sábado, 7 de mayo de 2022

67 NOTAS SOBRE LA PREHISTORIA 3

 

Un trillón de trillones de años después…

 —Con estas tecnologías, la humanidad llegó a los límites más inaccesibles del Aether. Pudo estudiarse otros aspectos naturales del ser: en ellos la materia, la energía y el mismo tiempo cobraban otras manifestaciones, nuestras actuales nociones no son posibles ahí y cosas muy raras pasaban, tanto que, para ser descritos, esta lengua no sirve. Haría falta la meta-filosofía de los autómatas para explicarlos. Sólo relataré que se pudo encontrar y explorar universos y sistemas de antimateria, alejados del nuestro. El contacto con esos mundos había sido antes imposible por la propiedad de la antimateria de anularse al contacto con la materia, pero las nuevas tecnologías lo hicieron posible.

     Así se estudió esos mundos formados de anti-átomos y en ellos se descubrió y exploró la anti-bioquímica de la anti-vida.

     Toda una nueva química y una nueva tabla periódica con diferentes propiedades surgían de los anti-átomos. Dos anti-hidrógenos y un anti-oxígeno no formaban espontáneamente una anti-agua, como ingenuamente se podría pensar, sino una serie de distintas sustancias.  

     Se establecieron colonias de planetas de antimateria en nuestro universo; en ellas raras cosas se estudiaban.

Se descubrió en estos mundos vida inteligente y se lograron las primeras comunicaciones con las civilizaciones de antimateria y con sus máquinas. Estas conversaciones y estudios precedieron a las guerras y a la extinción de la vida en la antimateria. Una vez más triunfó la poderosa humanidad, con sus tecnologías de animales meta-dimensionales usadas en sus máquinas bélicas. Una raza guerrera, cuyas sombras son esos gigantes de piedra, se forjó en esos fuegos.

     Con el tiempo el universo se pobló de estos seres multidimensionales y al igual que los robots ya habían hecho adquirieron inteligencia, filosofía y meta-filosofía, y construyeron sus propias civilizaciones, imposibles de controlar por el ser humano.

     Así, nuestros antepasados quedaron confinados en las cuatro dimensiones humanas y la civilización meta-dimensional artificial fue evolucionando en las demás, aunque interceptando la nuestra, del modo que un cubo intersecta un plano, su mundo interceptaba y saturaba nuestro delgado universo. Un largo período de comercio e intercambio con esa civilización precedió la pérdida total de control de los humanos en sus criaturas.

     Las últimas civilizaciones formaron sistemas de planetas artificiales con la poca materia restante del cosmos y se entabló una lucha titánica entre esos mundos para apoderarse de las minucias de materia y energía que restaba. De esta manera, una enorme raza humana fue forjada.

     La humanidad construyó una generación nueva de animales artificiales, pero no los dotó de consciencia. Evitaron su independencia, como había ocurrido con la antigua generación. Eran nuevos animales multidimensionales con una enorme capacidad cognitiva, pero sin voluntad.

     Su contenido de información era variado y una selección artificial ocurrió entre ellos. Una secreta guerra invisible entre ellos ocurrió; batallas que ocurrían en las 11 dimensiones de la realidad, pero subordinadas a las cuatro humanas. Muchas civilizaciones cometieron el error de darles poder político. Pronto surgieron problemas en su control: Intentaron grabarles la orden de no dañar a los hombres, pero éstos, al tener millones de palabras y definiciones para hombre, no pudieron obedecer.

     Otros animales multidimensionales consideraban que no había diferencias sustanciales entre humanos y máquinas y que el material del que estaban hechos no era razón para distinguirlos.

De este modo castigaron poblaciones enteras por “matar” máquinas.

Otros sí tomaron en cuenta el material del que estamos hechos los humanos y se hicieron gobernar por vísceras y por tejidos.

     Otros entendieron que la vida y la materia tampoco eran distinguibles y preservaron planetas vacíos y polvo, y los defendieron con ferocidad. Algunos entendieron cómo surgía la consciencia en los hombres y en las máquinas orgánicas y cómo no surgía en las mecánicas y con ese conocimiento hizo surgir la consciencia en las máquinas y en ellos mismos, crearon los primeros androides-qualia. También hicieron máquinas orgánicas sin consciencia, hombres sin yo, cuidaron generaciones y generaciones de hombres sin vida o yo interior, poblaron millones de planetas con estos zombis. Era imposible reconocerlos y distinguirlos de nosotros. Siglos después, de ellos evolucionarían los Zombis Hekantokeinos, que a su vez crearon una meta-corporación a su servicio.

     El Emisario frenó su relato, tomando aliento para seguir, yo miré su sensible mirada, conmovida como si ella hubiese mirado y grabado todos esos incidentes terribles del cosmos. Ese terrible universo que se había quedado en la oscuridad de sus ojos. Me miró como tratando de perdonar la incomprensión que se dibujaba en mi rostro, pero prosiguió: pero millones de años después…

66 LA METADIMENSIONALIDAD DEL SER

 


Un trillón de trillones de años antes…

Un torbellino de acciones se inició, terribles ruidos y órdenes resonaron; todos se paralizaron temiendo un accidente antes del despegue. Sólo había una chance para la vida.

     Cuando faltaban unos segundos, algunos técnicos muy ancianos tuvieron que ser atendidos por colapso nervioso; en miles de planetas se esperaba el éxito o fracaso de la misión y con ella, la de la civilización misma.

El éxito desde un punto de vista técnico significaba salir del universo, llegar al otro y poder volver al mismo lugar y tiempo. Esto suponía la existencia del otro universo, cosa aun teóricamente dudosa; la posibilidad de salir, cosa aún más dudosa; y la de poder volver, lo que suponía algún modo de orientación común a los dos universos, cosa que parecía lógicamente inadmisible. Así de insegura era la empresa.

     Según había predicho el nuevo Thaumasios L, si había éxito, sólo se vería desaparecer la nave un milisegundo y quizás ni eso, antes de reaparecer. Pero su ausencia momentánea perturbaría el campo gravitatorio enviando una onda posible de registrar. Luego los tripulantes traerían evidencias de su viaje.

Si se fracasaba sólo se vería desaparecer el satélite-laboratorio.

—Fin de la trans-dimensionalización, se des-colapsó la función de onda en un 99,476209875498% —dijo suavemente el computador general.

     Todos paralizaron sus movimientos y se enfocaron. No hubo ningún ruido, pero en el cielo no se veía ya rastro del Mekhanes-satélite. Sin ruido y delicadamente había desaparecido. En ese mismo instante, las órbitas de los demás planetas cambiaron iniciando lentamente un movimiento caótico que en algunos años llegaría de nuevo al equilibrio. Todos en la plataforma quedaron consternados. Un frío de horror recorrió a los testigos de la primera señal de la muerte de la humanidad. 

     Después de unos minutos de incredulidad y desconcierto los ingenieros y Thaumasios se acercaron a un amplio locus de discusión, pero un gran silencio inundaba la sala. Todos parecían estar asistiendo a un masivo funeral. El de ellos mismos y el de la misma vida, que por fin encontraría su fin, luego de aparecer hace millones de años.

     El viejísimo Thaumasios H, tan atravesado de mecanismos que parecía un negro insecto mecánico, rompió el silencio:

—Más allá del esfuerzo que hemos realizado, ¿qué posibilidades había de que tuviésemos éxito? Hemos fracasado cientos de veces en el intento de llevar personas fuera del universo…

Y un opaco pero profundo ruido empezó a notarse, una risa sorda y baja iba arrastrándose por el inmenso locus, elevándose y haciendo notar al antes invisible Thaumasios que la emitía. Más temible que nunca se vio a Herakón recogido sobre sí mismo, mirando a los vivos con la feliz certeza de que pronto no lo estarían. Pronto no habría nada vivo en todo el cosmos. El ciego Herakón con una enferma felicidad, moviéndose en las tinieblas de su consciencia, dijo ácidamente:

—Ni siquiera sabemos si existen otros universos. Fue anticientífico apostar la existencia de un cosmos que no sabíamos si existía y que por definición no estaba a nuestro alcance (Herakón había argumentado lo contrario frente a Nimis, mintiéndole sólo por la conveniencia de la meta-corporación).

L, que a pesar de su incompleta preparación había sido invitado a la alta reunión y dijo:

—Lo que es absurdo es pensar que no hay más que este universo. ¿Por qué habríamos de pensar que el big bang sólo puede ocurrir una vez? Si es un fenómeno natural no tendría por qué ser singular.

—En todo caso —dijo pálido el Thaumasios K—, no nos compete resolver el problema de su existencia, sino asumiéndola, la posibilidad técnica de viajar a él.

El casi agonizante Thaumasios H agregó desde la máquina donde estaba incrustado:

—Creo que eso ya ha sido contestado; la nave desapareció, lo que indica que no existe otros universos o que es imposible viajar a él… estamos perdidos.

Este simple e irrefutable argumento sacudió a L que se había equivocado, había mentido a su razón con un sueño y esa mentira había matado a M.

El sabio Hekantokeinos D, cuyo mecánico cuerpo estaba dividido en tres partes, alejadas unas de las otras y de distintos tamaños comentó:

—Eso no determina lo otro, podría haber salido, pero no haber vuelto. También podría haber regresado al mismo lugar, pero no al mismo tiempo, creo es una necesidad del principio de incertidumbre que no tomó en cuenta el técnico L.[1]  

P dijo:

—¿Que la tripulación se encuentra ahora en el futuro y no en otro universo? No hay ninguna evidencia para suponer eso.

Otro agregó:

—No sabemos cómo serán los demás universos, si los hay.

—Yo creo necesariamente que habrán las cuatro fuerzas que conocemos —dijo el técnico L—. Podría haber en ellos otra formulación espacial y organizarse las partículas fundamentales en otras cosas y no en átomos. Pero las partículas más elementales y las interacciones más básicas de la materia deberán existir como aquí —concluyó, pero su lucidez lentamente tomó el control haciéndolo dudar. 

        El Thaumasios Q dijo:

—No hemos nunca podido viajar en el tiempo, cosa que sabemos es imposible y un viaje fuera del universo implica también un viaje en el tiempo. Por ello todo esto fue un sueño, un error. Además, el experimento no sólo esperaba que se viaje fuera del universo, sino que se regrese con éxito; así, si hubiese sido un éxito ya estarían de vuelta. Debemos aceptar que hemos fracasado y aceptar que tampoco podremos intentarlo más.

Asombrosamente la androide Nimis intervino, signo de que ya se desmoronaban las jerarquías de la metacorporación:

—No debería dejarse de intentar, recuerden el caos social que se crearía si se supiese que no hay solución para la desaparición del universo, ninguna estructura de la civilización sobreviviría.

        El benevolente Thaumasios Orf, venido de lejos se dignó contestarle:

—¿Sugiere que sigamos sacrificando vidas?  

La androide Nimis respondió:

—¿Para qué otra cosa podrían ser útiles las vidas?

W preguntó, al notar que ya los niveles jerárquicos se estaban deshaciendo:

—¿Ud. estaría dispuesta a ir en el próximo viaje?

Nimis añadió:

—No veo ningún inconveniente en ello. Ni entiendo por qué alguien se negaría a ello ni la resistencia que mostraron los tripulantes.

W dijo:

—Ud. es un androide sin qualia, sin consciencia y no puede entenderlo, cállese de una vez.

Nimis reclamó:

—Las qualias y la consciencia no existen y si yo no lo entiendo, es porque no hay nada que entender. Lo incomprensible es lo inexistente. Pues la razón solo comprender lo existente. Y si es incomprensible, ¿por qué Ud. lo menciona? ¿Puede Ud. hablar de lo incomprensible?

—La androide cree que todo se puede entender —dijo L aferrándose a la esperanza de que M aún vivía.

—Debemos seguir. Es la única esperanza para que la humanidad pueda sobrevivir —dijo L que de pronto recordó que no había energía para otro intento—, el universo está desapareciendo y si no logramos salir de él, acabará la vida humana —agregó ya incrédulo de sus propias palabras.

        Pero Herakón ya había ganado, éste era su momento y todo lo que pasó era justo lo que había deseado y planeado. Era obvio que L era un falso Thaumasios y sus ideas habían sido torpes errores. Se animó a volver a intervenir, aunque sin apuros ya:

—Las esperanzas o el optimismo no cambian el resultado final y en realidad, ¿qué importa eso? Siempre pensé que era muy primitivo querer conservar la vida humana.

La androide Nimis añadió:

—El ser vivo solo tiene un fin: servir a la vida. Aunque no hace falta el regreso, pueden llevar la información de la molécula germinal al otro universo.

Herakón la interrumpió caminando pesadamente con sus huesos atravesados de metales y su traje lleno de cables hasta el centro del locus de discusión:

—Ni eso hace falta. Si la vida de todos nosotros acabará algún día, ¿qué importa si el universo que sigue está repleto de vida o no? Usemos los recursos para la vida de los actuales habitantes; informémosles de nuestro fracaso e impidamos más nacimientos.

—Sólo sabremos que hemos enviado con seguridad moléculas germinales, si alguien puede volver a decirnos que llegó esa información —añadió casi suplicante L, también atravesado de metales, pero nadie lo escuchó, no era un Thaumasios y debía salir silencioso de la reunión.

—No —dijo Nimis—. Gastaríamos menos energía enviando solo la información de la vida humana a otros universos hasta que alguna llegue a alguno habitable, así sobrevivirá la humanidad… —y enmudeció pues fue bloqueada desde un centro de control.

Herakón rodeado de la atención de los demás Thaumasios agregó:

—Qué absurdo es todo esto... ¿Por qué querer que prosiga la vida humana? Si ha de lograrse, lo que es imposible, no cambia nada para ninguno de nosotros. Las personas morimos al cabo de unos cientos de años, qué importa si después de muertos la humanidad sobrevive o no. Los hombres, que son los que realmente existen, nunca sobreviven. La humanidad es solo una idea abstracta y vacía. La humanidad no existe, solo los hombres existen, la vida no existe, aunque pensemos en ella, solo los seres vivos “son”. Por otro lado, si la vida es posible en otro universo, ésta aparecerá por sí misma. Ese narcisismo humano por persistir no es más que una necedad natural, un atavismo, en que los seres superiores no deberíamos ocuparnos.

Sus irrefutables razones impactaron al poderoso auditorio, ya resignado estoicamente a morir.

     L pensó en M, se impuso creer en el éxito del experimento, pero cada minuto era más difícil creerlo, se le iba cayendo poco a poco esa mentira que con esfuerzos trató de sostener. Y mientras los demás discutían cada vez más acaloradamente, su mente se perdió en unas palabras que pronto estarían en un inútil papel.

M:

¿Qué más podría hacer sino pretender que aún estás? Me siento mientras se pudre la vida en mí…

     En el cielo, el punto que formaba el satélite-laboratorio no se veía más, había desaparecido de nuestro espacio-tiempo. Las múltiples relaciones de sus átomos con los del mundo, que habían empezado en el mismo origen del cosmos y habían durado millones de años, ahora habían cesado.

     Una idea de L para salvar a la humanidad había perdido a M. Y con M se había perdido él. Pues al morir M, el corazón de L también murió. 



[1] Este principio afirma que no se puede determinar, simultáneamente y con precisión, ciertos pares de variables físicas. Este principio fue enunciado por Werner Heisenberg en 1927.

65 NOTAS SOMBRE LA PREHISTORIA 2

 


Un trillón de trillones de años después…

 —Aún pasaron más cosas —prosiguió el Emisario acariciando distraídamente la cicatriz de su brazo izquierdo—, miles de generaciones después, los robots superaron en lucidez a los humanos. Las poblaciones de robots más inteligentes que los hombres desarrollaron una civilización paralela a la nuestra e inventaron la llamada meta-filosofía, que era la explicación final de todo, la explicación del mismo ser, ciencia hecha ontología. Tenía respuestas para todo. Una descripción profunda y fiel del ser de los autómatas, sustituyó a la titubeante y diversa filosofía humana. Para ello, inventaron y usaron miles de nuevas palabras y conceptos, imposibles de comunicarse a los hombres.

     Para cuando esto pasó, ya hacía mucho tiempo que se había disuelto en la nada el viejo planeta Tierra, lugar desde el cual surgió la primera molécula germinal de la que todos descendemos. La descendencia multiforme de esta molécula invadiría pronto todo el cosmos. También hace mucho que se había esfumado la Vía Láctea; de ella sólo quedaron registros de que una vez existió y de que fue lentamente carcomida por agujeros negros. Después de su muerte ya no surgieron nuevas generaciones de estrellas, galaxias negras formaron un universo de elementos pesados y fríos, de una química distinta, que sustituyó la que conocieron los primeros hombres. 

     En estas nuevas químicas evolucionaron nuevos animales orgánicos y también nuevos animales artificiales.

Los millones de especies del planeta original evolucionaron en billones de diversas formas en el cosmos, tan diversas y distintas entre sí, que nadie podría luego notar, su origen común.

La humanidad fue poblando todos los planetas habitables, matando las múltiples civilizaciones que encontró. Esa época de invasión y asentamiento duró un tiempo muy grande. En ese viaje de invasión la vida terrestre halló otras versiones de la molécula germinal, no sólo con otros códigos genéticos y claves químicas, sino conformadas por otra lógica y estructura vital. Pero en ellas aún la perversa y universal característica de la vida: una sustancia haciendo copias de sí misma y acumulando perfección. Pero al encontrarse se inició una competencia entre ellas: antiquísimos linajes de estas moléculas se enfrentaron, no individuos contra individuos, ni especies contra especies, sino versiones de la vida entre sí.

     La raza humana, dio origen a una multitud incontable de razas en el universo, muchas de las cuales decidieron sustituir sus cuerpos por los de máquinas inmortales. Luego, en las siguientes generaciones, empezaron a añadirse más y más rasgos superiores de los autómatas, hasta el punto en que ya no se distinguieron de ellos. Surgieron luego razas híbridas e incluso hubo mundos poblados sólo por máquinas. Fueron épocas en que era imposible distinguir un humano promedio de un robot promedio.

Esas especies se enfrentaron también. Algunas cambiaron artificialmente su composición celular con organelas artificiales inyectadas en sí mismas por voluntad propia o contra ella, haciéndolos capaces de poderes inéditos.

     Así, comenzaron a entrar en melancólica extinción sus ancestros, los primitivos seres humanos del extinto planeta Tierra, condenados a vivir en las regiones olvidadas del cosmos. Y luego sólo existieron como material didáctico o para investigaciones cosmo-paleontológicas.

     Y así, con la vejez del cosmos, millones de años después se apagó la luz de la última estrella y el universo quedó completamente a oscuras. Empezaron también a desaparecer los planetas naturales.

     El Emisario tomó otra pausa en su relato, parecía oprimirse emocionalmente al contarlo. Luego prosiguió:

—Mientras estas batallas se entablaban, la vida mostraba sus extrañas formas en las galaxias. Luego, miles de generaciones después, la tecnología pudo construir los primeros artefactos penta-dimensionales, hechos no sólo de materia y de tiempo sino con una dimensión más; eran artefactos invisibles. Luego vinieron nuevas generaciones de artefactos, con más dimensiones cada vez y con poderes asombrosos. Surgieron de ellos increíbles usos. Los primeros aprovechados siempre en las guerras entre civilizaciones que fueron reduciendo el número de competidores en el certamen por la ocupación del cosmos.

     Luego a los artefactos artificiales se les añadieron capacidades cognitivas y se les denominó animales meta-dimensionales; eran vida artificial invisible. Solo su sombra tetra-dimensional era visible, su intersección geométrica con nuestro mundo. Era casi imposible distinguirlos de los dioses, si no fuera por los ingenieros que los comprendían y manipulaban, muchos de los cuales también eran artificiales…

64 AYAZX, EL OTRO.

 


Un trillón de trillones de años antes…

 Ayazx había escapado, deambuló perdido en lo más remoto de Amil-Urep, que era un planeta-conglomerado casi vacío y desierto, solo lo poblaban unas remotas estaciones en sus zonas más oscuras, con destartalados androides, no había hombres, ni Thaumasios ni técnicos en aquellos tristes lugares por los que ahora deambulaba anónimo Ayazx, que enfrentaba en esas soledades a su nuevo enemigo. Exiliado de sí mismo, quería volver ser el de antes. En lejanas plataformas de producción soñaba con embarcarse en algún trasporte y viajar a otra meta-corporación, total ya era un fugitivo en la suya propia.

     Mirando la lejanía sin fondo ni testigos, Ayazx se desesperaba cuando no podía contener sus ideas y sentimientos. Se pregunta por el mundo que había dejado. ¿Qué había sido de aquel viaje? ¿Estaría M muerto?

Mudamente era visto con sospecha por esa especie de androides baratos, de otras castas de la meta-corporación, sumidos en misteriosas actividades que Ayazx no comprendía. Solo unos días permanecía en esas estaciones, después emprendía camino a otras lo más alejadas de la anterior.

Pero en una de ellas algo lo esperaba. Como espera a cada uno el destino que le es natural.

63 NOTAS SOBRE LA PREHISTORIA

 

Un trillón de trillones de años después…

 ¡Ah, la prehistoria! un mundo saturado de colosales hombres, de feroces generaciones atravesando el universo y el tiempo, engendrándose y pululando en cada resquicio de aquel cosmos intenso.

—En lo más remoto —dijo el Emisario— la raza humana era una especie animal más, en un primitivo planeta. Pero en esa especie apareció por primera vez la razón, un ventajoso medio de supervivencia. La inteligencia le permitía conductas inéditas, era un software anti-software biológico, por ella los hombres podían desprogramar a su capricho instintos y reflejos milenarios. Al principio, la razón multiplicó las moléculas germinales de sus portadores y les dio la victoria frente a otras formas de vida menos cognitivas. Pero después esa misma capacidad, magnificada una y otra vez por la evolución, sacó a la humanidad de la naturaleza, floreció entonces la primera artificialidad. Pudo el hombre ser totalmente libre de sus instintos naturales y hacer todo lo contrario a lo que los animales hacen. A lo que la misma vida hace. Empezó entonces, por primera vez, a desobedecer a la molécula germinal y a la vida. Empezó ahí la libertad y lo artificial. Empezó ahí el más remoto Thecnetos. El hombre y su razón eran el fin y no el medio de un accidente químico-evolutivo. Pero el precio se empezó a pagar pronto. Como desapareció la selección natural, se inició una lenta degeneración genética, nada eliminaba los defectos que la humanidad iba acumulando. El azar crea miles de errores cada generación, la selección natural los elimina, sin ella defectos genéticos, errores de copia, mutaciones y genes sin significado, se añadían unos sobre los otros, envileciendo la molécula germinal. Como un libro que eternamente transcrito y error tras error empieza a delirar y luego ya no dice nada. Así fracasó la primera artificialidad, el primer Thecnetos y el hombre volvió a ser un animal más. Volvió a las formas naturales y triunfaron, como siempre, los individuos más capaces de multiplicarse.

Así, una humanidad irracional, religiosa y prolífica surgió del Homo sapiens sapiens y entraron en extinción aquellas variedades humanas aún racionales.

La lúcida humanidad estaba condenada a la extinción. Pero de pronto logró su carta de salvación: los genes artificiales creado por un remoto y anónimo Thaumasios de aquellas épocas. Este empezó a insertar información genética nueva. Inicialmente sólo para corregir a los genes defectuosos causado por el envilecimiento de la molécula germinal. Pero pronto, para incluir nuevos genes y capacidades. Esto nos hacía cada vez menos humanos. Así fue forjándose el Homo sapiens thecnecies (del arcaico vocablo, Thecnetos que significa artificial). El único cromosoma donde se pudo insertar esos genes fue el cromosoma Y, pues en él una sola copia bastaba para lograr el fenotipo y por la imposibilidad de ponerlos en los demás cromosomas al ser pares y requerir de dos copias sincrónicas, cosa, técnicamente difícil. La inesperada consecuencia de este detalle técnico fue que se fue forjando un dimorfismo sexual cada vez más acentuado. La evolución artificial sólo ocurrió en los individuos masculinos de la nueva especie.

     Eventualmente esta variedad humana semi-artificial extinguió a la irracional. Y la artificialidad ganó la batalla finalmente y tuvo su segundo florecimiento. Ya para siempre.

     Pero las diferencias entre los sapiens thecnecies masculinos y los femeninos todavía sapiens sapiens se iba agudizando, tanto que podían tomarse ya como dos especies distintas viviendo en una desigual simbiosis.

Estas dos variedades humanas se separaron cuando aquel Thaumasios creo la tecnología de androgenotes. Ésta permitía a los hombres modificados genéticamente reproducirse entre ellos y a las mujeres entre ellas. Sólo bastaba unir, en óvulos vacíos, los semi-genomas de dos hombres o dos mujeres. Y hacer los cambios epi-genéticos apropiados.

      Terminó así la necesidad de aquella vieja simbiosis o parasitismo. Se separaron las dos especies y de la competencia evolutiva entre los hombres modificados genéticamente y las mujeres no modificadas, sólo quedo una. Hombre y humanidad ahora eran escrupulosos sinónimos. El Emisario hizo una pausa oprimiéndose en un recuerdo, ¿Él había presenciado personalmente estas eras?

62 INFINITOS FINITOS

 


En otro lugar del espacio-tiempo

 Ya quedaban pocas horas. Nimis viajó a apoyar al ciego anciano Herakón en ciertos cálculos que eran requeridos para ajustar el despegue final. Aprovechó para resolver una duda.

—Disculpe, venerable Herakón, ¿Qué evidencia hay de que en realidad existan otras dimensiones? —preguntó la Androide Nimis—. No hay ninguna experiencia sensorial de ellas.

—Pero ¿Qué sabe Ud. de sensaciones? Las sensaciones no sirven de nada, solo la inteligencia que les dimos sirve —dijo amargo Herakón que deseaba fracasara el experimento en el que se había extenuado trabajando—, por otro lado, no hace falta que Ud. sepa, sólo que los señores de la meta-corporación lo sepan, sólo te lo explicaré para que en adelante nos sirvas mejor.

—De no haberlas, este experimento es en realidad un simulacro y todos moriremos —dijo Nimis.

Herakón la miró con indiferencia, sabía que Nimis podía leer en las micro-gestualidades humanas información que los humanos trataban de disimular, así que se mantuvo inexpresivo.

—Todos menos Ud. Ud, ya está muerta. Pero ¿Qué hay de malo en la muerte? —dijo el hastiado anciano al cabo de unos segundos—. Sólo un primitivo instinto nos hace temer a la muerte, la muerte sólo es no sentir, es volver al estado de antes de nacer. Sin sensación desaparece la consciencia. Pasar a ser nada, y ojalá que en lugar del mundo hubiese nada y no estuviese saturado de torpes y sórdidos seres como Ud. Si tuviese el poder de los Zombis Hekantokeinos, dedicaría la energía remanente a la aniquilación de la humanidad; sólo error y caos hay en este mundo de maldad, un cosmos saturado de irracionales animales es muy cierto, el mundo es como un barco de locos, que cruzan el mundo con fines sórdidos y oscuros, y esclavos de sus sensaciones, dedicados a fines egoístas y oscuros, un universo al revés saturado de una humanidad infame…Pero te lo explicaré, solo porque Ud. está a salvo de ser humana.

La androide Nimis se aprestó a escuchar la explicación.

—¿Recuerda las arcaicas teorías de relatividad y de quántica antes del surgimiento de la meta-filosofía? —preguntó el desganado anciano.

—Sí— dijo la androide Nimis—, por cientos de años se trató infructuosamente de unirlas en una sola teoría.

—Explícalas —ordenó Herakón.

—La relatividad suponía que el mundo era geometría y la cuántica que el mundo era probabilidad —dijo Nimis—, trataron inútilmente de unirlas, pero fue imposible; al unirlas, de las ecuaciones daban cantidades infinitas, una magnitud imposible en el mundo real. Por ello ese resultado era irreal y sin sentido.

—¿Por qué imposible? —preguntó Herakón algo irónico.

—Si hubiese alguna magnitud infinita en la naturaleza, esta ocuparía todo el universo y eso es falso. Incluso no habría espacio en él para el infinito.

—Dado que el universo no está colmado, no existen los infinitos ¿Verdad? —dijo Herakón jugando con Nimis—. ¡Qué tosco mecanismo!, ¡qué primitivo artefacto! —dijo Herakón, pero luego su voz se volvió lenta e íntima—. Pero nosotros también somos torpes mecanismos, artefactos con un fin surgido de un accidente evolutivo sin sentido y con una razón de ser aún más absurda que la suya, fuimos diseñados únicamente para hacer persistir una inerte molécula, incapaces de hacer otra cosa, incapaces de entender o ver el mundo sino a través de esa tarea. No como realmente es. Somos ciegas máquinas químicas y no servimos realmente a nada —agregó Herakón más asqueado de sí mismo que de Nimis—, pero pronto los humanos dejaremos de infectar el cosmos…—dijo Herakón casi conmovido misericordiosamente por la humanidad.

—Escuche —prosiguió retomando el tema—, imagine que somos puntos y vivimos en una línea, y está en un plano. Como sólo podemos ir a derecha o izquierda no habría forma empírica de ver la bi-dimensionalidad de ese plano —agregó Herakón.

—Sí —dijo Nimis—, entiendo.

—Escucha —ordenó Herakón—. ¿El plano dónde está esa línea es finito?

—Sí —respondió Nimis.

—Pero ¿cuántas líneas caben en ese plano?

—Infinitas —respondió Nimis.

—¿Era tan difícil de entender? —dijo Herakón impaciente—. Si los científicos de ese mundo lineal tuviesen una teoría acertada de lo que es el mundo, encontrarían infinitos ¿No?

La androide Nimis en ese momento lo entendió.

—Así es —dijo Herakón más tranquilo—, nosotros vivimos atrapados en un mundo de cuatro dimensiones. Al unir las primitivas teorías de relatividad y cuántica en la meta-filosofía, se revelo la multidimensionalidad del ser, surgieron infinitos, por eso se asumió que esa teoría era un error. Eran infinitos solo en nuestras cuatro dimensiones, pero finito en las 11 dimensiones del mundo real.

—Comprendo —dijo Nimis y notó también que los argumentos de Herakón eran en realidad ajenos, ya había hace un tiempo examinado las teorías del nuevo Thaumasios L que hablaba de esas cosas, pero calló. Herakón aún montaba sin que nadie le creyese, su espectáculo de inteligencia absoluta, y algo en él mismo iba sospechando el embuste. 

—Ahora vete. Ya sabes nuestra evidencia meta-filosófica sobre la existencia real del otro universo.

Nimis se alejó humildemente. Herakón se quedó encerrado en su ceguera rumiando largas y lentas consideraciones.

61 EL OCEANUS ETERNO

 


En otro lugar del espacio-tiempo…

 Cuando esas nubes se desvanecieron en la luz del día, noté que esa inundación no se movía y que enterraba todo el horizonte: era un espejo sin fin, homogéneamente plateado como el cielo. Cuando nuestros pies perturbaban su perfección, causaban ondas que recorrían sin prisa su increíble vastedad. Pensé ese día: “El Oceanus es más quieto y más elemental que el desierto.” También pensé “esta inundación abarca el resto del cosmos”.

     Hubiese reparado en que ese espejo vasto podría por fin darme el conocimiento de mi rostro, pero eso ya no me importaba. Yo ya había olvidado mis antiguas obsesiones, como el hombre de la vigilia olvida los planes y temores del hombre del sueño. Además, un espejo me esperaba en el corazón del Thecnetos, uno mucho más minucioso que el que me daría esa agua semi-material.

Avanzando detrás del Emisario, escuchaba su poderosa respiración la cual era como un eco de la también fuerte respiración de ese etéreo mar.

     Una vez más se extendía delante de nosotros otra despedazada ciudad, como un abandonado campo de batalla. Uno que mostraba demasiado claramente, cuán inútil había sido la victoria de unos y la derrota de otros.

Las construcciones estaban invadidas por el Oceanus; una venenosa y livianísima pseudo-agua la habitaba. Veía por primera vez pozos, charcos, canales. ¿En esta brumosa ciudadela podría morar L o M? ¿Era lógico pensar que éste fuera el transmundo? Noté que era imposible. Quizás había venido a visitar una tumba, bajo un espejo delgado de “agua” helada. Pero ese “agua” sólo era levemente más pesada que el aire, aunque de reflejos metálicos.

     Las ruinas eran muy antiguas y extrañas, diría que mucho más que las numerosas que yo había conocido. Su arquitectura me resultaba aún más ajena: éstas venían desde el desierto y se hundían en la playa, aunque mejor es imaginar que hace miles de años el mar avanzó sobre las ruinas.

     En el interior estático de los edificios, el agua semi-material, vacía de vida, llenaba lo que antes llenaba la fría arena y hace milenios, alguna oscura población.

     En un promontorio de antigüedad geológica nos sentamos el Emisario y yo, rodeados de esa plateada inundación tachonada de construcciones que emergían cada tanto, como un archipiélago de artefactos gigantescos. Arriba, el cielo ya se rompía en todos los colores: era el amanecer de la gran tormenta. El suelo estaba inundado por esa traslúcida liviandad.

     Era evidente que ya habíamos llegado pues el Emisario ya no viajaba apresurado. Sentados en ese paisaje final, de nuevo me miró a los ojos con ese rictus inminente; esa mirada se hundía demasiado profundamente en mí, pero también me hundía peligrosamente a mí en él. Sentía que velozmente podía robar el contenido de mis más escondidos pensamientos y por otro lado, revelarme sin palabras las cuerdas más sensibles que movían su yo interior.

Pronunció más palabras íntimas, tibias como las nubes. Sus palabras me sonaban demasiado cercanas, como si fuera una extensión de mis propios pensamientos.

     Quizás sea cierta esa doctrina filosófica que postula que hay un solo yo en el cosmos, que cada vida es un ojo distinto de un mismo organismo. El Emisario y yo éramos formas simultáneas de un mismo ser.

Un ser a punto de escindirse en dos.

—Mi misión —dijo pausado y contrito— es ayudar a vivir, pero también a morir. Pero ahora por primera vez no he podido obedecer. Así que te traje lo más lejos del Thecnetos que he podido. Aquí quizás el Theos subterráneo ya no piense más en ti y estés a salvo.

El Emisario calló, incapaz de hablar por la presión que se iba acumulando en su garganta.

—Dentro del Thecnetos —prosiguió— hay otro Emisario y busca tu muerte, el Theknos-Herakhón. Él ya es uno con el Thecnetos, pero aquí no ha de encontrarte... Yo partiré para que no te alcancen a través mío… Sería mortal que siga cerca de tuyo.

     Me miró conmovido de mi destino. Y aunque titubeó, decidió regalarme algo antes de partir.

—Todos nacen y viven sin saber qué es el mundo, pero tú lo sabrás —dijo como para que lo perdonara. Sus ojos, que ahora brillaban húmedos, me miraban con un afecto triste e incontenible.

Aguardé sus palabras.

—Te contaré la historia de estas ruinas —dijo débilmente el fuerte Emisario y empezó a narrar el amplio relato de nuestros antepasados, una historia tan larga como había sido su vida, testigo de esa abrumadora eternidad:

—Hace trillones de años, el destino del hombre no tenía los senderos claros que ahora traza el Thecnetos. Los hombres se afanaban en el control del mundo: inventaron y olvidaron muchas realidades, se aniquilaron, desaparecieron y se reinventaron en miles de guerras. Y de nuevo, renacieron en múltiples civilizaciones, poblaron casi todas las galaxias y saturaron casi todas las eras, se perdieron y sobrevivieron a miles de catástrofes cósmicas. Pero cuando empezaron a apagarse las últimas estrellas, los hombres se supieron perdidos y parecía imposible hacer sobrevivir a la humanidad, ante la muerte misma del universo.

     En esta ciudadela, los mejores hombres de aquella generación crearon al Thecnetos para que se embarcara y adentrara en las vastedades de la nada, a donde el hombre ya no podría llegar. Su misión era preservar la vida. Una vez construido el Thecnetos, los últimos hombres cerraron las puertas de esta ciudadela de metal para esperar la muerte que vendría; el protagonismo del hombre había acabado, pero su supervivencia estaba asegurada por fin. Esperaron la corrupción final de su mundo y el comienzo de otro, que no los incluiría. Aquí, debajo de esta etérea agua, está el corazón más antiguo del Thecnetos. Yo, que ya he logrado traerte, debo partir.

     El naranja del cielo se reflejaba en sus ojos y sus cejas se torcían compungidas, me miró como buscándose dentro de mí mismo. Un dedo tibio de su mano buscó un dedo en mi puño apretado.

—Antes te contaré la larga historia de nuestros antepasados —agregó.