viernes, 4 de febrero de 2022

26 UN GATO DE SCHRÖDINGER[1] DE 5 DIMENSIONES

 

En lo más profundo del espacio-tiempo…

     Los resultados del rito gnoseológico habían llegado. Se logró avanzar un nivel más la meta-filosofía y se explicaron muchos fenómenos antes oscuros, pero los Zombis Hekantokeinos estaban decepcionados, pues no bastaba para crear una tecnología de salvación a la inmediata muerte del cosmos. Los resultados se supieron y aterraron a la población. En la confianza de que era la mente más poderosa de la meta-corporación, se le pidió a Herakón pensar en una solución usando el nuevo conocimiento. Se lo liberaría de sus otras responsabilidades para que pudiere trabajar solo en esto. Éste, a pesar de anhelar la muerte de la humanidad, era fiel a las órdenes de los Zombis Hekantokeinos, la vida para él carecía de justificación o sentido y por eso la repudiaba. Pero, además, para Herakón, repudiar el absurdo y simpatizar con la razón eran ambos sentimientos primitivos, la razón debía ser sola sin empujes ni frenos de ninguna emoción. Así que aceptó el encargo de diseñar una salvación técnica como un ejercicio para su inteligencia y como evidencia de su indiferencia hacia la vida o muerte de la humanidad.

Pero consumió los días ideando sin hallar nada.

     Mientras se esforzaba inútilmente en buscar esa solución, por toda la meta-corporación se encendían rebeliones y desórdenes violentos. Luego de un largo periodo de esterilidad y de titubear morbosamente, Herakón decidió hacer algo incómodo, decidió preguntar en secreto al creador de la teoría si había previsto alguna solución o tenía alguna aplicación tecnológica para el fin del universo. Así que Herakón mando traer en absoluto secreto a L a una alta hora de la noche.

     Cuando los guerreros llegaron a su locus, el desvelado técnico L escribía una secreta carta, que tuvo que interrumpir violentamente.

 

M:

Esta noche estoy tan enamorado,

Tan injustamente enamorado.

Pero es tan buena la noche

Que está generosamente cargada de estrellas.

Qué mala suerte estar enamorado así.

Hoy confío en la malvada ciudad

Y sé que no importa cuánto corra por la arquitectura vacía de la noche.

No me perderé.

Las más dulces notas nacen y caen como flores

Mientras sus formas conspiran para darle ser y belleza

A mí afligido sentimiento.

Una belleza profunda pero indolente,

Como tú, a veces.

Estoy tan sensible, tan demasiado consciente de cada nota, de cada pausa

De esta delicada música

Que se construye y avanza como un oleaje, como un arrebato de viento.

Pero más dulces que esos saltos de la melodía

Son esos breves segundos

En que creo que me quieres.

Es bueno estar así,

Tan injusta y precariamente enamorado,

Porque sé que reservas

Un lugar y unas horas para mí

Y así tu mirada, tus tibias manos, le cederán un poco

De su belleza

 A esta noche

A las estrellas,

A la música

Que respiro y que sueño

Esta noche tan infinitamente lejos de ti.

L.

     En eso L fue abruptamente detenido y conducido al metálico locus de Herakón. Toda una patrulla de desvelados gigantes lo escoltó, entre ellos se hallaba lívido y casi demente de rabia Ayazx, que cogió burlonamente la carta y la guardo para examinarla después. También estaba el sereno y cauto Fratedes.

     Mientras L era arrastrado, la desesperanza se dejaba ver por los pasajes y escaleras públicas que recorrieron. La cuidad no tenía ni futuro ni esperanza.

     Dado que “vivían” los últimos días del universo, ningún segundo podía ser desperdiciado y angustiaba a todos elegir que hacer en ese segundo. Cada minuto ahora valía lo que realmente vale: un universo. Ayazx deploró usar sus últimos días de vida en escoltar a L, al que miró con un profundo desprecio, se prometió en secreto que si caía pronto el gobierno de la meta-corporación, asesinaría primero a L. Después se entregaría al asesinato, viviría sus últimos días haciendo lo que más le gustaba. El odio de Ayazx contra L no sólo se originaba en la humillación de servirle considerándolo inferior, sino en otra cosa muy distinta. Fratedes que vio su mirada atenta sobre el técnico, lo sospechó. Temió que Ayazx aprovechara esa oportunidad y se preparó a proteger a L de hacer falta.

 

     Rodeado de los altos y musculosos guardianes, ahora incrédulos del poder de la meta-corporación y al borde de la insurrección, L entro de nuevo al locus de recepción y sintió el deja vu de estar en el mismo lugar de nuevo: El Thaumasios estaba en su alta silla de espaldas a él, con numerosos androides-qualia rodeándolo. L, sensible y preocupado, notó que su sueño no se había equivocado, había efectivamente una escalera que llegaba hasta el rígido Herakón. Aturdido aún, esperó las órdenes del Thaumasios.

     Lentamente la silla de Herakón giró y mostró al alto Thaumasios atravesado de punzantes cables, con las cuencas de los ojos abusivamente invadidas de artefactos negros. Con ellos empezó a mirar a L acuciosamente, acaso asombrado de lo que éste había hecho.

Callado lo miró unos minutos estudiándolo.

     Sólo por formalidad le preguntaría si su teoría contenía alguna solución a la muerte cósmica. Solo por una honrada fidelidad a la meta-corporación y como prueba de su desinterés en la muerte o salvación de la humanidad.

–Lo he hecho venir porque el ritual gnoseológico ha terminado logrando llevar la meta-filosofía a una mayor profundidad. Este es un evento asombroso y un placer intelectual para nosotros. Quizás Ud. no lo entienda, pero llevábamos siglos esperando esta nueva revolución epistemológica y al parecer su teoría ayudó, aunque indirectamente, a lograrlo, lo felicito —dijo con una perfectamente fingida voz Herakón.

L fue dominado por un humilde orgullo y siguió escuchando.

Había, al sentir este orgullo, activado la primera trampa de las muchas que el anciano Thaumasios le tendería. Y con las que al final, lo vencería.

Lo lamentable —dijo Herakón con un inocultable gesto de satisfacción— es que esta revolución meta-filosófica no ha logrado crear un método para salvar a la humanidad —concluyó mostrando horriblemente sus dientes artificiales, lustrosamente negros.

¡Esta se perderá! —Dijo regodeándose aterradoramente en esa verdad— ¡Y de una vez para siempre! Ahora le pregunto a su afanoso ingenio —dijo Herakón con voz fingidamente cordial—. ¿Tiene alguna idea de cómo podríamos escapar a la muerte inminente del cosmos? —preguntó entusiasmado de saber que el concilio artificial no lo había hallado y confiando en que el inexperto L tampoco podría.

–Creo…. —dijo L inseguro de su respuesta y titubeó pues pensaba que era mejor dejar morir a la vida, la necia auto multiplicación de lo inerte siempre le había repugnado…Pero sólo en la vida podía amar a…, su emoción tomó el control por un segundo y respondió casi arrepentido—. Creo…que sí.

 

Herakón, perdió la mitad de la retorcida sonrisa que se había dibujado sus ajadas facciones. Se turbó confuso odiando profundamente a L. Se volvió todo amargura en sus negras entrañas y la decepción parecía ir matando sus viejas carnes, invadidas de partes sintéticas, también antiguas y gastadas.

–Es repugnante… —balbuceó Herakón resistiéndose a creer, decidió que debía mandar matar a L inmediatamente.

Entonces el alto Thaumasios se levantó de su trono-prisión y empezó a bajar lentamente. Aunque estaba como amarrado de cablería que invadía su cuerpo, no resistió acercarse físicamente a la triste lucidez de L.

Mientras bajaba trabajosamente las gradas, partes del recinto metálico empezaron a moverse siguiendo los movimientos de Herakón, manteniendo así su conexión a los sistemas. Pareciéndole terrible a L esta visión de la aproximación dramática del Thaumasios hasta él.

Ya cerca de L, el alto Thaumasios lo miró muy de cerca con sus mecánicos sistemas de visión y le dijo muy bajo.

– ¡Es abominable! —Y rumió un rato su furia amenazante sobre L, que por un segundo también pensó que era abominable que este horrible universo se salvara— Describa sucintamente su idea…—concluyó Herakón como queriendo matarlo usando el veneno de su amargada voz, luego lo abochorno el haber sido dominado por completo por esa emoción.

L empezó a relatar los detalles del plan de salvación. Los numerosos androides–qualia que presenciaron todo también se asombraron, llenos de esperanza, de los pormenores teóricos.

–Debemos sacar a la humanidad del universo —dijo L— y llevarla a otro que con certeza existe.

El Thaumasios ciego y lógico escucho inmóvil. Casi colgando entre el cableado y los artefactos de sustento que lo aprisionaban.

–Mi teoría sostiene que los animales meta-dimensionales no se han suicidado ni se han extinto, sino que han viajado, han emigrado a otro universo. Hay otro cosmos real y una topografía precisa entre él y el nuestro. Debemos trazar un mapa a ese transmundo al que los animales meta-dimensiónales viajaron. Debemos hacer ese viaje. Para eso deberemos convertirnos es seres humanos trans-dimensionales pues el viaje será meta-dimensional.

–Hay aún en nuestro cosmos —titubeó, pero prosiguió — cicatrices no del todo borradas, de un antiguo contacto con ese otro universo, debe haber un puente angosto hacia ese otro mundo, pero no espacial, sino epi-dimensional —culminó mirando casi arrepentido a Herakón. En el último instante sintió que el Thaumasios tenía razón, este era un plan abyecto para perpetuar el absurdo y la maldad humana.

     Herakón oyó, perdiéndose brevemente en las palabras de L, como si estas fueran efectivamente suyas, pero después deploró la novedad y radicalidad de esas ideas, no sólo porque podrían salvar a la humanidad y esto era un empleo banal de la inteligencia, sino porque esta vez, era consciente de que no habían nacido de él. Por primera vez una mente sobrepasaba a la suya, aunque fuese sólo una vez. Y no parecía ahora ser una casualidad.

–Prosiga —dijo— entristecido y golpeado, tratando de ser de nuevo indiferente raciocinio y coherencia.

–Habría que construir un Mekhanes trans-dimensional. Primero deberíamos probar un viaje de ida y vuelta con un número pequeño de tripulantes. —Comprendió entonces L que su plan incluía matar un cierto número de personas concretas para salvar una abstracción, pues para L solo existía la vida de cada humano y no la de la humanidad— Y después de conseguir hacerlo con éxito, sacaremos a toda la humanidad de este universo agonizante —concluyó contrito.

– ¿Cómo supone Ud. que se logre convertir el cuerpo humano en un objeto multidimensional? —Dijo Herakón cediendo a un desesperado anhelo de rebatir a L— La tecnología multidimensional que usamos aún es tosca e imperfecta. No sabemos realmente cómo es la multi-dimensionalidad del ser —dijo Herakón irritado y a la vez afligido.

–Ya somos seres multidimensionales, mi idea es agregar más dimensiones a las que 4 que ya tenemos. En mi teoría hay una explicación de la penta-dimensionalidad y su relación con nuestra tetra-dimensionalidad. Venerable Herakón, Ud. sabe que en un cubo hay infinitos planos, que un plano tiene infinitas líneas, y una línea infinitos puntos[2]. Algo análogo pasa en el colapso de función de onda[3]: una partícula puede ser de infinitos modos, antes de colapsar “es” de todos esos. El colapso de onda da como resultado sólo un estado de la partícula de entre infinitos posibles. Así el colapso de la función de onda es la proyección de la quinta dimensión del ser en una cuarta (la nuestra), que es el ser en que vivimos. O sea, el tiempo es la sombra de algo mayor. Ese es, creo, el puente entre la quinta y la cuarta dimensión. Por ella podríamos multi-dimensionalizarnos para viajar al otro universo —concluyó L.

–La función de onda solo se colapsa, en una dirección, de 5 a 4 dimensiones—dijo Herakón, dejando de fingir y calcular frente a L, volviéndose por unos segundos cómplice y simpatizante de este. 

–Debemos des-colapsar la función de onda —concluyó L y pasar de la cuarta a la quinta dimensión del ser.

Herakón quedo fascinado con aquella idea tan radical, incluso sintió un minúsculo orgullo por aquella idea ajena, comulgaba con L solo un segundo, pero en un nivel que jamás había hecho con nadie, se proponían hacer algo que nunca había pasado en la naturaleza, pero que teóricamente podría hacerse, era tan anti-natural, tan contra-natura que la idea lo conquistó.

–Su teoría parece correcta, pero un cambio tan radical del estado de la materia matará con casi seguridad a los primeros tripulantes —dijo con voz muy baja y llena de intriga Herakón pensando repentinamente en algo. Podría quizás mandar a L en ese primer viaje.

–Esperemos que no sean muchos los intentos —dijo compungido L—, es un infortunado sacrificio.

–Ud. Será el responsable, no lo olvide, la vida de ciertos hombres hoy vivos terminará para prolongar la vida de un concepto abstracto. Y ellos no volverán a nacer. Habla de hacer un Mekhanes meta-dimensional…se hará —dijo Herakón retrayéndose entre los apéndices y volviendo lentamente a su silla.

Un androide-qualia se acercó a L y le dijo:

–Vuelva a su locus, nosotros montaremos todo el experimento. Ud. no nos hace falta más. Pero prepárese, un nuevo cambio de responsabilidades espera a todos los técnicos.

Herakón regresó, casi muerto de tristeza, a su alto trono de muerte y se sentó amargo a meditar, a pesar de su aversión a la vida, tal era su fervor a la meta-corporación y a los Zombis Hekantokeinos que no sabotearía el plan. Daría su mejor esfuerzo por plasmarlo y llevarlo al éxito como si fuese suyo, además así fue como lo presentó a la meta-corporación. Las ideas no son de nadie, se dejan descubrir por casualidad por algunos, pero no son de ninguno —pensó. Pero no podría matar aún a L mandándolo en el viaje, lo podría necesitar.  Pero había otro modo mejor de acabar con su vida...

 

Mientras L se iba del recinto, escoltado por las robustas espaldas de Ayazx y Fratedes, el Thaumasios, que todo lo percibía, ahora de espaldas a L le preguntó con voz baja y calma, fingidamente inofensiva:

– ¿Ud. tiene recientemente un erómenos no? Percibí en el aire que exhaló en el locus la última vez el inicio de su enfermedad atávica, ahora por los cambios en la composición de ese humor veo que ha sido correspondido ¿Qué espera para usar la supresión química contra su mal?

Todos quedaron atónitos.

Fratedes miró asombrado al Thaumasios, lleno de asombro reverente y temeroso, se preocupó por los jóvenes eromenois, Ayazx probó una insospechada desazón al escuchar la palabra “correspondido”. L sintió el viaje de un tremendo peligro —aunque aún muy lejano— hacia él. Pero no se le ocurrió otra cosa que decir la verdad.

–Sí, desde hace unos pocos días, la suprimiré hoy mismo —dijo L y se fue inquieto.

     Los numerosos androides-qualia rodeando a Herakón empezaron con éste a trazar conjeturas y a formar teóricamente el plan. Había que confiar en que hubiese tiempo suficiente para materializar esas ideas perfectas y puras, en la realidad imperfecta y contaminada. 

     Herakón en su silla de dominio tubo una idea, tomó por un minuto una pausa en la tarea, buscó (a través del cableado que salía de su cerebro y se conectaba a la misma inteligencia artificial de la meta-corporación) los registros genéticos de L, estudió de cerca la composición de su molécula germinal y estuvo así un rato haciendo deducciones y cálculos sobre ella. Con la secuencia de su ADN dedujo la composición genética de la molécula germinal complementaria, la que debía tener su erómenos. En unos minutos, calculó como tendría que ser una molécula germinal que tuviera lo que no tenía la de L y que la equilibrara, aquello que era opuesto y que completaba sus deficiencias y con esto identifico el ADN de a quien amaba L. Se alegró de que fuera de una casta distinta, no solo L estaba haciendo algo prohibido. No solo estaría obligado por la meta-corporación a la supresión química de su sentimiento, otro provecho mayor podía ser sacado de esta circunstancia. Ya tenía un medio para vencer a L. Aún no podía matarlo, pero mataría su vida.

Luego de anotar ese pormenor en un rincón oscuro de su memoria, se hundió en el perfeccionamiento teórico del experimento. Ya tenía como llevar el experimento al éxito y como vengarse de tener que hacerlo.

Algo tosco e irracional impidió a Herakón ver en la molécula germinal de L otra cosa asombrosa.



[1] El gato de Schrödinger es una famosa paradoja de la mecánica quántica: la vida de un gato en una caja depende de si un veneno se libera o no, y esto depende del estado quántico de una partícula. Como el estado de una partícula es indeterminado, la perturbadora interpretación es que, antes de abrir la caja, el gato esta simultáneamente vivo y muerto. Y además que solo pasa a ser un gato vivo o un gato muerto, recién cuando abrimos la caja y miramos adentro, no antes.

[2] Una línea es un objeto de 1 dimensión, un plano de 2, un cubo de 3, el tiempo de 4. Cada dimensión contiene infinitos objetos de una dimensión inferior. Por ejemplo, en un plano hay infinitas líneas. Y al revés, la sombra de un objeto de n dimensiones es de n-1 dimensiones, por ejemplo, la sombra de un cubo (3) es un plano (2).

 

[3] En mecánica cuántica es el proceso de como ocurren los eventos en el microcosmos, una partícula es inicialmente es una superposición de infinitos estados probables y pasa ser uno solo. Se pasa de infinitas posibilidades a un solo ocurrir cuando colapsa la función de onda.

25 REFLEXIONES SOBRE EL EMISARIO

 


En la última vejez del mundo…

 

     ¡Ah soñar en examinar al Emisario! ¡Atrapar al Emisario, seguir al Emisario! ¡Qué sueño arduo he forjado! Difícil como recorrer completo el planeta, imposible como “sentir” que ya estamos muertos. ¡Impreciso como tratar de adivinar en los silencios y titubeos de dios, aquellas cosas que no nos quiere decir!

     ¡El Emisario! ¿En qué oscuro lugar estará ahora? Quizás cerca de M o de L, ¡O quizás en el centro del Thecnetos! ¿Qué lenguajes usará para comunicarse con él? ¿Cómo será este enviado del infinito?

     Es —según todo indica— un ser vivo y tal vez humano, pero de otra raza definitivamente. Si no, sería imposible su vínculo con el Thecnetos. No sé cuántos dedos habrá en sus manos o si las tiene. No sé si su fisonomía tiende más al Thecnetos o al hombre. Su cuerpo ha de ser perfecto, pero claro, dada su humanidad, ésta debe ser una perfección en términos humanos, cosa que en realidad es contradictoria y me confunde. ¿Perfección humana? Eso sería como ser fugazmente eterno o “ser” una nada. ¿Cómo comprender al Emisario entonces? En todo caso, es seguro que pertenecerá a una rara raza diseñada para comerciar con esa tormenta de vértigos que llamamos Thecnetos.

     Aunque también podría ser que su contacto con este ente omnisciente fuese sólo indirecto, como un cartero que llevase la correspondencia entre dos dioses; capaz de transportarlas, pero incapaz de entenderlas. Así, los trámites los hará con los niveles más superficiales de esa inteligencia secreta, especialmente construidos para hacer posible esa comunicación.

 

     Muchas veces pensé que el Emisario no tenía formas humanas, pero el ruido de sus pisadas, las huellas que deja en la arena, alguna vez su sombra o su tos, lo descubrieron humano, como tú o yo. Aunque quizás sólo lo es en forma y no en contenido. ¡Debajo del aparentemente humano Emisario, otros órganos y sistemas se tejerán y moverían en un infinitamente más perfecto organismo!

     En cualquier caso, debe ser más complejo que nosotros y tal vez eso lo condena a una mayor e íntegra soledad.

Por fin la noche llegó. Ya en lo profundo de la oscuridad, escuche ruidos sutiles, una fuga en la oscuridad, un cambio leve en los movimientos del aire por la casa. Debía ser de nuevo el Emisario y debía haber ya cerca otra carta. Era mi oportunidad de verlo y avanzar la investigación; mi ocasión de abordarlo y tal vez, con algo de valor, de seguirlo al transmundo. ¡Llegar por fin a M y a L! y a su mundo de libre del Thecnetos.

     Pero pronto apareció en mí esa antigua aprehensión de la que hablé antes. Finalmente permanecí tan quieto y silencioso como siempre y aún más que antes, tanto que acaso ni siquiera el Thecnetos podría haber notado mi presencia, ni los pensamientos e intenciones que guardaban silencio en mí.

     Aliviado, sentí luego que el Emisario ya se iba. Esperé a que acabara su equivocada entrega y dejé pasar mucho tiempo certificando que el silencio fuese absoluto y permanente, mientras palpitaba cada vez más lento mi corazón. Ya luego de mucho, me permití el primer imperceptible movimiento.

Había fracasado sin hacer absolutamente nada.

     Pero el silencio que quedó después de su visita no me tranquilizó del todo. Sentía como si las sombras que el Emisario había proyectado en suelos y paredes, hubiesen dejado algo que persistía; algo con una misión, algo que en la oscuridad iniciaría su labor.

     Temí que algunos átomos de mi plan de evasión se me hubiesen escapado y él ya adivinara por ellos mis torpes intenciones. Esto no sería raro. “Si no lo adivinara él, la inteligencia del Thecnetos sí lo hará”, pensé con temor:

¿Qué medidas tomará el Thecnetos al adivinar mis planes? Quizás a través de mí entendería el error de las cartas: su error. ¿Qué consecuencias produciría este insulto venido desde algo tan pequeño como yo en el Thecnetos?

     Pero, luego, como adicto, busqué en la casa la carta. Las incomprensibles palabras me llenaron de pasión y de somnolencia, como una droga que hacía más confuso el mundo, pero también un poco más dulce. Éstas fueron:

 

M:

Las cosas con las que a veces te siento, las más...

Con las que tejo tibios desiertos: te extraño.

Les da a veces y son todo. Un cielo encima de mí, incansable planeta debajo. Se abren rosas áridas en las playas, la infinita caída de las estrellas, más en mis manos se asoman las rosas que no pudieron nacer. Pobres como mi alma, sin fragancia, se esconden de la oscuridad del día y del grito de la noche. Soñamos juntos que no hay nada afuera, ni la ciudad, ni detrás del cielo más planetas. Detrás tengo un armario. En las noches es una mancha oscura donde te guardo, sabiéndote lejos. Allá mis libros: algunos son caminos de tierra, paisajes extraviados. Los más son dueños de mi voz verdadera y cuando ellos se pierdan, con ellos me iré de verdad, no con la muerte que se ha de comer todos los niños que he podido ser. El caso es que no te tengo, ni en mi mente como he creído; el caso es que estoy solo, pariéndome a mí mismo en cada palabra, nada entre renglón y renglón................. Te extraño.

L.

     Leí esta carta atenta, aunque sin comprenderla, pero ya una desilusión había germinado en mí. La vida había sido sólo un accidente químico y nosotros, los hombres, un accidente de la vida. Por lo tanto, mi plan era el error de un error de un error, tratando de sublevarse a la perfección del Thecnetos. Al fracasar ese día (como fracasan todos) empezó a morir mi investigación y mis sueños de escapar del sistema que el Thecnetos tenía para mí. Una confusa rebelión metafísica que sólo existía en mi mente y que en mi mente murió. Lo avanzado en mis investigaciones era en realidad poco y mi recorrido no se distinguía de un simple andar al azar. Mis conclusiones eran como aquellos razonamientos perdidos que mi mente siempre había trazado, reflexiones que no llegaban a ningún lado y que tampoco partían de ningún lugar. Alcanzar a L y a M a través del Emisario era imposible. Ese otro mundo giraría para siempre inalcanzable, paralelo al mío. Si es que acaso existía. Debía ya dejarme morir.

Desalentado, de pronto pensé algo terrible:

     El Emisario es un perverso; él ha redactado estas cartas para hacerme creer que estoy loco, para hacerme creer que el Thecnetos se equivoca y que hay un transmundo. Tal vez el Emisario no es un Emisario, sino sólo un adulterador. Un saboteador de la realidad. No hay en ningún lugar ni M ni L ni un mundo libre del Thecnetos.

Pero, después, la más terrible conclusión empezó a delinearse en mi consciencia y a presentarse terrible y nítida delante de mí. Era una consecuencia lógica del pensamiento anterior:

     El Emisario no es un adulterador, sino un completo inventor. ¡El Thecnetos no existe! Sólo existe el Emisario que ha montado su mitología. Por eso, de su existencia no hay prueba ninguna, ni consecuencias de sus actos. Y es lógico que fuera así —pensé tristemente—, pues la nada no deja rastros. Por eso hasta es imposible negarla, pues al estar vacía, no hay como reducirla al absurdo, pues la nada es el mismo absurdo. Y el Thecnetos es nada.

 

     La realidad cobraba simpleza y sentido de pronto. Sin el Thecnetos no hay ya ninguna explicación ni respuestas para el mundo; pero tampoco hay preguntas sobre el mundo. Sólo la senilidad de la humanidad existe en solitario en este último planeta.

     Como si hubiese un peligro infinito en esta teoría, me prohibí pensar en ella de nuevo. Pero la tristeza de su posibilidad ya nunca me dejó y contaminó de triste desencanto los últimos días de mi investigación.

24 ¿SON INFINITAS LAS LEYES NATURALES? 2

 


  

En otro punto del tiempo…

 Herakón habló:

–Hay dos únicas posibilidades:

1.- Las leyes naturales son infinitas
2.- Las leyes naturales son finitas

1.-Si las leyes naturales son infinitas siempre habrá un número infinito de fenómenos que no podremos explicar ni comprender.

Invisible L tuvo una intuición de pronto y agregó:

– El número de niveles de la naturaleza debe ser finito porque:
No se han observado en la naturaleza infinitos.

Las leyes se reducen a los niveles anteriores, en una progresión infinita no hay un nivel más bajo. No habría una causa última para los fenómenos naturales. Y sin causas no hay efectos. O la causa está en lo insondable.

La complejidad aumenta en la naturaleza mientas más nos alejamos de las leyes más básicas. Si hubiera una serie infinita entonces la complejidad de los fenómenos sería infinita. Un fenómeno de complejidad infinita sería incomprensible por definición. ¿Cómo es posible la comprensión entonces?, por ello las leyes naturales deben ser finitas.
Así el número de fenómenos inexplicables será cada vez más reducido, hasta que por fin comprendamos todo.

Herakón intervino para refutarlo:

–Negar el infinito así, es arrojarnos a otro más ambiguo, el número de estratos que deberemos desenterrar hasta llegar a este nivel básico puede ser cualquier número, o sea alguno entre 1 e infinito. Un número al azar entre estos dos extremos es infinito.

Si imaginamos un número enorme (por ejemplo 10000000000000) la probabilidad de que el número de niveles de la naturaleza sea un número mayor es infinitamente mayor de que sea uno menor. Pues hay más números mayores a esa cifra que menores. Así que será mayor pues es lo más probable. Por lo que parece que aun siendo finito este número de niveles, tiende a infinito.

L se avergonzó de la seguridad con que había expresado su pueril idea. Algo artificial agregó:

–Podría ser posible que la naturaleza ya sea impensable en este nivel de profundidad y por ello no avanzamos. Si tiene otro nivel, pero no podemos atravesarlo.
– ¿Cuántas teorías e hipótesis hay en la base de datos? —preguntaron al unísono todos.

–Unas 632 teorías, las analizaremos todas.

Empezaron ordenadamente por la primera de ellas: la teoría de la meta-dimensionalidad del ser, del técnico L, que había logrado hacer la predicción de la desaparición de los animales meta-dimensionales.

L, anónimo, se alarmó de verse escrutado con tanta minuciosidad.

     Así prosiguieron a una velocidad vertiginosa y se arrojaron sin titubeos a ese abismo epistémico lleno de incertidumbre y vacío, cayendo en él. Contaban sólo con conjeturas y lógica, exploraron valientemente esas regiones sin forma ni referentes que es lo desconocido, lo quizás imposible de entender. Empeñados en llegar siquiera algo más lejos y de robar algo de comprensión a la enorme y ambigua sombra que empieza más allá de lo conocido. Si hubiese sido en términos humanos esa aventura intelectual habría tomado miles de años.

     Pero, toda la discusión, y no sólo el fragmento aquí registrado, duró aproximadamente 0.7 microsegundos.

23 HOMBRE SIN ROSTRO

 



Un tramo de infinito más allá…

              Afuera del sueño la sombra había sido el Emisario en efecto y tenía otra carta en mi pecho. El papel era amarillento y viejo, pero la tinta era nueva. Otra carta venida desde el transmundo. Una vez más esas dos personas tras esas dos letras:

 M:

En unos minutos vendrás,

Te espero impaciente...

Pienso en cuántas cosas se deben cumplir todavía en el mundo antes de que tú llegues,

Aunque sólo son unos minutos.

Su vastedad la siento en esta helada banca.

Temeroso como si el pasado pudiese cambiar, enumero

esas coincidencias y azares de las que dependió nuestro encuentro.

Noto que esos requisitos no se acaban ahí, que hizo falta más.

Por ejemplo, toda tu infancia y la precisa historia de nuestros miles de antepasados para que esta noche ocurra,

tal como está ocurriendo.

Te espero,

Endulzo los segundos pensando en ti.

Ahora sé que todo el pasado y su repertorio de detalles y pormenores han hecho falta.

No sólo nuestro pasado, sino el del cosmos entero,

Todo el mundo ha colaborado para que existas.

Todo el universo ha sido preciso

Para que vengas esta noche y pases conmigo estas horas a mi lado.

Ya te veo,

Estoy frente a un hecho demasiado singular.

Ya te veo viniendo por el puente y comprendo al ver la belleza de tus ojos

Que la dulzura de estas horas a tu lado

No podría haberle costado menos al universo.

L.

 

     Después de leer, me quedé presenciando la clarísima realidad, la notoria existencia del planeta silencioso, la maciza estatua dormida, la carta y en ella el misterio venido de ese transmundo de sueños, uno al que pronto llegaría. Con el desdén que tiene la marea en dejar cosas inútiles, el azar me traería a mí esta correspondencia ajena y milagrosa. Yo, un silencioso y perdido punto en la vastedad, podría por este error escudriñar en el alma de un hombre remoto. Sí, desconocido, tal vez minúsculo, pero real.

     Seré como un solitario buzo sumergido en las profundidades de un ser oscuro y sin rostro, recorriendo los meollos más secretos y sensibles de una personalidad particular. Por cierto, debo precisar que ignoro yo mismo mi cara; leguas y leguas de desierto y no hay un solo espejo que me diga cómo soy o si acaso tengo rostro, pues no sé si tengo formas o si sólo soy parte del viento que recorre este mundo que dispone y gobierna el Thecnetos ¡Mas qué importa esto! Estoy en contacto íntimo conmigo mismo, siento quién soy y ahora exploro la consciencia de otro ser humano. Una parte de él ahora me pertenece o en algo ahora somos uno. ¡Qué importa que seamos fantasmas sin cuerpo, pensamientos sin forma ni ubicación! Yo miraba en L, con más profundidad y certeza que a las cosas inertes que miro todos los días y que no revelan nunca su ser íntimo, aunque sé, lo tienen. En esto ya soy también un reflejo minúsculo del Thecnetos, que es, nadie lo ignora, un ente cognitivo por excelencia.

     Empecé a alejarme de esas ruinas colmadas de gigantes dormidos y de sus consciencias sin contenido, pues creo eso es lo que es una cosa, un ser consciente de nada. El polvo de mis pasos se unía al polvo que siempre deambulaba calmo y que giraba por la redondez del planeta. Pero una inquietud iba tejiéndose en mí.

     Se iba disparando en mí una morbosa arrogancia: quizás un día podría alcanzar el otro cosmos donde habitaban M y L. ¿Podría yo alterar su existencia? Ellos alteraban ya la mía, prueba irrefutable de que la comunicación entre nuestros dos universos era posible.

     Pero no sabía que mis trucos para sobrevivir y mis dudas sobre el Thecnetos no pasaron desapercibidas. En lo profundo del planeta empezaban a moverse y a viajar hasta mí un Theknos mortal y su misión era detener mis pensamientos. Pero su llegada aún estaba lejana.

     Delante de mí, un paisaje de ruinas absorto en sí mismo sencillamente existía; era tan vasto como indiferente de lo que mi pobre corazón iba sintiendo.

     Y a ese corazón recién nacido ya no le bastaba sólo investigar el sentido semántico de las cartas; necesitaba rozar a sus dueños con un dedo siquiera, no sólo manosearlos teóricamente. Deseaba alterar siquiera microscópicamente sus destinos e influir en él.

     Recordé que un minúsculo cambio en algún mínimo detalle del mundo modifica todo el porvenir y su efecto, por trivial que parezca, satura todo el mundo. Cada cosa que se mueve en el universo mueve el todo y acaso modifica también el pasado. 

     Pensando así, yo dejaba caer un papelito o empujaba una piedrita y me inundaba una alterada felicidad el suponer los tenues efectos que esto podía provocar en los lejanos M y L. Tanta soledad e ignorancia hubo en mi juventud que me entregué a este juego de conocimiento y manipulación en su más mínima dosis. Me bastaban esos ridículos ejercicios entonces, aunque sólo por poco tiempo.

     Pareciera falso que el hombre consciente pueda ser en este juego un simulacro microscópico del Thecnetos, pero en realidad el conocimiento es un juego de naturaleza extraña, casi sobrenatural. Sólo por ser accesible a todos no notamos la rareza del fenómeno consciente: una cosa, que ni siquiera se conoce a sí misma, conoce otra cosa fuera de ella.

     Comprendí que a través de las cartas poco avanzaba. Debía valerme del Emisario que las traía para tener otro enfoque y quizás obtener la ruta final. Si eso era un Emisario, el Thecnetos también enviará disposiciones a aquellos nebulosos M y L a través de él. Los pasos del Emisario a lo mejor pisarían el soñado suelo del transmundo donde ellos vivían, algo de su arquitectura, de felicidad quedarían en él, cuando volviese a este mundo muerto.

¡Seguirlo podría permitir que yo llegara al transmundo! Yo que sólo había nacido para morir, entonces viviría.

     Pero este Emisario es muy esquivo. Mi exaltación inicial se desvanecía rápidamente en desilusión, las dificultades se volvían muros altísimos. Pero el deseo de vivir me asaltaba y mordía, mientras miraba la lejanía sin fondo de las tardes.

     No sé por qué supuse tantas cosas de aquellas erradas cartas.

¡Las cartas! Aquí la siguiente:

M:

Esta noche estoy tan enamorado,

Tan injustamente enamorado.

Pero es tan buena la noche

Que está generosamente cargada de estrellas.

Qué mala suerte estar enamorado así…

Hoy confío en la malvada ciudad

Y sé que…

     Al entender al Emisario entenderé los mensajes –susurraba mi pensamiento- y tal vez se acabe la infinitud y la mudez de este planeta. No me importa ahora el helado viento que siempre enfrenta mi camino, ni los inútiles paisajes, siempre indiferentes e inertes, ni la vejez que desde mi nacimiento avanzaba en mis carnes. No importa ese tedio que es vivir y esperar volver a ser polvo insensible, tedio de no saber las respuestas, ni si éstas son las preguntas cruciales. No importaba ahora, siquiera en mi esperanza, el transmundo existía.

     Mi curiosidad se convirtió pronto en obsesión y después en una pródiga fantasía. Esperaba con impaciencia las cartas para ser un espía, un escudriñador, un remedo del Thecnetos o del Emisario, para ser un elucubrador, para ser algo diferente a lo usual, que era ser nadie, para dejar brevemente de no ser.

     Así ocupaba mis días trazando complejos planes y en las noches los soñaba realizados. Una de esas noches soñé que mataba al Emisario y que abría su cuerpo. Era ahora en este sueño una especie de insecto o de objeto hecho de pedazos orgánicos, unidos por coyunturas artificiales. Me asombraba que un ángel del Thecnetos fuese un ser tan monstruoso. Examiné los órganos del Emisario y en su interior encontré cartas y artefactos diversos, palabras aún no dichas, el cronograma de visitas y un plano para llegar hasta el Thecnetos y también hasta el transmundo. Entre las vísceras estaba también un código para hablar con la molécula germinal.

     Ya muchas veces había llegado a la misma conclusión: el Emisario era la bisagra entre el mundo y yo, entre el mundo y el Thecnetos. ¿Cómo entender las cartas o cualquier cosa sin entender al Emisario?

     Al despertar tomé la decisión (alucinada) de matarlo y luego desmenuzar su cuerpo para estudiarlo. Así entendería la arquitectura del Emisario, o sea, la de un artefacto de comunicación entre el Thecnetos y los hombres. Un puente entre este remoto último planeta y aquel lejano universo donde vivían M y L. Y era como disecar una sombra para poder saber cómo es realmente el cuerpo que la proyectaba. Entenderlo requería entender esas dos cosas y era garantía de hacerlo.

     Pero no sabía que los idiomas del cuerpo son más complejos y vastos que los que usan el Thecnetos para hacer una astronave. Sólo entender cómo respiraba el Emisario duraría siglos. Pero así, de todos modos, fue surgiendo el vago proyecto de capturarlo o de seguirlo. En las noches había mucho silencio, a veces oía un ruido como de lajas que se resbalaban unas encima de otras. Eran los movimientos lentos, pero tenaces, de pequeños autómatas viajando en la oscuridad, su forma era como la de un libro mediano de metal muy pesado. Cortos apéndices de número variable los rodeaban. Su ruido me frustró repetidamente. Ignoro de qué forma sirven al Thecnetos.

22 ¿SON INFINITAS LAS LEYES NATURALES?

 



 

        En el otro tiempo y en el otro espacio…

     La primera cosa que determinó Herakón esos días de caos, fue realizar el antiguo ritual: la ceremonia gnoseológica. Este rito se introducía en lo más sagrado de la civilización y lo cambiaba, por ello era una ceremonia rara, hermética y prohibida. Hace siglos que no se llevaba a cabo. Pero esta urgencia lo ameritaba, se debía llevar un nivel más lejos la meta-filosofía[1]. Este era el ritual más sagrado y devoto de las inteligencias de las meta-corporación. Sus resultados valían como dogmas y lo que en ella pasaba era tabú. Nada propiamente humano participaba directamente en el rito. Algunos Thaumasios como Herakón participaban a través de un sistema que sintetizaba y censuraba sus opiniones. Algunos ciudadanos podían intervenir anónimamente, aunque antes sus aportes eran tamizados por decenas de niveles de inteligencia artificial.

Los participantes entraban en el corazón más protegido de la meta-corporación, su meta-filosofía, su conocimiento más íntimo del ser. Estaba grabado en lenguajes mecánicos, fuera del alcance de la compresión del hombre común y estaba resumida y conservada en ellos como en un texto sagrado: la epistemología artificial de la meta-corporación. En este ritual se reescribirían nuevas hojas en ese libro sobre el todo y acaso se arrancarían otras. Un error equivalía a una blasfemia.

La pauta de esos textos gnósticos era que un nivel de la naturaleza se explicaba siempre por un nivel anterior: las relaciones políticas entre metacorporaciones se explicaban por la socio-cosmología, la cosmo-sociología se explicaba por la neuro-psicología, la neurobiología por la biología, esta se explicaba por la química, la química por la física, y ésta por la ciencia de las partículas elementales y ésta por las trans-físicas fundamentales y así sucesivamente por varios niveles más. Luego, se empezaba ya entrar en los terrenos de la ontología científica que estudiaba al mismo ser. La meta-filosofía era absoluta y sagrada. Pero había sospechas de que no era la verdad última. Muchos habían muerto por insinuar esa imperfección de la gnoseología artificial. Ahora tenía que admitirse y auscultar las sagradas bases de la meta-filosofía, hacer un nuevo progreso para construir una tecnología nueva y con ella salvar a la humanidad o cuanto menos, la vida. Pero Herakón confiaba en que no se encontraría.

A continuación, se traslada al lenguaje humano parte de aquella simposia sagrada.

    …El problema que abordaremos es: ¿Son finitas o infinitas las leyes de la naturaleza? —dijo a través de unos pulsos de frecuencia muy baja el MG[2].

–Hemos —agregó Herakón— escarbando cientos de niveles de la naturaleza, desde que se superaron la ciencia y la filosofía arcaicas en la revolución epistemológica de la meta-filosofía. Pero aún no hemos llegado al fondo mismo del ser. No sabemos si lo tiene. Una tras otra se han sucedido las revoluciones gnoseológicas, la ciencia se ha hecho cada vez más profunda y detallada, sin llegar nunca al final. Ese abismo al que se asoma la ciencia ¿Tiene un fondo?

–Quizás no existe un fondo, quizás nunca encontremos algo que no podamos descomponer a su vez en partes más pequeñas —dijo anónimo L cuya opinión había sobrevivido los miles de filtros de la híper lógica del sistema central de inteligencia artificial—, quizás no debimos desmenuzar el ser hasta lo más pequeño, sino mirar lo más grande, el ser sin partes ni estructura, el todo, del que nos vamos alejando —concluyó.

     Sobre los equipos y conductos se estiraba amorfo y lineal un raro Theknos, esta cosa lineal se movía por toda la nave a través de fisuras delgadas y era una mezcla de partes de la mente del Hekantokeinos y aportó su propio enfoque:

–Si fuesen finito el número de niveles de la naturaleza ¿Podrá la meta-filosofía describir ese último nivel? ¿O acaso es imposible pensar en él, por ser él mismo anterior al pensar y fundamento de este?

     Una estructura lineal que se movía como una masa flotante de filamentos luminosos intervino:

–En el comienzo del saber todo era caos y nada era comprensible. Los distintos niveles de la naturaleza no estaban relacionados entre sí. Después la proto-meta-filosofía[3] empezó a conectar unos con otros. Esa tarea no ha terminado aún. Pero no importa si tiene fin o no ese camino, sino saber si podemos llegar a un nivel más de profundidad en el saber y con ese saber buscar una solución a la muerte del universo.

–Quizás sí —agregó Herakón— o quizás no.

–Comprensión es compresión —agregó anónimo L por medio del artilugio lógico— la meta-filosofía necesita buscar leyes más simples para explicar lo más complejo…

—. Pero el tamiz de la inteligencia artificial no admitió su opinión.



[1] Fusión de la ciencia y la filosofía.

[2]  Sistemas expertos construidos alrededor de la base de datos de la molécula germinal.

[3] La ciencia.

21 LOS VIAJES TRISTES

 



 

En el otro espacio y en el otro tiempo.…

 

     Otra carta, como un meteorito del futuro, llegó unos días después y reforzó mi interés de hurgador. Aquí está:

 

M: Sobre mi tristeza de hoy,

El verdadero meollo del asunto es

Que no estás a mi lado mirando conmigo el techo;

Que no he llegado un poco tarde para empezar a estar juntos;

Que no estás en un punto de las plataformas impaciente esperando que yo llegue;

Que no habrá un pasillo o una escalera en la que de pronto nos den ganas y nos abracemos, y en esa intensidad que es el abrazo sintamos lo esencial de nosotros mismos y te cerciores de que no sólo vivimos en esta casa, sino uno dentro del otro.

El meollo de mi tristeza, esta tarde vacía,

Es que comienzo a aceptar que somos dos ríos,

Cada uno con su propio camino hacia el mar.

Que el tiempo que nos queda antes de llegar a la sombra, no será compartido

Como soñé tantas veces mientras te miraba de lejos.

He estado explorando por tus territorios y no te he hallado, no has huido de mí, sino que no sabías que te andaba buscando. Pero algo me hace temer

Que no sólo era azar ese desencuentro entre tú y yo;

Que hubo algo de intención de tu parte.

Otros oirán en la intimidad de una tarde cualquiera esas cosas que te preocupan tanto.

Y no seré yo quien halle las palabras que te animen, y no cosecharé la forma linda en que sonríen tus ojos.

A pesar de que me asusta más que cualquier cosa buscarte,

A pesar de que presiento que sólo tú me podrías dar

Ese abrazo que hace que uno se pierda en el tiempo, como decías.

¿No estarás en mi futuro?

Si es así, qué poca importancia tiene el mundo que me queda.

Aunque contigo

Desearía más que nunca vivir, vivir para siempre.

La explicación última de mi tristeza y de mi cansancio esta tarde, es que aún malgasto mi tiempo soñándote…L

 

     De nuevo esa maldita familiaridad en mí. Un fugaz estado de ser en el tiempo. Una vez pasado, no podía ya identificarlo ni retenerlo y nunca podía entenderlo. Me preguntaba en qué preciso lugar del último planeta eran escritas y enviadas estas cartas. Debía viajar hasta ese lugar. ¿Quién era ese L que las redactaba y quién ese M que las recibía o quizás, que no las recibía? Como si hubiese algo prohibido u obsceno en ellas, yo me escondía en lugares inaccesibles para releerlas. Aunque, pensándolo bien, ¿qué lugares en el último planeta no son inaccesibles?

     Después de la primera carta me decidí a explorar el desierto, cosa que nunca había intentado por temor a lo que encerrara. En ese viaje buscaría a M y a L, y también nuevos Mekhanes de mantenimiento, pues el local ya no podía usarse. Me asustó empezar el viaje, lo primero que encontré entre las nadas del desierto fueron los últimos pisos de un edificio en medio de un océano de arena. En el dormí rendido luego de mi paseo por las regiones circundantes, pero estas no eran ruinas. Debía seguir. Descubrí después, que las ruinas más cercanas a éstas estaban a unas tres semanas de camino desde aquí (en ellas hallé la tercera carta). Cuando llegué a ellas primero me topé con edificios muy apiñados, tanto que sólo de lado se podía caminar entre ellos. Así —como todos saben— para comprender un edificio hay que verlo un poco de lejos, pero éstos estaban a pocos centímetros de la cara. Así, también el mundo está a pocos centímetros de nosotros, pero nadie puede abordar con éxito su comprensión, así esté dentro de nosotros mismos. Esas ruinas databan de antes de la extinción de la sociedad humana (si bien no del hombre) y de antes de que el Thecnetos tomase el control total del cosmos.


     Luego de unas horas de recorrer los estrechísimos pasajes, los edificios se comenzaban a destejer y a derrumbar. Había entre ellos unos puentes de piedra muy toscos y burdos que se alzaban entre los modernos edificios que eran millones de años más antiguos. Eran, seguro, la obra de una cultura humana bárbara, ya extinta, pero que vivió en una época posterior a la muerte de la primera humanidad. Noté que vivieron más como animales que como hombres en los últimos planetas ya vacíos. Fue una humanidad bestial que convivió o sobrevivió al nacimiento del Thecnetos, aunque sólo por poco tiempo.

Descubrí también en esas desconocidas ruinas, unas estatuas de hombres fornidos dando gritos, enmarcados en nichos de piedra, aunque lo más sorprendente de ese sistema de ruinas eran unas estatuas poblando un fragmentario anfiteatro.

     Eran cientos de estatuas de hombres macizos. Colosos disfrazados por el viento de papeles y de jirones de tela. Se levantaban a distintos niveles, más o menos concéntricos a una concavidad pétrea. Esas moles humanas tenían los ojos cerrados, como si durmieran; pero expresaban una misteriosa vida, mostrándose imperturbables, inmóviles, secos y sin embargo, vivos. Era una numerosa población resquebrajada, pero insensible al dolor de sus heridas de piedra. Vagué entre esa muchedumbre de petrificados movimientos, tan solo y anónimo como siempre. Sin importar las variadas posiciones y actitudes que ellos representaban (algunas muy dramáticas) todos mantenían cerrados los ojos, como si hubiesen sido detenidos repentinamente por un paralizante cataclismo y permanecieran desde entonces vueltos hacia sí mismos, en un pensamiento intenso e íntimo; un pensamiento que requería una eternidad de tiempo para resolverse.

     Yo pensaba con nerviosismo que al final de esa eternidad hallarían sus respuestas y volverían a mover sus pesados músculos y a respirar con sus vigorosos torsos. Quizás eso ocurriría en cualquier momento. Mientras, permanecerían paralizados y yo podría pasear seguro entre ellos. Aunque con cautela, quizás ya el mundo había gastado una eternidad y volverían a la vida pronto. Después sabría, que, en cierto sentido, no me equivocaba. Las estatuas repetían una única forma humana, una muy distinta a la mía y al resto de la humanidad actual. Los cuerpos de las estatuas estaban dibujados de grandes y hermosas curvas, de fuertes y grandes volúmenes que producían una rara sensación de gusto al ser vistas, inexplicable fenómeno que acompaña siempre a todo lo que es bello. Una asociación misteriosa y sin explicación, pues no hay razón para que lo bello tenga que ser también placentero. Además, recordé otra de esas asociaciones inexplicables: siempre noté que la belleza acompaña a todas las cosas puras y naturales, por lo que deduje hace años que las estatuas debían corresponder a las formas de los hombres de la antigua humanidad. A la prehistoria. Ésa que forjó al Thecnetos y después desapareció. Por supuesto, hay que recordar que en el planeta la antigua humanidad ha de entenderse como lo más acabado y perfecto, y la actual como lo degenerado y envilecido.

     Uno de esos hombres enormes y bellos tenía uno de los ojos borrado de cicatrices y dormía recostado en una bestia de mármol. Me recosté en él. Inundado de un tibio cansancio, cerré los ojos emulando algo traviesamente a las dormidas estatuas, jugando a ser una de ellas y me deleité en secreto en la tibia temperatura de la tarde.

     Cogiendo la mano de mármol del gigante tuerto, me dejé dormir por el cansancio y fui como un barco que se dejase hundir indiferente y ebrio hasta la oscuridad.

     Pero, por entre el enredo de cuerpos titánicos percibí movimientos agazapados. Una cosa sórdida atravesaba veloz aquel paisaje pétreo. Mientras, los gigantes gravitaban como densos astros de piedra alrededor mío, en su perfecta y eterna inmovilidad, inertes, pero sospechosos de alguna rara versión de la vida. No lo sé, creí entonces que esa sombra, esos ruidos y esas piedrecillas desmoronándose me buscaban y que eran eso que yo llamaba el Emisario.

     Deseando huir de esa aversión, acurruqué mi transitorio sueño al sueño sin pausas del gigante de piedra, rendido de la larga caminata de tres semanas. La estatua seguía inmóvil y tranquila, viviendo su propio sueño sin imágenes ni sensaciones. De su mano se me fue apagando el mundo y encendiendo otro, el verdaderamente mío, pues el hombre moderno sólo es singular al dormir, ya que en él no se parece a los demás ni comparte sus sueños ni con el Emisario ni con el Thecnetos. Para él sólo es ese universo de mentira que son los sueños.  Por eso sólo al dormir el hombre moderno legítimamente es y al despertar ya no. Al despertar muere. 

     Ya mis sueños reventaban en otros sueños, como olas sobre otras olas. Recuerdo el último de ellos, uno recurrente:

Soñé que encontraba al Emisario en mi casa y extrañamente no sentía miedo. Lo hallaba al final del corredor, mirando por la ventana un infinito atardecer. Mi sueño le dio al Emisario forma humana. Veía su amplia espalda, quieto frente a ese polvoriento sol. En el sueño caminé hacia él, lentamente y sin ruido para que no me notara.

Ya cerca de él extendí mi mano hasta su hombro, y al rozarlo con un dedo —como siempre ocurría— suavemente desperté.