miércoles, 26 de enero de 2022

12 LA PARADOJA DE LOS INOCENTES

 


En otro lugar del espacio tiempo…

 En el grupo central, todo era cotidiano y repetitivo. Se trató al resto de prisioneros con indiferencia. Los apilaron sistemáticamente en unos contenedores gigantescos adosados a las naves. Allí serían mantenidos para su uso posterior como esclavos, si así lo determinan los cálculos de los técnicos de la meta-corporación o serían ejecutados para combustible si decidían su eliminación.

     Los contenedores se fueron saturando de los fuertes y gastados prisioneros. Eran atravesados por corredores que dejaban ver y oír a esa multitud resignada o desesperada.

     Terminada la labor Andros, un abultado guerrero de ojos soñolientos, se acercó al grupo junto a su erómenos, un hiperactivo compañero de lucha[1].

     Así, se iban juntando ya sin obligaciones todos los guerreros. Informalmente se iban formando círculos alrededor de los más notorios de ellos, por ejemplo, alrededor de Ayazx, creando una composición concéntrica de titanes, que componía así, un terrible y dramático paisaje de brillantes músculos y artefactos salpicados de vísceras y sangre. Las plantas de sus botas estaban astilladas de huesos con células aún vivas.

     Esperaron disciplinadamente las órdenes de la meta-corporación. La mayoría callaba y se buscaban sin premura los pares de eromenois combatientes, íntimamente entrelazados en su destino militar común.

Sólo el sufrido erastés de Ayazx, Gerontes, se mantenía humildemente lejos de él.

     Los hombres se inclinaban naturalmente a formar pares con el otro género, pero la meta-corporación había extinto ese desconocido género hacía muchos milenios, controlando así la misma generación de vida, la mayoría se acomodaba sin problemas a la única situación posible. Sólo algunos como Ahelios no podían.  

     Recostados unos sobre los otros, sus carnes iban recuperando la calma y el sosiego, rodeados del paisaje, que acababan de asolar.

     También M yacía recostado sobre la piel de su eromenoi con el que tenía una indiferente unión, ya eran años que había muerto su desengaño por Ayazx. Otra, hecha de etéreo viento, iba devorándole la cabeza.

 

     El maduro Fratedes, un guerrero con un ojo borrado por confusas cicatrices, cobijaba a su joven erómenos Wille. Fratedes era el más viejo y astuto de los guerreros, había visto nacer y morir varias generaciones de recios gigantes. Conoció y había combatido codo a codo con los dos fuertes hombres de los que nació M y con los pares de guerreros que engendraron a todos los demás, solo ignoraba quienes habían sido los que habrían engendrado a Ayazx, solo sabía que no había combatido con ellos, sino contra ellos y acaso los habría matado el mismo en un punto olvidado del pasado. 

     Fratedes notó a M aún más indiferente que siempre a su compañero, pero cuando lo vio suspirar por segunda vez, rodeado de la felicidad de los demás, decidió acercársele:

–Hoy estás de otro ánimo. ¿Qué anda pasando allá dentro? —dijo al rígido M, cogiéndole la cabeza cariñosamente.

M mintiéndole y mintiéndose le respondió melancólicamente— Un fastidio me está recorriendo. Quizás siento asco de lo que estamos haciendo. Espero poder olvidarlo pronto.

– ¿Es eso? —dijo el maduro e híper-perceptivo Fratedes y enfocó con preocupado afecto su único ojo sobre M.

– ¿Nada más te pasa? Sabes que en cientos de años muchas cosas he aprendido. Confía en mí —agregó sinceramente preocupado Fratedes.

M, calló largos segundos como una montaña de roca. Y de pronto preguntó lo más rápido que pudo.

– ¿Qué cosas ha observado de la relación entre eromenois de distintas castas? —Esta pregunta asombró a Fratedes. Los grandes ojos de M eran algo agazapados y severos, pero en ellos había ahora una húmeda debilidad, como si un niño desesperado se asomara por ellos, atrapado en el descomunal gigante, enfermo ahora de un mortal sentimiento.

Fratedes lo miró apenado de confirmar en M ese sentimiento.

–Es algo imposible, no lo intentes —le respondió preocupado—. La estructura de la meta-corporación es de rígidos estratos horizontales. Sólo somos felices con los iguales. Los eromenois entre individuos de distintas castas son siempre trágicos y está además prohibido engendrar entre ellos. Y solo se permite a las parejas militares engendrar. ¿Por qué querrías unirte a algo tan distinto a ti?

–Pero yo no soy feliz con mis iguales, nunca… —dijo M muy bajo y algo impaciente de hallar respuestas y alivio en la sabiduría de Fratedes.

–Amar a los iguales es amarnos a nosotros mismos, no se puede ser feliz amando a algo distinto de nosotros, pues es como no amarse a uno mismo. ¿Entiendes? —Dijo comprensivo Fratedes—, debes dejar esas fantasías.

Ayazx interrumpió— ¿Qué cuchichean estos dos? —preguntó levantando la voz para incluir a todos en la conversación.

Fratedes lo ignoró despectivamente.

–No sólo está prohibido, sino además es improductivo, sin futuro, no se puede hacer este tipo de vida entre hombres de distinta especie, por eso es un tabú, la vida debe hacer vida. —agregó en voz muy baja Fratedes.

–Sí. Estoy haciendo toda la fuerza para dejar de pensar en ello —respondió M con la voz hecha un hilo y sus bellos labios repetían el gesto compungido de sus cejas.

Haces bien, puedes pedir ayuda bioquímica para desaparecer lo que sientes, tan pronto lleguemos —aconsejó Fratedes.

–No hará falta. Con mi voluntad debe ser suficiente —dijo M, determinado y estoico…Y también equivocado.

     Mientras, Ayazx fanfarroneaba con un grupo de otros orgullosos guerreros de sus batallas en muchos mundos, a través del telégrafo quántico llegó el esperado algoritmo: La orden era sacrificar a los prisioneros sobrevivientes.

Dado que ya estaban ordenados en los contenedores, su eliminación sería instantánea e indolora.

–Tenemos 5 minutos para eliminar el cargamento y volver —dijo consumido por los nervios Gerontes.

M escuchó el orden intranquilo, y miró pensativo por los contenedores de prisioneros. Un murmullo nervioso los atravesaba. Los millares de prisioneros eran exactamente iguales a ellos: robustos y fieros, pero ahora sensibles y asustados. El miedo al dolor no puede compararse al miedo de dejar de sentir dolor, de estar inconsciente de ser. Ayazx, imperturbable, ordenó encender los dispositivos de eliminación impaciente de volver.

     M, más alto y pesado que todos los demás, dibujaba ahora con su enorme cuerpo una estructura melancólica. Miró en los contenedores de prisioneros por entre un corredor profundo, cargado de ojos que le devolvieron al unísono la mirada. Una pululante y profunda mirada que se hundió en el corazón de M asustándolo, desordenando algo dentro de él, como si él también fuese a morir con ellos. Y eso, el miedo, era algo que M nunca había sentido.

     Ayazx, impaciente, encendió los dispositivos de eliminación y una enorme turba de guerreros perdió la consciencia en un instante. En cada uno de ellos el universo terminó. Ni un sólo ruido más que el de sus músculos deslizándose flácidos sobre los de los demás.

     Ayazx saboreó ese fugaz, aunque cotidiano placer de matar.

Para cada uno de los demás guerreros era como si no hubiese pasado nada. Pero miraron asombrados el ahora enrojecido rostro de M cuyo fuerte pecho respiraba cargado de una anómala emoción. M fue incapaz de disimularla.

Ayazx intrigado se le acercó retándolo.

– ¿Algo malo te pasa? —dijo hablando más a los demás que a M, que lo miró repudiándolo.

M respiraba poderosamente al centro de las miradas de los demás. Y dijo para todos:

–Creo que siento toda la maldad que aquí hemos hecho. Soy consciente por primera vez.

Ayazx, burlón, torció las cejas con extrañeza y agregó:

–Todos sabemos que no hay nada malo en matar. Somos útiles a la meta-corporación que nos hizo y sin la cual no habríamos nacido.

–Esto no es bueno —dijo con una voz grave y profunda M.

–No somos culpables—dijo Fratedes intercediendo para calmarlo—. Morir es algo inocuo. Por eso los guerreros, tanto ellos como nosotros, no tememos morir.

–¿No tememos a la muerte? —dijo M—Ahora pienso que hay algo monstruoso en saber que un día dejaré de ser consciente. No importa cuán lejano este ese día.

Todos se avergonzaron por la sensibilidad que ahora mostraba el que creían más fuerte de todos.

–Llegará ese día y estaremos para siempre en el odioso estado de no ser nada —agregó M que se remarcaba por su mayor tamaño, entre la multitud.

–Una eternidad sin sentir nada, ni sentir que no sentimos nada —dijo Ayazx burlón y despectivo— ¿Qué hay de temible en eso?

Señaló los millares de cuerpos ahora como dormidos en los contendores y dijo:

–Es absolutamente inocuo ser una cosa. Estos hombres muertos son como piedras. ¿Sientes pena por las piedras? De vivos no los hicimos sufrir más que lo que nosotros sufrimos. Además, ellos venían a matarnos.

–No les hemos hecho ningún mal —agregó el sólido Andros, con esos ojos con sueño y rodeado de los brazos de su erómenos— eso es la primera cosa que aprenden los guerreros en su instrucción. Sólo es malo aquello que causa dolor o sufrimiento a alguien. Quitar la vida es quitar la posibilidad de sufrir, así que no se hace mal a nadie. La muerte es una experiencia que nadie puede tener. Y que nadie va a tener. ¿Por qué temerle?

M lo comprendió a medias, pero siguió su raro estado emocional. Se incomodó más y más, sólo el generoso Fratedes sabía que no era por los muertos que se sentía así. Algo había nacido en él, que una vez crecido, lo mataría. Así que Fratedes sintió conmiseración por su pupilo.

–Pero ellos deseaban como nosotros vivir. ¿No es malo que deseando vivir se muera? —Preguntó inocente el joven erómenos de Fratedes, Wille.

–No —respondió Fratedes, que parecía resplandecer entre los demás— Pues mientras deseaban vivir, vivían. Cuando no vivían, no deseaban nada.

–Perdieron el futuro —dijo M—, desear vivir es desear vivir en el futuro —intentó argumentar.

– ¿Cómo es perder el futuro? —Dijo Ayazx con los ojos llenos de sorna— Eso es imposible, ni los vivos tenemos el futuro. Sólo tenemos el presente. Demasiado trajina tu cerebro manejando un cuerpo tan grande que le queda poco aliento para otras tareas —dijo y se echó a reír con ferocidad. 

M lo escuchó colmado de ira. Preparándose para vengarse.

–Pero creo, que sé por qué realmente está tan triste y tierno M —agregó irónico Ayazx, de nuevo hablando alto para ser escuchado por todos.

Fratedes abrió su único ojo asombrado.

M temiendo que todos adivinaran sus nuevos sentimientos agregó torpemente:

– ¿Qué cosa?

–Solo estas arrecho. Lo noté desde la visita que hicimos para entregar esos archivos —dijo—, ¡Qué vergüenza que nosotros los seres más perfectos de la meta-corporación gastemos el semen con esas sombras! ¡Que monstruos engendraríamos con ellos!  ¡Sólo degeneración! —y rio en un tono muy bajo y opaco, rio para él. Endulzándose en el poder que descubrir ese secreto, le daba sobre M.

Fratedes enfurecido por la indiscreción de Ayazx le propino un tosco golpe y le ordenó callarse.

     Luego Fratedes detuvo a M que ya se abalanzaba contra Ayazx y lo arrastró con ayuda de otros a un lado, pues sabía que si continuaba esta disputa, M no podría seguir ocultando a los demás, lo que quería dejar de sentir.

 Pero fue imposible impedir que todos los supieran o que M lo siguiera sintiendo.

Crédito imagen: Wear of War



[1] Erastés  del riego ἐραστής. Erómenos del griego ἐρώμενος

11 UN VIENTRE ARTIFICIAL

 

En otro punto del espacio tiempo.

      Como dije al inicio, uno de esos vacíos días el Thecnetos envió con su Emisario esa extraña carta y todo cambió. Muchas cosas raras pasaron en aquellos últimos días tristes. El primer suceso singular fue este:

     Me había conectado a un Mekhanes esperando el mantenimiento de mi cuerpo. Pero nada sucedía, más bien sentí que la conexión ahogaba mis carnes inyectándolas una sustancia toxica. Asustado me desconecte. Era la primera señal de que el Thecnetos había decidido eliminarme. De seguro, días antes su Emisario había reprogramado a esa vieja máquina para que me envenene.

     Mi tiempo acababa, para mí el universo terminaría, debía tomarme unos días para resignarme y meditar.

Por cierto, cercano mi último día, relataré, como fue el primero y así explicaré la génesis artificial de la raza humana en el último planeta.

     En lo profundo flota —como siempre lo ha hecho— la eterna mente del Thecnetos. Ésta piensa, de tiempo en tiempo en una molécula germinal particular y sus órganos mecánicos hacen ese ADN preciso. Después, con esta molécula germinal se hace una persona. Así, el Thecnetos va haciendo hombres al azar, de centuria en centuria. 

     Así un día el Thecnetos soñó mi molécula germinal. Ésta siempre tiene unos 25,000 genes y numerosas versiones de cada uno (alelos). Al azar escogió los elementos de esa complicada molécula, creó una particular combinación de entre trillones posibles combinaciones, construyendo un armonioso objeto teórico hecho de miles de elementos perfectamente comunicados y equilibrados entre sí. De inmediato sus millares de manos mecánicas empezaron a componerla usando los átomos del polvo. La anti-entropía para esta tarea, se tomó de la poquísima energía disponible. Así que mi nacimiento aumentó el casi total desorden. Poniendo, en este proceso, al universo un paso más cerca al caos absoluto. Ese caos absoluto donde por fin, el tiempo se detendrá.

     Así mi molécula germinal fue construida, con su precisa relojería bioquímica, átomo a átomo en el oscuro avernus. Luego en medio de microscópicos artefactos aquella molécula empezó a rodearse de otras moléculas. Esas nano-industrias, miles de veces más complejas que la célula que hacían (en medio de tejidos artificiales y rodeados de sondas), construyeron mi microscópico embrión, que fue germinando y creciendo, rodeado de móviles miniaturas tecnológicas. Mucho después yo ya estaba listo físicamente para sobrevivir, aunque inconsciente y un mensaje se envió al Emisario para que me ayudara a emerger a la superficie. Ahora sé que ese mensaje llegó también a otra región del Thecnetos subterráneo, al Theknos-Herakhón que aguardaba en la eternidad y que, al identificar la estructura determinada de mi molécula germinal, recordó un pensamiento nocivo y venenoso que se fijó en su mecánica y obsesiva consciencia.

     Así, a través de la densidad del córtex subterráneo, viajaron a mi encuentro, el Emisario y la otra cosa pululante.

     Yo inconsciente y pequeño aún, respiraba entre las máquinas, sin notar que el ente mortal, el theknos-herakon había llegado y acomodaba su compleja estructura en mis cercanías, preparaba así su rutinario y letal procedimiento. Uno de sus múltiples apéndices se acomodaba ya en uno de mis parietales y nueve cánulas empezaron a entrar cruelmente bajo mi piel. Así que la primera cosa que sintió mi consciencia, ese primer segundo de vida, fue ese punzón metálico y doloroso, provocándome con esa primera sensación, dejar la nada y empezar el vivir. Empecé a ser consciente de que era consciente y del paso del tiempo. Justo en ese momento apareció por primera vez la otra cosa: el Emisario, y esta disputó e intercambió órdenes con el Theknos-Herakhón, esa fría inteligencia que pulula en las entrañas del Thecnetos y cuyo único empeño es matar la vida. Después de una abstracta lucha, este cedió, aun no era su tiempo. Debía esperar un poco más para acabarme. Ya había esperado trillones de años y no cejaría en su misión. Y al final vencería.

     Finalmente, inconsciente de lo que pasaba, fui llevado a la superficie del último planeta por el Emisario. En la superficie ya completamente a solas, empecé a pensar y a vivir. No volvería a tomar contacto directo con ese Emisario ni con nadie más.

     Así del fondo del planeta me sacó un día el Emisario y a él me regresará el día de mi muerte, allí devolveré al Thecnetos mi sensación de que el tiempo pasa. 

10 UN EXPERIMENTO FENOMENOLÓGICO

 

En el lugar más profundo del Aether…

 Después de entregar los informes sobre animales meta-dimensionales, M y Ayazx se unieron a los demás guerreros.

     Dadas las permanentes guerras, en unas horas estaban de nuevo en batalla, en un nuevo y exótico lugar de muerte. Habían invadido una estación maltrecha, cargada de furiosos gigantes, contra los que impusieron su superioridad. Tal era la fuerza de los gigantes y su ausencia de compasión que con un solo golpe podían despedazar una espalda o hundir un cráneo. A golpes también derrumbaban paredes y trincheras. En la triste violencia de esa batalla, M y los demás despedazaron, otra vez, enemigos tan humanos como ellos. Entre los movimientos veloces y furiosos de la lucha, el férreo M, siempre sobrecargado de viril valor, era atacado por un minúsculo enemigo, derrotado desde sus adentros cargados ahora de una intranquila pluralidad, hasta ese momento, invisible. Ese día la vería. Lo frenaba una profunda debilidad que empezó a disolver su voluntad, de común férrea. Para desaparecerla, acometía con más fuerza y energía su tarea de asesino. Pero fue inútil. 

Pero por más que él y los demás despedazaban más allá de lo necesario a sus contrincantes, M no podía borrar esa forma que cada vez más claramente se instalaba en su mente. Un ser fuerte y sólido era vencido por algo sutil y ambiguo, como una gigantesca bestia, enamorada mortalmente de una etérea luna.

Solo un par de borrosas imágenes podía recordar de L, una de perfil y otra cabizbajo, pero absorbían su atención obsesivamente, sin entender por qué esto pasaba. No importaba cuánto las examinaba y multiplicaba en su mente, no revelaban que había de especial en ellas ni como era el misterioso mundo en que L vivía, no podían decir más, L y su candidez había emergido de su realidad unos segundos y se había hundido en ella de nuevo, sin dejarse entender. Dejando una duda incómoda en M, una duda sin una pregunta clara que la cause. Una opacidad en la nada. Una imperfección en la cotidiana coherencia de su mundo militar.

     Los feroces y poderosos guerreros, luego de derrotar la gigantesca estación flotante, organizaron a los prisioneros que no mataron en la pelea.

    Aprovechando la oscuridad, Ayazx y sus secuaces se apartaron del grupo central e improvisaron un espantoso certamen para no aburrirse el tiempo que demorarían las siguientes órdenes.

Escogieron 50 prisioneros, los maniataron y los dispusieron en un espacio abierto, luego compitieron sobre cuál de ellos decapitaba más y más rápido ayudados de un elemental cuchillo. Sonoras risas aderezaron el macabro juego.

     Agotados y felices los guerreros celebraron el triunfo de Ayazx frente a la pila de muertos y cuerpos sin cabeza, algunos aún móviles.

     Después Ayazx escogió otro prisionero. Uno de poca edad. Lo arrastraron hasta un rincón muy alejado del resto. Mientras sus cómplices lo sujetaban, Ayazx luego de unos segundos preparándose para empezar le susurro con sorna:

–“Consciencia es consciencia de algo”.

     Acto seguido le sujetó con violencia la cabeza y le sacó los dos ojos ayudado una herramienta puntiaguda. El prisionero grito espantosamente aferrándose con fuerza a los gruesos antebrazos del guerrero, cuya cara se había borrado como todas las demás. Una vez conseguido esto, Ayazx introdujo una cánula filosa en sus oídos con los que perforó sus tímpanos. El hombre de pronto no podía ahora escuchar sus propios gritos, ni suplicas.

     Ayazx ya jadeaba frenético de placer sádico. Sopló en las fosas nasales de aquel hombre un polvo ácido que quemó sus receptores de olfato. Las piernas y brazos de aquel soldado se agitaban de dolor, pero eran frenados por los brazos de la pandilla de Ayazx que lo sujetaban con fuerza frenética y concupiscente. Con otro equipo, éste introdujo una cánula en la garganta y de un tirón rasgo sus cuerdas vocales. Estaba anulando todos los sentidos de aquel joven, que ya no recibía ninguna sensación del mundo exterior. Cortó su lengua también y repitió jadeando de placer para los demás:

–La consciencia es siempre consciencia de algo…para estar vivo tienes percibir algo.

Sus cómplices estallaron en macabras risas. Y luego en una curiosidad morbosa y nerviosa.

– ¿Sin sensaciones no estamos vivos? Entonces la consciencia depende de las cosas que la hacen sentir —Agrego reflexivo Ayazx

     El prisionero se retorcía desconsolado, ahora ciego, sordo, silencioso e incapaz de gustar u oler. No sintió que alrededor de él, todos sacaban filudas hojas de metal reluciente y cogiéndolo cuidadosamente, empezaron a sacarle la piel. Así perdió su última sensación del mundo que lo rodeaba, pero, siguió vivo, respiró en shock entre sus verdugos, que agregaron sobre la musculatura desnuda un gel militar contra las hemorragias. En el colmo de la maldad lo obligaron a ponerse de pie y a caminar. 

Y jugaron así y de otras formas con él hasta cansarse.

–Sin sentidos no hay consciencia, —dijo uno con curiosidad— ¿no es como si estuviese ya muerto? Un muerto que camina y respira.

–No —corrigió Ayazx con una voz profunda y calma de satisfacción plena, satisfacción comparable al que sigue al rito atávico—. Está desconectado del mundo, pero aún piensa, sabe dónde está y que va a morirse… y sé que tiene miedo, pensar es sentir tenuemente —dijo pausado y sobrecargado de nervioso placer. Así lo observaron perfectamente lúcidos de lo que le hacían los largos 25 minutos que aún sobrevivió atrapado en sí mismo.  

     Luego, aunque aún estaba vivo, lo dejaron morir a solas en aquel secreto rincón y caminaron a reunirse con el resto de la tropa.

En ella M también moría atrapado en sí mismo.

9 LAS ESTATUAS DORMIDAS

 

 En un punto muy remoto de ahí…

 

     Cansancio de esa tarde en que descubrí que el Thecnetos había decidido olvidarme. Legaba mi fin. Andar y andar y no sé si al final mis pasos trazan una búsqueda o una huida. El resultado siempre es el cansancio y el regreso ansioso a la cotidianidad de unas construcciones vacías, mi amado pedazo del mundo.

     El camino de regreso siempre lo hacía por una misma calle, aunque la palabra “calle” es excesiva. Ésta más bien es una cicatriz borrosa, trazada en una especie de enorme mancha en el paisaje y esa mancha antes fue una ciudad. Esa calle confluía junto a otras en una despedazada plaza circular que estaba llena de estatuas que representaban hombres colosales cargados de artefactos violentos. Esa agrietada plaza oval tenía distintos niveles, producto de algún lejano cataclismo o de algún paciente evento geológico. Así tomaba la forma de una monumental y caprichosa escalera casi circular que estaba a medio borrar por esa respiración seca, que es el avanzar y el retroceder del desierto.

 

     En ella, decenas de macizos gigantes de piedra estaban dispuestos en distintas alturas y formando una especie de acantilado escultórico. Grandes cuerpos de piedra enfrentando un oleaje leve y constante de aire y polvo, en una batalla secreta que llevaba millones de años entablada. Una lucha entre lo duro, lo grande y lo sólido, contra lo liviano, lo etéreo y lo tenue; un enfrentamiento en el que, como en tantas otras cosas, al final siempre ganaba lo tenue. 

      Así, esos titanes de piedra iban desapareciendo y los gestos y actitudes que estaban petrificados en ellos se iban apagando con la suavísima, aunque mortal, caricia del aire.

      Al igual que esas esculturas de piedra, nosotros, los pocos seres humanos engendrados en las entrañas del Thecnetos, somos también inertes y efímeros, desvaneciéndonos mientras paseamos por nuestras cortas vidas. Nuestra única felicidad y acaso deber, es persistir quietos y silenciosos a que pase el tiempo. Somos un pedazo más de la naturaleza y como ella, carecemos de teleología, voluntad o vida. Y esa vida ya debía para mi acabar.  

sábado, 27 de marzo de 2021

8 DIÁSPORA CÓSMICA

 

En otro lugar del tiempo…

–En unos minutos llegarán los guerreros de la última conquista, una pareja de eromenois, M y Ayazx, fueron los encargados de buscar los datos y los traerán —dijo a L Ahelios, ya maduro y enjuto. Las ojeras de Ahelios mostraban que había sido trabajado por años por un antiguo mal, era afectado desde su juventud por una rara forma de la enfermedad atávica[1].

–Quizás podré comprobar mi predicción sobre los animales meta-dimensionales[2] —dijo discretamente L, soñando precariamente con tener la razón—. Podré verificar mi suposición y… un nuevo modo de pensar la materia —concluyó entonando esta última frase solo a medias—… Y este nefasto universo por fin acabará.

Ahelios lo miró adivinando sus tristes esperanzas.

–No esperes mucho, simplemente los reubicaremos y continuaremos el registro —le dijo paternalmente. Miraba a su joven pupilo con cierta conmiseración, ésta provenía de verlo cada día más y más extraviado en ese errado laberinto teórico que construía y en su indiferencia a la vida, propia o ajena.

L calló, levemente ofendido por su superior, que era condescendiente pero incrédulo de sus ideas.

–También quisiera que algo extraordinario ocurra, esta labor ha consumido nuestra juventud, y es de tal esterilidad que aburrirá nuestra vejez, comprendo tus esperanzas —dijo Ahelios comprensivo e íntimo—con el tiempo aprenderás a dejar de soñar con otro universo que no sea este. Es por esto que es tan popular en esos días la vida virtual. Esta tecnología ha evolucionado para darle a la gente lo que tiene prohibido tener: una vida de verdad.

 

–Pero… ¿Qué pasaría si tampoco hubiese datos de su existencia en las investigaciones de la meta-corporación conquistada? —preguntó dudando de sus propias hipótesis L.

–Deberíamos examinar si hay error en los equipos de monitoreo alienígenas —contestó escéptico Ahelios que conocía muy bien los procedimientos, repetidos por ellos tantas veces.

–Según todos los informes éstos están en perfectas condiciones —agregó L volviendo tímidamente a creer en sí mismo—, yo sé que ya no existen los animales meta-dimensionales. Y acaso eso determine un próximo suceso en eso que llamamos vida y que tanto afana a todos.

 

Ahelios miró como reprobando en su aprendiz ese desdén que tenía por la existencia. 

 

–Es imposible que ya no existan, ¿Por qué desaparecerían? —dijo Ahelios algo cansado y dando por finalizada la conversación con un sutil gesto de fastidio.

–La pareja de guerreros, está esperando afuera para entregar el material solicitado —dijo una perfectamente voz humana, era la androide Nimis, de aspecto anguloso y mirada intensa. Nadie sospecharía al ver su perfecta imitación de la apariencia humana que no era una persona como los demás y que en lugar de alma tenía un hueco.

–Ordéneles pasar —dijo Ahelios recogido a sus responsabilidades de científico. Nimis escoltó a los férreos gigantes.

     Las figuras grandes y bellamente dibujadas de los dos guerreros aparecieron entre los equipos de sofisticada ciencia. M, fuerte y sereno, con un brillo de pureza en los ojos, Ayazx arrogante y orgulloso de su estatura y belleza. Sus carnes sanas e hinchadas de músculos emanaban una sensualidad y belleza que contrastaba con la aséptica y triste tecnología del locus y con sus grises funcionarios, era como si la misma naturaleza entrara ostentando toda su terrible hermosura y se mostrara arrogante frente a la pobre fealdad de lo artificial.

La conversación se inició.

–Infórmenos de sus hallazgos, ¿lograron salvar los archivos sobre animales meta-dimensionales? —pregunto L al masivo M como si se dirigiera a una cosa y agrego bajando la voz—, quizás un viejo universo teórico muera con los resultados de su hallazgo y otro más simple y verdadero se muestre…las causas son siempre simples y pocas; y los efectos numerosos y complejos —agregó como queriendo compartir con ese desconocido, su esperanza de descubrir un nuevo mundo.

–Sí —dijo con una profunda y cálida voz M, que no entendió qué quería decir L pero que se inquietó por él—. Están completamente íntegros.

– ¿Qué encontró? ¿Los revisó? —preguntó metódico Ahelios.

M, parecía no haberlo escuchado, miraba a L por primera vez y su curiosidad se desviaba a sus interiores y a sus raras palabras, casi imperceptiblemente, unos pasos más allá de lo que era normal. Su amplio pecho empezó a respirar algo más rápido y fuerte.

Nadie, ni él mismo, lo notó.

     L también sintió una vana sensación que no pudo identificar mientras su respiración se inquietaba. Algo activó un mecanismo que esperaba invisible en la parte más primitiva de su cerebro. Algo primario y dormido que había germinado para tomar el control de su mente más evolucionada y ahora se asomaba por primera vez. Pero no por última vez. Ahelios interrumpió:

–Háblenos de los resultados.

–Lo que hemos encontrado —dijo monumental y firme M— es que la otra meta-corporación concluyó que no había ya animales meta-dimensionales en todo su universo conocido.

Ahelios quedó estupefacto, esto era incoherente con todo lo conocido…pero no podía negarse a aceptarlo, miró asombrado a su pupilo L que lo había previsto. Éste sintió una cierta felicidad intelectual de acertar, pero luego un sordo pesar lo invadió. Era el primer ser humano en enterarse del fin.

– ¿Dónde están los datos? —preguntó Ahelios aún asombrado.

–Los pueden examinar en el corazón del sistema de información. Están ya accedidos a la biblioteca general —respondió M, grande y hermoso como un felino.

L y Ahelios se abalanzaron a decodificar los datos y los revisaron mudos mientras los dos gigantes esperaban. Para Ahelios se trataba de un fenómeno imposible que rompía con diversos principios teóricos, para L la confirmación de una antigua sospecha que llevaba años meditando y que ahora le asombraba. La evidencia de que la estructura del cosmos había guardado aún un secreto sobre sí mismo. Ese día se develaba, y con él, una terrible noticia para todos, el fin del universo estaba cerca, excepto para él, a quien le eran indiferentes las consideraciones prácticas de sus ideas. Aunque las de esta fueran terribles.

Ayazx se impacientó pronto despreciando las labores sin emoción y monótonas de los dos técnicos. Aburrido hizo un gesto obsceno con su desmesurado cuerpo. Algo en su mirada asustaba y ofendía a los demás, Ahelios sintió como si esa mirada cínica le dijese sin palabras que en contraste con la del vigoroso gigante, su vida fuese ridícula y pobre.

Pero disciplinadamente los guerreros esperaron las órdenes de retirarse. Sus monumentales cuerpos, como dos composiciones magistrales, hechas de volúmenes y líneas perfectas, resaltaban en el desorden y fealdad de los enclenques laboratorios. 

Minuto a minuto y lectura tras lectura lo volvían a comprobar. No había animales meta-dimensionales para la otra meta-corporación tampoco y por lo tanto tampoco no había futuro.

Ahelios le dijo a su pupilo L:

–Puedes despedir a los guerreros. Supongo tendrán más gente que matar. —A raíz de esa orden se encendió en L una minúscula desesperanza.

L se dirigió a M y al verlo nítidamente a los ojos (que se inclinaban tiernamente como soñando) olvidó lo que tenía que decirle. Después de perderse y encontrarse en ese abismo que es la mirada mutua dijo:

–Ya no es necesaria más su presencia, les agradecemos su esfuerzo y meticulosidad. —Y al terminar de decirlo, sintió arrepentimiento de provocar con esas metódicas palabras, que ese desconocido desapareciera para siempre. 

Ayazx sintió alivio y premura por irse, mientras M sintió un leve e inexplicable freno. Pero disciplinado, se alejó. Antes de desaparecer un movimiento torpe de su mano rozó a L.

A L le costó ver que se iba. Le abochornó esa emoción irracional en él. Era un desconocido y no necesitaba volver a verlo. No era más que un organismo de limitada consciencia, una simbiosis de reacciones químicas con un fin banal. Un efecto caprichoso de la evolución y la inercia de la naturaleza. De la ciega e irracional vida…

Pero en las siguientes conversaciones con Ahelios, la piel limpia del soberbio guerrero interrumpió vergonzosamente los raciocinios y consideraciones abstractas, que ambos tejían sobre los animales meta-dimensionales.

–Te alegrará confirmar tu hipótesis —dijo Ahelios—, quizás sea sólo una coincidencia, una falsa alarma, pero te felicito.

–No. Al contrario, me entristece, aunque no entiendo por qué —dijo L dibujando con su rostro una delicada inquietud y pena—. Esa desaparición significa algo más. Algo muy grave. 

–No dejemos volar la mente más, pluralitas non est ponenda sine necessitate[3], atengámonos a lo que hemos descubierto, —dijo comprensivo y metódico Ahelios a su subordinado.

–Deben informar al Thaumasios Herakón, él tendrá una explicación para esto —dijo volviendo de sus pensamientos L.

–Creo que podrás por primera vez hacerlo tú, aprovecharás para explicar tu teoría.

     Luego L se sentó y dejó su mente reposar de cualquier cálculo o consideración. Una marea emocional se alzaba dentro de él, inundando el oscuro paisaje de su corazón.

     Las estructuras del cerebro mecánico de Nimis, tan huecas de vida como las de una cámara de video, registraron y procesaron todo y respondieron a lo observado. Sus sistemas neuronales razonaban, creaban, calculaban y comunicaban, aunque sin ninguna consciencia de lo que veían, Nimis no tenía “yo”. No era un sujeto frente a un objeto, sino un objeto frente a otro objeto. Para un hombre la percepción es sensación y cognición, para ella solo era cognición.

–L no tiene rango para tener una cita con un Thaumasios, usted o yo presentaremos ese informe al Thaumasios Hekantokeinos Herakón —dijo Nimis.

L miro a Ahelios y a Nimis, y sintió ese segundo, que él estaba en un lugar muy remoto al de ellos, en un lugar muy ajeno al mundo concreto y racional, ahí aparecieron unas palabras, un bucle, un tropiezo en su mente lo saco del espacio tiempo, se escribía una carta que no tenía a quien enviar:

 

Tus ojos son severos,

Son una puerta entreabierta que nunca he cruzado

Por temor, quizás...

He dibujado en tantos papelitos tus ojos que….

 

Ahelios —dijo L interrumpiéndose sí mismo—, muchas veces me habló de su enfermedad atávica, yo nunca la he comprendido y en general detesto que la razón sea importunada por sentimientos groseros, pero…—y se detuvo avergonzado.

Ahelios le tomo el hombro como un joven padre.

–Aunque está prohibido, todos enfermamos de ella alguna vez, la mía nunca me deja —dijo Ahelios recordándola y doliéndose al recordarla.

–Explíqueme de nuevo —pidió a su íntimo superior L.

–En mí es una enfermedad sin cura, pero si acaso tú enfermas podré aconsejarte como hallar curación química. La meta-corporación permite la reproducción, pero no el amor, si no neutralizas la enfermedad atávica con fármacos, te permitirán sentirla, pero no expresarla. Solo los guerreros pueden amar y formar pares de eromenois entre ellos, por ser esto útil a sus obligaciones. Pero está absolutamente prohibido entre técnicos y nunca es posible entre castas distintas —dijo Ahelios sospechando algo en su pupilo. 

– Pero ¿cómo reconocer esa enfermedad atávica? —preguntó L a su superior.

– ¿Cómo entenderlo? —Dijo Ahelios—. Es una premura, una urgencia sin objetivo, una ansiedad vacía, una melancolía que dura toda la vida y no se explica, un sabor de que le falta algo al tiempo. El anhelo de una ternura que no está en ningún lado, pero que siempre me hace falta. Eso es en mí la enfermedad atávica— concluyo Ahelios.

     L, lo escuchó y por primera vez lo entendió. Un nítido significado apareció en esas palabras: El amor es un vacío que se quiere llenar. Esa tarde empezó sentir lo que sentía su protector. Algo que no lo dejaría nunca y que reenfocaría cada parte y propósito de su breve vida.





[1] El amor.

[2] Seres de 10 dimensiones, pero invisibles a las 4 dimensiones percibidas por los humanos, sólo de vez en cuando interceptaban nuestro mundo, por fracciones de un instante. Eran los más raros seres vivos de este único y cerrado universo que moriría.

[3]   La pluralidad no se debe postular sin necesidad.

7 EL ATARDECER DEL MUNDO

 



En otro lugar del espacio…

 

     Confieso que del Thecnetos no tengo certezas, sino sólo elucubraciones. Presiento que hay un artefacto con una tarea infinita funcionando en la oscuridad. El Thecnetos, es también (pero no sólo) una red que satura las calles abandonadas y los desiertos y encierra en su inescrutable mente una humanidad inmortal.

     No es necesario aclarar que el Thecnetos es artificial, aunque entiendo, al examinar el tema con más detenimiento, que en el mundo no hay nada artificial, que la naturaleza ha parido todas las cosas, inclusive al Thecnetos; que "lo no natural" es lo imposible, lo lógicamente inadmisible. Lo artificial lo hicieron los hombres, pero ellos y sus métodos eran también naturales, sujetos a las leyes de la naturaleza. Así, de lo artificial podemos decir que no existe.

     El Thecnetos, creo, ha existido desde la creación de la primera tecnología, de lo cual debo concluir —algo incómodamente— que no es eterno. En él debió confiar el hombre parcialmente su destino; su desarrollo posterior lo llevó a grados de poder de cálculo inimaginables. Una revolución en los sistemas que sustentaban la inteligencia artificial le dio su primera independencia mientras nosotros íbamos perdiendo la nuestra.

      

     La ciega evolución creó el cerebro humano y éste creó el nuevo y mejor cerebro mecánico. Luego éste creó a los antepasados del Thecnetos, que ya no eran un simulacro de aquellas funciones cognitivas humanas, sino algo diferente: dueñas de una auténtica lucidez, ya incomprensible a nosotros. Pero confío en que esta máquina nunca olvidará el fin para lo que es creado todo artefacto: garantizar nuestra supervivencia y acompañar nuestra futura evolución.

     Así, los individuos, al cabo de unas décadas desaparecemos, como yo pronto desapareceré, pero nunca ese río que llevamos dentro; ese río es un linaje ininterrumpido de moléculas germinales, pasando de generación en generación a través de nuestros cuerpos y éste es un flujo que corre sin interrupciones ni pausas desde el comienzo de la vida.

 

     Describir el Thecnetos es imposible, incluso pensarlo lo es; sólo puedo figurármelo infantilmente por aproximaciones. Por ejemplo, pienso en él como una población infinita discutiendo simultáneamente en ninguna parte o como una nube de pensamientos plácidamente flotante en la eternidad. Me parece hasta hermoso pensarlo así: debajo de tanto polvo, comprendiendo cómo y por qué un papelito es levantado por el viento en algún rincón perdido del último planeta.

     En sus manos estará seguro mi futuro por un tiempo y el de la humanidad para siempre. Claro, ya dije que del Thecnetos no tengo, ni nadie tiene, una percepción directa ni deja huellas su presencia. Sólo mis dudosos razonamientos me llevan a creer en él. Si no, ¿cómo podría ser posible la vida siquiera por un segundo en este, el último planeta?

 

     Y me parece que hay otra prueba de su existencia. Ocurre que, no importa de dónde parta un razonamiento (única ocupación para los solitarios hombres), ni qué temas se aborden en él, si se llega lejos, siempre se llega a la necesaria existencia del Thecnetos. Aunque el origen de todo razonamiento es también dudoso. Los míos siempre se originan en las disposiciones del Emisario (que es el único ser vivo del que tengo certeza que existe). Es a través de él o de eso, que deduzco y creo en el Thecnetos. ¡Y aún él es tan evasivo, tan lejano! Tampoco lo he visto ni tocado, pero permanentemente presiento su proximidad.

 

     Asumo, como lo más razonable, que este Emisario es un ángelos del Thecnetos. Una forma de comunicación entre ese dios mecánico, entre o desde ese imperturbable y total absoluto y mi fugaz y fragmentaria existencia. Pero, en fin, he de aclarar que mi creencia en estos dos seres no es sobrenatural, pues ya aclaré que sólo existe lo natural.

En los años que llevo recorriendo el planeta, el Emisario se ha vuelto aún más elusivo o yo más predecible; siempre procede a ejecutar sus disposiciones mientras duermo, mientras me ausento o viajo. Deja generalmente impersonales cartas con instrucciones que intento comprender y obedecer cabalmente. De ello depende mi supervivencia. A través suyo llegan migajas de infinito hasta mí, dándome vida.

 

     Impersonal. Dormida tal vez, sentía yo la ciudad de escombros. La soledad me hacía creerla íntima y mía, pero luego recordaba que no era ni único ni singular en el planeta, que con otros quizás, compartía ese Emisario que nos tutela o vigila.

     Consumía a pie las interminables calles y plazas siempre estériles y mudas. Al acercarse a los edificios muertos uno siente como si se acercara a las espaldas de hombres gigantescos y muertos. A veces sentía una sensación de rechazo de aquellas espaldas e inmediatamente tomaba rumbo a cualquier otro lugar.

Me movía un primitivo deseo de exploración humano, un rasgo innecesario como tantos otros ahora.

 

     Pero olvidé la causa fundamental de mi relato, ¡el asunto de las cartas...!