jueves, 5 de abril de 2012

80 MUERTE DEL AETHER


     Así fue hecho el Thecnetos, una máquina termodinámica, diseñada para obtener energía de cualquier forma de materia.
     Al final de los siguientes siglos —tiempo que  tomó la construcción del Thecnetos y la extinción de la última generación humana— ya ninguno de estos personajes existía. Todos se disolvieron en el unánime e ilimitado vacío, donde todos perdieron sus diferencias e identidades.
     Despues de la hecatombe, sólo quedó una silenciosa máquina entre los estériles mundos muertos. Ya en el universo no había ni estrellas, ni las negras galaxias, ni los oscuros planetas naturales. El viaje de un universo es, desde su nacimiento a su muerte, un viaje desde el orden total hacia el desorden total, de la anti-entropía a la entropía, de la vida a la muerte, del ser al no ser, mientras no llegase a ese final, siempre habría  alguna forma de anti-entropía y el Thecnetos la usaría para mantener a la molécula germinal,  a la humanidad aunque no a los hombres.
     Esa multitud de mundos oscuros giraba aún en sus órbitas caóticas. Con más tiempo, las negras galaxias se desasieron en los abismos  que se abrieron ente ellas. Los mundos se partían por los vacíos que les crecían dentro cada vez más y más grandes. Pronto no quedaron más astros ni luz ni materia. Pero entre esas oscuridades, el Thecnetos perduró.
     El frío se hizo cada vez más y más intenso, el universo se expandió cada vez más vertiginosamente y luego los agujeros negros avanzaron devorando todo lo que había quedado. En un tiempo colosal, éstos desaparecieron y sólo el vacío protagonizo el tiempo eterno que ahí empezó. El Chaos fue ocupando más y más minuciosamente el espacio sin límites ni fronteras que quedaba.
     Murió el Aether y el universo dio paso a un eterno y vacío Ouranos. Sólo un artificial planeta flotó entra las nadas y en él, la vida eterna de la molécula germinal.


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