jueves, 5 de abril de 2012

82 EL TIEMPO ES LA SOMBRA DE LA CONSCIENCIA

E L   T I E M P O   E S   L A   S O M B R A   D E   L A
C O N S C I E N C I A

Pensé extenuado: “Es imposible sobrevivir en los laberintos del avernus. Debo emerger.”  Repentinamente dejé inconclusas estas reflexiones, pues sentí un aterrador ruido a mis espaldas. Recordé mi situación actual, ingrávido en el centro del Thecnetos moribundo; mi terror se convirtió de pronto en una asombrosa esperanza. El ruido podría ser el Emisario que volvía, que flotaba entre el cableado hasta mí. Giré ansioso de reencontrarlo. Luego se produjo de nuevo un ruido, pero claramente artificial. Tirité de miedo y recordé frustrado que el Emisario no haría conmigo este viaje.  Aquí cerca debía estar algo más.
Alguna bestia artificial, algún monstruo que habría evolucionado en las oscuridades de ese mente mecánica que se moría.
Quedé inmóvil. “Eso” ya estaba a mis espaldas. Sentí frío mientras presentía su mirada sobre mí y un helado sudor me recorrió.
Escuché mi respiración como amplificada por un eco.
Alrededor de mío, la realidad de los túneles continuaba; el mundo siempre existe a despecho de lo que sintamos. De esa atroz maraña, habían salido las cartas que me llegaron: aquí vivía algo más;  eso había viajado veloz a mi encuentro, como una araña que se apresura cuando percibe la llegada del huésped a su rara casa.
Aquí estoy —dijo una voz arenosa—. Soy L. Vengo a llevarte al transmundo.
Sentí mis trapecios tensarse duramente. Luchando contra el miedo, traté inútilmente de responder a la voz, pero mi cuerpo no me obedecía.
Escúchame —dijo su voz casi imperceptible.
Apoyándome precario en los restos, giré mi cuerpo flotante para verlo y sólo vi más túneles en su delirante tramado, pero no a eso que se llamaba a sí mismo L. Sentí como si se vaciara un líquido helado de los huesos de mis piernas. Quizás L hablaba sólo en mi mente.
Yo soy quien escribió esas cartas. Llevo trillones de años esperándote en el Thecnetos y a través de él te hallé por fin. —dijo esa voz que me parecía venida de una fiebre.
Mi corazón empezó a zumbar, mis oídos estaban taponados.
– ¿Dónde estás? —dije humildemente y me sorprendió escuchar mis palabras, las oí como dichas por otro.
Esperé contrito la respuesta en la oscuridad, mientras un ruidoso torrente sanguíneo galopaba en mis oídos. L respondió con su tono  opaco y lejano.
Yo estoy aquí dentro —dijo y no pude precisar la dirección.
En ese momento vi un disco negro entre los desechos, lo toqué con los dedos y sentí su vibración con la voz de L.
Yo estoy dentro del Thecnetos, te hablo desde la prehistoria del mundo. Mis palabras han dormido en el Thecnetos millones y millones de años, esperándote.
Asombrado, escuché:
Yo inventé el Thecnetos y sé que sobrevivirá aunque ya no haya mundo ni humanidad. En él inserté mi más amado sueño. Trabajé como todos para conseguir la vida eterna de la humanidad, pero otra cosa quería que perdurase y que no acabe nunca.
Como si no hubiese entendido a  L súbitamente dije:
–No sé quién eres, ni siquiera sé por qué hay un universo a mí alrededor, ni qué es el Thecnetos, ni qué es la consciencia, ni quién es en verdad el Emisario. Si eres parte del Thecnetos dímelo y también dime quién soy —dije.
     La voz se apagó por unos segundos antes de responder, mientras se extendía un ruido artificial. Era el naufragado Thecnetos que se demoraba en buscar desde el fondo de su totalidad la respuesta grabada de aquel muerto.
– ¿Por qué un universo y no nada? —Repitió L—, respondiendo esa primera pregunta se responde todo. ¿Cómo podría ser posible un universo y no ser? Es absurdo que existiese simultáneamente la nada y al mismo tiempo la posibilidad de que exista el cosmos. ¿Cómo podría ser razonable que existieran las leyes naturales y que no ocurrieran? No hay verdaderamente otra posibilidad aparte de que el universo sea. Por eso “es”. El universo está solo y es plenitud de ser. El universo y su existencia son inevitables. Lo otro es imposible. Una vez siendo sólo puede ser como es, de otro modo sería absurdo, de ahí sus leyes precisas. Por ser como es existe el Thecnetos, el Emisario y tú.

El Thecnetos…—agrego la gastada voz de L—, ahora  sabrás qué es.  

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