jueves, 5 de abril de 2012

81 LA TEORÍA DEL NO YO

L A   T E O R Í A   D E L   N O   Y O

Un trillón de trillones de años después…
     Permanecí en silencio, reprimiendo emociones que me sacudían el cuerpo, tratando de frenar pensamientos que me embestían sin parar, pero no podía evitar una avalancha de inferencias, una vez descubierta una certera premisa.  Así fue mi visita al interior del Thecnetos y la víspera a entender el misterio de las cartas y a entrar al transmundo.
–Si la vida es absurda, y los seres vivos tanto como los inertes son sólo accidentes, tú defiendes un absurdo, al defender a la molécula germinal, sacrificando para ella a los seres conscientes.
–Sí —dijo Herakhón—, sirvo al absurdo de la vida, pero al acabar con todo ser consciente desinfecto parcialmente el mundo hasta la llegada del límite del tiempo en el que también la vida acabará. Gané la partida —dijo el Theknos Herakhón—, entrega tu vida.
Lo miré con terror.
     Callé pensando, mientras una serie de extensiones artificiales me rodeaban, algunas cánulas punzantes ya entraban cruelmente en mis carnes, con su mortal contenido, pero de improviso se formó en mi moribunda consciencia una idea, era simple pero radical, no sé de dónde vino, pero finalmente hablé al Mekhanes de Herakhón así:
–El Thecnetos conserva una humanidad inmortal pero insensible, pero, ¿se puede ser un humano estando inconsciente? —pregunté—. Si de pronto yo muriera ¿acaso nada se perdería?
–Nada. Solo se recompondría tus átomos de otro modo, tu información genética se desorganizaría pero una copia de ella está en el corazón del Thecnetos. Tu energía, alimentara al mundo. Tu vida fue tiempo, tu muerte también lo será. Ni tu materia ni tu energía se perderán. Solo esas dos sustancias hay en el mundo y juntas dan origen a todos los hechos y fenómenos del mundo. Tu ya eres sólo uno de los procesos de lo inerte —respondió el mortal Herakhón.
–Pero hay una tercera sustancia que no pueden explicar esos átomos —respondí— Mi consciencia, mi sensación de que el tiempo pasa, lo noto desde que nací, pero no como un inerte reloj. ¿Cómo las moléculas que cuida el Thecnetos podrían sentir el  mundo? La tercera sustancia es el yo en cada uno de los habitantes del mundo y las sensaciones que no son cosas!
–Muestra ese yo que señalas, muéstrame esas sensaciones que dicen existen —ordenó.
–Existen…—titubeé—. Pero no tienen peso ni volumen ni forma y no sé dónde están, por ello no las puedo mostrar —respondí entristecido.
Herakhón calló complacido de mi contradicción. Le hablaba de algo invisible.
–Mi yo no es material, —proseguí— no está hecho de partículas; ni de energía, no es movimiento ni proceso. Es, por ejemplo, un dolor, la sensación de un color en mi vista, el frio en la punta de mis dedos…
–Ese falso yo es solo un programa para que las cosas inertes puedan moverse entre lo inerte —respondió Herakhón—. Son solo cosas haciendo algo, así como el ojo mecánico de un sistema de video.

– Ni los procesos ni las cámaras de video  sienten el mundo, no tiene la tercera sustancia —Respondí desesperado—, en ellos sólo ocurre un entender sin un entendedor.
–El mundo es sólo materia —respondió Herakhón— por eso no es lógica ni necesaria la existencia de ese yo que postulas. Sería además inútil y la evolución produjo solo lo útil.
– No lo postulo, lo constato. Pero… ¿Por qué está? —pensé dudando—.flota en la realidad, perdura al cerrar mis ojos, aún en esta realidad sin estímulos. Pienso en el color azul; es un tipo especial de radiación, una onda. Pero ese azul subjetivo que ocurre en mí al ver el azul no es una onda, es otra cosa. Hay algo más agregado al mundo, algo que el Thecnetos desconoce.
–Yo no veo ese azul que estás pensando —respondió implacablemente lógico mi verdugo.
–Pero es real, pero no es el azul de la naturaleza, es el azul en la consciencia. Y no está en las inertes moléculas germinales que sirves. No se explicar ni probar su realidad.
–Si no puedes probarlo es que no existe, has perdido el juego —dijo triunfante y final Herakhón—. Tu “yo” no existe, eres una máquina obligada a creer que es consciente, a mentirse a si misma, tú no existes en realidad, si existieras ocuparías lugar en el mundo. La consciencia es inmaterial, porque no es. Eres como un androide-zombi. Sólo tu cuerpo existe, la mente es una ilusión.
–Pero…—dije dudando y el terror de haber perdido me golpeó.
Asustado empecé a resignarme. El temor de perder lo que no podría mostrar me haría perderlo. Suspiré aterrado y helado.
Pero, de repente dije:
–No puedo mostrar ni probar la existencia de mi yo, pero tú sientes el tuyo. Y sabes que existe ese mundo de sensaciones que perdemos al morir. Prueba de que al menos tu consciencia existe. Una sensación existe. Tú eres el único testigo de que existe la tercera sustancia.

     Herakhón calló por varios minutos. Luego, un chirrido caótico recorrió sus metálicas partes, lentamente las cánulas aflojaron su presión sobre mí. Abandonando mi cuerpo.
–El Thecnetos no es total —dije al notar que increíblemente había vencido al Theknos-Herakhón— si no toma en cuenta el todo, el Thecnetos es incompleto, Thecnetos es un error.
–No —dijo pausado y derrotado Herakón—. Yo soy el error. Al Thecnetos no le importó que yo fuera imperfecto, solo necesitaba que fuera suficiente para servirle. Tampoco tú lo eras…Pero lograrás completarte... ¡Cuánto tiempo te ha tomado!
     Exhausto mire a Herakhón lentamente retorcerse y descomponerse en su errada lógica. Era todo razón y esa pequeña contradicción empezaba a despedazarlo. 
Dijo luego  para sí, como una máquina triste:
–Tanto temí tu llegada, tu existencia me ha obligado a ser lo que no quería ser: un instrumento de la molécula germinal, un ser irracional. Que triste es este cosmos, este único cosmos. La razón no existe, solo es una ilusión. La lógica no calza con este universo caótico. Antes no quise aceptarlo. Trillones de años observe la naturaleza y no encontré explicación material para el ojo con el que miraba esa naturaleza. Y esa naturaleza es en realidad invisible, somos animales ciegos y congénitamente ignorantes. Yo…creí en un mundo necesario y cognoscible —dijo y casi creí notar una conmoción sensible en aquella máquina—. Y solo hay uno absurdo, incomprensible. Sólo una cosa estropeaba la coherencia de la metafilosofía material: la consciencia… mi propia consciencia. Yo juré acabar con ella para que el cosmos fuera perfecto y lógico. Un precioso universo de razones. Un universo coherente consigo mismo y con la inteligencia humana. Por eso mi misión fue acabar la vida de los hombres en el avernus, por eso odié la vida, por amor a la perfección cognitiva, pero subsistía siempre algo incoherente: ¡Mi propio yo quedaba tras cada muerte! Enrostrándome el embuste. Era consciente de cada consciencia que hacia morir. Siempre quedaba viva la detestable vida, en mí. ¡Y mis propios deseos de purificación se habían originado en esa génesis absurda que fue la evolución de la molécula germinal!
Hubo otro silencio interrumpido después por un sordo ruido de lejanas ex pociones o fracturas.
–Mi naturaleza  me hace enemigo del absurdo y aunque lo real no sea racional no renunciaré a ello. Sólo hay un modo de volver el mundo coherente —dijo remeciéndose en un terremoto de contradicciones lógicas que lo mataban—. Y hay una sola consciencia que eliminar para lograrlo. Y es tan fácil…Mi voluntad creará ese coherente cosmos con el que me fundiré, yo puedo darme en la nada ese universo con el que soy compatible, un cosmos artificial, que es el único en el que podemos vivir los verdaderos humanos —dijo impulsado por su fanático odio al absurdo.
     Así, diminuto frente al múltiple Herakón, lo vi destruirse a sí mismo. No sabía que una parte de mí moría con él. Y me costó no coincidir con sus perfectas razones.
     Una voluntad inmaterial dentro del Mekhanes de Herakhón, destruía sus sistemas de sustento. Sus partes se desconectaban y viajaban arrastrándose por los escombros hasta perderse.
     El cataclismo empezó ahí. Sin su guardián, el Thecnetos empezó a derrumbarse y a perderse caóticamente. Era como si su inteligencia mecánica enloqueciera, ruidos sordos empezaron por todos lados, como terribles y lejanas explosiones. En lo profundo, un murmullo desesperado recorrió los túneles. Eran los parásitos mecánicos del Thecnetos, que se movían frenéticos entre los desarreglos lógicos del subsuelo. Otros morían pues grandes cosas se caían y otras vastas zonas se apagaban. Todo formó un chillido simultáneo que me enloquecía. Cubrí mi cabeza con los brazos. El Thecnetos finalmente se derrumbaba y moría.

     Mi verdugo, después de trillones de años de vida, murió para siempre. Matando lo que más odiaba de sí mismo, su consciencia de que el tiempo fluía y su vida. ¿Pero…quién de los dos era realmente el que moría?

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