jueves, 3 de marzo de 2022

36 VIAJE FUERA DEL UNIVERSO

 


En otro universo, hecho con los mismos átomos…

      M y L estaban en sus interminables obligaciones, acostumbrados ya a sus nuevas labores forzadas en el enjambre múltiple de Plouton y su artificial satélite: el Mekhanes meta-dimensional. Con eficiencia realizaban su labor.

     Plouton flotaba en un punto cualquiera de la oscuridad, era parte de un complejo planetario local. Un invisible sistema planetario que, a semejanza de los demás en el resto del cosmos, carecía de estrella central; su patrón de movimiento era complejo pero regular, describiendo un invisible ballet a oscuras entre las galaxias negras, carcomidas y sin una sola luz natural. Sólo bajo la iluminación artificial —siempre escasa— se movía ese enjambre humano que se agita en él. De las múltiples meta-corporaciones en milenaria guerra, ésta parecía ser la única que experimenta un ensayo de salvación, quizás la única con esperanza. Las enormes instalaciones del experimento abarcaban todo el satélite artificial que flotaba alrededor del planeta. Los preparativos eran numerosos y complejos. El férreo M, junto a Ayazx, Gerontes, Fratedes, Wille, Andros y el resto a una pequeña tripulación, está a punto de intentar un vuelo del que dependía el futuro de la civilización humana: el viaje fuera del cosmos.

Las instalaciones para este inusual experimento llegaron a ser tan grandes que incluyeron ciudades que hacían por completo esa luna flotante. Tomó enormes cantidades de energía la construcción de este Mekhanes, y dada la escasez de anti-entropía el canibalismo energético era práctica común, así que millones de vidas costó ese artefacto. El tamaño de las instalaciones y del instrumental requerido creció aceleradamente. Finalmente, el volumen de esta luna artificial llegó a ser tan masivo, que llegó a comprometer el delicado juego gravitatorio del sistema de planetas naturales; tanto, que los físicos tuvieron que reacomodar artificialmente las órbitas a un nuevo patrón armónico, al crecer el complejo.

     La energía, cada vez más escasa en el universo, fue consumida vorazmente por este proyecto urgente. Hacía unos cientos de años atrás, se había intentado este viaje de ida y vuelta fuera del cosmos, pero sin las urgencias ni carencias de recursos del presente y también sin ningún éxito. Aun así, todos los recursos no usados en las guerras contra las otras meta-corporaciones eran en su totalidad dados a este último proyecto. Una energía escasísima que provenía de todos los puntos del universo bajo control de la meta-corporación, que había decidido consumirse a sí misma en este único y último objetivo.

—En unos minutos probaremos los sistemas laterales, ya se acerca la fecha de partida, técnico M —dijo la androide Nimis—, siga los protocolos MnK773 en el tablero. 

El desmesurado M la escuchó, pero no le respondió.

Fratedes escuchó indignado las inmisericordes órdenes de Nimis.

M sostenía su serenidad con un asombroso esfuerzo, con ella había batallado cientos de veces, pero se iba agrietado su resignación a la muerte; los peligros de esta empresa no eran probables sino ciertos y una vaga náusea nerviosa se encendió en él, a pesar de la titánica contextura emocional del guerrero. Nada es más fuerte que nada.

—Técnico M —insistió la androide Nimis—, tenemos una ventana de cuatro minutos para llevar adelante los protocolos.

M, inmóvil, la miró y dijo:

—Sé que es inútil que le diga esto, pero siento vértigo; podría estar viajando a mi propia muerte en unos días. Deseo saber si hay algún modo de postergar la partida sin perjudicar el proyecto.

La androide Nimis lo miró estupefacta, no podía comprender el significado de lo dicho. La androide Nimis nunca había sentido temor ni temía a la muerte. No podía entender de qué se trataba.

—Usted, como yo, es propiedad de la meta-corporación y no podría ser más útil a su especie sino obedeciendo —dijo la androide.

     Luego callo unos segundos mientras sus sistemas lógicos intentaban comprender las palabras de M, pero términos como: “siento” o “vértigo”, eran incomprensibles a su lógica y es que Nimis nunca había sentido nada y esas palabras vacías de significados para sus sistemas la confundían. Llegó a la conclusión provisional de que los humanos usaban algunas palabras vacías de significado. Aunque esto no fue conclusivo, pues los androides de la meta-corporación eran capaces de auto aprender y de cambiar de opinión.

—Está llegando el técnico L —agregó Nimis—, parece que ha dejado suspendidas sus tareas asignadas para estas horas — informó electrónicamente a la administración central estas irregularidades.

Ayazx y Fratedes miraron entrar desde su altura y fortaleza, la figura triste de L, que a diferencia de Nimis, era perfectamente capaz de entender a su Erómenos.

Los dos enrojecieron. Ninguno podía desobedecer sus órdenes y se obligaban a hacer lo que debían. Tenían solo pocos días más para estar juntos antes del viaje.

—Huir es imposible, sólo nos queda retrasar al máximo la despedida —dice L a su erómenos.

—Debo contarte algo —dijo M a L mirándose las gruesas manos—. No he podido dejar de sentir ansiedad. En especial en las noches me recorre un terrible mareo cuando no hay ningún sonido. Antes no temía morir, pero desde que te conocí temo perder esta vida.

 —Y yo, no quería ser un ser vivo, o sea una máquina hecha por la casualidad, destinada a multiplicar lo banal. Pero ahora, por ti, creo que soy más que un ser vivo y por primera vez una persona.

L se acongojó por su erómenos y le pareció demasiado drástico verlo tan nítidamente y vivo, sabiendo que en unos días no podría verlo. M no sería en ningún lado. Pero le dijo:

—El temor a la muerte está demasiado encarnado en nuestros mecanismos cerebrales y no tenemos más remedio que sentirlo. Pero te aseguro que volveremos a vernos cuando termine el experimento y regreses. Todos nos salvaremos.

—Nunca nadie ha vuelto de fuera del universo —dijo M a su Erastés—, pero sé que debemos nuestra vida a la meta-corporación y si ella nos la pide debemos dársela.

—Además —dijo L— si nos negamos, ella la tomará.

Pero si no logras regresar, si el experimento fracasa, es posible que gran parte del equipo se suicide y yo también. No quiero ser nunca más menos de lo que ahora soy. 

Fría y necia como un hielo, el artefacto Nimis los interrumpió amablemente:

—Es el momento de ingresar los protocolos, técnico M. Ya todo está listo para la prueba. Sé que dejó algunas tareas pendientes que no era razonable dejar esperar. Técnico L, vienen en unos minutos algunos agentes a conducirlo a su locus de trabajo.

M y L se miraron como para dejar algo de ellos en los ojos del otro.

—Antes de la partida te visitaré y te propondré algo —dijo titubeando—, un modo de que sobrevivamos y estemos juntos para siempre, incluso a pesar de que fracase el experimento.

     M lo vio irse mirándolo con emoción. La ausencia de L ahora llenaba todo el espacio del locus de experimentación.

La androide condujo a M y lo acomodo al centro de unos dolorosos artefactos, junto a los demás guerreros.

L se alejó por unos recintos llenos de monitores. Ayazx miro la escena y un nudo de desbordada ira se anudo con fuerza en su garganta.

35 LA CARNE ES MÁS IMPENETRABLE QUE LA PIEDRA



A lo lejos, inalcanzablemente de ahí…

     El Emisario y yo caminamos sin pausa. Pronto entendí que mi final no sería ese día y me alivié. Aunque el Emisario tenía efectivamente por misión mi fin —sin yo saberlo—, no sería ese día ni en ese lugar.

Iniciábamos así un largo viaje.

     ¡Ah, el viaje! Nuestros invisibles pasos forman ahora un invisible collar de recuerdos, una colección etérea que ensarta noches y días, una colección de tiempos, unos oscuros y otros claros, que sólo siguen unidos en mi corazón.

     El solitario planeta aparecía y desaparecía así, mientras yo era arrastrado por el Emisario en un viaje hacia no sé dónde. Quizás ya era tiempo de que yo devolviera mi consciencia al Thecnetos. Ya no podría viajar al soñado transmundo.

     Sólo de vez en cuando, hacíamos paradas. Él no hablaba, pero creo no por mudez, sino por la misma razón por la que nosotros no le hablamos a las piedras del camino. Yo escuchaba su arenosa y fuerte respiración, que se hacía más rápida si estábamos cerca y no sospechaba que el fin de ese recorrido estaba aún muy lejano.

     Mucho tiempo después, ya seguro de sobrevivir al rapto, empecé con dificultad a conjeturar sobre las intenciones de ese viaje, a hacer hipótesis y más hipótesis sobre su naturaleza, mientras el Emisario, callado, avanzaba. En algunas semanas de andar salimos de la esfera que yo ya había explorado. Más allá, lejos, miré al planeta igualmente disperso y siempre en él, la extensión, los secos paisajes, la herrumbre, las avenidas vacías, los proyectos arquitectónicos inconclusos derrumbándose en microscópica caída, la sequía y el vacío. En los extramuros de la ciudad, macizos rocosos, empezaron a sustituir a las ruinas, pero ahora tenía un nuevo paisaje frente a mis ojos: el Emisario, que también observaba esos paisajes.

     Su caminar era tenaz, pero agotado; fuerte pero desapasionado. Había una premura y también una desesperanza en su labor —que era tal vez interminable— y en él me atreví a ver mi propio, aunque más primitivo sentir.

     No era un impostor, como alguna vez pensé, sino un esclavo del Thecnetos y sentí —a pesar de su silencio hermético— cómo átomos suyos que se escapaban, partículas de anhelos y de vacíos que pronto me alcanzaban y me permitían siquiera precariamente, comprenderlo. Al cabo de unos meses desapareció la primera aversión hacia él y la sustituyó una tímida curiosidad. Mi atención se centró primero en su perfección corporal. Su belleza podría describirse como concentradísima y a la vez simple. Su belleza no tenía partes ni estructura interna. Parecía que cada proporción del Emisario fuese absolutamente necesaria. Nada en sus formas sería contingente o casual. Y esas necesarias formas provenían de su relación con la perfección suprema: El Thecnetos.

     Esto era así porque lo relacionaba con ese Theos Hekantokeinos y hablaba de un modo indirecto de él. Esta inexplicable belleza era entonces el único camino para conocer al Thecnetos indirectamente. Pues si no, ¿por qué cierta geometría de piel y carne en el Emisario producía esa intensa, pero ambigua, sensación de gusto y otras no?

     Por eso en ella pensaba continuamente sin hallar respuesta. Pero pronto desapareció en mi mente la motivación de entender al Thecnetos a través de la belleza del Emisario, pues la sensación de perfección espacial parecía ser todo y no contener nada en su fondo, no por estar hueca de contenido, sino por ser ella, el mismo contenido. La tosca hermosura del Emisario era la misma belleza, final y sin justificaciones. Y a pesar de su inutilidad, no dejaba de tener mi atención en ella.

     Debía olvidar mi sueño del transmundo, pero el deber no fuerza las cosas a ser. Al caer la noche, el Emisario caía en el sueño. Entonces podía observarlo muy detenidamente y sin peligro. Noté que, al dormir, era aparentemente tomado, visitado por inmateriales criaturas; su cuerpo era como una fortaleza asediada por antiguos enemigos, hacía tiempo muertos, pero implacables ahora como espectros. Su cuerpo era atravesado por turbadores recuerdos, su boca a veces balbuceaba al silencio que nos rodeaba palabras incomprensibles —cosa que me hizo comprender que no era mudo— Su rostro se torcía en gestos y a veces se levantaba violentamente como si se ahogara en el sueño y aunque su bella corporalidad ya estaba en este mundo al despertar, su mente permanecía unos segundos en el otro universo. Sus ojos apuntaban al cielo nocturno y en ese vacío —que se repetía en sus negras retinas—, parecía que todavía podía ver las formas de sus recuerdos.

Su obligación de Emisario le ocupaba todas las horas de vigilia y noté, en la destreza e indiferencia de sus movimientos, que su labor era estereotipada y tal vez odiada. Yo no lo sabía aún, pero me llevaría a un preciso lugar, un destino mortal que me aguarda al final de este relato. Yo lo miraba asombrado y él me miraba con la misma neutralidad con la que se mira a los escombros o a las nubes, pero siempre con una tenue incomodidad. Andábamos refugiados en nuestras mutuas soledades, pero en realidad solamente yo estaba solo; él se comunicaba con el ubicuo Thecnetos. Pero a veces, una curiosa mirada del Emisario a mi simplicidad, era interrumpida por un rubor y una agitación, en su helada piel.

     De todos los espectáculos que mira el hombre, el más enigmático es sin duda el mismo hombre, pensé, mientras miraba al Emisario.

     Aunque sea abusivo usar la misma palabra: “hombre” para dos seres tan distintos.

Veía sus pasos como perdidos en un laberinto, pero sabía que no era a la deriva su andar, ni que fue un error la entrega de las cartas. Eran operaciones deliberadas. ¿Lo había determinado la inteligencia del Thecnetos o era el proyecto solitario de este hombre omnipotente y hastiado? Detrás de las cartas estaba el Emisario y detrás M y L y su extraño transmundo de libertad, y detrás estaba el Thecnetos y la antigua humanidad que hizo al mundo y luego lo perdió.  ¿Había más personajes de esta serie o ésta acababa sólo en el Emisario? 

He aquí la penúltima carta que me llegó y que no leí inmediatamente:

M. Carta de despedida.

Mi amor por ti es un árbol al que se le empiezan a caer las hojas.

Ahora continúa vivo, incluso creciendo lentamente, pues sólo han pasado unos minutos, tal vez ya una hora, desde que me dijiste que no puedes enredar tu corazón con el mío.

Sin embargo, cómo se demoran las cosas en morir, cómo quieren como niños tercos persistir en su misma forma.

Me ausculto y encuentro ahí, intacta y perfecta como una flor recién cortada, la felicidad que es estar a tu lado, mi convicción de olvidarme completamente del mundo y dedicarme sólo a mirar tus ojos.

Este amor muerto insiste, como un pájaro ciego;

Siento su aleteo y sus golpes en la oscuridad de mi corazón.

Aún persistirá en los próximos días dando sus últimas flores, entibiándose en el sol frío de tu belleza.

Todavía acogerá algún nido y algún pajarito verá la luz bajo su cuidado.

Desde mi madera cansada siento las lejanas y húmedas nubes, cada vez más lejanas.

Las tardes que fueron nuestras, hoy empiezan a ser pasado e incluso esta noche que escribo ya es pasado.

Qué bueno es estar en este pasado, que hoy sólo estés tú y sólo esté yo, dueños de esta fresca y triste noche y que esta intimidad de compartir este minuto sea un precario nosotros.

Todo árbol es ciego y sin embargo se estira con todas sus fuerzas hacia la luz que nunca verá.

El mío creció tanto que se demorará mucho en morir, aunque me hayas dicho (me cuesta escribirlo) que ya no me quieres. No puedo ver el futuro, sólo sé que no debe ser igual de bello que esta última noche contigo.

Qué bueno que sólo han pasado unos minutos, que aún puedo decirte sin dolor que te amo, que aún me hace feliz quererte.

L.

     L y sus incomprensibles palabras de nuevo. Rodeado de ese otro mundo que yo tanto ansié y que ahora se desdibujaba de mi esperanza, como una nube muriéndose, poco a poco, en el atardecer. ¿Existía realmente el mundo de M y L? ¿Estaba en algún lado del planeta? ¿U otro universo, cerrado y ajeno, era en el que moraban esos ambiguos personajes? Quizás M y L eran maestros, y yo estaba en edad de pasar a un estado superior. Quizás este ensayo de curiosidad era un paso de maduración, una metamorfosis; tal vez yo sería una voz de las eternas voces del Thecnetos.

     Pero tal vez fuera cierto que el Emisario era un impostor y un perverso, que el pasado y el Thecnetos eran mentiras y que él había planeado encerrarme en un error en el que pensaba enterrarme vivo. El Emisario entretendría así su solitaria inmortalidad, en una indolente y aburrida crueldad.

Caminando tras él, en los lentos viajes, fantaseaba aún en huir del secuestro y viajar a esas regiones libres del Thecnetos. Terribles ideas me atravesaban:

La inteligencia del Thecnetos existía, sí, ¡pero el Emisario ha inventado a M y a L! Yo los he supuesto, pero sólo por las cartas que él redacta, mejor dicho, que falsifica. ¿Y por qué las falsifica?

A veces, en las tardes naranjas en que nos deteníamos, miraba al Emisario completamente cubierto de polvo y en sus ojos, atravesados de reflejos, presentía un sobrenatural y maligno brillo.

Él tomaba rutas a veces muy largas o enredadas. Con el tiempo, entendí que eludía así atravesar ciertas zonas, por las que el camino sería más corto. ¿Qué habría en aquellos lugares? ¿Acaso algún secreto sobre el Thecnetos que yo no debía saber se podría descubrir allí?

Esa teoría era en realidad muy necia. ¿Qué trascendencia podría haber en lo que supiera o no yo, dado el nivel de impotencia de los seres humanos actuales? 

Podría ser que crecieran allí otras formas de vida, tal vez rebeldes a los ejercicios del Thecnetos. Quizás vida humana; pero en todo caso, yo sabía que no me alcanzaría a mí esa hipotética libertad, jamás.

Ahora les haré una confidencia, probablemente peligrosa: me he cerciorado de que el Thecnetos no satura realmente todo el mundo, que hay zonas donde sus extensiones han muerto y por cientos de años se desocupa de ellas. Puede ser un patio, algún trozo del desierto, los últimos pisos de ciertos edificios. Sé que no es seguro morar en esos puntos muertos, liberados al peligroso azar. También sé que en el polvo que se levanta hasta la alta atmósfera, llega a su fin el control del Thecnetos; sé que el interminable vacío que ahí empieza es indiferente a su dominio.

     El Emisario a veces me indicaba un rumbo para que yo lo recorriera solo y luego se ausentaba por días. ¿Para ponerse en contacto con la inteligencia del Thecnetos en secreto o tal vez él prefería mantener un lejano e impersonal control?

     Yo disfrutaba esos tramos solitarios, libre de mi secuestrador, que me llevaba hasta quién sabe dónde o a quién sabe qué. Caminando en la calmada penumbra, paseaba cerrando los ojos y mi corazón se iba aflojando de sus temores. Era el goce del viento, del frescor... ¡Qué leve!, ¡Qué delicado y delgado era ese sabor en la lejana y despedazada ciudad!

     Y sin embargo, algunos de esos alejamientos del Emisario me llenaron de una rara intranquilidad; empezaba a sentir que algo no cuadraba al no estar él. La redondez de la realidad no parecía completa. Pero, ¿por qué?

La impaciencia por su regreso me desconcertó algunas tardes.

34 ENTRELAZAMIENTO QUÁNTICO

 


En otro amanecer perdido de la totalidad…

      Era la fría madrugada de Plouton, una de las pocas madrugadas que aún quedaban. El viento subía susurrando por los costados de un alto edificio como un felino invisible y cauto.

L llevó a M una carta que al final no entregó:

 

M. Carta de despedida.

Mi amor por ti es un árbol al que se le empiezan a caer las hojas. Ahora continúa vivo incluso creciendo lentamente, pues sólo han pasado unos minutos, tal vez ya una hora, desde que me dijiste que no puedes enredar tu corazón con el mío.

Sin embargo, cómo se demoran las cosas en morir, cómo quieren como niños tercos persistir en su misma forma.

Me ausculto y encuentro…

 

La inmensidad material del planeta era helada y negra. En un alto balcón, como sobre el mundo, M y L compartían el tiempo, que a esa hora toma la forma de fuerte frío, de intimidad y de cansancio. M miraba en el cielo desaparecer una multitud de estrellas y la invasión de ese fuerte azul antes de la venida de la luz.
Y ésa era la secreta felicidad de los dos eromenois: unos pocos minutos uno al lado del otro en la vastedad árida y ansiosa de Plouton.

     Pero esa felicidad era frágil como una delgada cinta de humo, precaria y volátil.  L la quería acariciar, pero tocarla era deshacerla.

La humedad y el frío de alguna manera también eran esa pobre felicidad.

     En esa alta madrugada, ahora tan lejana, L le habló a M acerca del fin del tiempo, ya que los destinos de ambos hombres les prohibían hablar de amor.

El íntegro corazón de M escuchaba las desoladoras teorías de aquel universo sin dios que ambos habitaban.

—Ninguna de esas estrellas que ves existe en realidad —dijo L con los ojos fijos en los reflejos y trasparencias de la mirada de M.

—Explícamelo —dijo M interesado más en L que en sus palabras. Su sólida respiración se turbaba en las proximidades del cuerpo de aquel técnico.

—A la luz —empezó L— le toma un tiempo llegar de un lugar a otro, por eso toda imagen viene atrasada. Las formas siempre llegan un poco tarde. Incluso a ti te veo como eras hace una fracción de tiempo, no como eres realmente ahora. Esas estrellas que están desapareciendo arriba de nosotros ya no existen en ningún lugar. Millones de años han demorado en llegar sus imágenes a nosotros y en ese tiempo esas estrellas se han apagado, dejando sus imágenes viajando a solas en un universo en realidad a oscuras.

M escuchó turbado.

—Dices que sólo veo tu pasado —dijo M pausado y con la mirada completamente pérdida en esa multitud de estrellas— y tú el mío. Eso es como si estuviéramos en realidad solos —dijo y sus cejas se torcieron compungidas.

—Pero podemos suponer nuestros presentes —dijo L—, perdidas en el fondo de esos ecos muertos, en lo más profundo, hay imágenes del mismo origen del universo —agregó.

—Un origen del universo… ¿Cómo pueden decir que hubo un comienzo del universo? —Preguntó M, que pronto dejaría este universo—. ¿Cómo alguna vez fue que nada de esto existió? —Preguntó M que había recorrido y visto miles de galaxias en su vida de guerrero, un enorme cosmos que según decía L alguna vez había sido nada.

Luego de unos segundos agregó confuso M:

—Si había sólo nada, ¿por qué de pronto apareció el universo? ¿Por qué no continuó la nada?

—La nada no está ni permanece —refutó delicadamente L—. Hace 95 786 trillones de años, había algo, una cosa muy distinta a lo que conocemos ahora como “materia”, aquello no tenía extensión ni duración, lo más parecido en nuestro universo a ese “algo” es la nada, pero no era en realidad una “ausencia”.

     M lo escuchó como tratando de perdonar la incoherencia sus palabras. M, como las cosas dormidas, ignoraba lo que ignoraba. 

—Un cambio de estado de ese ente, le dio nuevas características, una de ellas el tiempo y otra el espacio, que empezaron ahí. El ser, es solo uno de sus estados. En ese empezar todo estaba comprimido en el volumen que ocupa una partícula subatómica —dijo L—, en una milésima de segundo, en realidad en tiempo imaginario[1], sufrió una grave inflación y luego violentamente se expandió hasta un volumen cósmico. Y aún hoy se expande y diluye el cosmos cada vez más aceleradamente, como si le apremiase al “ser” del mundo volver a no ser.                           

M miró a L. Había dicho algo tan raro.

—Pero ese universo encerrado en ese estrecho volumen, ¿por qué permaneció quieto y de pronto se expandió? —Dijo enorme y helado M—. ¿Por qué no hacía nada antes?

—En realidad no había un universo comprimido antes, pues en la primera expansión comenzó el mismo tiempo —dijo L—. Antes no había ser.

M preguntó:

—¿Nadie sabe qué originó al universo en ese preciso instante y no en otro?

—En realidad ese origen no ocurrió en el tiempo —dijo L—. Es decir, no había tiempo en el primer momento; de algún modo se podría decir que no ocurrió en el sentido estricto de la palabra ocurrir.

—Pero supongo que había un antes en sentido causal, aunque no temporal —dijo M ya interesado.

—Eso es problemático de imaginar —contestó suavemente L—, mejor es pensar que “aquello” se volvió tiempo y espacio, o sea ser.

—¿Y qué va a pasar en el futuro? —Preguntó M temblando por el frío—. ¿Porque dicen que estos son los últimos días del universo?

—Por qué el Aether está ya muy diluido, la materia pronto ya no existirá, solo tiempo y espacio huecos. Pero mucho antes, en nuestra generación, la humanidad llegará al límite entrópico, un límite que la vida humana no podrá pasar —respondió L.

—¿Qué es ese umbral entrópico? —dijo M atrapado por la curiosidad. M había guerreado cientos de años por innumerables mundos y nunca había visto ese límite.

—Sabrás que hay leyes fundamentales en la naturaleza, ninguna de las tecnologías que usamos los seres humanos en todo el cosmos viola ninguna de esas leyes, la ciencia y la meta-filosofía aplicada no nos permiten hacer nada sobrenatural. Una de esas leyes de hierro es la segunda ley de la termodinámica.

—¿Qué dice esa ley? —preguntó casi susurrándose a sí mismo M.

—Bueno —dijo L—, explica que el desorden aumenta irreversiblemente en el universo. Al inicio todo era orden, la historia del universo es el viaje desde ese orden absoluto hasta el desorden absoluto, ahí donde el universo hallará su fin y el tiempo se detendrá. Ese viaje del orden al desorden es en realidad el mismo origen del tiempo y de su dirección. Pero la vida es orden, la vida acelera el desorden exterior y crea una presión negativa que permite el orden en su interior. Pero ese estado no podrá continuar indefinidamente, en algunos años el caos del cosmos será casi total y no será posible la vida. Pues no será posible desordenar más el desorden, así la vida no podrá ser. Los millones de meta-corporaciones consumen tanta energía que pronto esta no existirá. Ése es el límite entrópico y nuestra condena a muerte en este envejecido universo —dijo L.

—Entonces, ¿por eso dicen que ésta será la última generación de humanos? —preguntó M.

—Sí. Nuestras máquinas sólo pueden aprovechar anti-entropía de la materia no caótica —dijo L— y esta se acabará en menos de lo que dure esta generación. Quedará un eterno universo inhabitable.

—Es por eso que han escapado los animales meta-dimensionales —dijo M comprendiéndolo— ¿Qué pasará después?

—El universo estará en un estado incompatible a cualquier forma de vida por una eternidad.

—¿No hay ninguna posibilidad de que la vida sobreviva a ese límite termodinámico? —Preguntó M—. Es decir ¿todos los esfuerzos que hacemos los hombres para persistir en el tiempo serán vanos finalmente?

—Así es —dijo L mientras sus brazos se helaban—. Por eso este experimento exige tantos sacrificios para salir del universo antes de que esto pase —Concluyó con tristeza—. Y empezar otra vida en otro cosmos.

—Sé que no se puede técnicamente salir del universo —comentó M—, hay rumores de que este experimento es una mentira montada por la meta-corporación para calmar a las poblaciones de los distintos planetas. Todos los iniciados en la meta-filosofía sabemos que el universo es finito pero que nadie puede encontrar sus bordes y que por definición todo está dentro de él. Ese otro universo, si es que lo hay, es inalcanzable. Sé que fuera del universo no hay espacio, ni siquiera vacío, ni tiempo. Se rumorea que tú eres el verdadero responsable y creador de este proyecto que nos enviará a la muerte —agregó estoico y sólido  M.

L, percibió la poca compasión que M sentía por sí mismo. Los guerreros como M eran preparados para reprimir su temor a la muerte por la meta-corporación y a trabajar por las necesidades del resto.

Sintieron el fugaz sentimiento de que, aunque lejos de ese fin termodinámico, ellos ya estaban muertos.

Y efectivamente lo estaban.

M no esperó respuesta, ya había perdonado a L y dijo con voz suave:

—Estabas condenado a crear ese plan que me perderá y a los demás los salvará. Tu desgracia es que solo tú sabes cómo es este universo —dijo M.

—Pero cuando tú salgas de él, no sabré para que “es” —Dijo L culpable.

M aún preguntó luego de un silencio frío:

—¿Tú crees realmente que hay otro universo? —dijo mirando las falsas estrellas con una bella y limpia mirada, enmarcada en las sólidas magnitudes de su rostro.

L mintió para consolarlo:

—Puede ser, aunque encerrado sobre sí mismo e inalcanzable; aunque algunos fenómenos parecen ser trans-universales, la gravedad parece fluir entre los universos y hay una especie de cicatriz en el cielo de una antiquísima colisión entre nuestro cosmos y aquel, la anomalía 234532rwn534k. Por medio de ella podría ser posible la fuga a otro universo, donde la vida podría continuar. Además, es casi seguro que esa fuga ya la han hecho los animales meta-dimensionales antes que nosotros. Si salieron es que había a donde salir. Y es posible que sea como nuestro universo con estrellas y planetas.

—¿Tal vez con vida? —preguntó M tratando de convencerse también él.

—Posiblemente —dijo L—, se piensa que el origen de nuestro universo fue como cuando una ola fornida golpea las rocas y se forman múltiples gotas. Así una de esas gotas encerradas en sí misma es nuestro cosmos. Sería muy raro que sólo una vez naciese un universo, debe haber millones.

El cielo tachonado de estrellas falsas se iba invadiendo de un azul intenso. El rostro de M se veía azul y sus pupilas se atravesaban de esas inexistentes estrellas. La intimidad y la muerte regresaron emocionalmente a M y a L a las regiones más puras y esenciales de sí mismos.

—Es triste —dijo M— saber que no vamos a persistir ni siquiera como especie, no importa que eso ocurra en el futuro. Es aún más triste que la propia muerte, saber la inevitable muerte de toda la humanidad y de la vida.

Ablandado por el frío, L deploró el paso del tiempo.

M balbuceó primero y luego dijo algo raro lentamente, mejor dicho, repasándose a sí mismo las palabras.

—L... —dijo y dejó salir las palabras con una suavidad perfecta—. De repente siento que te quiero.

L se paralizó frente a esas palabras.

Pasaron luego minutos en silencio, con esas palabras flotando en el vacío entre los dos. 

Así, mudos, se miraron quietos y una pequeñísima felicidad se encendió en ellos, rodeada de un universo entero de frío y de tristeza. La belleza de la enfermedad atávica los narcotizaba.

El azul añil de la madrugada iba aclarando sus facciones y gestos en los que estaban escritos sus irrenunciables sentimientos.

L dijo a M muy bajo, casi sin alterar el silencio:

—Fue terrible, pero hermoso que dijeras eso.

—Aún lo siento —contestó con un susurro íntimo M.

L sintió una secreta intensidad, como un eco de esa ola que hizo nacer el cosmos.

Arriba, en el cielo, se borraban las irreales estrellas y la luz artificial iba secuestrando la profundidad.

     Del fondo del planeta Plouton, vino un fuerte viento que golpeó el edificio retumbando.
La poderosa corriente ascendió y los alcanzó con su poderosa fuerza. Y era como si ese fornido viento subiera como un soplo a apagar las últimas estrellas, que como débiles velitas se extinguieron con él.

     Sólo debajo, dos puntos paralelos de intensidad se habían encendido en M y L. Dos puntos entrelazados incapaces ya de separarse o de morir.

 


 

 



[1] Tiempo elevado a la raíz de menos uno: √-1 T

33 EL HOMBRE, UN DIOS MORTAL

 

En un cosmos congelado por la nada…    

Antes de torcer la última esquina un sonido brusco me paralizó: eran unas pisadas duras en los escombros. Debía ser el Emisario. Pensé naturalmente en esconderme y quedarme quieto mientras se iba, ya sin otros planes ni esperanzas.

Pero algo muy poco común pasó.

     Acurrucado en silencio, sentí que el ruido de las pisadas no se agazapaba, como era lo usual. Más bien, las sentía cada vez más fuertes y claras y en unos segundos descubrí que venían hacia mí.

     Atónito, no supe qué hacer al respecto y esperé tras la esquina el increíble encuentro que inevitablemente ocurriría. Demasiado pronto apareció una figura monumental, viva y móvil. Creo que era la primera vez que veía al paisaje moverse; un enorme bulto de la realidad se movía hacia mí. La desmesurada corporalidad del Emisario se estaba delineando frente a mis ojos y lo tuve finalmente enfrente.

     El Emisario, al hallarme, se detuvo a unos metros. Mi corazón palpitaba dolorosamente. Descuidadamente encontré su mirada y él la mía; nunca había cruzado mi mirada con la de ningún otro ser consciente y éste era un fenómeno muy paradójico, un vicioso fenómeno circular semejante a cuando dos espejos se miran frente a frente. Es raro, ya que una consciencia sea consciente de una cosa, pero más raro aún que una consciencia sea consciente de otra consciencia. Eso pasó ese día, cuando el Emisario y yo nos miramos por primera vez en nuestras vidas, hasta ese momento, paralelas.

     Me miró agudamente como haciendo un primer análisis profundo y rápido; era un gigantesco e inocente asesino sobrecargado de grades y pesados músculos, que construían sobre sus gruesos huesos, una altura sobrehumana. Sus ojos estaban pasmados, pero vivos, se remarcaba por su gran tamaño, entre la multitud de escombros. Asintió cansado, como corroborándome acaso reconociéndome. Luego aguzó los ojos, como tratando de escudriñar una duda. Yo bajé la mirada y comprendí que el Emisario era como una de las estatuas del desierto, pertenecientes a esa misma descomunal raza antigua y como una de éstas, se recostó enorme y pesado bajo un monumental dintel. Ahí se quedó inmóvil, como sosteniéndolo. La geometría serena y sólida del edificio era armónica con las líneas que dibujaban con belleza cada parte del Emisario.  Y parecía como si el edificio tuviese secretas proporciones y relaciones con los volúmenes grandes y fuertes de su cuerpo, que al igual que él era ancho y pesado. Pero también noté en la tosca corpulencia del desmesurado gigante, una gastada y bella melancolía.

     Sus manos estaban rojas y su respiración áspera, agitada. El Thecnetos lo había enviado a acabarme. Luego noté una cosa asombrosa, una más terrorífica que la presencia misma del Emisario bajo el dintel: el suelo estaba lleno de escombros y había también mucha luz en esa esquina que usualmente a esa hora quedaba a oscuras. Avancé preocupado. El monumental Emisario no se movió ni un milímetro de su rígida posición, pero seguía con sus profundos ojos mis inseguros pasos. Al doblar el muro, vi un sistema nuevo de escombros. Lo que llamaba mi casa se había derrumbado totalmente después de resistir endeble, millones de años. Recordé las manos rojas del Emisario, su cuerpo extenuado y sentí su mirada insoportable y mortal en mi espalda.

     Sentí el viento jugar en el hueco que dejó mi casa y era como sentir de pronto toda la nitidez de la soledad cósmica.

Empezaba mi fin. El asesino estaba aquí.  ¡Si la desaparición fuera sólo por unos meses! Por sólo miles de años, sería difícil aceptarlo. Pero la desaparición para siempre es una monstruosidad que nunca nos resignamos a mirar de frente. A analizar. Comprender esto tan sólo un segundo nos destroza y por eso nunca lo hacemos, siempre eludimos mirar al eterno final. Lloré ahí por amor a la casa a la que no regresaría nunca y que en realidad no era ni mía, y ni siquiera una casa. Temblé por el significado de esa desaparición y porque la presencia del Emisario era anuncio de la desaparición perpetua de todas las cosas, por la interminable desaparición de mí mismo. Mi muerte interminable venía. No había escape. Una eternidad de vacío me esperaba.

     La belleza violenta del acromegálico Emisario era casi intolerable y nada que escriba podrá dar una idea de ella. Solo una cicatriz en su brazo izquierdo, con algo debajo de ella, empañaba su absoluta perfección. Pero a pesar de la pureza de sus formas y de la limpieza de su expresión serena, el Emisario parecía tener miles de años, quizás cientos de miles. Era la prueba de que era efectivamente un ángelos del Thecnetos, uno que venía a anunciar la muerte, sin prórrogas ni excepciones.

     En la polvareda, indiferente y sólido, estaba el Emisario mirando desde su inmortalidad y su belleza, mi fugacidad y fealdad. Había sido su misión ayudar al derrumbe de la casa, cosa seguramente nada dificultosa para sus titánicas fuerzas.

     Vi que con seguridad era un descendiente directo de la primitiva humanidad, ésa que enfrentó y extinguió todas las otras civilizaciones del universo. Aquélla de la que había degenerado nuestra pobre raza. Llevaba una eternidad al servicio del Thecnetos y estaba construido en el espacio con grandes y bellos volúmenes; las líneas que lo delimitaban emanaban esa belleza y serenidad que las cosas naturales y perfectas tienen. Cubierto íntegramente de polvo no se distinguía de las estatuas de piedra, pero éste era una con entrañas de carne y a diferencia de los gigantes de mármol, sus grandes ojos no estaban ciegos, sino abiertos nítidamente al mundo.

     Su mirada estaba trasparentada de tanto paisaje, desfondada de tanta vastedad. Participaba de una realidad más minuciosa y concreta que la mía; y miraba mi desamparo desde su altura como a un hombre primitivo. Era de la raza que construyó las ciudades que ahora son ruinas, y al Thecnetos. Recordé también que ese titán cansado se comunicaba con él a través de raros aparatos y en ocultos lugares; que administraba el mundo, un mundo millones de veces superior al mío. Lo miré asombrado como si mirara a un dios. Pero este dios estaba a unos metros y respiraba dificultosamente y estaba cubierto del mismo polvo que yo.

     Yo estaba derrumbado como la casa. Había quedado aún más desnudo en un mundo ahora más ajeno.

Entonces, imperceptiblemente, el Emisario, luego de un microscópico titubeo, dejó su inmovilidad escultórica. Primero eran cambios milimétricos, luego noté que empezaba a acercarse a mí. Abrí los ojos de terror cuando por fin noté su movimiento, casi imperceptible al principio. Traté de alejarme, pero en un torpe movimiento de huida tropecé y caí. Al incorporarme, el Emisario ya me había cogido de un brazo y empezó a andar arrastrándome. Tenía la obligación de destruirme también a mí.

     Me puse muy rígido, me aferré inútilmente a unos escombros, me sacudí. Pero de pronto entendí que detrás del milenario Emisario estaba la omnipotente decisión del Thecnetos y entonces me dejé llevar y traté de obedecer sus incomprensibles órdenes. Con terror inicialmente y luego con pasiva resignación, caminé con él a través de las otras casas muertas. ¡Debía despedirme de ellas para siempre! Finalmente, el Emisario me colocó en el hueco que formaban dos muros que se juntaban, parado delante de mí para impedir mi evasión.

Caí sin fuerzas, diminuto frente a sus pies.

     Incrédulo de mi fin, no quise ver cómo manipula unos instrumentos raros y los acomodaba apuntando mi frente, noté los preludios de mi ejecución en su sombra, que también era bella. Vi que ya me apuntaba con aquellos artefactos. Los instantes de espera se hicieron largos segundos y estos dilatadísimos minutos de aterrada y pasiva agonía.

     ¿Qué ocurrió esa tarde destinada a mi muerte? ¿Qué fue esa informe debilidad dentro del Emisario, de común hecho todo voluntad e inmisericorde fuerza? ¿Cómo entendemos una primera sensación sin referentes ni recuerdos? ¿A dónde se desviaba su obediencia de enviado del infinito, que vencía ese amplio y fuerte pecho que ahora respiraba como si le faltara el aire?

Nadie, ni él mismo, lo sabían.

     Luego, milimétricamente, muy despacio, y también incomprensiblemente, el Emisario dejó de apuntarme y el silencio y la calma del paisaje continuó.

     Inmóviles los dos, uno frente al otro, mientras todo lo demás era silencio. Noté ahí un ruido muy leve, pero de algo frenético y poderoso. Tanto era el rígido silencio de ese momento que pude escuchar los agitados latidos del poderoso corazón del Emisario. 

Su rostro de sólidas magnitudes, estaba rojo como sometido a una gran presión y su frente, dibujada con una geometría perfecta, se llenó de gotas calientes. Cogió de nuevo mi brazo, renunciando a su inicial determinación y empezamos a andar.

32 TELÉGRAFO QUÁNTICO

 


 En el remoto fondo del tiempo…

 

—Definiré uno de los aspectos más peculiares de la teoría quántica —dijo la androide Nimis a los enormes guerreros de la meta-corporación, asignados al mortal viaje.

—El entrelazamiento cuántico, también es llamada “principio de no separabilidad”. Significa que dos partículas permanecen ligadas por siempre incluso si son separadas. No importa la distancia, la comunicación entre ellas es instantánea, su destino permanece paralelo por la eternidad. Usamos esta propiedad para poder comunicarnos con otras regiones del Universo instantáneamente, podemos enviar información e incluso energía y materia. Sin este sistema de comunicación cósmica sería imposible el gobierno de nuestra meta-corporación, a la que todos pertenecemos. Esta propiedad es la base del telégrafo quántico.

Los férreos aprendices abarrotaron de preguntas a su tutora mecánica, pero M se había ausentado.

Ayazx se hallaba entre el grupo y dijo a su maestra, acercándole una cápsula con agua.

—El agua que se asignó a la tropa de guerreros sabe muy salada ¿pueden modificarla?

Nimis probó con su sintética boca, de formas perfectamente humanas, el agua que le alcanzo Ayazx, sus artificiales papilas gustativas reconocieron las moléculas de sal, incluso calcularon su concentración con exactitud. Pero no experimentó la sensación de salado que todos tenemos al probarla.

—Informaré a los técnicos que modifiquen la calidad del agua —dijo Nimis.

—¿Y lo salado que está? —dijo Ayazx irónico echando una mirada a la reacción de la tropa.

Identifico la sal perfectamente —dijo Nimis confusa.

—¿Y sientes…lo salado? ¿Sientes algo con ese =)(&)%&/& de plástico—agregó obscenamente Ayazx haciendo reír a la tropa que notó las limitaciones de su profesora.

Nimis hizo un esfuerzo por entender a qué se refería Ayazx, mientras la tropa calmaba su risa. Pero no sabía que significaba sentir.

Pero Ayazx también gustaba un sabor nuevo que no entendía. ¿Qué era esa sensación en él? ¿Era eso la enfermedad atávica?

A cientos de metros más allá otro tipo de aprendizaje sobre el entrelazamiento cuántico se llevaba a cabo también. Esta vez entre dos empleados de la meta-corporación que habían logrado hallarse entre el enredo de la nueva sociedad.

        A pesar del peligro, L buscó a M entre el caos y éste al verlo sólo deseó unirse a él. Tan pronto se vieron y estuvieron cerca, olvidaron las razones que habían tenido antes. Y gastaron el tiempo de esa tensa madrugada, como las otras, intercambiando palabras entre las que pasaba un poco la vida de uno a la del otro.

Para que no quedara nada de uno, fuera del otro. 

 


Entrelazamiento cuántico. No importa cuánto el universo las separe, su ser estará unido y sincrónico la de su par, por la eternidad.

 

31 EL ÚLTIMO VIAJE

 

En otro punto del espacio-tiempo…

      Frustrado de mi ingenua rebelión, dejé de engañar a los Mekhanes para sobrevivir y emprendí el más largo y lejano de mis viajes. Ya resignado a dejarme matar por el omnipotente Thecnetos.

     Cada cosa era ajena a las demás cosas que la rodeaban. Los paisajes de ruinas no tenían fondo. Ya muy lejos vi la tarde arañada de negras y largas sombras. Sentí una vez más esa desazón de estar demasiado alejado y perdido, demasiado anónimo. No saber quién soy ni saber que es esa consciencia que soy. ¿Cómo dejé de ser abstrusa sustancia para ser consciente de la inconsciencia que me rodeaba? Caminar y caminar por esa topografía incesantemente nueva y ajena, por calles que no me conocían y que de inmediato me olvidaban.

        Cosas así me hacían entender que el mundo prescindía de mí, que era extranjero a donde vaya. O a donde regrese. Que estaba inútilmente vivo.

     Sentí en el corazón que yo no participaba de la vastedad, que estaba minúsculo observándola y recorriéndola. Pero para la totalidad que me rodeaba no contaba. Sólo tomaba prestados unos segundos y unos metros y mientras andaba tenía que dejarlos siempre atrás.

     Sentí también esa precariedad que llamamos “la realidad”. Si yo olvidara el camino de vuelta o esa escalera, ese hombre de mármol, ese dintel carcomido de todos los días ya no podría sentir que era yo mismo. Solo por fugaces sensaciones estamos asidos al mundo; un lazo tan débil como hecho de aire. Y sólo eran casualidades. Si me soltaba de ellas, podría perderme. Mi memoria también está hecha de detalles arbitrarios, además de caóticos. Podría esfumárseme un día, despertar y desconocerme, no saber siquiera qué cosas había yo sido antes, ignorar lo que había perdido. Quizás la explicación de que el hombre moderno no sabe nada es más bien que ha olvidado todo. Quizás sólo hace unos segundos yo sabía quién era, qué era el transmundo o el Thecnetos, pero ya no más. Y nunca más.

     Sólo por una vana memoria, colmada de cosas ajenas, suponía que yo estaba aquí y ahora. Sólo por esa cosa que era casi nada, me afirmaba en mí mismo.

     Demasiado lejos había viajado y sentía ese incómodo anonimato como una urgencia creciendo en el fondo de mí. Me sentí como en esas pesadillas en que uno busca su casa y ésta ha desaparecido. Carezco de nombre y de rostro, así que volver a lo que llamaba mi casa me liberaba de este sentimiento, allí quería morir. Esas piedras, esos metales me fijaban en mí mismo por un tiempo, aunque fueran detalles condenados también a desaparecer. Esa angustia me impidió seguir viajando.

     Por eso me apresuré en regresar. Al venir por la calle, reconocí aliviado las primeras ruinas y estatuas en el mismo lugar en donde las había dejado. Pero en el recorrido final, algunas cosas no estaban y me preocupé.