jueves, 5 de abril de 2012

10 LAS ESTATUAS DORMIDAS


En un punto muy remoto de ahí…

     Cansancio de esa tarde en que descubrí que el Thecnetos había decidido matarme. Andar y andar y no sé si al final mis pasos trazan una búsqueda o una huida. El resultado siempre es el cansancio y el regreso ansioso a la cotidianidad de unas construcciones vacías, mi amado pedazo del mundo.

    El camino de regreso siempre lo hacía por una misma calle, aunque la palabra calle es excesiva. Ésta más bien es una cicatriz borrosa, trazada en una especie de enorme mancha en el paisaje. Esa mancha  antes fue una ciudad. Esa “calle” confluía junto a otras en una despedazada plaza circular que estaba llena de estatuas que representaban hombres colosales cargados de artefactos incomprensibles. Esa agrietada plaza oval tenía distintos niveles, producto de algún lejano cataclismo o de algún paciente evento geológico. Así tomaba la forma de una monumental y caprichosa escalera que estaba a medio borrar por esa respiración seca, que era el avanzar y el retroceder del  desierto.

     En ella, decenas de macizos gigantes de piedra estaban dispuestos en distintas alturas y formando una especie de acantilado escultórico de desnudos. Grandes cuerpos de piedra enfrentando un oleaje leve y constante de aire y polvo, en una batalla secreta que llevaba millones de años entablada. Una lucha entre lo duro, lo grande y lo sólido, contra lo liviano, lo etéreo y lo tenue; un enfrentamiento en el que, como en tantas otras cosas, al final siempre ganaba lo tenue. 

     Así, esos titanes de piedra iban desapareciendo y los gestos y actitudes que estaban petrificados en ellos se iban apagando con la suavísima, aunque mortal, caricia del aire.


     Al igual que esas esculturas de piedra, nosotros, los pocos seres humanos engendrados en las entrañas del Thecnetos, somos también entes inertes, desvaneciéndonos mientras paseamos por nuestras cortas vidas. Nuestra única felicidad y acaso deber, es persistir quietos y silenciosos a que pase el tiempo. Somos un pedazo más de la naturaleza y como ella, carecemos de teleología, voluntad o vida.   


11 UN EXPERIMENTO FENOMENOLÓGICO y UN VIENTRE ARTIFICIAL


En lugar más profundo del Aether…

Después de entregar el encargo, M y Ayazx se unieron a los demás guerreros.
     Dadas las permanentes guerras, en unas horas estaban de nuevo en batalla, en un nuevo y exótico lugar de muerte. Habían caído sobre una estación maltrecha, cargada de otros furiosos gigantes, contra los que impusieron su superioridad. Tal era la fuerza de los gigantes y su ausencia de compasión que con un solo golpe podían despedazar una espalda o hundir un cráneo. A golpes también derrumbaban paredes y trincheras. En la triste violencia de esa batalla, M y los demás despedazaron, otra  vez, organismos tan humanos como ellos. Entre los movimientos veloces y furiosos de la lucha, el férreo M, siempre sobrecargado de viril valor, era atacado por otro enemigo, derrotado desde sus adentros cargados ahora de una intranquila pluralidad, hasta ese momento, invisible. Ese día la vería. Lo afectaba una profunda debilidad que empezó a disolver su voluntad, de común férrea. Para desaparecerla, acometía con más fuerza y energía su tarea de asesino de la meta-corporación.
Pero por más que él y los demás, despedazaban más allá de lo necesario a la civilización contrincante, M no podía borrar esa forma que cada vez más claramente se instalaba en su mente. Un ser fuerte y sólido era vencido por algo etéreo y ambiguo, como una gigantesca bestia, enamorándose hasta morir, de una inalcanzable luna.
Solo un par de borrosas imágenes podía recordar de L, pero absorbían su atención sin entender a causa de qué esto pasaba, no importaba cuánto las examinaba y multiplicaba en su mente, no revelaban como era el mundo en que L vivía, ni podían decir más sobre él, L había emergido de su raro mundo unos segundos y se había hundido en él de nuevo, sin dejarse entender. Dejando una duda incómoda en M una opacidad en la nada. Una imperfección en la transparente coherencia de su mundo militar.
     Los feroces y poderosos guerreros, luego de derrotar la gigantesca estación flotante,  organizaron a los prisioneros que no mataron.
    Aprovechando la oscuridad, Ayazx y sus secuaces se apartaron del grupo central e  improvisaron un espantoso certamen.
Escogieron 200 prisioneros, los maniataron y los dispusieron en un espacio abierto, luego compitieron sobre cuál de ellos decapitaba más y más rápido ayudados de un filoso cuchillo. Sonoras risas aderezaron el macabro juego.
     Agotados y felices los guerreros celebraron el triunfo de Ayazx frente la pila de muertos y cuerpos inconscientes, algunos aún móviles.
     Después Ayazx escogió otro prisionero. Lo arrastraron hasta un rincón muy alejado del resto. Mientras sus cómplices lo sujetaban,  Ayazx le dijo con sorna:

“Consciencia es siempre consciencia de algo”.

     Acto seguido le sujetó con violencia la cabeza y le sacó los dos ojos ayudado una herramienta puntiaguda. El prisionero gritaba y lloraba espantosamente. Una vez conseguido esto, Ayazx introdujo una cánula filosa en sus oídos con los que perforó sus tímpanos. El hombre no podía ahora escuchar sus propios gritos, ni suplicas, ni ver a sus torturadores.
     Ayazx ya jadeaba frenético de placer sádico. Sopló en las fosas nasales de aquel hombre un polvo ácido que quemó sus receptores de olfato. Las piernas y brazos de aquel soldado se agitaban de dolor pero eran frenados por los brazos de la pandilla de Ayazx  que los sujetaban con fuerza. Con otros equipos, éste introdujo una cánula en la garganta y de un tirón rasgo sus cuerdas vocales, estaba anulando todos los sentidos de aquel hombre. Cortó su lengua también y repitió jadeando de placer para los demás:
La consciencia es siempre consciencia de algo…para estar vivo tiene que haber  percepción del mundo.
Sus cómplices estallaron en risas macabras.
Sin las cosas inertes que percibimos no estaríamos vivos. La consciencia depende de la  inconsciencia Agrego reflexivo Ayazx
     El prisionero se retorcía desconsolado, ahora ciego, sordo, silencioso, e incapaz de gustar u oler. No sintió que alrededor de él, todos sacaban filudas hojas de metal y cogiéndolo cuidadosamente, empezaron a  sacarle la piel. Sin ella, siguió vivo, respiró en shock entre sus verdugos, que lo obligaron a ponerse de pie y a caminar. 
Y jugaron con él hasta cansarse.
Sin sentidos no hay consciencia, dijo uno con curiosidad es como si estuviese ya muerto, un muerto que camina y respira.
No corrigió Ayazx con un no profundo y calmo—. Está desconectado del mundo, pero aún piensa, sabe dónde está y que va a morirse… y sé que tiene miedo dijo pausado y sobrecargado de nervioso placer. Así lo observaron perfectamente lúcidos de lo que le hacían los largos 25 minutos que aún sobrevivió. 


     Luego, aunque aún estaba vivo, lo dejaron morir a solas en aquel secreto rincón, caminaron a reunirse con el resto de la tropa.


  
U N   V I E N T R E  A R T I F IC I A L

En otro punto del espacio tiempo.

     Pero, como dije, uno de esos vacíos días el Thecnetos envió con su Emisario esa extraña carta y todo cambió. Muchas cosas raras pasaron en aquellos últimos días tristes. El primer suceso singular fue este:
     Me había conectado a un Mekhanes esperando el mantenimiento de mi cuerpo. Pero nada sucedía, más bien sentí que la conexión ahogaba mis carnes inyectándolas una sustancia toxica. Asustado me desconecte. Era la primera señal de que el Thecnetos había decidido eliminarme. De seguro, días antes su Emisario había reprogramado a esa vieja máquina para que me envenene.
     Mi tiempo acababa, para mí el universo terminaría, debía tomarme unos días para resignarme y meditar.
Por cierto, cercano mi último día, relataré, como fue, el primero, y así explicaré la génesis artificial de la raza humana y podré entender su muerte.
     En lo profundo flota —como siempre lo ha hecho— la eterna mente del Thecnetos. Ésta piensa, de tiempo en tiempo en una molécula germinal particular y sus órganos mecánicos hacen ese ADN preciso. Después, con esta molécula germinal  se hace  una persona. Así, el Thecnetos va haciendo hombres al azar, de centuria en centuria. 
     Asi un día el Thecnetos soñó mi molécula germinal. Ésta siempre tiene unos 25,000 genes y numerosas versiones de cada una (alelos). Al azar escogió los elementos de esa complicada molécula, creó una particular combinación de entre trillones posibles, construyendo un armonioso objeto teórico hecho de miles de elementos perfectamente  comunicados y equilibrados entre sí. De inmediato sus millares de manos empezaron a componerla usando los átomos del polvo. La anti-entropía para esta tarea, se tomó de la poquísima energía disponible. Así que mi nacimiento aumentó el casi total desorden. Poniendo, en este proceso, al universo un paso más cerca al caos absoluto. Ese caos absoluto donde por fin, el tiempo se detendrá.
     Así mi molécula germinal fue construida, con su precisa relojería bioquímica, átomo a átomo en el oscuro avernus. Luego en medio de microscópicos artefactos aquella molécula empezó a rodearse de otras moléculas. Esas nano-industrias, miles de veces más complejas que la célula que hacían (en medio de tejidos artificiales y rodeados de sondas), construyeron mi microscópico embrión, que fue germinando y creciendo, rodeado de móviles miniaturas tecnológicas. Mucho después yo ya estaba listo físicamente para sobrevivir, aunque inconsciente y un mensaje se envió al Emisario para que me ayudara a emerger a la superficie. Ahora sé que ese mensaje llegó también a otra región del Thecnetos subterráneo, al Thecnos-Herakhón que aguardaba en la eternidad y que al identificar la estructura determinada de mi ADN (molécula germinal), recordó un pensamiento nocivo y venenoso que se fijó en su mecánica consciencia.
     Así, a través de la densidad del córtex subterráneo, viajaron a mi encuentro, el Emisario y la otra cosa pululante.
     Yo inconsciente y pequeño aún, respiraba entre las máquinas, sin notar que el ente mortal había llegado y acomodaba su compleja estructura en mis cercanías, preparaba así su rutinario y letal procedimiento. Uno de sus múltiples apéndices se acomodaba ya en uno de mis parietales y nueve cánulas empezaron a entrar cruelmente  bajo mi piel. Así que la primera cosa que sintió mi consciencia, ese primer segundo de vida, fue ese punzón metálico y doloroso, provocándome con esa primera sensación, dejar la nada y empezar el vivir. Empecé a ser consciente de que era consciente y del paso del tiempo. Justo en ese momento apareció por primera vez la otra cosa: el Emisario, y esta disputó e intercambió órdenes con el Thecnos-Herakhón, esa fría inteligencia que pululó siempre en las entrañas del Thecnetos y cuyo único empeño es matar la vida. Después de una abstracta lucha, este cedió. Debía esperar un poco más para acabarme. Pero ya había esperado trillones de años y no cejaría en su misión. Y al final vencería.
     Finalmente, inconsciente de lo que pasaba, fui llevado a la superficie del último planeta por el Emisario. En la superficie ya completamente  a solas, empecé a pensar y a vivir. No volvería a tomar contacto directo con ese Emisario ni con nadie más.
     Así del fondo del planeta me sacó un día el Emisario y a él me regresará el día de mi muerte, allí devolveré al Thecnetos mi sensación de que el tiempo pasa. 

13 P A L A B R A S A U N A E S P A L D A


Al otro extremo de un negro abismo…
–Tiene 4 minutos para hablar con Herakón. Por favor sea muy preciso —dijo un androide-qualia (autómatas con consciencia) al técnico  L.
L entró al metálico locus del Thaumasios, que lo espera sentado de espaldas a él en un alto reclinatorio. Atravesado de cables, le habló desde esta arrogante posición siempre de espaldas.
–Técnico Ahelios hemos recibido su descubrimiento de la desaparición de los animales meta-dimensionales y un informe de una pequeña teoría que lo predecía. Es muy inesperado —dijo Herakón desde su superioridad intelectual.
–No soy Ahelios —dijo L inseguro— soy su ayudante L.
Herakón se incomodó terriblemente, este error le restaría valioso tiempo de trabajo de las urgentes actividades en las que se extenuaba. Incómodo se dirigió al androide-qualia:
– ¿Por qué estoy hablando con ese subordinado? Retírelo.
–Al parecer él predijo la desaparición de los anímales meta-dimensionales —dijo el androide-qualia— y tiene una teoría con la que realizó su predicción, sólo él la puede explicar.
Herakón aún de espaldas y distante a L, quedó callado.
Luego dijo impersonal:
–Explíquese.
–He dejado los pormenores matemáticos de mi predicción al androide-qualia, para que Ud. los revise —dijo L con cautela—, al parecer la desaparición de los animales meta-dimensionales significa otra cosa aún más grave…Aunque en realidad es indiferente —concluyó para sí meditando.  
L esperó un comentario o pregunta de Herakón para continuar, pero éste no dijo nada. Luego de un cierto silencio el androide-qualia le indicó con gestos a L que prosiguiese.
–Según mi teoría el universo está pronto a volverse inhabitable, la materia desaparecerá, por eso los animales meta-dimensionales han desaparecido. Nosotros quedaremos atrapados en  un  universo mortal.
El androide-qualia escuchó asustado.
Herakón no contestó nada. Y prosiguió inmóvil, sin voltearse nunca, como si L ya se hubiese retirado, o como si nunca hubiese estado presente. L agregó con voz muy baja:
–Esta será la última generación humana que se pueda sostener en el cosmos…
     El androide-qualia indico a L que la reunión había acabado y este se fue ofuscado. L sintió que había cometido un gran error al molestar al Thaumasios con una teoría tan extravagante y dudosa. Un incómodo bochorno inundó su ánimo.
     Por su lado, Herakón sintió alivio de la retirada silenciosa de L, había desperdiciado irremediablemente aquel tiempo con un funcionario con ideas ridículas. Velozmente empezó revisar la información técnica de la teoría que ya había ingresado por el cableado que traspasaba sus ojos y su cerebro. No demoraba nunca más de unos segundos para que Herakón hallara  contradicciones en los trabajos de los técnicos y los descartara. Pero la teoría que L había dejado asombrosamente parecía no contener ningún error. Página tras página no habían contradicciones o suposiciones vacías. Herakón avanzó hasta las profundidades de aquella rara teoría sin tropezar con ningún error. Pero lo que más turbó a la lucidez de Herakón  fue que tuvo por un momento que esforzarse para entender un detalle de su estructura teórica. Nunca en su vida, que había durado varias centurias, había experimentado esa confusión y jamás había tenido que regresar a leer un párrafo para entender mejor. Debía haber un error, era imposible que pasase. En su cerebro, hecho solo de serenas razones, apareció luego de siglos una impertinente emoción: la desazón.
     Una vez que terminó de estudiar el informe, entendió inmediatamente su significado, luego se reuniría virtualmente con los Zombis Hekantokeinos, últimos responsables de la meta-corporación.
Por otro lado, los  órganos casi artificiales de Herakón no dejaron de notar el humor químico que había expelido L en su locus; lo examinó, eran derivados químicos de feniletilamina y de oxitocina.

     No se debían al nerviosismo típico de los que hablaban con el terrible Thaumasios, Herakón identificó otra cosa prohibida en el cerebro de aquel técnico además de aquella presuntuosa inteligencia. Algo que perdería al dueño de esa ominosa inteligencia. Y que vengaría aquel indebido insulto de lo inferior a lo superior.

33 ENTRELAZAMIENTO QUÁNTICO



En otro amanecer perdido de la totalidad…
    
Era la fría madrugada de Plouton, una de las pocas madrugadas que aún quedaban, el viento subía susurrando por los costados de un alto edificio, como un felino invisible y cauto.
L llevó a M una carta que al final no entregó:
M. Carta de despedida.
Mi amor por ti es un árbol al que se le empiezan a caer las hojas. Ahora continúa vivo incluso creciendo lentamente, pues sólo han pasado unos minutos, tal vez ya una hora, desde que me dijiste que no puedes enredar tu corazón con el mío.
Sin embargo, cómo se demoran las cosas en morir, cómo quieren como niños tercos persistir en su misma forma.
Me ausculto y encuentro…

     La inmensidad material del planeta era helada y negra. En un alto balcón, como sobre el mundo, M y L compartían el tiempo, que a esa hora toma la forma de fuerte frío, de intimidad y de cansancio. M miraba en el cielo desaparecer una multitud de estrellas y la invasión de ese fuerte azul antes de la venida de la luz.
Y ésa era la secreta felicidad de los dos eromenois los pocos minutos uno al lado del otro en la vastedad árida y ansiosa de Plouton.
     Pero esa felicidad era como una delgada cinta de humo, precaria y volátil.  L la quería acariciar, pero tocarla era deshacerla.
La humedad y el frío de alguna manera también eran esa pobre felicidad.
     En esa alta madrugada, ahora tan lejana, L le habló a M acerca del fin del tiempo, ya que los destinos de ambos hombres les prohibían hablar de amor.
El íntegro corazón de M escuchaba las desoladoras teorías de aquel universo sin dios que ambos habitaban.
–Ninguna de esas estrellas que ves existe en realidad —dijo L con los ojos fijos en los reflejos y trasparencias de la mirada de M.
–Explícamelo dijo M interesado más en L que en sus palabras. Su sólida respiración se turbaba en las proximidades del cuerpo de aquel raro técnico.
–A la luz —empezó L—  le toma un tiempo llegar de un lugar a otro, por eso toda imagen viene atrasada. Las formas siempre llegan un poco tarde. Incluso a ti te veo como eras hace una fracción de tiempo, no como eres realmente ahora. Esas estrellas que están desapareciendo arriba de nosotros, ya no están en ningún lado, en realidad no existen. Millones de años han demorado en llegar sus imágenes a nosotros y en ese tiempo esas estrellas se han apagado y disuelto, dejando sus imágenes viajando a solas en un universo en realidad a oscuras.
M escuchó turbado.
Dices que sólo veo tu pasado dijo M pausado y con la mirada completamente pérdida en esa multitud de estrellas y tú el mío. Eso es como si estuviéramos en realidad solos dijo y sus cejas se torcieron compungidas.
Pero podemos suponer nuestros presentes dijo L—. Perdidas en el fondo de esos ecos muertos, en lo más profundo, hay imágenes del mismo origen del universo agregó.
–Un origen del universo… ¿Cómo pueden decir que hubo un comienzo del universo? Preguntó M, que pronto dejaría este universo— ¿Cómo alguna vez fue que nada de esto existió? —preguntó M que había recorrido y visto miles de galaxias en su vida de guerrero, un enorme cosmos que según decía L alguna vez no había estado nada en ningún lugar.
Luego de unos segundos agregó confuso M:
–Si había sólo nada, ¿por qué de pronto apareció el universo? ¿Por qué no continuó la nada?
–La nada no está ni permanece —refutó delicadamente L—. Hace 95 786 trillones de años, había algo, una cosa muy distinta a lo que conocemos ahora como “materia”, aquello no tenía extensión ni duración, lo más parecido en nuestro universo a ese “algo” es la nada, pero no era en realidad una “ausencia”.
     M lo escuchó como tratando de perdonar tanta incoherencia sus palabras. M, como las cosas dormidas, ignoraba lo que ignoraba.                                             
Un cambio de estado de ese ente, le dio nuevas características, una de ellas el tiempo y otra el espacio, que empezaron ahí. El ser, es solo uno de sus estados. En ese empezar todo estaba comprimido en el volumen que ocupa una partícula subatómica dijo L—. En una milésima de segundo, en realidad en tiempo de raíz de menos uno, sufrió una grave inflación y luego violentamente se expandió hasta un volumen cósmico. Y aún hoy se expande y diluye el cosmos cada vez más aceleradamente, como si le apremiase al “ser” del mundo volver a no ser.                            
M miró a L. Había dicho algo tan raro.
Pero ese universo encerrado en ese estrecho volumen, ¿por qué permaneció quieto y de pronto se expandió? Dijo enorme y helado M—. ¿Por qué no hacía nada antes?
En realidad no había un universo comprimido antes, pues en la primera expansión comenzó el mismo tiempo dijo L. Antes no había ser.
M preguntó:
– ¿Nadie sabe qué originó al universo en ese preciso instante y no en otro?
–En realidad ese origen no ocurrió en el tiempo —dijo L—. Es decir, no había tiempo en el primer momento; de algún modo se podría decir que no ocurrió en el sentido estricto de la palabra ocurrir.
–Pero supongo que había un antes en sentido causal, aunque no temporal —dijo M ya interesado.
–Eso es problemático de imaginar —contestó suavemente L—. Mejor es pensar que “aquello” se volvió tiempo y espacio, o sea ser.
– ¿Y qué va a pasar en el futuro?Preguntó M temblando por el frío. ¿Porque dicen que estos son los últimos días del universo?
–Por qué el Aether está ya muy diluido, la materia pronto ya no existirá, solo tiempo y espacio huecos. Pero mucho antes, en nuestra generación la humanidad llegará al límite entrópico, un límite que la vida humana no podrá pasar —respondió L.
¿Qué es ese umbral entrópico? dijo M atrapado por la curiosidad. M había guerreado cientos de años por innumerables mundos y nunca había oído ni visto  ese límite.
–Sabrás que hay leyes fundamentales en la naturaleza, ninguna de las tecnologías que usamos los seres humanos en todo el cosmos viola ninguna de esas leyes, la ciencia y la meta-filosofía aplicada no nos permiten hacer nada sobrenatural. Una de esas leyes de hierro es la segunda ley de la termodinámica.
– ¿Qué dice esa ley? —preguntó casi susurrándose a sí mismo M.
–Bueno —dijo L—, explica que el desorden aumenta irreversiblemente en el universo. Al inicio todo era orden, la historia del universo es el viaje desde ese orden absoluto hasta el desorden absoluto, ahí donde el universo hallara su fin y el tiempo se detendrá. Ese viaje del orden al desorden es en realidad el mismo origen del tiempo y de su dirección. Pero la vida es orden, la vida acelera el desorden exterior y crea una presión negativa que permite el orden en su interior, aunque en el balance general siempre aumenta el desorden. Pero ese estado no podrá continuar indefinidamente, en algunas décadas el caos del cosmos será casi total y no será posible la vida. Pues no será posible desordenar más el desorden, así la vida no podrá ya ser. Las millones de meta-corporaciones consumen tanta energía que pronto esta no existirá. Ninguna máquina podrá obtener energía del universo. Ése es el límite entrópico y nuestra condena a muerte en este envejecido universo. Ya no será posible ningún modo de vida —dijo L.
–Entonces, ¿por eso dicen que ésta será la última generación de humanos? —preguntó M.
–Sí. Nuestras máquinas sólo pueden aprovechar anti-entropía  de la materia —dijo L— y esta se acabará en menos de lo que dure esta generación. Quedará un eterno universo inhabitable.
–Es por eso que han escapado los animales meta-dimensionales —dijo M comprendiéndolo—. ¿Qué pasará después?
–El universo estará en un estado incompatible a cualquier forma de vida por una eternidad.
– ¿No hay ninguna posibilidad de que la vida sobreviva a ese límite termodinámico? Preguntó M—. Es decir ¿todos los esfuerzos que hacemos los hombres para persistir en el tiempo serán vanos finalmente?
–Así es dijo L mientras sus brazos se helaban. Por eso este experimento exige tantos sacrificios para salir del universo antes de que esto pase —concluyó con tristeza. — Y empezar otra vida en otro cosmos.
–Sé que no se puede técnicamente salir del universo —comentó M—. Hay rumores de que este experimento es una mentira montada por la meta-corporación para calmar a las poblaciones de los distintos planetas. Todos los iniciados en la meta-filosofía sabemos que el universo es finito pero que nadie puede encontrar sus límites y que por definición todo está dentro de él. Ese otro universo, si es que lo hay, es inalcanzable. Sé que fuera del universo no hay espacio, ni siquiera vacío, ni tiempo. Se rumorea que tú eres el verdadero responsable y creador de este proyecto que nos enviará a la muerte  —agregó estoico y sólido  M.
L, percibió la  poca compasión que M sentía por sí mismo. Los guerreros como M eran preparados para reprimir su temor a la muerte por la meta-corporación y a trabajar por las necesidades del resto.
Sintieron el fugaz sentimiento de que, aunque lejos de ese fin termodinámico,  ellos ya estaban muertos.
Y efectivamente lo estaban.
M no esperó respuesta, ya había perdonado a L y dijo con voz suave:
Estabas condenado a crear ese plan que me perderá y a los demás los salvara. Tu desgracia es que ahora solo tú sabes cómo es este universo dijo M.
–Pero cuando tú salgas de él, no sabré para que “es” —Dijo L culpable.
M aún preguntó luego de un silencio frío:
– ¿Tú crees realmente que hay otro universo? —dijo mirando las falsas estrellas con una bella y limpia mirada, enmarcada en las sólidas magnitudes de su rostro.
L mintió para consolarlo:
–Puede ser, aunque encerrado sobre sí mismo e inalcanzable; aunque  algunos fenómenos parecen ser trans-universales, la gravedad parece fluir entre esos dos universos y hay una especie de cicatriz en el cielo de una antiquísima colisión entre nuestro cosmos y aquel. Por medio de ella podría ser posible la fuga al otro universo, donde la vida podría continuar. Además, es casi seguro que esa fuga ya la han hecho los animales meta-dimensionales antes que nosotros. Si salieron es que había a donde salir. Y es posible que sea como nuestro universo con estrellas y planetas.
– ¿Tal vez con vida? —preguntó M tratando de convencerse también él.
–Posiblemente —dijo L—, se piensa que el origen de nuestro universo fue como cuando una ola fornida golpea las rocas y se forman múltiples gotas. Así una de esas gotas encerradas en sí misma es nuestro universo. Sería muy raro que sólo una vez naciese un universo, deben haberse originado millones.
El cielo tachonado de estrellas falsas se iba invadiendo de un azul intenso. El rostro de M se veía azul y sus pupilas se atravesaban de esas inexistentes estrellas. La intimidad y la muerte regresaron emocionalmente a M y a L a las regiones más puras y esenciales de sí mismos.
–Es triste —dijo M— saber que no vamos a persistir ni siquiera como especie,  no importa que eso ocurra tan lejos en el futuro. Es aún más triste que la propia muerte, saber la inevitable muerte de toda la humanidad y de la vida.
Ablandado por el frío, L deploró el paso del tiempo.
M balbuceó primero  y luego dijo algo raro lentamente, mejor dicho, repasándose a  sí mismo  las palabras.
–L... —dijo y dejó salir las palabras con una suavidad perfecta— De repente siento que te  quiero.
L se paralizó frente a esas  palabras.
Pasaron luego minutos en silencio, con esas palabras flotando en el vacío entre los dos. 
Así, mudos, se miraron quietos y una pequeñísima felicidad se encendió en ellos, rodeada de un universo entero de frío y de tristeza. La belleza  de la enfermedad atávica los narcotizaba.
El azul añil de la madrugada iba aclarando sus facciones y gestos, gestos en los que estaban escritos sus irrenunciables sentimientos.
L dijo a M muy bajo,  casi sin alterar el silencio:
–Fue terrible, pero hermoso que dijeras eso.
–Aún lo siento —contestó con un susurro íntimo M.
L sintió una secreta intensidad, como un eco de esa ola que hizo nacer el cosmos.
Arriba, en el cielo, se borraban las irreales estrellas y la luz artificial iba secuestrando la profundidad.
     Del fondo del planeta Plouton, vino un fuerte viento que golpeó el edificio retumbando.
La poderosa corriente ascendió y los alcanzó con su poderosa fuerza. Y era como si ese fornido viento
subiera como un soplo a apagar las últimas estrellas, que como débiles velitas se extinguieron con él.

     Sólo debajo, dos puntos paralelos de intensidad se habían encendido en M y L. Dos puntos entrelazados incapaces ya de separarse.

35 VIAJE FUERA DEL UNIVERSO


En otro universo, muy distinto hecho con los mismos átomos…

     M y L estaban en sus interminables obligaciones, acostumbrados ya a sus nuevas labores forzadas en el enjambre múltiple de Plouton y su artificial satélite: el Mekhanes meta-dimensional. Con eficiencia realizaban su labor.
     Plouton flotaba en un punto cualquiera de la oscuridad, era parte de un complejo planetario local. Un invisible sistema planetario que, a semejanza de los demás en el resto del cosmos, carecía de estrella central; su patrón de movimiento era complejo pero regular, describiendo un invisible ballet a oscuras entre las galaxias negras, carcomidas y sin una sola luz natural. Sólo bajo la iluminación artificial —siempre escasa— se movía ese enjambre humano que se agita en él. De las múltiples meta-corporaciones en milenaria guerra, ésta parecía ser la única que experimenta un ensayo de salvación, quizás la única con esperanza. Las enormes instalaciones del experimento abarcaban todo el satélite artificial que flotaba alrededor del planeta. Los preparativos eran numerosos y complejos. El férreo M, junto a Ayazx, Gerontes, Fratedes, Wille, Andros  y el resto a una pequeña tripulación, está a punto de intentar un vuelo del que dependía el futuro de la civilización humana: el viaje fuera del mismo cosmos.
Las instalaciones para este inusual experimento llegaron a ser  tan grandes que incluyeron ciudades que hacían por completo esa luna flotante. Tomó enormes cantidades de energía la construcción de este Mekhanes, y dada la escasez de anti-entropía el canibalismo energético ya era práctica común, así que millones de vidas costó ese artefacto. El tamaño de las instalaciones y del instrumental requerido creció aceleradamente. Finalmente el volumen de esta luna artificial llegó a ser tan masivo, que llegó a comprometer el delicado juego gravitatorio del sistema de planetas naturales; tanto, que los físicos tuvieron que reacomodar artificialmente las órbitas a un nuevo patrón armónico, al crecer el complejo.
     La energía, cada vez más escasa en el universo, fue consumida vorazmente por este proyecto urgente. Hacía unos cientos de años atrás, se había intentado este viaje de ida y vuelta fuera del  cosmos, pero sin las urgencias ni carencias de recursos del presente y también sin ningún éxito. Aún así, todos los recursos no usados en las guerras contra las otras meta-corporaciones eran en su totalidad dados a este último proyecto. Una energía escasísima que provenía de todos los puntos del universo bajo control de la meta-corporación, que había decidido consumirse a sí misma en este único y último objetivo.
–En unos minutos probaremos los sistemas laterales, ya se acerca la fecha de partida, técnico M —dijo la androide Nimis—, siga los protocolos MnK773 en el tablero. 
El desmesurado M la escuchó pero no le respondió.
Fratedes escuchó indignado las inmisericordes órdenes de Nimis.
M sostenía su serenidad con un asombroso esfuerzo, con ella había batallado cientos de veces, pero se iba agrietado su resignación a la muerte; los peligros de esta empresa no probables sino ciertos y una vaga náusea nerviosa se encendió en él, a pesar de la titánica contextura emocional del guerrero. Nada es más fuerte que nada.
–Técnico M —insistió la androide Nimis—, tenemos una ventana de cuatro minutos para llevar adelante los protocolos.
M, inmóvil, la miró y dijo:
–Sé que es inútil que le diga esto, pero siento vértigo; podría estar viajando a mi propia muerte en unos días. Deseo saber si hay algún modo de postergar la partida sin perjudicar el proyecto.
La androide Nimis lo miró estupefacta, no podía comprender el significado de lo dicho. La androide Nimis nunca había sentido temor ni temía a la muerte.
–Usted, como yo, es propiedad de la meta-corporación y no podría ser más útil a su especie sino obedeciendo —dijo la androide.
     Luego callo unos segundos mientras sus sistemas lógicos intentaban comprender las palabras de M, pero términos como: “siento” o “vértigo”, eran incomprensibles a su lógica y es que Nimis nunca había sentido nada y esas palabras vacías de significados para sus sistemas la confundían. Llegó a la conclusión provisional de que los humanos usaban algunas palabras vacías de significado. Aunque esto no fue conclusivo, pues los androides de la meta-corporación eran capaces de auto aprender y de cambiar de opinión.
–Está llegando el técnico L —agregó Nimis—. Parece que ha dejado suspendidas sus tareas asignadas para estas horas —E informó electrónicamente a la administración central estas irregularidades.
Ayazx y Fratedes miraron entrar desde su altura y fortaleza, la figura triste de L, que a diferencia de Nimis, L es perfectamente capaz de entender a su Erómenos.
Los dos enrojecieron. Ninguno podía desobedecer sus órdenes y se obligaban a hacer lo que debían. Tenían solo pocos días más para estar juntos antes del viaje.
–Huir es imposible, sólo nos queda retrasar al máximo la despedida —dice L a su erómenos.
–Debo contarte algo —dijo M a L mirándose las gruesas manos—. No he podido dejar de sentir ansiedad. En especial en las noches me recorre un terrible mareo cuando no hay ningún sonido. Antes no temía morir, pero desde que te conocí temo perder esta vida.
 –Y yo, no quería ser un ser vivo, un organismo, ósea una máquina hecha por la casualidad, destinada a multiplicar lo banal. Pero ahora, por ti, creo que soy más que un ser vivo y por primera vez una persona.
L se acongojó por su erómenos y le pareció demasiado drástico verlo tan  nítidamente y vivo, sabiendo que en unos días no podría verlo. M no sería en ningún lado.
Pero le dijo:
–El temor a la muerte está demasiado encarnado en nuestros mecanismos cerebrales y no tenemos más remedio que sentirlo. Pero te aseguro que volveremos a vernos cuando termine el experimento y regreses. Todos nos salvaremos.
–Nunca nadie ha vuelto de fuera del universo —dijo M a su Erastés—, pero sé que debemos nuestra vida a la meta-corporación y si ella nos la pide debemos dársela.
–Además —dijo L— si nos negamos a dársela, ella la tomará.
Pero si no logras regresar, si el experimento fracasa, es posible que gran parte del equipo se suicide y yo también. No quiero ser nunca más menos de lo que ahora soy. 
Fría y necia como un hielo, el artefacto Nimis los interrumpió  amablemente:
–Es el momento de ingresar los protocolos, técnico M. Ya todo está listo para la prueba.  Sé que dejó algunas tareas pendientes que no era razonable dejar esperar. Técnico L, vienen en unos minutos algunos agentes a conducirlo a su locus de trabajo.
M y L se miraron como para dejar algo de ellos en los ojos del otro.
–Antes de la partida te visitaré y te propondré, aunque esté prohibido —dijo titubeando—. Un modo de  que sobrevivamos y estemos juntos para siempre, incluso a pesar de que fracase el experimento.
     M lo vio irse mirándolo con emoción. La ausencia de L ahora llenaba todo el espacio del locus de experimentación.
La androide condujo a M y lo acomodo al centro de unos dolorosos artefactos, junto a los demás guerreros.

L se alejó por unos recintos llenos de monitores. Ayazx miro la escena y un nudo de desbordada ira se anudo con fuerza en su garganta.