando en ti.

Ahora sé que todo el pasado y su repertorio de detalles y pormenores han hecho falta.

No sólo nuestro pasado, sino el del cosmos entero,

Todo el mundo ha colaborado para que existas.

Todo el universo ha sido preciso

Para que vengas esta noche y pases conmigo estas horas a mi lado.

Ya te veo,

Estoy frente a un hecho demasiado singular.

Ya te veo viniendo por el puente y comprendo al ver la belleza de tus ojos

Que la dulzura de estas horas a tu lado

No podría haberle costado menos al universo.

L.

 

     Después de leer, me quedé presenciando la clarísima realidad, la notoria existencia del planeta silencioso, la maciza estatua dormida, la carta y en ella el misterio venido de ese transmundo de sueños, uno al que pronto llegaría. Con el desdén que tiene la marea en dejar cosas inútiles, el azar me traería a mí esta correspondencia ajena y milagrosa. Yo, un silencioso y perdido punto en la vastedad, podría por este error escudriñar en el alma de un hombre remoto. Sí, desconocido, tal vez minúsculo, pero real.

     Seré como un solitario buzo sumergido en las profundidades de un ser oscuro y sin rostro, recorriendo los meollos más secretos y sensibles de una personalidad particular. Por cierto, debo precisar que ignoro yo mismo mi cara; leguas y leguas de desierto y no hay un solo espejo que me diga cómo soy o si acaso tengo rostro, pues no sé si tengo formas o si sólo soy parte del viento que recorre este mundo que dispone y gobierna el Thecnetos ¡Mas qué importa esto! Estoy en contacto íntimo conmigo mismo, siento quién soy y ahora exploro la consciencia de otro ser humano. Una parte de él ahora me pertenece o en algo ahora somos uno. ¡Qué importa que seamos fantasmas sin cuerpo, pensamientos sin forma ni ubicación! Yo miraba en L, con más profundidad y certeza que a las cosas inertes que miro todos los días y que no revelan nunca su ser íntimo, aunque sé, lo tienen. En esto ya soy también un reflejo minúsculo del Thecnetos, que es, nadie lo ignora, un ente cognitivo por excelencia.

     Empecé a alejarme de esas ruinas colmadas de gigantes dormidos y de sus consciencias sin contenido, pues creo eso es lo que es una cosa, un ser consciente de nada. El polvo de mis pasos se unía al polvo que siempre deambulaba calmo y que giraba por la redondez del planeta. Pero una inquietud iba tejiéndose en mí.

     Se iba disparando en mí una morbosa arrogancia: quizás un día podría alcanzar el otro cosmos donde habitaban M y L. ¿Podría yo alterar su existencia? Ellos alteraban ya la mía, prueba irrefutable de que la comunicación entre nuestros dos universos era posible.

     Pero no sabía que mis trucos para sobrevivir y mis dudas sobre el Thecnetos no pasaron desapercibidas. En lo profundo del planeta empezaban a moverse y a viajar hasta mí un Theknos mortal y su misión era detener mis pensamientos. Pero su llegada aún estaba lejana.

     Delante de mí, un paisaje de ruinas absorto en sí mismo sencillamente existía; era tan vasto como indiferente de lo que mi pobre corazón iba sintiendo.

     Y a ese corazón recién nacido ya no le bastaba sólo investigar el sentido semántico de las cartas; necesitaba rozar a sus dueños con un dedo siquiera, no sólo manosearlos teóricamente. Deseaba alterar siquiera microscópicamente sus destinos e influir en él.

     Recordé que un minúsculo cambio en algún mínimo detalle del mundo modifica todo el porvenir y su efecto, por trivial que parezca, satura todo el mundo. Cada cosa que se mueve en el universo mueve el todo y acaso modifica también el pasado. 

     Pensando así, yo dejaba caer un papelito o empujaba una piedrita y me inundaba una alterada felicidad el suponer los tenues efectos que esto podía provocar en los lejanos M y L. Tanta soledad e ignorancia hubo en mi juventud que me entregué a este juego de conocimiento y manipulación en su más mínima dosis. Me bastaban esos ridículos ejercicios entonces, aunque sólo por poco tiempo.

     Pareciera falso que el hombre consciente pueda ser en este juego un simulacro microscópico del Thecnetos, pero en realidad el conocimiento es un juego de naturaleza extraña, casi sobrenatural. Sólo por ser accesible a todos no notamos la rareza del fenómeno consciente: una cosa, que ni siquiera se conoce a sí misma, conoce otra cosa fuera de ella.

     Comprendí que a través de las cartas poco avanzaba. Debía valerme del Emisario que las traía para tener otro enfoque y quizás obtener la ruta final. Si eso era un Emisario, el Thecnetos también enviará disposiciones a aquellos nebulosos M y L a través de él. Los pasos del Emisario a lo mejor pisarían el soñado suelo del transmundo donde ellos vivían, algo de su arquitectura, de felicidad quedarían en él, cuando volviese a este mundo muerto.

¡Seguirlo podría permitir que yo llegara al transmundo! Yo que sólo había nacido para morir, entonces viviría.

     Pero este Emisario es muy esquivo. Mi exaltación inicial se desvanecía rápidamente en desilusión, las dificultades se volvían muros altísimos. Pero el deseo de vivir me asaltaba y mordía, mientras miraba la lejanía sin fondo de las tardes.

     No sé por qué supuse tantas cosas de aquellas erradas cartas.

¡Las cartas! Aquí la siguiente:

M:

Esta noche estoy tan enamorado,

Tan injustamente enamorado.

Pero es tan buena la noche

Que está generosamente cargada de estrellas.

Qué mala suerte estar enamorado así…

Hoy confío en la malvada ciudad

Y sé que…

     Al entender al Emisario entenderé los mensajes –susurraba mi pensamiento- y tal vez se acabe la infinitud y la mudez de este planeta. No me importa ahora el helado viento que siempre enfrenta mi camino, ni los inútiles paisajes, siempre indiferentes e inertes, ni la vejez que desde mi nacimiento avanzaba en mis carnes. No importa ese tedio que es vivir y esperar volver a ser polvo insensible, tedio de no saber las respuestas, ni si éstas son las preguntas cruciales. No importaba ahora, siquiera en mi esperanza, el transmundo existía.

     Mi curiosidad se convirtió pronto en obsesión y después en una pródiga fantasía. Esperaba con impaciencia las cartas para ser un espía, un escudriñador, un remedo del Thecnetos o del Emisario, para ser un elucubrador, para ser algo diferente a lo usual, que era ser nadie, para dejar brevemente de no ser.

     Así ocupaba mis días trazando complejos planes y en las noches los soñaba realizados. Una de esas noches soñé que mataba al Emisario y que abría su cuerpo. Era ahora en este sueño una especie de insecto o de objeto hecho de pedazos orgánicos, unidos por coyunturas artificiales. Me asombraba que un ángel del Thecnetos fuese un ser tan monstruoso. Examiné los órganos del Emisario y en su interior encontré cartas y artefactos diversos, palabras aún no dichas, el cronograma de visitas y un plano para llegar hasta el Thecnetos y también hasta el transmundo. Entre las vísceras estaba también un código para hablar con la molécula germinal.

     Ya muchas veces había llegado a la misma conclusión: el Emisario era la bisagra entre el mundo y yo, entre el mundo y el Thecnetos. ¿Cómo entender las cartas o cualquier cosa sin entender al Emisario?

     Al despertar tomé la decisión (alucinada) de matarlo y luego desmenuzar su cuerpo para estudiarlo. Así entendería la arquitectura del Emisario, o sea, la de un artefacto de comunicación entre el Thecnetos y los hombres. Un puente entre este remoto último planeta y aquel lejano universo donde vivían M y L. Y era como disecar una sombra para poder saber cómo es realmente el cuerpo que la proyectaba. Entenderlo requería entender esas dos cosas y era garantía de hacerlo.

     Pero no sabía que los idiomas del cuerpo son más complejos y vastos que los que usan el Thecnetos para hacer una astronave. Sólo entender cómo respiraba el Emisario duraría siglos. Pero así, de todos modos, fue surgiendo el vago proyecto de capturarlo o de seguirlo. En las noches había mucho silencio, a veces oía un ruido como de lajas que se resbalaban unas encima de otras. Eran los movimientos lentos, pero tenaces, de pequeños autómatas viajando en la oscuridad, su forma era como la de un libro mediano de metal muy pesado. Cortos apéndices de número variable los rodeaban. Su ruido me frustró repetidamente. Ignoro de qué forma sirven al Thecnetos.

22 ¿SON INFINITAS LAS LEYES NATURALES?

 



 

        En el otro tiempo y en el otro espacio…

     La primera cosa que determinó Herakón esos días de caos, fue realizar el antiguo ritual: la ceremonia gnoseológica. Este rito se introducía en lo más sagrado de la civilización y lo cambiaba, por ello era una ceremonia rara, hermética y prohibida. Hace siglos que no se llevaba a cabo. Pero esta urgencia lo ameritaba, se debía llevar un nivel más lejos la meta-filosofía[1]. Este era el ritual más sagrado y devoto de las inteligencias de las meta-corporación. Sus resultados valían como dogmas y lo que en ella pasaba era tabú. Nada propiamente humano participaba directamente en el rito. Algunos Thaumasios como Herakón participaban a través de un sistema que sintetizaba y censuraba sus opiniones. Algunos ciudadanos podían intervenir anónimamente, aunque antes sus aportes eran tamizados por decenas de niveles de inteligencia artificial.

Los participantes entraban en el corazón más protegido de la meta-corporación, su meta-filosofía, su conocimiento más íntimo del ser. Estaba grabado en lenguajes mecánicos, fuera del alcance de la compresión del hombre común y estaba resumida y conservada en ellos como en un texto sagrado: la epistemología artificial de la meta-corporación. En este ritual se reescribirían nuevas hojas en ese libro sobre el todo y acaso se arrancarían otras. Un error equivalía a una blasfemia.

La pauta de esos textos gnósticos era que un nivel de la naturaleza se explicaba siempre por un nivel anterior: las relaciones políticas entre metacorporaciones se explicaban por la socio-cosmología, la cosmo-sociología se explicaba por la neuro-psicología, la neurobiología por la biología, esta se explicaba por la química, la química por la física, y ésta por la ciencia de las partículas elementales y ésta por las trans-físicas fundamentales y así sucesivamente por varios niveles más. Luego, se empezaba ya entrar en los terrenos de la ontología científica que estudiaba al mismo ser. La meta-filosofía era absoluta y sagrada. Pero había sospechas de que no era la verdad última. Muchos habían muerto por insinuar esa imperfección de la gnoseología artificial. Ahora tenía que admitirse y auscultar las sagradas bases de la meta-filosofía, hacer un nuevo progreso para construir una tecnología nueva y con ella salvar a la humanidad o cuanto menos, la vida. Pero Herakón confiaba en que no se encontraría.

A continuación, se traslada al lenguaje humano parte de aquella simposia sagrada.

    …El problema que abordaremos es: ¿Son finitas o infinitas las leyes de la naturaleza? —dijo a través de unos pulsos de frecuencia muy baja el MG[2].

–Hemos —agregó Herakón— escarbando cientos de niveles de la naturaleza, desde que se superaron la ciencia y la filosofía arcaicas en la revolución epistemológica de la meta-filosofía. Pero aún no hemos llegado al fondo mismo del ser. No sabemos si lo tiene. Una tras otra se han sucedido las revoluciones gnoseológicas, la ciencia se ha hecho cada vez más profunda y detallada, sin llegar nunca al final. Ese abismo al que se asoma la ciencia ¿Tiene un fondo?

–Quizás no existe un fondo, quizás nunca encontremos algo que no podamos descomponer a su vez en partes más pequeñas —dijo anónimo L cuya opinión había sobrevivido los miles de filtros de la híper lógica del sistema central de inteligencia artificial—, quizás no debimos desmenuzar el ser hasta lo más pequeño, sino mirar lo más grande, el ser sin partes ni estructura, el todo, del que nos vamos alejando —concluyó.

     Sobre los equipos y conductos se estiraba amorfo y lineal un raro Theknos, esta cosa lineal se movía por toda la nave a través de fisuras delgadas y era una mezcla de partes de la mente del Hekantokeinos y aportó su propio enfoque:

–Si fuesen finito el número de niveles de la naturaleza ¿Podrá la meta-filosofía describir ese último nivel? ¿O acaso es imposible pensar en él, por ser él mismo anterior al pensar y fundamento de este?

     Una estructura lineal que se movía como una masa flotante de filamentos luminosos intervino:

–En el comienzo del saber todo era caos y nada era comprensible. Los distintos niveles de la naturaleza no estaban relacionados entre sí. Después la proto-meta-filosofía[3] empezó a conectar unos con otros. Esa tarea no ha terminado aún. Pero no importa si tiene fin o no ese camino, sino saber si podemos llegar a un nivel más de profundidad en el saber y con ese saber buscar una solución a la muerte del universo.

–Quizás sí —agregó Herakón— o quizás no.

–Comprensión es compresión —agregó anónimo L por medio del artilugio lógico— la meta-filosofía necesita buscar leyes más simples para explicar lo más complejo…

—. Pero el tamiz de la inteligencia artificial no admitió su opinión.



[1] Fusión de la ciencia y la filosofía.

[2]  Sistemas expertos construidos alrededor de la base de datos de la molécula germinal.

[3] La ciencia.

21 LOS VIAJES TRISTES

 



 

En el otro espacio y en el otro tiempo.…

 

     Otra carta, como un meteorito del futuro, llegó unos días después y reforzó mi interés de hurgador. Aquí está:

 

M: Sobre mi tristeza de hoy,

El verdadero meollo del asunto es

Que no estás a mi lado mirando conmigo el techo;

Que no he llegado un poco tarde para empezar a estar juntos;

Que no estás en un punto de las plataformas impaciente esperando que yo llegue;

Que no habrá un pasillo o una escalera en la que de pronto nos den ganas y nos abracemos, y en esa intensidad que es el abrazo sintamos lo esencial de nosotros mismos y te cerciores de que no sólo vivimos en esta casa, sino uno dentro del otro.

El meollo de mi tristeza, esta tarde vacía,

Es que comienzo a aceptar que somos dos ríos,

Cada uno con su propio camino hacia el mar.

Que el tiempo que nos queda antes de llegar a la sombra, no será compartido

Como soñé tantas veces mientras te miraba de lejos.

He estado explorando por tus territorios y no te he hallado, no has huido de mí, sino que no sabías que te andaba buscando. Pero algo me hace temer

Que no sólo era azar ese desencuentro entre tú y yo;

Que hubo algo de intención de tu parte.

Otros oirán en la intimidad de una tarde cualquiera esas cosas que te preocupan tanto.

Y no seré yo quien halle las palabras que te animen, y no cosecharé la forma linda en que sonríen tus ojos.

A pesar de que me asusta más que cualquier cosa buscarte,

A pesar de que presiento que sólo tú me podrías dar

Ese abrazo que hace que uno se pierda en el tiempo, como decías.

¿No estarás en mi futuro?

Si es así, qué poca importancia tiene el mundo que me queda.

Aunque contigo

Desearía más que nunca vivir, vivir para siempre.

La explicación última de mi tristeza y de mi cansancio esta tarde, es que aún malgasto mi tiempo soñándote…L

 

     De nuevo esa maldita familiaridad en mí. Un fugaz estado de ser en el tiempo. Una vez pasado, no podía ya identificarlo ni retenerlo y nunca podía entenderlo. Me preguntaba en qué preciso lugar del último planeta eran escritas y enviadas estas cartas. Debía viajar hasta ese lugar. ¿Quién era ese L que las redactaba y quién ese M que las recibía o quizás, que no las recibía? Como si hubiese algo prohibido u obsceno en ellas, yo me escondía en lugares inaccesibles para releerlas. Aunque, pensándolo bien, ¿qué lugares en el último planeta no son inaccesibles?

     Después de la primera carta me decidí a explorar el desierto, cosa que nunca había intentado por temor a lo que encerrara. En ese viaje buscaría a M y a L, y también nuevos Mekhanes de mantenimiento, pues el local ya no podía usarse. Me asustó empezar el viaje, lo primero que encontré entre las nadas del desierto fueron los últimos pisos de un edificio en medio de un océano de arena. En el dormí rendido luego de mi paseo por las regiones circundantes, pero estas no eran ruinas. Debía seguir. Descubrí después, que las ruinas más cercanas a éstas estaban a unas tres semanas de camino desde aquí (en ellas hallé la tercera carta). Cuando llegué a ellas primero me topé con edificios muy apiñados, tanto que sólo de lado se podía caminar entre ellos. Así —como todos saben— para comprender un edificio hay que verlo un poco de lejos, pero éstos estaban a pocos centímetros de la cara. Así, también el mundo está a pocos centímetros de nosotros, pero nadie puede abordar con éxito su comprensión, así esté dentro de nosotros mismos. Esas ruinas databan de antes de la extinción de la sociedad humana (si bien no del hombre) y de antes de que el Thecnetos tomase el control total del cosmos.


     Luego de unas horas de recorrer los estrechísimos pasajes, los edificios se comenzaban a destejer y a derrumbar. Había entre ellos unos puentes de piedra muy toscos y burdos que se alzaban entre los modernos edificios que eran millones de años más antiguos. Eran, seguro, la obra de una cultura humana bárbara, ya extinta, pero que vivió en una época posterior a la muerte de la primera humanidad. Noté que vivieron más como animales que como hombres en los últimos planetas ya vacíos. Fue una humanidad bestial que convivió o sobrevivió al nacimiento del Thecnetos, aunque sólo por poco tiempo.

Descubrí también en esas desconocidas ruinas, unas estatuas de hombres fornidos dando gritos, enmarcados en nichos de piedra, aunque lo más sorprendente de ese sistema de ruinas eran unas estatuas poblando un fragmentario anfiteatro.

     Eran cientos de estatuas de hombres macizos. Colosos disfrazados por el viento de papeles y de jirones de tela. Se levantaban a distintos niveles, más o menos concéntricos a una concavidad pétrea. Esas moles humanas tenían los ojos cerrados, como si durmieran; pero expresaban una misteriosa vida, mostrándose imperturbables, inmóviles, secos y sin embargo, vivos. Era una numerosa población resquebrajada, pero insensible al dolor de sus heridas de piedra. Vagué entre esa muchedumbre de petrificados movimientos, tan solo y anónimo como siempre. Sin importar las variadas posiciones y actitudes que ellos representaban (algunas muy dramáticas) todos mantenían cerrados los ojos, como si hubiesen sido detenidos repentinamente por un paralizante cataclismo y permanecieran desde entonces vueltos hacia sí mismos, en un pensamiento intenso e íntimo; un pensamiento que requería una eternidad de tiempo para resolverse.

     Yo pensaba con nerviosismo que al final de esa eternidad hallarían sus respuestas y volverían a mover sus pesados músculos y a respirar con sus vigorosos torsos. Quizás eso ocurriría en cualquier momento. Mientras, permanecerían paralizados y yo podría pasear seguro entre ellos. Aunque con cautela, quizás ya el mundo había gastado una eternidad y volverían a la vida pronto. Después sabría, que, en cierto sentido, no me equivocaba. Las estatuas repetían una única forma humana, una muy distinta a la mía y al resto de la humanidad actual. Los cuerpos de las estatuas estaban dibujados de grandes y hermosas curvas, de fuertes y grandes volúmenes que producían una rara sensación de gusto al ser vistas, inexplicable fenómeno que acompaña siempre a todo lo que es bello. Una asociación misteriosa y sin explicación, pues no hay razón para que lo bello tenga que ser también placentero. Además, recordé otra de esas asociaciones inexplicables: siempre noté que la belleza acompaña a todas las cosas puras y naturales, por lo que deduje hace años que las estatuas debían corresponder a las formas de los hombres de la antigua humanidad. A la prehistoria. Ésa que forjó al Thecnetos y después desapareció. Por supuesto, hay que recordar que en el planeta la antigua humanidad ha de entenderse como lo más acabado y perfecto, y la actual como lo degenerado y envilecido.

     Uno de esos hombres enormes y bellos tenía uno de los ojos borrado de cicatrices y dormía recostado en una bestia de mármol. Me recosté en él. Inundado de un tibio cansancio, cerré los ojos emulando algo traviesamente a las dormidas estatuas, jugando a ser una de ellas y me deleité en secreto en la tibia temperatura de la tarde.

     Cogiendo la mano de mármol del gigante tuerto, me dejé dormir por el cansancio y fui como un barco que se dejase hundir indiferente y ebrio hasta la oscuridad.

     Pero, por entre el enredo de cuerpos titánicos percibí movimientos agazapados. Una cosa sórdida atravesaba veloz aquel paisaje pétreo. Mientras, los gigantes gravitaban como densos astros de piedra alrededor mío, en su perfecta y eterna inmovilidad, inertes, pero sospechosos de alguna rara versión de la vida. No lo sé, creí entonces que esa sombra, esos ruidos y esas piedrecillas desmoronándose me buscaban y que eran eso que yo llamaba el Emisario.

     Deseando huir de esa aversión, acurruqué mi transitorio sueño al sueño sin pausas del gigante de piedra, rendido de la larga caminata de tres semanas. La estatua seguía inmóvil y tranquila, viviendo su propio sueño sin imágenes ni sensaciones. De su mano se me fue apagando el mundo y encendiendo otro, el verdaderamente mío, pues el hombre moderno sólo es singular al dormir, ya que en él no se parece a los demás ni comparte sus sueños ni con el Emisario ni con el Thecnetos. Para él sólo es ese universo de mentira que son los sueños.  Por eso sólo al dormir el hombre moderno legítimamente es y al despertar ya no. Al despertar muere. 

     Ya mis sueños reventaban en otros sueños, como olas sobre otras olas. Recuerdo el último de ellos, uno recurrente:

Soñé que encontraba al Emisario en mi casa y extrañamente no sentía miedo. Lo hallaba al final del corredor, mirando por la ventana un infinito atardecer. Mi sueño le dio al Emisario forma humana. Veía su amplia espalda, quieto frente a ese polvoriento sol. En el sueño caminé hacia él, lentamente y sin ruido para que no me notara.

Ya cerca de él extendí mi mano hasta su hombro, y al rozarlo con un dedo —como siempre ocurría— suavemente desperté.

miércoles, 26 de enero de 2022

20 BIOLOGÍA DE LA MUERTE

 


En otro punto del espacio y el tiempo…

 

La noticia de la desaparición de los animales meta-dimensionales se infiltró en la población, fue conocida por toda la meta-corporación y también por sus enemigas.

Inicialmente no hubo ninguna reacción, pero pronto empezó a germinar la desesperación y el horror por todo el universo. Se paralizaron las batallas en todos lados del oscuro Aether.

Ésta sería la última generación humana, el fin de la materia. Era ineludible.

     Tras un período de indiferencia se reanudaron las guerras, pero con más fuerza y número, guerras desesperadas, sin estrategias ni objetivos claros. Al parecer ahora era más crucial que nunca vencer a las demás metacorporaciones, dada la precariedad de la materia y el tiempo que restaban.

     Así una numerosa y total hecatombe carcomió la vida a lo largo del oscuro universo. La meta-corporación local no demoró tampoco en atacar, pero dada la multitud de meta-corporaciones ahora enemigas, el ataque era siempre insuficiente. Matar a las cercanas y esperar que las lejanas se maten era la consigna. Igualmente, dada la magnitud de esta batalla exasperada, la meta-corporación local se redujo en pocos días a sólo unos pocos millones de sistemas. La imposibilidad de una solución permanente llevó luego a una larga calma y un cese de las guerras. Así, los seres humanos, sin expectativa de vivir, perdieron la motivación de matar. Desahuciada, la población se entregó de lleno al antiquísimo vicio colectivo: la vida virtual, esta había evolucionado de antiguas formas de arte, el hombre siempre se había enviciado en vivir experiencias falsas; la música los hacia vivir emociones inexistentes, algunas extremas, la literatura sumaba a las emociones de mentira, acciones imaginarias, el cine y la realidad virtual aumentaron la ficción, pero nada era tan preciso como la vida virtual, los hombres subjetivamente satisfechos de sus vida inventadas, dejaron en realidad de vivir. La vida virtual había llegado a sus últimos extremos de realismo y emoción, miles de veces más completa y nítida que la pobre vida real, el hombre común podía vivir las experiencias más extraordinarias y sublimes, había diversas obras famosas, a veces tomaba una vida consumirlas, pero ahora una llamada Thecnetos, se había hecho muy popular.

     Pero no todos querían morir soñando. Resquebrajada la prisión de L, este deseó explorar unos pasos aquel mundo de afuera, pero ese mundo que exploró no era el de antes.

Todo perdía su función y, por lo tanto, su forma. Las formas son el vehículo del ser para realizarse en la realidad. Y esta se perdía. En el desorden social que quedó nadie sabía su lugar, lo que somos no depende del pasado como muchos creen, sino de nuestra proyección al futuro, de nuestra expectativa y nuestros planes. Pero ahora, sin futuro ni destino, nadie sabía quién era. La estructura social de la meta-corporación local se disolvía y perdía, cayendo sobre sí misma a pesar de los esfuerzos de los Zombis Hekantokeinos y los Thaumasios. Así las partes antes separadas de ese meta-organismo se combinaban con otras, antes aisladas de ellas. Por eso M y L se encontraron entre el caos, en esos últimos días de la humanidad.

     En el anonimato de la noche, en un lugar cualquiera M susurraba una sensible canción al aire helado, sucumbido de melancolía, cerca el viejo Fratedes sostenía con ternura a su eromenos Wille, entre las oscuridades Fratedes notó con su único ojo que un invisible técnico los espiaba, supo que no era la primera vez. Sutil, tomo la mano de su erómenos y dejo a solas a M. Antes de terminar de irse regresó la cabeza a mirar a los dos eromenois que recién ese día se conocerían. Sintió conmiseración por ese par de engranajes que no calzaban entre si y que no conocerían la felicidad que el sí tenía con el tierno Wille.  

     A pesar del consejo de su tutor Ahelios, L llevado por un irrazonable instinto, había averiguado como hallar al guerrero y aún sin conocerlo lo había expiado por semanas. Se justificaba racionalmente pues estaba estudiando a M y a sí mismo. Pero la noche que escuchó ese triste canto en la boca del acromegálico guerrero, algo nuevo tomó las riendas de su voluntad. Fallo su razón, en el acaso, peor error de su vida.  Así pues, en esos días en que las cosas dejaban de ser lo que eran, M y L se hallaron en secreto y desde que se vieron no dejaron un día de buscarse. Todos los días los gastaban en contemplarse y tratar de comprenderse. Acaso con tiempo hubieran llegado a entenderse, si no fuera porque eran muy pocos los días que le quedaban a la humanidad.

19 CONSIDERACIONES PARANOICAS

 Al otro extremo de una distancia infinita…

      Las cartas eran un mapa borroso hacia el misterioso transmundo, mi corazón que había nacido muerto y moriría muerto ahora soñaba con vivir en aquel lugar.  Sólo quedaba llegar a él. Pero llegar ¿era posible?

 

¡Oh, castigo de los vicios! Obsesionado por entender lo que me pasaba al leer las cartas, llegué a extravagantes hipótesis y finalmente di en una terrible:

Sólo hay un lenguaje por cada ser humano. Yo entiendo este lenguaje, por lo tanto, esas cartas sólo las pude haber escrito yo. Si el idioma que pienso y nunca pronuncio es sólo mío, hay otros en mí que escribieron estas palabras y si no las entiendo ahora, es que estoy perdido en mí mismo, de mí mismo. Por eso no sé quién soy.

Tirité de horror en la habitación vacía.

     Entonces, dentro de mí —en mi locura— vivían otras personalidades; unas separadas de las otras. Yo ahora me tropezaba, por accidente, con la correspondencia que se enviaban esas otras personalidades secretas que vivían en mí. Sólo eso explicaría la familiaridad que me producían y la premonición de comprender algo que no comprendía nunca.

     Quizás hace mucho se había resuelto una batalla en mí por la dominación de mi consciencia. Yo había perdido y había sido condenado a desaparecer. Relegado, ahora yo sólo era cuando el otro se distraía, cuando olvidaba, cuando se cansaba de pensar. Quizás el otro vivía en un planeta distinto, en ese transmundo coherente y real; y yo estaba extraviado dentro de ese otro yo, habitando sólo sus distracciones, sus desvaríos. Quizás, tú lector, que me acompañas en estas elucubraciones, compartes este irreal rincón conmigo, en algún lugar olvidado de la mente de un desconocido.

     O eres tú el real dueño de lo que creí mi consciencia y escuchas con desdén las meditaciones de algo perdido dentro de ti.  Algo que por más que te esfuerces, no puedes silenciar.

     En fin, esa hipótesis me llenó de una indecible melancolía, más que por confirmar mi enajenación, por romperse mi sueño de poder investigar y alcanzar la soñada vida exterior. De hecho, si esto es cierto, no hay vida exterior real, ni hay Emisario ni hay Thecnetos. El transmundo de perfección no sería más que un sueño, tejido con nadas.

     Así yo giraba en esas solitarias masturbaciones emocionales, saltando desordenadamente de conjetura en conjetura.

     Pronto olvidé la hipótesis de la locura y felizmente no regresé a ella nunca.

 

Fui como el dormido que toma momentáneamente consciencia de que sueña y luego las formas del sueño lo atrapan y lo vuelven a engañar, hundiéndolo ya sin esperanza de emerger del error.

18 UN SUEÑO DE L

 


Al otro extremo del espacio-tiempo…

 La evanescente y artificial madrugada se va despertando, delineando las construcciones de Plouton, una ciudad colgando y creciendo sobre los restos de otra despedazada hace ya mucho y que a su vez se hizo con las partes deformes de otra más antigua y una vez más, y así hasta a lo incontable. Quedando una retorcida ciudad llena de recovecos y pasajes inútiles, de monstruosas cosas grandes ya sin uso y entre tantos puntos laberínticos, el locus de L, donde dormía un sueño intranquilo como todos los que tuvo desde el día del informe traído por M y Ayazx. En sus sueños, construidos de un inconsistente material (el mismo que edificaba su vigilia), volvía al locus de Herakón, éste se hallaba aún sentado de espaldas y a más altura de él, pero unas escaleras, que L no había notado en la vigilia, llegaban hasta el Thaumasios.

     Suavemente L subió las negras y lustrosas gradas, aterrado pero curioso de ver el rostro del oscuro sabio, tan superior a todos y a él mismo. Éste a su vez, empezó a girar lentamente en su silla, deseoso de mostrarse a L. Cuando los dos movimientos lentos y sincrónicos como administrados por secretos engranajes terminaron coincidiendo en su final, L se encontró con la profunda mirada de un hombre descomunal; M ocupaba el asiento del Thaumasios Herakón, su figura sobrecargada de músculos sobrepasaba las dimensiones de aquel trono y de los instrumentos conectados a él. M miró intensamente a L y sin mover los labios, dijo estas raras palabras:

También sueño contigo.

     Después M calló conmovido, reprimiendo un gesto acongojado o anhelante, una frase titubeaba en su boca y pasaron los segundos frenándola, luego mirando a L la dejó libre:

Hay otro que lee tus cartas.

     Al despertar L sintió una enfermiza tristeza. Pensó en ese nebuloso gigante hecho ahora sólo de un incompleto recuerdo. Le peso que pronto, cuando acabase el universo, como su teoría sostenía, M acabaría. Pero ¿por qué le importaba el destino de ese desconocido? Sabía muy bien que la aversión a la muerte no se justificaba racionalmente en algo malo que en ella haya, sino solo en un instinto primitivo. Un truco de la ciega evolución que obligaba a los seres vivos a querer vivir sin ningún motivo verdaderamente válido. A él no le importaba vivir o morir, pero M…Por un segundo L deseó salvar al mundo solo para que M siga existiendo y poder entenderlo. Cogió un papel y escribió una segunda carta solo para exorcizar esas erradas emociones:

 

M.:

Sobre mi tristeza de hoy,

El verdadero meollo del asunto es que…

17 CARTAS DESDE EL MÁS ALLÁ

 


Muy lejos de ahí…

 

  Esa carta creó en mí un deseo vano de conocer ese otro universo, no podía flotar en las lejanías del Ouranos que estaba vacío, debía estar en algún otro lugar del último planeta. Decidí que empezaría la exploración de los desiertos y viajaría hasta ese soñado “transmundo”, para lograrlo debía seguir engañando a los Mekhanes y sobrevivir´. Después me dejaría matar por el Thecnetos. Para lograrlo primero estudiaría la carta; dedicaría a ella los próximos días. Ella me entregó pronto emociones raras y nuevas. Examinaría tranquilo y a salvo las costumbres de una humanidad de la que yo era extranjero, de la que todos —paradójicamente— éramos extranjeros. ¡Esa vida debía estar llena de oscuridad y de inquietud!

 

     La volví a leer tratando de entender algo más, pero no encontraba nada claro de su autor: L, ni de su destinatario, M. Era muy perturbador lo del lenguaje. Sé que sólo las máquinas tienen un lenguaje común que fluye por todos lados y épocas y que el ser humano no tiene nada parecido. Sé que la lengua que cada uno inventa en soledad es un atavismo. Un tosco acto reflejo que no comunica ni puede vincular a una comunidad, dado que ya no hay ninguna comunidad, ni tampoco nada que comunicar. Por eso, yo no debería entender la carta ni siquiera a medias. ¡Eso era extremadamente extraño! A menos que no se trate de una comunicación entre seres humanos remotos, sino entre máquinas o entre el Emisario y el Thecnetos. Releí la carta y noté que esto era imposible. Pero, por otro lado, toda investigación parte de las dudas, no de las certezas. La incomprensión no es razón para desistir, sino más bien para empezar a investigar. Me animaba así, hasta que un vacío parecido a un miedo me asaltaba. ¿Al estudiar la carta y posponer mi muerte estaría desobedeciendo al Dios del Thecnetos? O más grave: ¿Era posible desobedecer al Thecnetos si éste realmente era un Dios?

 

     No sé... Las palabras no eran las de un solitario ni las de una máquina que, como suponía, eran los únicos habitantes de este “único” mundo. Y lo más raro, noté una tenue sensación de familiaridad en ellas. Una especie de íntima comunicación entre esos dos personajes y yo, no de contenido, sino de otro tipo y esto era lo más grave.

     ¡Si sólo hubiese sido una carta! En pocos días la habría olvidado, como he olvidado a mi corta edad ya tantas cosas.

     ¡Cuántas ciudades de rara geometría he recorrido y olvidado! ¡Por cuántos jardines extraños de piedra y arena he vagado! ¡Cuántas estatuas de gigantes hallé! Unos melancólicos, otros férreos, sus cuerpos como cadáveres de piedra he visitado, he admirado y ahora ya se han disuelto, ya se han ido. No son. Los olvidé.

    

De todos los problemas que me causó la carta, el peor era este fugaz sentimiento de familiaridad; por eso mi emoción de hallarla había sido una ingenua temeridad.

 Me había emocionado la primera entrega en una serie que me destruiría y de la que muy pronto no podría huir.