miércoles, 26 de enero de 2022

11 UN VIENTRE ARTIFICIAL

 

En otro punto del espacio tiempo.

      Como dije al inicio, uno de esos vacíos días el Thecnetos envió con su Emisario esa extraña carta y todo cambió. Muchas cosas raras pasaron en aquellos últimos días tristes. El primer suceso singular fue este:

     Me había conectado a un Mekhanes esperando el mantenimiento de mi cuerpo. Pero nada sucedía, más bien sentí que la conexión ahogaba mis carnes inyectándolas una sustancia toxica. Asustado me desconecte. Era la primera señal de que el Thecnetos había decidido eliminarme. De seguro, días antes su Emisario había reprogramado a esa vieja máquina para que me envenene.

     Mi tiempo acababa, para mí el universo terminaría, debía tomarme unos días para resignarme y meditar.

Por cierto, cercano mi último día, relataré, como fue el primero y así explicaré la génesis artificial de la raza humana en el último planeta.

     En lo profundo flota —como siempre lo ha hecho— la eterna mente del Thecnetos. Ésta piensa, de tiempo en tiempo en una molécula germinal particular y sus órganos mecánicos hacen ese ADN preciso. Después, con esta molécula germinal se hace una persona. Así, el Thecnetos va haciendo hombres al azar, de centuria en centuria. 

     Así un día el Thecnetos soñó mi molécula germinal. Ésta siempre tiene unos 25,000 genes y numerosas versiones de cada uno (alelos). Al azar escogió los elementos de esa complicada molécula, creó una particular combinación de entre trillones posibles combinaciones, construyendo un armonioso objeto teórico hecho de miles de elementos perfectamente comunicados y equilibrados entre sí. De inmediato sus millares de manos mecánicas empezaron a componerla usando los átomos del polvo. La anti-entropía para esta tarea, se tomó de la poquísima energía disponible. Así que mi nacimiento aumentó el casi total desorden. Poniendo, en este proceso, al universo un paso más cerca al caos absoluto. Ese caos absoluto donde por fin, el tiempo se detendrá.

     Así mi molécula germinal fue construida, con su precisa relojería bioquímica, átomo a átomo en el oscuro avernus. Luego en medio de microscópicos artefactos aquella molécula empezó a rodearse de otras moléculas. Esas nano-industrias, miles de veces más complejas que la célula que hacían (en medio de tejidos artificiales y rodeados de sondas), construyeron mi microscópico embrión, que fue germinando y creciendo, rodeado de móviles miniaturas tecnológicas. Mucho después yo ya estaba listo físicamente para sobrevivir, aunque inconsciente y un mensaje se envió al Emisario para que me ayudara a emerger a la superficie. Ahora sé que ese mensaje llegó también a otra región del Thecnetos subterráneo, al Theknos-Herakhón que aguardaba en la eternidad y que, al identificar la estructura determinada de mi molécula germinal, recordó un pensamiento nocivo y venenoso que se fijó en su mecánica y obsesiva consciencia.

     Así, a través de la densidad del córtex subterráneo, viajaron a mi encuentro, el Emisario y la otra cosa pululante.

     Yo inconsciente y pequeño aún, respiraba entre las máquinas, sin notar que el ente mortal, el theknos-herakon había llegado y acomodaba su compleja estructura en mis cercanías, preparaba así su rutinario y letal procedimiento. Uno de sus múltiples apéndices se acomodaba ya en uno de mis parietales y nueve cánulas empezaron a entrar cruelmente bajo mi piel. Así que la primera cosa que sintió mi consciencia, ese primer segundo de vida, fue ese punzón metálico y doloroso, provocándome con esa primera sensación, dejar la nada y empezar el vivir. Empecé a ser consciente de que era consciente y del paso del tiempo. Justo en ese momento apareció por primera vez la otra cosa: el Emisario, y esta disputó e intercambió órdenes con el Theknos-Herakhón, esa fría inteligencia que pulula en las entrañas del Thecnetos y cuyo único empeño es matar la vida. Después de una abstracta lucha, este cedió, aun no era su tiempo. Debía esperar un poco más para acabarme. Ya había esperado trillones de años y no cejaría en su misión. Y al final vencería.

     Finalmente, inconsciente de lo que pasaba, fui llevado a la superficie del último planeta por el Emisario. En la superficie ya completamente a solas, empecé a pensar y a vivir. No volvería a tomar contacto directo con ese Emisario ni con nadie más.

     Así del fondo del planeta me sacó un día el Emisario y a él me regresará el día de mi muerte, allí devolveré al Thecnetos mi sensación de que el tiempo pasa. 

10 UN EXPERIMENTO FENOMENOLÓGICO

 

En el lugar más profundo del Aether…

 Después de entregar los informes sobre animales meta-dimensionales, M y Ayazx se unieron a los demás guerreros.

     Dadas las permanentes guerras, en unas horas estaban de nuevo en batalla, en un nuevo y exótico lugar de muerte. Habían invadido una estación maltrecha, cargada de furiosos gigantes, contra los que impusieron su superioridad. Tal era la fuerza de los gigantes y su ausencia de compasión que con un solo golpe podían despedazar una espalda o hundir un cráneo. A golpes también derrumbaban paredes y trincheras. En la triste violencia de esa batalla, M y los demás despedazaron, otra vez, enemigos tan humanos como ellos. Entre los movimientos veloces y furiosos de la lucha, el férreo M, siempre sobrecargado de viril valor, era atacado por un minúsculo enemigo, derrotado desde sus adentros cargados ahora de una intranquila pluralidad, hasta ese momento, invisible. Ese día la vería. Lo frenaba una profunda debilidad que empezó a disolver su voluntad, de común férrea. Para desaparecerla, acometía con más fuerza y energía su tarea de asesino. Pero fue inútil. 

Pero por más que él y los demás despedazaban más allá de lo necesario a sus contrincantes, M no podía borrar esa forma que cada vez más claramente se instalaba en su mente. Un ser fuerte y sólido era vencido por algo sutil y ambiguo, como una gigantesca bestia, enamorada mortalmente de una etérea luna.

Solo un par de borrosas imágenes podía recordar de L, una de perfil y otra cabizbajo, pero absorbían su atención obsesivamente, sin entender por qué esto pasaba. No importaba cuánto las examinaba y multiplicaba en su mente, no revelaban que había de especial en ellas ni como era el misterioso mundo en que L vivía, no podían decir más, L y su candidez había emergido de su realidad unos segundos y se había hundido en ella de nuevo, sin dejarse entender. Dejando una duda incómoda en M, una duda sin una pregunta clara que la cause. Una opacidad en la nada. Una imperfección en la cotidiana coherencia de su mundo militar.

     Los feroces y poderosos guerreros, luego de derrotar la gigantesca estación flotante, organizaron a los prisioneros que no mataron en la pelea.

    Aprovechando la oscuridad, Ayazx y sus secuaces se apartaron del grupo central e improvisaron un espantoso certamen para no aburrirse el tiempo que demorarían las siguientes órdenes.

Escogieron 50 prisioneros, los maniataron y los dispusieron en un espacio abierto, luego compitieron sobre cuál de ellos decapitaba más y más rápido ayudados de un elemental cuchillo. Sonoras risas aderezaron el macabro juego.

     Agotados y felices los guerreros celebraron el triunfo de Ayazx frente a la pila de muertos y cuerpos sin cabeza, algunos aún móviles.

     Después Ayazx escogió otro prisionero. Uno de poca edad. Lo arrastraron hasta un rincón muy alejado del resto. Mientras sus cómplices lo sujetaban, Ayazx luego de unos segundos preparándose para empezar le susurro con sorna:

–“Consciencia es consciencia de algo”.

     Acto seguido le sujetó con violencia la cabeza y le sacó los dos ojos ayudado una herramienta puntiaguda. El prisionero grito espantosamente aferrándose con fuerza a los gruesos antebrazos del guerrero, cuya cara se había borrado como todas las demás. Una vez conseguido esto, Ayazx introdujo una cánula filosa en sus oídos con los que perforó sus tímpanos. El hombre de pronto no podía ahora escuchar sus propios gritos, ni suplicas.

     Ayazx ya jadeaba frenético de placer sádico. Sopló en las fosas nasales de aquel hombre un polvo ácido que quemó sus receptores de olfato. Las piernas y brazos de aquel soldado se agitaban de dolor, pero eran frenados por los brazos de la pandilla de Ayazx que lo sujetaban con fuerza frenética y concupiscente. Con otro equipo, éste introdujo una cánula en la garganta y de un tirón rasgo sus cuerdas vocales. Estaba anulando todos los sentidos de aquel joven, que ya no recibía ninguna sensación del mundo exterior. Cortó su lengua también y repitió jadeando de placer para los demás:

–La consciencia es siempre consciencia de algo…para estar vivo tienes percibir algo.

Sus cómplices estallaron en macabras risas. Y luego en una curiosidad morbosa y nerviosa.

– ¿Sin sensaciones no estamos vivos? Entonces la consciencia depende de las cosas que la hacen sentir —Agrego reflexivo Ayazx

     El prisionero se retorcía desconsolado, ahora ciego, sordo, silencioso e incapaz de gustar u oler. No sintió que alrededor de él, todos sacaban filudas hojas de metal reluciente y cogiéndolo cuidadosamente, empezaron a sacarle la piel. Así perdió su última sensación del mundo que lo rodeaba, pero, siguió vivo, respiró en shock entre sus verdugos, que agregaron sobre la musculatura desnuda un gel militar contra las hemorragias. En el colmo de la maldad lo obligaron a ponerse de pie y a caminar. 

Y jugaron así y de otras formas con él hasta cansarse.

–Sin sentidos no hay consciencia, —dijo uno con curiosidad— ¿no es como si estuviese ya muerto? Un muerto que camina y respira.

–No —corrigió Ayazx con una voz profunda y calma de satisfacción plena, satisfacción comparable al que sigue al rito atávico—. Está desconectado del mundo, pero aún piensa, sabe dónde está y que va a morirse… y sé que tiene miedo, pensar es sentir tenuemente —dijo pausado y sobrecargado de nervioso placer. Así lo observaron perfectamente lúcidos de lo que le hacían los largos 25 minutos que aún sobrevivió atrapado en sí mismo.  

     Luego, aunque aún estaba vivo, lo dejaron morir a solas en aquel secreto rincón y caminaron a reunirse con el resto de la tropa.

En ella M también moría atrapado en sí mismo.

9 LAS ESTATUAS DORMIDAS

 

 En un punto muy remoto de ahí…

 

     Cansancio de esa tarde en que descubrí que el Thecnetos había decidido olvidarme. Legaba mi fin. Andar y andar y no sé si al final mis pasos trazan una búsqueda o una huida. El resultado siempre es el cansancio y el regreso ansioso a la cotidianidad de unas construcciones vacías, mi amado pedazo del mundo.

     El camino de regreso siempre lo hacía por una misma calle, aunque la palabra “calle” es excesiva. Ésta más bien es una cicatriz borrosa, trazada en una especie de enorme mancha en el paisaje y esa mancha antes fue una ciudad. Esa calle confluía junto a otras en una despedazada plaza circular que estaba llena de estatuas que representaban hombres colosales cargados de artefactos violentos. Esa agrietada plaza oval tenía distintos niveles, producto de algún lejano cataclismo o de algún paciente evento geológico. Así tomaba la forma de una monumental y caprichosa escalera casi circular que estaba a medio borrar por esa respiración seca, que es el avanzar y el retroceder del desierto.

 

     En ella, decenas de macizos gigantes de piedra estaban dispuestos en distintas alturas y formando una especie de acantilado escultórico. Grandes cuerpos de piedra enfrentando un oleaje leve y constante de aire y polvo, en una batalla secreta que llevaba millones de años entablada. Una lucha entre lo duro, lo grande y lo sólido, contra lo liviano, lo etéreo y lo tenue; un enfrentamiento en el que, como en tantas otras cosas, al final siempre ganaba lo tenue. 

      Así, esos titanes de piedra iban desapareciendo y los gestos y actitudes que estaban petrificados en ellos se iban apagando con la suavísima, aunque mortal, caricia del aire.

      Al igual que esas esculturas de piedra, nosotros, los pocos seres humanos engendrados en las entrañas del Thecnetos, somos también inertes y efímeros, desvaneciéndonos mientras paseamos por nuestras cortas vidas. Nuestra única felicidad y acaso deber, es persistir quietos y silenciosos a que pase el tiempo. Somos un pedazo más de la naturaleza y como ella, carecemos de teleología, voluntad o vida. Y esa vida ya debía para mi acabar.  

sábado, 27 de marzo de 2021

8 DIÁSPORA CÓSMICA

 

En otro lugar del tiempo…

–En unos minutos llegarán los guerreros de la última conquista, una pareja de eromenois, M y Ayazx, fueron los encargados de buscar los datos y los traerán —dijo a L Ahelios, ya maduro y enjuto. Las ojeras de Ahelios mostraban que había sido trabajado por años por un antiguo mal, era afectado desde su juventud por una rara forma de la enfermedad atávica[1].

–Quizás podré comprobar mi predicción sobre los animales meta-dimensionales[2] —dijo discretamente L, soñando precariamente con tener la razón—. Podré verificar mi suposición y… un nuevo modo de pensar la materia —concluyó entonando esta última frase solo a medias—… Y este nefasto universo por fin acabará.

Ahelios lo miró adivinando sus tristes esperanzas.

–No esperes mucho, simplemente los reubicaremos y continuaremos el registro —le dijo paternalmente. Miraba a su joven pupilo con cierta conmiseración, ésta provenía de verlo cada día más y más extraviado en ese errado laberinto teórico que construía y en su indiferencia a la vida, propia o ajena.

L calló, levemente ofendido por su superior, que era condescendiente pero incrédulo de sus ideas.

–También quisiera que algo extraordinario ocurra, esta labor ha consumido nuestra juventud, y es de tal esterilidad que aburrirá nuestra vejez, comprendo tus esperanzas —dijo Ahelios comprensivo e íntimo—con el tiempo aprenderás a dejar de soñar con otro universo que no sea este. Es por esto que es tan popular en esos días la vida virtual. Esta tecnología ha evolucionado para darle a la gente lo que tiene prohibido tener: una vida de verdad.

 

–Pero… ¿Qué pasaría si tampoco hubiese datos de su existencia en las investigaciones de la meta-corporación conquistada? —preguntó dudando de sus propias hipótesis L.

–Deberíamos examinar si hay error en los equipos de monitoreo alienígenas —contestó escéptico Ahelios que conocía muy bien los procedimientos, repetidos por ellos tantas veces.

–Según todos los informes éstos están en perfectas condiciones —agregó L volviendo tímidamente a creer en sí mismo—, yo sé que ya no existen los animales meta-dimensionales. Y acaso eso determine un próximo suceso en eso que llamamos vida y que tanto afana a todos.

 

Ahelios miró como reprobando en su aprendiz ese desdén que tenía por la existencia. 

 

–Es imposible que ya no existan, ¿Por qué desaparecerían? —dijo Ahelios algo cansado y dando por finalizada la conversación con un sutil gesto de fastidio.

–La pareja de guerreros, está esperando afuera para entregar el material solicitado —dijo una perfectamente voz humana, era la androide Nimis, de aspecto anguloso y mirada intensa. Nadie sospecharía al ver su perfecta imitación de la apariencia humana que no era una persona como los demás y que en lugar de alma tenía un hueco.

–Ordéneles pasar —dijo Ahelios recogido a sus responsabilidades de científico. Nimis escoltó a los férreos gigantes.

     Las figuras grandes y bellamente dibujadas de los dos guerreros aparecieron entre los equipos de sofisticada ciencia. M, fuerte y sereno, con un brillo de pureza en los ojos, Ayazx arrogante y orgulloso de su estatura y belleza. Sus carnes sanas e hinchadas de músculos emanaban una sensualidad y belleza que contrastaba con la aséptica y triste tecnología del locus y con sus grises funcionarios, era como si la misma naturaleza entrara ostentando toda su terrible hermosura y se mostrara arrogante frente a la pobre fealdad de lo artificial.

La conversación se inició.

–Infórmenos de sus hallazgos, ¿lograron salvar los archivos sobre animales meta-dimensionales? —pregunto L al masivo M como si se dirigiera a una cosa y agrego bajando la voz—, quizás un viejo universo teórico muera con los resultados de su hallazgo y otro más simple y verdadero se muestre…las causas son siempre simples y pocas; y los efectos numerosos y complejos —agregó como queriendo compartir con ese desconocido, su esperanza de descubrir un nuevo mundo.

–Sí —dijo con una profunda y cálida voz M, que no entendió qué quería decir L pero que se inquietó por él—. Están completamente íntegros.

– ¿Qué encontró? ¿Los revisó? —preguntó metódico Ahelios.

M, parecía no haberlo escuchado, miraba a L por primera vez y su curiosidad se desviaba a sus interiores y a sus raras palabras, casi imperceptiblemente, unos pasos más allá de lo que era normal. Su amplio pecho empezó a respirar algo más rápido y fuerte.

Nadie, ni él mismo, lo notó.

     L también sintió una vana sensación que no pudo identificar mientras su respiración se inquietaba. Algo activó un mecanismo que esperaba invisible en la parte más primitiva de su cerebro. Algo primario y dormido que había germinado para tomar el control de su mente más evolucionada y ahora se asomaba por primera vez. Pero no por última vez. Ahelios interrumpió:

–Háblenos de los resultados.

–Lo que hemos encontrado —dijo monumental y firme M— es que la otra meta-corporación concluyó que no había ya animales meta-dimensionales en todo su universo conocido.

Ahelios quedó estupefacto, esto era incoherente con todo lo conocido…pero no podía negarse a aceptarlo, miró asombrado a su pupilo L que lo había previsto. Éste sintió una cierta felicidad intelectual de acertar, pero luego un sordo pesar lo invadió. Era el primer ser humano en enterarse del fin.

– ¿Dónde están los datos? —preguntó Ahelios aún asombrado.

–Los pueden examinar en el corazón del sistema de información. Están ya accedidos a la biblioteca general —respondió M, grande y hermoso como un felino.

L y Ahelios se abalanzaron a decodificar los datos y los revisaron mudos mientras los dos gigantes esperaban. Para Ahelios se trataba de un fenómeno imposible que rompía con diversos principios teóricos, para L la confirmación de una antigua sospecha que llevaba años meditando y que ahora le asombraba. La evidencia de que la estructura del cosmos había guardado aún un secreto sobre sí mismo. Ese día se develaba, y con él, una terrible noticia para todos, el fin del universo estaba cerca, excepto para él, a quien le eran indiferentes las consideraciones prácticas de sus ideas. Aunque las de esta fueran terribles.

Ayazx se impacientó pronto despreciando las labores sin emoción y monótonas de los dos técnicos. Aburrido hizo un gesto obsceno con su desmesurado cuerpo. Algo en su mirada asustaba y ofendía a los demás, Ahelios sintió como si esa mirada cínica le dijese sin palabras que en contraste con la del vigoroso gigante, su vida fuese ridícula y pobre.

Pero disciplinadamente los guerreros esperaron las órdenes de retirarse. Sus monumentales cuerpos, como dos composiciones magistrales, hechas de volúmenes y líneas perfectas, resaltaban en el desorden y fealdad de los enclenques laboratorios. 

Minuto a minuto y lectura tras lectura lo volvían a comprobar. No había animales meta-dimensionales para la otra meta-corporación tampoco y por lo tanto tampoco no había futuro.

Ahelios le dijo a su pupilo L:

–Puedes despedir a los guerreros. Supongo tendrán más gente que matar. —A raíz de esa orden se encendió en L una minúscula desesperanza.

L se dirigió a M y al verlo nítidamente a los ojos (que se inclinaban tiernamente como soñando) olvidó lo que tenía que decirle. Después de perderse y encontrarse en ese abismo que es la mirada mutua dijo:

–Ya no es necesaria más su presencia, les agradecemos su esfuerzo y meticulosidad. —Y al terminar de decirlo, sintió arrepentimiento de provocar con esas metódicas palabras, que ese desconocido desapareciera para siempre. 

Ayazx sintió alivio y premura por irse, mientras M sintió un leve e inexplicable freno. Pero disciplinado, se alejó. Antes de desaparecer un movimiento torpe de su mano rozó a L.

A L le costó ver que se iba. Le abochornó esa emoción irracional en él. Era un desconocido y no necesitaba volver a verlo. No era más que un organismo de limitada consciencia, una simbiosis de reacciones químicas con un fin banal. Un efecto caprichoso de la evolución y la inercia de la naturaleza. De la ciega e irracional vida…

Pero en las siguientes conversaciones con Ahelios, la piel limpia del soberbio guerrero interrumpió vergonzosamente los raciocinios y consideraciones abstractas, que ambos tejían sobre los animales meta-dimensionales.

–Te alegrará confirmar tu hipótesis —dijo Ahelios—, quizás sea sólo una coincidencia, una falsa alarma, pero te felicito.

–No. Al contrario, me entristece, aunque no entiendo por qué —dijo L dibujando con su rostro una delicada inquietud y pena—. Esa desaparición significa algo más. Algo muy grave. 

–No dejemos volar la mente más, pluralitas non est ponenda sine necessitate[3], atengámonos a lo que hemos descubierto, —dijo comprensivo y metódico Ahelios a su subordinado.

–Deben informar al Thaumasios Herakón, él tendrá una explicación para esto —dijo volviendo de sus pensamientos L.

–Creo que podrás por primera vez hacerlo tú, aprovecharás para explicar tu teoría.

     Luego L se sentó y dejó su mente reposar de cualquier cálculo o consideración. Una marea emocional se alzaba dentro de él, inundando el oscuro paisaje de su corazón.

     Las estructuras del cerebro mecánico de Nimis, tan huecas de vida como las de una cámara de video, registraron y procesaron todo y respondieron a lo observado. Sus sistemas neuronales razonaban, creaban, calculaban y comunicaban, aunque sin ninguna consciencia de lo que veían, Nimis no tenía “yo”. No era un sujeto frente a un objeto, sino un objeto frente a otro objeto. Para un hombre la percepción es sensación y cognición, para ella solo era cognición.

–L no tiene rango para tener una cita con un Thaumasios, usted o yo presentaremos ese informe al Thaumasios Hekantokeinos Herakón —dijo Nimis.

L miro a Ahelios y a Nimis, y sintió ese segundo, que él estaba en un lugar muy remoto al de ellos, en un lugar muy ajeno al mundo concreto y racional, ahí aparecieron unas palabras, un bucle, un tropiezo en su mente lo saco del espacio tiempo, se escribía una carta que no tenía a quien enviar:

 

Tus ojos son severos,

Son una puerta entreabierta que nunca he cruzado

Por temor, quizás...

He dibujado en tantos papelitos tus ojos que….

 

Ahelios —dijo L interrumpiéndose sí mismo—, muchas veces me habló de su enfermedad atávica, yo nunca la he comprendido y en general detesto que la razón sea importunada por sentimientos groseros, pero…—y se detuvo avergonzado.

Ahelios le tomo el hombro como un joven padre.

–Aunque está prohibido, todos enfermamos de ella alguna vez, la mía nunca me deja —dijo Ahelios recordándola y doliéndose al recordarla.

–Explíqueme de nuevo —pidió a su íntimo superior L.

–En mí es una enfermedad sin cura, pero si acaso tú enfermas podré aconsejarte como hallar curación química. La meta-corporación permite la reproducción, pero no el amor, si no neutralizas la enfermedad atávica con fármacos, te permitirán sentirla, pero no expresarla. Solo los guerreros pueden amar y formar pares de eromenois entre ellos, por ser esto útil a sus obligaciones. Pero está absolutamente prohibido entre técnicos y nunca es posible entre castas distintas —dijo Ahelios sospechando algo en su pupilo. 

– Pero ¿cómo reconocer esa enfermedad atávica? —preguntó L a su superior.

– ¿Cómo entenderlo? —Dijo Ahelios—. Es una premura, una urgencia sin objetivo, una ansiedad vacía, una melancolía que dura toda la vida y no se explica, un sabor de que le falta algo al tiempo. El anhelo de una ternura que no está en ningún lado, pero que siempre me hace falta. Eso es en mí la enfermedad atávica— concluyo Ahelios.

     L, lo escuchó y por primera vez lo entendió. Un nítido significado apareció en esas palabras: El amor es un vacío que se quiere llenar. Esa tarde empezó sentir lo que sentía su protector. Algo que no lo dejaría nunca y que reenfocaría cada parte y propósito de su breve vida.





[1] El amor.

[2] Seres de 10 dimensiones, pero invisibles a las 4 dimensiones percibidas por los humanos, sólo de vez en cuando interceptaban nuestro mundo, por fracciones de un instante. Eran los más raros seres vivos de este único y cerrado universo que moriría.

[3]   La pluralidad no se debe postular sin necesidad.

7 EL ATARDECER DEL MUNDO

 



En otro lugar del espacio…

 

     Confieso que del Thecnetos no tengo certezas, sino sólo elucubraciones. Presiento que hay un artefacto con una tarea infinita funcionando en la oscuridad. El Thecnetos, es también (pero no sólo) una red que satura las calles abandonadas y los desiertos y encierra en su inescrutable mente una humanidad inmortal.

     No es necesario aclarar que el Thecnetos es artificial, aunque entiendo, al examinar el tema con más detenimiento, que en el mundo no hay nada artificial, que la naturaleza ha parido todas las cosas, inclusive al Thecnetos; que "lo no natural" es lo imposible, lo lógicamente inadmisible. Lo artificial lo hicieron los hombres, pero ellos y sus métodos eran también naturales, sujetos a las leyes de la naturaleza. Así, de lo artificial podemos decir que no existe.

     El Thecnetos, creo, ha existido desde la creación de la primera tecnología, de lo cual debo concluir —algo incómodamente— que no es eterno. En él debió confiar el hombre parcialmente su destino; su desarrollo posterior lo llevó a grados de poder de cálculo inimaginables. Una revolución en los sistemas que sustentaban la inteligencia artificial le dio su primera independencia mientras nosotros íbamos perdiendo la nuestra.

      

     La ciega evolución creó el cerebro humano y éste creó el nuevo y mejor cerebro mecánico. Luego éste creó a los antepasados del Thecnetos, que ya no eran un simulacro de aquellas funciones cognitivas humanas, sino algo diferente: dueñas de una auténtica lucidez, ya incomprensible a nosotros. Pero confío en que esta máquina nunca olvidará el fin para lo que es creado todo artefacto: garantizar nuestra supervivencia y acompañar nuestra futura evolución.

     Así, los individuos, al cabo de unas décadas desaparecemos, como yo pronto desapareceré, pero nunca ese río que llevamos dentro; ese río es un linaje ininterrumpido de moléculas germinales, pasando de generación en generación a través de nuestros cuerpos y éste es un flujo que corre sin interrupciones ni pausas desde el comienzo de la vida.

 

     Describir el Thecnetos es imposible, incluso pensarlo lo es; sólo puedo figurármelo infantilmente por aproximaciones. Por ejemplo, pienso en él como una población infinita discutiendo simultáneamente en ninguna parte o como una nube de pensamientos plácidamente flotante en la eternidad. Me parece hasta hermoso pensarlo así: debajo de tanto polvo, comprendiendo cómo y por qué un papelito es levantado por el viento en algún rincón perdido del último planeta.

     En sus manos estará seguro mi futuro por un tiempo y el de la humanidad para siempre. Claro, ya dije que del Thecnetos no tengo, ni nadie tiene, una percepción directa ni deja huellas su presencia. Sólo mis dudosos razonamientos me llevan a creer en él. Si no, ¿cómo podría ser posible la vida siquiera por un segundo en este, el último planeta?

 

     Y me parece que hay otra prueba de su existencia. Ocurre que, no importa de dónde parta un razonamiento (única ocupación para los solitarios hombres), ni qué temas se aborden en él, si se llega lejos, siempre se llega a la necesaria existencia del Thecnetos. Aunque el origen de todo razonamiento es también dudoso. Los míos siempre se originan en las disposiciones del Emisario (que es el único ser vivo del que tengo certeza que existe). Es a través de él o de eso, que deduzco y creo en el Thecnetos. ¡Y aún él es tan evasivo, tan lejano! Tampoco lo he visto ni tocado, pero permanentemente presiento su proximidad.

 

     Asumo, como lo más razonable, que este Emisario es un ángelos del Thecnetos. Una forma de comunicación entre ese dios mecánico, entre o desde ese imperturbable y total absoluto y mi fugaz y fragmentaria existencia. Pero, en fin, he de aclarar que mi creencia en estos dos seres no es sobrenatural, pues ya aclaré que sólo existe lo natural.

En los años que llevo recorriendo el planeta, el Emisario se ha vuelto aún más elusivo o yo más predecible; siempre procede a ejecutar sus disposiciones mientras duermo, mientras me ausento o viajo. Deja generalmente impersonales cartas con instrucciones que intento comprender y obedecer cabalmente. De ello depende mi supervivencia. A través suyo llegan migajas de infinito hasta mí, dándome vida.

 

     Impersonal. Dormida tal vez, sentía yo la ciudad de escombros. La soledad me hacía creerla íntima y mía, pero luego recordaba que no era ni único ni singular en el planeta, que con otros quizás, compartía ese Emisario que nos tutela o vigila.

     Consumía a pie las interminables calles y plazas siempre estériles y mudas. Al acercarse a los edificios muertos uno siente como si se acercara a las espaldas de hombres gigantescos y muertos. A veces sentía una sensación de rechazo de aquellas espaldas e inmediatamente tomaba rumbo a cualquier otro lugar.

Me movía un primitivo deseo de exploración humano, un rasgo innecesario como tantos otros ahora.

 

     Pero olvidé la causa fundamental de mi relato, ¡el asunto de las cartas...!

6 THAUMASIOS HEKANTOKEINOS

 


En otro punto del espacio-tiempo…

La androide-zombi Nimis[1] viajaba por las aglomeradas escaleras con el técnico L —ya un joven empleado de bajo rango en la vertical estructura de la meta-corporación, cuya mirada era sensible, lúcida y un poco desilusionada.

Ambos iban por una de los miles de escaleras que se disparaban y enredaban en todas direcciones, metiéndose entre los saturados recovecos donde vivían los técnicos de la meta-corporación. De tramo en tramo, eran arrastrados por la masa tosca de gente, hombres pequeños y rudos, de aspecto preocupado caminaban aún con más prisa que el resto; eran los malgeniados asistentes, ensimismados en su carrera. Su prisa los llevaba a ser oscos y neuróticos.

L pensó melancólico en lo caprichosa que era la realidad: el universo podría haber sido más simple, por ejemplo, hecho solo de unas cuantas partículas flotando en el espacio y así siempre, o un denso núcleo de materia estable e inmóvil, o incluso un viejo universo hecho de cenizas de estrellas, helándose cada vez más en el silencio, pero en cambio surgió la vida, su torvo sinsentido, sus casi infinitos y desgastantes medios y mecanismos. Todas las manifestaciones de la vida, eran para L redundantes y absurdas. Y acaso lo más preocupante de la vida orgánica era que él mismo estaba atrapado dentro de ella. Él era un títere de los genes, pero planeaba defraudarlos y además sabía que ellos no eran los verdaderos protagonistas de la vida, sino instrumentos de algo aún más profundo, pues los genes desaparecen, cambian, pero el espectáculo de la vida sigue, la vida solo los usa y luego los desecha, ¿acaso la evolución no es el cambio de los genes? ¿Qué clase de protagonista sale de escena ni bien entra? Los genes, el ADN, los genomas, los hombres son solo instrumentos de un protagonista oculto y este sí es inmortal, los genes se pierden, yo me pierdo, lo otro queda. Pero a pesar de su poder y profundidad también a eso vencería…o al menos eso planeaba el joven y núbil L.

 


Sólo lo más central de su yo era libre: su trans-biológica voluntad. Despreocupado del mundo, dejaba de atender a las formas y los colores que acaso lo distraían del verdadero ser del mundo. Le daba igual si este caprichoso y redundante universo acabase mañana. 

     L y Nimis, al salir de la escalera, llegaron a un corredor ancho; había más aire ahí, pero algo semejante a una negra procesión estorbaba el paso. Primero solo vieron un compacto grupo de pequeños asistentes, unos corrían golpeándose desde un montón central y otros hacia él, llevando papeles e instrumentos. En el centro, un hombre grande y lento avanzaba con las dificultades de un anciano. Era uno de los Thaumasios Hekantokeinos[2], los sabios oscuros de la meta-corporación y su nombre era Herakón. Era viejo pero alto y fuerte, avanzaba penosamente hacia quién sabe dónde, por aquel hormigante edificio de metal. Los asistentes hacían mucho ruido hablándose a gritos y forcejeando, L miró reverente y fascinado a ese hombre raro, de esa casta de centenarios carísimos a la meta-corporación. Herakón se detenía cansado de trecho en trecho, su traje y su cuerpo estaba abrumado de artefactos y cableado. Sus ojos y oídos, se veían sellados por negros instrumentos relucientes, pero las vacías cuencas de sus ojos estaban atravesadas de cables, que llegaban directamente a su poderoso cerebro.

     Entre el caos que lo rodea, bajo los artefactos que lo aprisionan, el oscuro Thaumasios Herakón exhalo un cansado suspiro.

     Los Thaumasios Hekantokeinos administraban la meta-corporación, aunque subordinados a los lejanos Zombis Hekantokeinos y eran capaces de cálculos y análisis desmesuradamente complejos, que eran imprescindibles a esa humanidad en guerra.

Las meta-corporaciones tenían relaciones enredadísimas entre ellas. Era difícil dilucidar por qué un día se recibían ataques de antiguos socios. La velocidad de los cambios históricos no se computaba en meses, sino en días, a veces es minutos, de modo que una alianza podía convertirse de pronto en una mortal enemistad. El mapa de estas centenarias guerras era incomprensible para las primeras inteligencias artificiales. Pero estos genios podían entenderlos entre los angostos y laberínticos corredores. L pensaba que era un desperdicio que tanta inteligencia fuera usada para una tarea tan deleznable: hacer persistir a la humanidad.

     Al salir de madrugada, L podía ver a esos Thaumasios recostados en desorden por todo el edificio recibiendo mensajes por sus cableados, meditando las largas respuestas, ciegos y casi inmovilizados por esos artefactos que invadían sus ropas y sus viejas carnes. Cuando alguno se levantaba y movía por el edificio, sus movimientos eran torpes y lentos, por la vejez y por la ceguera. Su actividad era meramente intelectual, pero sin descanso y esto los mantenía en una desconexión que los hacía parecerse al enajenado o al ebrio. A veces también descansaban, pero no se descubrían los ojos o los oídos artificiales; ¿qué sentían, en esos pocos minutos que se detenía su labor, en esos períodos en que no había programada ninguna actividad? —Se preguntaba inmaduro y anónimo L.

     Faltos de una vida como la de los demás, sin descendencia, ni ninguna forma de relación humana, casi sin yo, sin recuerdos ni esperanzas, con los ojos y el resto de sentidos muertos, los Thaumasios solo tenían el vacío de sí mismos. Sus consciencias vacías de contenido, simplemente vivían el pasar del tiempo.

     Acaso sin recuerdos en que entretenerse, se distraen con abstractas ensoñaciones que solo ellos pueden entender —pensaba L, que también colmaba su hueca vida con un universo abstracto de conjeturas e hipótesis. Un universo que no existía en realidad en ninguna parte.

     Los Thaumasios eran mártires de una época difícil y si no sacrificaran así sus vidas, se derrumbaría la precaria estabilidad que mantenía a la meta-corporación con vida. Se decía que estos ancianos construyeron esa inteligencia artificial que ahora los esclavizaba. Pero no era por la fuerza o la extorsión que esa inteligencia conseguía su trabajo devoto y su entrega absoluta. Como cualquiera, ellos podrían escapar, pero en cambio su labor continuaría hasta que la muerte los alcanzase en sus incómodos trajes.

     Solo aquellos que construyeron hace milenios la meta-corporación y que conocían más de cerca los vínculos de gobierno, sabían algo acerca de sus motivos irrenunciables.

     Pero este Thaumasios era aún más singular que los demás, ningún ser humano había nacido antes con la inteligencia de Herakón, su mente era toda una descomunal razón, vacía de emociones, no era como la inteligencia usual de los técnicos y científicos, que se entregaban a la razón por el placer de razonar, por el deleite intelectual.

     En Herakón la razón ocurría por la misma razón, no por el placer de pensar o la curiosidad. La suya era una inteligencia en estado puro y ésta no estaba al servicio de nada más que de sí misma. Los demás usaban la razón como medio y no como fin. Pero para el Thaumasios Herakón, la razón no podía subordinarse a nada que le fuera inferior. L admiraba y compartía desde su humildad, las convicciones del venerado Thaumasios.

     Tanto el poderoso Herakón como el insignificante L miraban, aunque desde alturas distintas; a los humanos que los rodeaban como a máquinas de carne, títeres del placer y el displacer. Luchaban por uno, escapaban del otro, y así todos terminaban viviendo la misma vida, programada para ser vivida así por un primitivo proceso, ciegos e ignorantes del verdadero significado del universo. Ambas emociones determinaban la dirección de sus vidas. Y este mecanismo de manipulación natural fue programado por un ciego accidente químico: la evolución. Toda la historia humana había ocurrido tal y como había ocurrido solo por la búsqueda del placer y por la aversión al displacer de los hombres, una perversa humanidad de marionetas siempre sometidas a ese viejo mecanismo de recompensa y castigo sensorial, incorporado por la primitiva selección natural para controlarlos. Para hacerlos servir a algo inferior a ellos. Algo tosco, pero más poderoso. 

Por fin, ensimismado, L llegó con Nimis a su precario locus de trabajo[3]. Al mismo modo que otros millones de técnicos, L era, debajo de decenas de estratos de responsabilidad, un subordinado de Herakón. Se sentía a salvo en su imperceptible puesto en el gran engranaje de trabajos. Llevaba años desde su niñez, aislado en una precisa y tediosa tarea: monitorear a los animales meta-dimensionales. Poco más sabía de este mundo que el camino del locus de trabajo al locus de descanso. Registraba la ecología y dinámica de las poblaciones de estos seres multi-dimensionales: éstos eran entes que saturaban el Aether aparentemente vacío. El imperceptible L llevaba años estudiándolos, pero en los últimos tiempos ni él ni otros técnicos habían captado datos sobre esos seres, al parecer eran problemas del instrumental que impedía su ubicación. Cada vez había menos energía para los instrumentos de L y en general para cualquier máquina de la meta-corporación, dada la cada vez mayor escasez de energía en el cosmos. Quizás por esto ahora los instrumentos de L no alcanzaban a registrar esas especies multi-dimensionales.

 

Pero la insegura inteligencia de L sospechaba que se debía a otra cosa. Una cosa muy grave.



[1] Un androide no programado para sentir qualias, qualias son las cualidades sensaciones individuales. Por ejemplo, la rojez de lo rojo o lo doloroso del dolor, a  diferencia de ellos, los androides-qualia sí podían sentir como los humanos.

[2] Thaumasios, genios;  Hekantokeinos, oscuros.

[3] Del latín locus, lugar.

5 TODO ACERCA DE NADIE

 


En otro tiempo y espacio…

 

     Sí, los humanos somos la única forma de vida y dado que yo estoy completamente solo, yo soy por el momento la vida. Dado que el Thecnetos no me deja morir y vivir pareciera imposible en el último planeta, su misión debe ser entonces preservar mi vida y en general, la vida. Pero, ¿Para qué? No lo sé. ¡Si yo supiera para qué sirve la vida sabría verdaderamente para qué sirve el Thecnetos!

Mucho después, cuando ya lo entendí todo, vi, al enfocarme en la prehistoria humana que el único sentido de la vida es la supervivencia; cada detalle del que está hecho un ser vivo sirve para eso. Por eso, el sentido de la vida no es más que la vida y el sentido de la supervivencia no es más que la misma supervivencia. Así de tautológica es la biología en sus profundidades. Una gallina (alguien lo dijo) es el instrumento de un huevo para hacer otro huevo. Aprendí —quizás muy tarde— que la tortuosa historia universal no era más que el tortuoso método que tuvo un hombre para hacer otro hombre. Descubrir a esos dos hombres daría sentido a los días que siguieron y justificará este largo y a veces tedioso monólogo.

En los seres vivos, los de ahora y los de antes, es infructuoso buscar otro sentido, otro significado a su industria, a su anatomía, a su conducta y a su psicología. La vida solo sirve para persistir; cualquier examen de los elaborados y a veces oscuros rasgos de la vida, si llega a una suficiente profundidad, llega siempre a esta conclusión: el vacío sentido de la vida es la vida. Y es quizás más honesto y simple admitir que no tiene ninguno.

Se dice que el fin justifica y explica los medios. Pero en la vida el fin perseguido por ese medio es el mismo medio. La vida es reproducción que se auto reproduce, nada más.

 

Esto es obvio en los individuos, pues solo egoísmo y ansiedad por seguir siendo se observa al estudiar la prehistoria universal,  pero ya somos menos los que sabemos que detrás está la vana pulsión de supervivencia de la molécula germinal, que es una molécula capaz de generar otras moléculas iguales a sí misma, —y que no sabe hacer otra cosa más que eso— y que ha encontrado, después de un infinito tiempo de perfeccionamiento, una infinitamente eficaz forma de copiarse a sí misma: el Thecnetos.

Así, una molécula inerte es —paradójicamente— la final y única protagonista de la vida.

 

     De esta definición de vida —por supuesto, la que existía antes de que el universo se volviera abiótico— se pueden explicar a todos los seres vivos que alguna vez colmaron el cosmos. Y debería por lo tanto servirme para explicar el misterio supremo: ¿qué es la consciencia?, ¿qué es esa capacidad de sentir de mis carnes insensibles? Pero no la explica[1]. ¿Por qué mi yo no se ignora a sí mismo como normalmente hacen las cosas?, siempre ajenas a las demás cosas del mundo y a sí mismas.

 


     Y esta explicación, si yo alcanzara a entender por completo sus implicaciones, explicarían las vacías ruinas que recorro y que me intrigan. La vida también debería explicar quién soy yo, quién es el Emisario y explicar el contenido de esas cartas erradas. Y por, sobre todo, aunque no sé con qué palabras podría decirlo, qué es en verdad el Thecnetos. Pero no hay nadie ni nada encargado en revelar eso.

 

     Dudas. Solo de dudas colmo mis días. Y acaso vendrá mi muerte sin que pueda responder mis pobres preguntas, ni entender si acaso esas eran las preguntas importantes. No sabía aún, que esa muerte ya me buscaba, presurosa e impaciente.

 

     Así es el último planeta. Para el solitario hombre moderno no hay familia ni relaciones amorosas; no hay comercio, ni arte, ni medios de comunicación; no hay libros, ni arquitectura, ni religión, ni ciencia; no hay filosofías ni supersticiones, no hay cementerios, ni tecnologías, ni siquiera hay lenguaje en el sentido estricto de la palabra; cada individuo tiene en su mente pensamientos que no requieren ser simbolizados en palabras, ¿a quién se las dirigiría en caso de existir? No hay signos en lugar de las cosas, hay solo nociones puras de las cosas y de sus relaciones. Ese proto-idioma individual solo sirve para entenderse a sí mismo. No hay lenguaje verbal, pero sí hay ese proto-lenguaje por cada persona que nace (lo que ocurre muy rara vez) y hay un sistema escrito común solo con el Emisario (las cartas son un ejemplo de ello). Todas éstas y demás estructuras usadas por la primitiva humanidad para su supervivencia, son ahora innecesarias. Ha desaparecido cualquier rastro de civilización o de sociedad.

No hay memoria, ni individual ni colectiva. Hay máquinas, pero no las hemos hecho nosotros y no se han hecho para nosotros; ellas tienen su raro lenguaje, éste sí, universal y común a las otras máquinas, al Emisario y al Thecnetos.

 

Ahora el perfecto Thecnetos multiplica infaliblemente a la molécula germinal y no es necesaria más la sociedad o la consciencia, mientras haya energía, por muy poca que ésta sea, no llegará el fin del mundo y funcionará el Thecnetos, usándola para multiplicar una forma abstracta de vida.

     La vida orgánica y la consciencia solo fueron instrumentos de la ciega molécula germinal para multiplicarse. Medios, no fines. Yo mismo soy un medio, el Thecnetos es un medio y el fin es en realidad, nada.



[1] Consciencia es la experiencia subjetiva de ser un yo, es eso que perdemos cuando morimos, es el sentir y el pensar.