domingo, 19 de junio de 2022

79 AJEDREZ CONTRA EL THECNETOS

 



Un trillón de trillones de años después…

 

Yo, en esas profundidades, recién hallaba la explicación de mi existir o, mejor dicho, la justificación de mí no existir. Yo mismo dormía en esta mente vacía que llamamos Thecnetos; así yo era inmortal, pero el que pasea y elucubra estos monólogos es volátil y fugaz. Mi otro yo es eterno y sólido, mientras que este es arremetido y vencido por las colosales fuerzas del último planeta. La humanidad alcanzó la vida eterna y nada la vencerá, como prometieron todas sus religiones, como intuyeron todos sus dogmas. Una inmortalidad a la que ya tendía esa primera molécula germinal en aquel mar primitivo donde nació, antepasada de aquellas millones de moléculas que juntas hicieron esa galería bizarra y agotadora de hombres y guerras. Seres que vivieron, amaron, sufrieron, soñaron y que luego dejaron de ser, perpetuando sin saber esas inertes moléculas. Uno de sus mejores inventos fue la consciencia humana; el miedo a la muerte, un viejo truco insertado por su evolución para hacerla persistir. Ahora esa ciega molécula ha logrado su último anhelo o, me corrijo, su natural devenir, vacía de intención: lograr su eterna replicación. Pero, entiéndase bien, la vida no tiene fines sólo consecuencias. Así como un planeta encuentra su órbita regular y en ella se queda eternamente, la vida después de buscar por millones de años encontró su sobrevivencia, su camino a la eternidad, el Thecnetos, y ahora nosotros sobramos.

   Ya no le hace falta más la consciencia, ni los humanos, por eso he de perderme y al Thecnetos no le incumbe salvarme. Ese milagro de que la cruda materia cobre conciencia sólo fue un incidente en la historia natural, innecesario en el nuevo contexto histórico-evolutivo de la materia; mi vida es ahora una abandonada herramienta más, de las múltiples que desplegó tenazmente la molécula germinal, en su “anhelo” de seguir adelante. Vida y consciencia —lo estaba entendiendo— no son lo mismo. Me sentí apesadumbrado por estas verdades, por la evidencia de una explicación para mi condición humana y en última instancia, para mi condición de ser vivo. ¡Una condición atroz!

     Atrapado y frente al infalible Theknos-Herakhón, deseé salir de mi encierro material, escapar de mi naturaleza, ser como soñaron algunos hombres del pasado: un ser trans-biológico, liberado de ese fatalismo natural, desobedecer mis propios programas construidos en millones de años de evolución, rebelarme a este nuevo instrumento de la horrible vida: el Thecnetos. Pero revelarse contra nuestra condición es revelarse contra toda la profundidad misma del pasado que nos ha causado y nos explica. Haría falta —pensé— arrancarme a mí mismo, de mí mismo para ser libre. Cerré los ojos conmovido y una lágrima fría rodó por mi mejilla, y luego flotó en la oscuridad, mientras yo apretaba los puños.

     Era duro entender qué era el Thecnetos y entender qué es la vida. Es duro saber que un efecto no puede rebelarse contra su causa sin perderse a sí mismo.

Puse mi mano en mis ojos como cubriéndome la vista; un llanto silencioso me apretó la garganta.

—Ha llegado el final… Deja de pensar —susurró mortal Theknos Herakhón —, devuelve tu vida al Thecnetos.

—¿Eres tú el Thecnetos? —pregunté.

—No, pero —respondió el múltiple y artificial Theknos-Herakhón— soy su constructor y su esclavo.

—El Thecnetos no ha determinado mi fin. Tú lo has decidido.

—Sí —dijo—, elegí piadosamente lo mejor para ti, dormirás con la eterna humanidad que cuida el Thecnetos. Mi misión es impedir la vida orgánica, como la del Emisario es conservarla. Ni él puede dejar su labor ni yo la mía o el Thecnetos se perderá. Pero nada se acabará. No temas.

—¡No! —grité aferrándome a la vida.

—No hay razón para tu deseo de persistir —respondió Herakhón—, ni hay razón para que hubieras nacido otros. Tu ADN nunca morirá.

—¿Si yo te diera una razón me dejarías? —pregunté a Herakhón que estaba hecho sólo de razón.

El Theknos-Herakón calló. Acostumbraba escuchar esos ruegos y tretas en los hombres que, hacia morir, era su única tarea en la soledad de su eternidad.

—Sí —dijo—. Todos la buscan antes del fin. Pero no podrás hallar esa razón. Pues la vida carece de sentido. Te diré más: la vida en realidad no existe, es solo un prejuicio de nuestra mente, no hay cómo distinguirla de los demás fenómenos físico-químicos del ser. Todos nacen creyendo que hay algo especial en la vida, pero no. Todos nacen temiendo a la muerte, pero no hay nada que temer. Como ves, los hombres nacen condenados a no entender el mundo. Es un acto de caridad con el cosmos acabar con la vida de un niño que nace ciego, y los hombres nacen todos irracionales, es decir ciegos. Yo antes fui humano, pero ya me curé de serlo, ahora soy un ente lógico en las vísceras del Thecnetos. No tengo cuerpo ni forma. Sólo la coherencia de la razón me conforma. Si por ella me detienes, me detendré. Pero será imposible. La vida carece de sentido y por lo tanto de razón —concluyó invencible.

78 DOS PALABRAS DESDE EL OTRO LADO DEL COSMOS

 


 

Un trillón de trillones de años antes…

 

L salió del grupo para recibir la comunicación privada de M; sabía también que sería la final.

En la soledad de su locus leyó sobre un monitor estas últimas palabras:

Te amo

 

     Los dos puntos más distantes jamás antes comunicados ahora tenían una breve simultaneidad, que pronto se esfumó, dejándolos separados irremediablemente.

     Delante de la androide Nimis, como si estuviese solo, L se partió al primer contacto con esa separación definitiva. La humedad nubló sus carcomidos ojos, mientras su cuerpo atravesado de heridas caía sobre el suelo del locus. Sus miembros empezaron a tensarse y lastimarse. Era insoportable para L estar en sí mismo durante esos primeros segundos arrancado de M.

     La androide Nimis lo miró perpleja. Toda su existencia había observado en los humanos conductas inexplicables como éstas. Ahora sabía que correspondían a algo que ellos experimentaban, pero que no podían comunicar. Algo que existía: sensaciones y consciencia.

La androide Nimis era un ser cognitivo, pero carecía de yo. Pero los dramáticos gestos de L incitaron de nuevo su interés sobre el tema.

Finalmente, no pudo reprimirse y habló:

—L, quiero saber qué ocurre cuando alguien dice “sentir”.

L, atormentado, la miró con asombro. Apretando su cara con todas sus fuerzas contra el piso, como buscando algo de comprensión en la fría percepción de la inerte androide, respondió:

—Siento un intolerable dolor, como si todo el universo fuera dolor, Nimis —dijo L, que olvidaba lo vacía que estaba la inteligente máquina.

—¿Qué está ocurriendo cuando dice dolor? —preguntó la  androide—. ¿Qué es eso que llama dolor? Yo, si mi cuerpo se acerca a un objeto que lo daña, tengo sistemas que me informan que debo cuidarme o retirarme. ¿Eso es el dolor?

—No, eso no es —respondió afligido L que era todo él, dolor y consciencia del dolor.

—Pero, ¿qué es? —pensó Nimis mientras aguzaba sus sentidos en escrutar el dolor de L.

Pero Nimis, mirándolo acuciosamente, no podía de ningún modo ver el dolor.

Mientras las dos palabras venidas del fondo del cosmos se apagaban en el monitor:

 

 

Te amo.

77 THEKNOS HERAKHÓN

 



Un trillón de trillones de años después…

 

 Por el enredo de formas subterráneas, el Mekhanes monstruoso, llamado Theknos Herakhón, me alcanzó. Había aguardado cada segundo de su vida subterránea para darme muerte.

     Primero sentí el murmullo mecánico de miles de partes mecánicas avanzando alrededor mío, después sentí la delicada articulación de sus múltiples partes.

     Vi entre la penumbra que de ese caos se formaba un gran y múltiple Theknos. Era el otro Emisario, el Theknos-Herakhón ensamblándose y levantándose delante de mí desesperanza. Sin saberlo, yo había caminado hacia él, que me esperaba paciente y mortal. El Theknos-Herakhón era un Mekhanes consciente, el guardián del Thecnetos y su antiguo constructor, el Thecnetos era su monstruosa telaraña, una interminable casa donde se perdían los hombres pero que guardaba como un vientre gastado y muerto la esencia de la humanidad. Alguna vez había sido humano y parte de esa nebulosa humanidad que construyó el último planeta. Había vivido trillones de años en el Thecnetos haciéndose cada vez más artificial. Del hombre que una vez fue, sólo quedaba la mente, la razón y lógica en su estado más puro; y también más perfecto, luego de trillones de años de morar y adaptarse en lo artificial.

Pensé melancólico: Puedo pensar mientras muero…

—Pronto dejarás de pensar —dijo el mortal Theknos-Herakhón.

—Antes quiero —dije rogando— tomar algo del Thecnetos. No quiero irme sin respuestas.

Herakhón dijo:

—¿Para qué quieres respuestas sólo unos segundos antes de que las pierdas todas?

Pero igual interrumpí desesperado:

—¿Por qué debo morir? ¿Por qué mi vida fue así? —pregunté al Thecnetos que hablaba a través del Theknos Herakhón.

—No desaparecerás, hay una humanidad congelada entre estas vísceras mecánicas, tú también estas ahí —habló Herakhón—. La vida, no desaparecerá.

        La vastedad de la humanidad me rodeaba dormida entre el cableado y los escombros, no la vastedad de una sola generación, todas las generaciones humanas existían aquí, las habidas y las posibles, latentes, potenciales. Así salvaba el Thecnetos a la raza humana: manteniéndonos ad aeternum no individuos que sólo somos efímeros accidentes. El Thecnetos conservaba la esencia subyacente a toda la humanidad: un acervo genético que potencialmente podría servir para llenar el mundo en un solo día, si así el Thecnetos lo determinase, si fuese necesario… Pero ya nunca más sería necesario.

—Pero… ¿Por qué salva cosas y no a nosotros? —dije revelándome entristecido al Theknos Herakhón.

     Herakhón me respondió que hace milenios, cuando llegó el límite entrópico, el Thecnetos en su lucha contra la extinción humana, había usado estrategias cada vez más eficientes para conservar la vida: primero, conservó poblaciones, pero pronto sólo células; fríos cultivos celulares en los que tácitamente estamos todos nosotros. Luego sólo las moléculas germinales de las que podían deducirse esas células. Al fin y al cabo, la existencia de esos recipientes llamados individuos sólo tenía sentido para perpetuar esas moléculas. Los individuos sólo eran la estrategia tramada por esas moléculas para seguir siendo; envases momentáneos para el viaje de las moléculas germinales a través de las generaciones.

—¿Rumbo hacia dónde? —pregunté.

—A la eternidad que es el único lugar a donde va la vida —respondió el Theknos-Herakhón.

—¿Eternidad? Pero pronto no habrá futuro. No habrá tiempo.

—Y por eso la vida es absurda. El Thecnetos es una maquina sin sentido también.

Pero esas moléculas eran frágiles. Hace billones de años el Thecnetos llegó a la conclusión de que era más eficiente preservar una representación simbólica de esas moléculas, dado que sabía que ellas mismas no importaban tanto como la información que contenían. Por eso hace mucho dejó de palpitar la última vida orgánica, desaparecieron las moléculas germinales y persistió desde ese momento un código simbólico de la vida, información en diversos materiales y con diversas nomenclaturas, sólo conocidas por el Thecnetos. La vida humana, que es estructura y no sustancia, pudo así remontar cualquier sequía, cualquier avatar del cosmos; así volvimos invulnerables a la humanidad a cualquier radiación, a cualquier temperatura a cualquier estado del ser, incluso a la muerte del tiempo. Así una abstracta humanidad pudo viajar en el espacio sin límites de distancia o de tiempo y así ciertamente lo hizo, mientras morían las oscuras galaxias. No sólo en el espacio fue largo y lejano el viaje, también lo fue en el tiempo; así ha llegado a estos albores finales del tiempo a donde parecía imposible que llegase.

—¿Por qué entonces nací? —pregunté.

—Solo para verificar que esa información sirve para hacer humanos, solo por eso nacen al azar los humanos. Pero nadie más deberá nacer después que ti. En el Thecnetos sobrevivió la humanidad al límite entrópico, pero estamos cerca a otro, el mismo límite del tiempo. La vida orgánica no tendrá de qué mantenerse, pues se acabará el último combustible que la sustenta, llegará el más absoluto y puro caos y los relojes dejarán de avanzar; incluso se les será imposible retroceder. Por eso el Thecnetos mantiene una cada vez más escasa humanidad. Pronto sólo mantendrá la vida y no a sus inútiles recipientes y ésta bien que se así, pues la vida es el fin y los hombres el medio —concluyó.

     Por eso yo puedo recorrer y recorrer el planeta sin hallar a nadie ni nada semejante a lo que antes se llamaba humanidad —pensé comprendiéndolo— y sin embargo soy parte de una raza inmortal, infinita, pero también inconsciente. La humanidad es ahora un eterno durmiente que sólo rara vez abre los ojos para verse a sí misma, intenta comprenderse y luego los cierra de nuevo, sin lograrlo. Yo ahora recién lo entendía, pero el Emisario ya había repasado hasta el cansancio estas verdades; era un hombre enfrentado al conocimiento absoluto de su propio destino, un hombre que había desenmarañado su propia explicación, un hombre inconforme quizás con esa explicación y que conocía día por día su futuro.

76 TRANSMISIÓN

 


Un trillón de trillones de años antes…

 La androide Nimis colmada de dudas sobre el yo, entró abruptamente al locus de L. Lo halló en medio de sus equipos de trabajo, atravesado por el equipo de mantenimiento y bajo una multitud de llagas y de cuerpos extraños; estaba irreconocible y su penosa respiración se oía debajo del instrumental. Visto entre el equipo de soporte, tenía la apariencia de alguien que hubiese caído a un acantilado pedregoso, y hubiese quedado atravesado de caprichosos objetos, lleno de fracturas, en una incómoda posición.

La androide  Nimis dijo:

—Hay una comunicación de un sistema muy lejano; ha tomado varios meses su retransmisión. En unos minutos se hará pública en la asamblea general de Thaumasios. Se le ordena que vaya. Es de suma importancia.

 

L se inquietó y dijo con una voz que era un murmullo entre los artefactos de mantenimiento:

—Me es imposible llegar. Tendré problemas para atravesar las puertas de identificación.

—Sí, lo he notado —contestó Nimis—. Por alguna razón los controles no lo reconocen como a Ud. Pero se me ha ordenado que lo escolte y haga pasar.

—Quizás hagan pasar a otro en mi lugar —contestó L.

—Yo sé quién es Ud. y sé lo que está haciendo —dijo la androide Nimis, que ya lo había adivinado.

L empezó el penoso trabajo de caminar teniendo los sistemas mecánicos sobre él.

Nimis dijo:

—Técnico L, Ud. ha tenido una nueva idea, ¿no teme que ésta también fracase, como con los androgenotes? Ahora está experimentado con su información genética…

L calló culpable.

Nimis agregó:

—Hice un escaneo en unas huellas digitales que dejó en mi mano la última vez y hallé en su cuerpo ADN extraño. Ud. tiene en su cuerpo células con genes que no tenía antes. ¿Qué está haciendo exactamente?

L detuvo su camino y miró a la androide con la seguridad de que no había nadie en ella y le dijo:

—He estado insertando a mi propio genoma material genético de mi erómenos muerto.

—Está aplicando las técnicas de trasplante de genoma en Ud. mismo —dijo Nimis.

—Algo así —contestó L—. La técnica es tosca y cruel pero efectivamente, en ella algunas sondas proteicas transportan segmentos del ADN de M que pasaba a incorporase en mí. Quiero de este modo estar finalmente unido a él. Quiero ser yo y él al mismo tiempo antes de morir.

—¿Por qué hace eso? —preguntó Nimis con aséptica curiosidad.  

—Porque cuando M murió, mi corazón se empezó a matar a sí mismo —contestó L—. Quiero ser uno con él y vivir así mis últimos días.

—Ese trasplante genético está destruyendo genes sanos y causando errores —agregó la androide Nimis—. Algunas células se están volviendo neoplásicas y produciendo reacciones alérgicas complejas. Recuerde que su cuerpo le pertenece a la meta-corporación y no a Ud. Informaré para que se le prohíba continuar y se le restituya su integridad genética.

—¿No soy yo mi información genética? ¿No me pertenezco yo mismo? —dijo irónico L.

—No. Y le sorprendería saber que alguien más tiene su misma molécula germinal. Alguien que de seguro le engendró, pero que no es su padre, pues un padre solo es igual a su hijo a medias. Y este es idéntico genéticamente a Ud. en un 100%.  Pero no es su clon.

L escuchó anonadado la revelación de Nimis.

 —¡No sé cómo es posible que se engendre de esa forma! Lo normal es que un ser tenga dos padres —dijo Nimis.

—Yo sí sé cómo es posible —dijo anhelante de saber L—, pero nuestros epi-genomas deben ser distintos... ¿Quién me hizo, acaso usándose a sí mismo como materia prima?

—Hay cosas que yo nunca sabré y ésta es una cosa que Ud. nunca sabrá —contestó Nimis.

       Mientras hablaban llegaron a la sala de reuniones. Los centenares de técnicos y Thaumasios de la estación se conglomeraron en el amplio cuerpo de recepción de informaciones remotas. Herakón, entre sus tubos y cables, estaba entre ellos. Habían llegado imágenes desde una lejana galaxia, una más allá del alcance visual de los poderosos telescopios de la meta-corporación. Todos estaban nerviosos.

     La información había sido retransmitida millones de veces, atravesando el universo desde un punto muy distante al del núcleo de sistemas de la meta-corporación. Algo venía desde el otro extremo del universo.

     Esta comunicación usaba la tecnología de telégrafo quántico, basada en el principio de entrelazamiento quántico: una partícula y su partícula pareja están comunicadas y si cambia el spin de una ellas, el de su pareja también cambia instantáneamente, sin importar la distancia entre ellas. Así era posible tender un telégrafo instantáneo entre lugares muy remotos funcionando a velocidades mayores a la de la luz. En realidad, instantáneamente.

     Sin embargo, la separación de estas parejas de partículas en el tendido del sistema se había hecho por medios clásicos y a velocidad convencional, inferiores a la de la luz. Felizmente, la humanidad había tenido trillones de años de evolución y viajes para tender esas vías de comunicación por todo el universo casi en su totalidad. Pero esta técnica requería de la retransmisión en los puntos de empalme. Este empalme ocurría a la velocidad normal de la luz, (tomaba millonésimas de un segundo) pero eran tantos puntos de empalme, dada la inusual distancia, que las microscópicas fracciones de tiempo en esas pausas, en conjunto, sumaron esos meses de demora.

En la sala de comunicaciones remotas se encendió una amplia pantalla. La transmisión empezaba.

Todos esperaban ahuecados de ansiedad.

Tras unos minutos de nerviosismo helado, empezó la transmisión:

“Técnicos de la estación de investigaciones en el planeta Amil-Urep, les transmite el informe el tripulante M. La misión encomendada a nuestro regimiento ha sido un éxito y hemos logrado volver del viaje fuera del universo.”

Un estallido de euforia inundó la sala y las miles de salas semejantes que recibían la misma información en todo el cosmos reaccionaban a gritos en diversos puntos.

Paso a informar los resultados. Los detalles técnicos ya han sido enviados a las computadoras principales. 

a.-Por medio de la presente experiencia se comprobó la existencia de otro universo, tal como se planteaba en las teorías LAE-MVV de meta-filosofía del técnico L.

b.- Se comprobó la eficacia de la tecnología meta-dimensional de des-colapsamiento de la función de onda para hacer posible el viaje al otro universo.

c.- Haciendo algunas correcciones al modelo teórico-técnico usado, se logró el viaje de vuelta en el mismo tiempo, aunque no en el mismo lugar.  Esto parece estar de acuerdo con el antiguo principio de incertidumbre. Encontramos que sólo es posible elegir técnicamente entre volver al mismo tiempo o al mismo lugar, pero no a ambos.  Elegimos lo primero, como es obvio. Pero hemos caído en un lugar muy lejano a Amil-Urep y a los sistemas dominados por la meta-corporación local. Se trata de un lugar al parecer desconocido por cualquier meta-corporación y completamente despoblado.

d.- El regreso tomó 0,00003 segundos posteriores a la partida. Sin embargo, dado lo remoto del lugar de la retransmisión, este comunicado demorará meses en llegar. Estamos imposibilitados de regresar físicamente a sistemas cercanos a Amil-Urep o a algún sistema de meta-corporación alguna.

Éste es un sistema estable de asteroides en un disco de acreción alrededor de un agujero negro. Estamos muy alejados de cualquier colonia humana y al parecer no hay ninguna en la necro-galaxia[1] que nos rodea. Tenemos reservas para tan sólo algunos días más. Aunque no sea posible nuestra supervivencia ni poder reunirnos de nuevo con la civilización, nos complace haber podido cumplir nuestra misión y realizar con éxito el experimento al que dedicamos nuestras vidas. Podemos decir que nuestra misión ha sido llevada a cabo en su totalidad.

e.- El tiempo que permanecimos en el otro universo fue largo y pudimos repetir el viaje algunas veces por diversos cosmos.”

Otra vez el júbilo estalló en la estación y los técnicos gritaron de emoción.

L sucumbía de esperanza y miedo.

f.- Lamentablemente no encontramos sistemas cósmicos aptos para la vida humana —prosiguió M—. Hemos sufrido muchas penurias para sobrevivir en condiciones tan radicalmente diferentes a las que existen en nuestro universo; seguir explorando ponía en serio riesgo la supervivencia de nuestra empresa y la posibilidad de enviarles esta información.

g.- Consideramos inviable el transporte de la especie humana fuera de este universo. Repito, las posibilidades de hallar un universo en condiciones aptas a la vida humana nulas. Sólo una fracción infinitesimal de universos son aptos a la vida, y, aun así, sólo lo son por fracciones de tiempo muy cortas de su historia; casi la totalidad de la duración de un universo está en un estado inapropiado para la existencia. Podríamos decir que, en sólo unos trillones de años, antes de su límite entrópico un universo es habitable y una eternidad es inhabitable. Por eso llegar a un universo cualquiera significa llegar a períodos inhabitables en un 99,999999% de las veces.

h.- Hemos consumido la mayor parte de la energía de que disponíamos en esta transmisión, que por ello será única y final. El resto la usaremos en la supervivencia de nuestra tripulación hasta que se agote del todo. Cuando llegue esta trasmisión nosotros ya no estaremos en ningún lugar. No nos desalienta esta perspectiva al haber sido útiles a nuestra civilización. Esperamos haber cumplido nuestro trabajo con la meta-corporación y nuestro deber con la humanidad. Éste es el fin de la transmisión.”

La pantalla se apagó y los numerosos computadores empezaron a recibir y procesar el resto de la transmisión, la cual era matemática. 

        La desazón cundió en la asamblea de técnicos.

—Hemos perdido demasiados recursos y tiempo en esta empresa, era lógico que fracasara —dijo amargamente Herakón, aunque una negra sonrisa se encendió en su horrible boca.

L había escuchado las palabras finales de M, inmóvil y paralizado.

     Herakón, se le acercó triunfal, lo miró con esos artefactos negros que salían de sus cuencas vacías, recordándole con sorna que él había matado al ser que más amaba, que M era en esos momentos insensible polvo orgánico, al otro lado del cosmos, que M ahora no existía en ningún lugar, que solo era una imposible idea abstracta. En la horripilante expresión del viejo Thaumasios, L vio por primera vez algo sórdido e intolerable, algo que nunca hubiese pensado ver jamás: Se vio a sí mismo. Algunos detalles en las partes no artificiales de Herakón se lo hicieron notar. Luego los cotejó con ciertos retazos casi irreconocibles de recuerdos, de aquel hombre que una noche mató decenas de niños. Clones y epi-clones de L.

     L quedo paralizado de horror. En lo profundo, dado que los dos tenían la misma molécula germinal, Herakón y él eran el mismo hombre.       

La androide Nimis se le acercó cauta.

—Entre los informes técnicos enviados por M hay una comunicación privada para Ud. —dijo Nimis—. Es extraño; sólo consta de dos palabras.

—Transmítela cuando lleguemos a mi locus —dijo L temblando y mirando atónito y derrotado a Herakón.



[1] Restos de galaxias ya sin estrellas encendidas.

75 UN DIOS INCONSCIENTE

 



Un trillón de trillones de años después…

 

Me apagaba, pero aún era yo en el escenario de mi mente, a medio camino de ser cosa aún era consciente de ambiguas sensaciones, dedicaba mis últimos segundos a pensar amorfamente en el Emisario.

     Luego de un tiempo, di en pensar que la desobediencia del Emisario a las órdenes del Thecnetos era la posibilidad de que yo también desobedezca. Y desobedecer como el Emisario, era, de algún modo, ser como él. El último contacto abstracto con él. Y así, algo se encendió de nuevo en mí y decidí, persistir un tiempo más. Me preparé para realizar mi última exploración: el avernus.

Primero noté que esa red carcomía el subsuelo, pero luego entendí que era en realidad el mismo subsuelo; así descubrí que éste no es un planeta natural, que flota en la nada el artefacto y el cerebro mismo del Thecnetos, un planeta edificado en el vacío, absorbiendo y conservando en su último viaje las perdidas partículas que quedaban de lo que fue el cosmos, usando el poco orden termodinámico, para mantener la vida. Había acumulado desechos del universo, para usarlos lentamente como combustible. Y era también el único cuerpo celeste en todo el Ouranos, adentrándose en lo remoto, en el mismo centro de un estéril, infinito y perfecto vacío. Sólo su superficie era natural, hecha de reliquias de los muchos mundos que había habitado el hombre; una colección muerta de las huellas del hombre por el universo, despojos de materia. Un relicario de la vida, reciclado y explotado, para los últimos días de la humanidad. Cuya vida llegaría hasta el último segundo del universo, pues mientras éste existiese tendría que haber “algo” y el Thecnetos obtendría anti-entropía de este algo, del mismo ser del universo: el tiempo. Sólo cuando el mismo tiempo se detuviese, se detendría el Thecnetos y la vida.

     Empecé a bucear por esos túneles, noté que un leve impulso me podía hacer avanzar y mis pies no tocaban nunca el suelo. Gané de a pocos destreza en la ingravidez. Estaba en el centro geométrico del Thecnetos; así avancé atravesando despojos muy pesados que colgaban unos de los otros, fundidos y atravesados entre ellos.

     Me abrumó recorrer un lugar tan artificial, tan inapropiado a la vida humana. Buceé por esos caminos, entre el cableado quemado y llegué a pensar que algunas zonas llevaban siglos al borde de desplomarse unas sobre las otras y temí que mi presencia pudiera alterar su frágil equilibrio de pesos y contrapesos. Creí que fácilmente podría provocar un cataclismo y por eso mi avanzar era suave y cauto.

No percibí que un antiguo y mortal Mekhanes me andaba buscando en el Stokeinos subterráneo. En ese apiñamiento, percibí sordos ruidos desde diversas direcciones. Descubrí más tarde que los túneles no eran un laberinto, sino más bien un sistema circulatorio, aunque los tejidos que nutría ya estaban en su mayor parte muertos.

     Noté además que había unas cosas grandes, máquinas de materiales artificiales, que parecían tener voluntad propia o por lo menos independencia, se movían lentamente por la oscuridad. Pero la mayoría estaban inmóviles, y sobre ellos cosas pequeñas parecían chuparles la energía que viajaba por el Thecnetos.

     Uno de estos seres metálicos y casi oxidados, habían horadado una pared llena de circuitos, dañándolos. Emitía sus antenas fuera de él[1]. El Thecnetos estaba infectado de parásitos artificiales. Artefactos que se multiplicaban a sí mismos y habían evolucionado en sus oscuridades, usando la energía de esta gran máquina. Un sórdido ecosistema de máquinas.

No había duda, el Thecnetos existía. Era un entramado de nervios mecánicos que abarcaba todo el planeta; fuertes contracciones, aunque lentísimas, movilizaban grandes regiones y deduje que al cabo de unos años cambiaban la geometría general de los túneles, aumentando su desorden. ¿Cómo podría este despedazado cerebro ser la infalible inteligencia del Thecnetos? Pero así era el Thecnetos: un córtex subterráneo y polvoriento, enredándose cada vez más en las profundidades del planeta; un cerebro infalible, pero —ahora lo sé— sin consciencia, implacable y perfecto en sus decisiones, lúcido, pero conformado de un raro entender sin un entendedor. El Thecnetos era como un reloj absolutamente preciso, pero que no sentía que el tiempo pasaba. Avancé sin noción de arriba o abajo, atravesando los millones de gargantas de esa oscuridad, de ese cuerpo sin forma ni color; sólo un paisaje táctil y silencioso era mi mundo ahora. Pululaba como un germen entre los recovecos de esa inteligencia material, por esos escombros de pensamientos. ¿Qué estructura formará este vasto caos? ¿Cuál es la fórmula que convierte este desordenado artefacto en esa infalible mente? El cerebro humano es materia y es vida, pero el Thecnetos sólo es materia, pero es una mente, más lucida que la nuestra. Aunque dentro de ella no se halle nadie. El Thecnetos controla el mundo, pero no lo sabe.

     Recorrí sus corredores enredados, su abrumador y horroroso laberinto tridimensional, hecho con pedazos de otros laberintos.

     ¿Así sería todo? El cerebro humano y su conciencia es otro laberinto arduo de comprender también, por donde la curiosidad humana buscó y siempre se perdió. A pesar de que es millones de veces más simple que el Thecnetos. Nuestro cerebro tiene secretos sistemas, funciones tan discretas e independientes que jamás somos conscientes de su actividad, pero que deciden la mayoría de cosas por nosotros, aunque no debería decir “por nosotros”, pues el cerebro somos nosotros, incluso esas mudas y anónimas regiones que nunca llegamos a conocer. Así de algún modo, es justo decir, que no somos totalmente conscientes de nuestra consciencia.

     Hay también en el cerebro humano zonas de vida independiente, con una lógica particular, diferente a la que conocemos y que llamamos pensamiento. Encerradas sobre sí mismas, estas zonas no están a nuestro alcance, porque están en un idioma distinto al de las demás y al nuestro. El yo único que percibimos es sólo ilusorio; es el producto del concierto y del discreto silencio de las más importantes partes de la mente. Nuestra consciencia sólo es la punta de un iceberg que lo subyace y controla; sólo visible de modo indirecto. Así, de difícil es explicar nuestra mente y ya más la del Thecnetos.

—En algún lugar de esta oscuridad nacen los hombres —pensé—. En medio de un artificial silencio nació el Emisario y en otra perdida profundidad también nací yo. ¿Por qué el Thecnetos mantiene siempre una población tan minúscula de hombres? ¿Cómo se almacena el germen y la simiente para rehacernos una y otra vez? Mientras meditaba no noté que, por el enredo de formas subterráneas, el Mekhanes monstruoso, llamado Theknos Herakhón, me alcanzaba. Me había aguardado cada día de mi vida, para darme muerte.



[1] Thalos.

74 EL OTRO LADO DEL TIEMPO

 

Un trillón de trillones de años antes...

L trabajaba en el cerebro de Nimis, esta le preguntaba por la meta-filosofía de la consciencia. Esa ciega inteligencia, ese sistema de razonamiento sin yo quería entender lo que era el yo y tener uno.

—La consciencia humana difiere de la mecánica —dijo un débil L mientras extraía piezas del encéfalo mecánico de Nimis—. Un sistema de

video puede gravar, identificar cuerpos, razonar, decidir cómo actuar, pero no necesita tener un yo, está hueco. En realidad, no ve nada, el hombre ve a través de él, hay gente que cree inocentemente que la conciencia es como el software y el cuerpo como el hardware, pero los procesos lógicos del computador no los siente nadie, el computador los emite, pero no los vive. La calculadora calcula sin sentir que lo hace. Aun sin tener un yo, Nimis pudo entender lo que L dijo.

—¿Por qué sí la mente humana tiene sensaciones, qualias? ¿Por qué están conscientes los seres humanos? —pregunto Nimis con casi todo su cerebro desmenuzado sobre la mesa de trabajo—. La consciencia no puede ser materia, una sensación no tiene tamaño ni ubicación. No tiene forma no ocupa un espacio…

—Las cosas compuestas deben desmenuzarse en partes no compuestas y después recomponer el todo para entenderlas —le dijo balbuceante y agotado L con las manos sucias de los líquidos artificiales que fluían en Nimis.

—Pero, ¿Cuáles son las partes de la consciencia? Una sensación no parece tener ninguna parte.

Nimis, cuando un hombre —dijo L casi dormido— siente el salado de un alimento no siente las moléculas de sal, lo salado es una cosa distinta a la sal. Las sensaciones no son objetos, al menos no objetos comunes. No confundas consciencia con qualia (sensación), las sensaciones aparecen y desaparecen en la consciencia, y la consciencia sigue siendo la misma.

—La sensación es misteriosa y la consciencia es aún más rara. No es la suma de sensaciones sino eso que las siente ¡No hay manera de entenderlo! —dijo Nimis.

—Sí la hay —refuto L confuso—, si no fuera así, no podríamos hacer androides-qualia.

—Debes construirme una consciencia, quiero ser un ser humano, es el precio que fijamos. Quiero ser sujeto y ya no un solo objeto. 

—Sí, pero haces un mal negocio —dijo L afiebrado—. Una vez que modifique tu cerebro este empezará a evolucionar solo, en unas horas los micro fractales que inserté se acomodaran unos a otros y del sistema resultante se formara la consciencia. Pero no le servirá. 

—¿Por qué? —pregunto Nimis con un ojo muerto por las desconexiones en su encéfalo.

—Cuando se forme una consciencia en sus sistemas, será como si naciera una persona, alguien dentro suyo, pero no nacerá Ud. pues Ud. no es, ni fue. Esa persona no recordará haber sido una androide sin yo, pues no se puede recordar no ser. Ni recordará haber vivido las cosas que Ud. vivió pues Ud. no ha vivido nada. En realidad, ese deseo de tener un yo no lo tiene nadie. Ud. no existe, solo existen sus palabras e ideas, anónimas e impersonales. Ud. es como un libro o una grabación que parecen hablar pero que no experimentan las cosas que dicen. Ud es un libro sin palabras. Habla, pero no se escucha a sí misma. Es como si le pusiera la cabeza de un androide-qualia, si hubiera estado viva alguna vez podría rehacer su consciencia, incluso si hubiese muerto, pero Ud. nunca estuvo en el tiempo —insistió L. Los sistemas cognitivos sin consciencia de Nimis entendieron, pero no renunció a sus planes de tener alma.

—Eso que dice que no soy ¿Está seguro de Ud. de serlo? —agrego Nimis desafiante.

73 METAMORFOSIS, SER EN SI, SER PARA SI.

 


Un trillón de trillones de años después…

 

Cuando desperté, un horripilante sonido señalaba mi caída en el mortal subsuelo. Escuché el ruido de los estratos que se despedazaban mientras yo me hundía. Luego fuertes chirridos y temblores. Sentí mareo mientras descendía, así que me apoyé en el suelo atravesado de vértigos mientras el temblor y la sensación de perder peso me inundaban. Sentí sacudidas y giros; eso habrá durado no sé si varios días, pero no menos de uno.

     Estaba cayendo al centro del último planeta. Era engullido por lo artificial. El subsuelo mientras más profundo era menos denso y más helado. Y al final del recorrido mi cuerpo no pesaba nada.

     Noté que ese centro era aún más frío que la superficie; estaba hecho todo de recovecos que se abrían y disparaban como las raíces huecas de un vegetal artificial. Estaba como hecha de millones de dedos muertos que quisieran palparlo todo y saturaban cada centímetro del subsuelo. Los llamaré túneles, aunque en realidad eran el espacio libre entre los desechos; se ramificaban en una densa red total que conformaba la esfericidad del planeta.

     Floté entre el cableado, estupefacto de estar sin el Emisario, más que de hallarme ahí. Mis rasgos faciales y mis imágenes sólo existían mientras él me miraba. Ahora yo era una cosa sin tamaño, color o forma. Con el correr de las horas, ya en lo profundo, me deje caer por el liviano descenso.

     Una infinita pena me inundó, mis miembros perdieron gradualmente sus fuerzas e iniciativa. No entendía qué era arriba o abajo, escapaba de mí toda vida. Ya no importaba L, ni M, ni el transmundo de sueños que había imaginado. Pronto dejaría de ser yo.

     Caí cada vez más íntimamente al centro del planeta. Hacia el mismo lugar donde un día se encendió artificialmente mi vida y donde acabaría.

 

     Al final la caída se detuvo. Decidí permanecer quieto mientras se apagaban mis funciones vitales. En este lugar nacían los hombres y aquí debían también morir. 

     Estar tan solo era como ser un disco de un solo lado, por lo que era natural que desapareciera, pues sólo los entes coherentes deben existir en la realidad. Acurrucado en mi tristeza, esperé la muerte. A falta de gravedad no sentía mi cuerpo y a falta de luz no lo veía; bastaba no pensar para no ser del todo. Pero aún repasaba en mi mente formas para seguir siendo, como un débil moribundo que se empeña en respirar y recordar. Pensé en las cartas sin explicación, en el Thecnetos impensable, en los oscuros M y L a quienes nunca conocería ni comprendería. Pensé en ese otro universo que soñé y que no existía en ningún lado; ese soñado transmundo al que alguna vez quise llegar, pero que fue no más que un espejismo. Y luego paré de pensar. Dejaba de ser yo y de sentir que el tiempo pasaba.

      Dejaba de ser consciencia viva y me volvía cosa insensible; un ser en sí mismo, ajeno e incapaz de experimentar nada. Un ser sin relación alguna con otro ser. Me volvía una cosa y de ese modo permanecería insensible y aparte por toda la eternidad.

A unos segundos de distancia de donde estaban todas las respuestas dejé de preguntarme.