jueves, 5 de abril de 2012

78 AJEDREZ CONTRA HERAKHON



Un trillón de trillones de años después…

     Yo, en esas profundidades, recién hallaba la explicación de mi existir o mejor dicho, la justificación de mi no existir. Yo mismo dormía en esta mente vacía que llamamos Thecnetos; así yo era inmortal, pero el que pasea y elucubra estos monólogos es volátil y fugaz. El otro yo es eterno y sólido, mientras que este es arremetido y vencido por las colosales fuerzas del último planeta. La humanidad alcanzó la vida eterna y nada la vencerá, como prometieron todas sus religiones, como intuyeron todos sus dogmas. Una inmortalidad a la que ya tendía esa primera molécula germinal en aquel mar primitivo donde nació, antepasada de aquellas millones de moléculas que juntas hicieron esa galería bizarra y agotadora de hombres y guerras. Seres que vivieron, amaron, sufrieron, soñaron y que luego dejaron de ser, perpetuando sin saber esas inertes moléculas. Uno de sus mejores inventos fue la consciencia humana; el miedo a la muerte, un viejo truco insertado por su evolución para hacerla persistir. Ahora esa ciega molécula ha logrado su último anhelo o, me corrijo, su natural devenir, vacía de intención, claro: lograr su eterna replicación. Pero entiéndase bien, la vida no tiene fines, sólo consecuencias. Así como un planeta encuentra su órbita regular y en ella se queda la vida después de buscar por millones de años encontró su eternidad.
     Al ADN ya no le hace falta más la consciencia, ni los humanos, por eso he de perderme y al Thecnetos no le incumbe salvarme. Ese milagro de que la cruda materia cobre conciencia sólo fue un incidente en la historia natural, innecesario en el nuevo contexto histórico-evolutivo de la materia; la vida es ahora una abandonada herramienta más, de las múltiples que desplegó tenazmente la molécula germinal, en su “anhelo” de seguir adelante.
Vida y consciencia —lo estaba entendiendo— no son lo mismo. Me sentí apesadumbrado por estas verdades, por la evidencia de una explicación para mi condición humana y en última instancia, para mi condición de ser vivo. ¡Una condición atroz!
     Atrapado y frente al infalible Herakhón, deseé salir de mi encierro material, escapar de mi naturaleza, ser como soñaron algunos hombres del pasado: un ser trans-biológico, liberado de ese fatalismo natural, desobedecer mis propios programas construidos en millones de años de evolución, rebelarme a este nuevo instrumento de la horrible vida: el Thecnetos. Pero revelarse contra nuestra condición es revelarse contra toda la profundidad misma del pasado que nos ha causado y nos explica. Haría falta —pensé— arrancarme a mí mismo, de mí mismo para ser libre. Cerré los ojos conmovido y una lágrima fría rodó por mi mejilla, mientras apretaba los puños.
     Era duro entender qué era el Thecnetos y qué es la vida. Es duro saber que un efecto no puede rebelarse contra su causa sin perderse a sí mismo.
Puse mi mano en mis ojos como cubriéndome la vista; un llanto silencioso me apretó la garganta.
–Ha llegado el final…Deja de pensar —susurró mortal Herakhón—, devuelve tu vida  al Thecnetos.
– ¿Eres tú el Thecnetos? —pregunté.
–No, pero —respondió el múltiple y artificial Herakhón— soy su constructor.
–El Thecnetos no ha determinado mi fin. Tú lo has decidido.
–Si —dijo Herakón—, elegí piadosamente lo mejor para ti, dormirás con la eterna humanidad que cuida el Thecnetos. Mi misión es impedir la vida orgánica, como la del Emisario es conservarla. Pero nada se perderá con tu muerte. No temas.
– ¡No! —grité aferrándome a la vida.
–No hay razón para tu deseo de persistir, —respondió Herakhón—. Ni hay razón para que antes hubiesen nacido otros. Tu molécula germinal nunca morirá.
– ¿Si yo te diera una razón me dejarías? —pregunté vencido a Herakhón que estaba hecho sólo de razón.
Herakón calló. Acostumbraba escuchar esos ruegos y tretas en los hombres que cada centuria hacia morir, era su única tarea en esas eternidades.

–Sí —dijo—. Todos la buscan antes del fin. Pero no podrás hallar esa razón. Pues la vida no tiene sentido ni justificación. Te diré más: la vida en realidad no existe, es solo un prejuicio de nuestra mente, no hay cómo distinguirla de los demás fenómenos físico-químicos del ser. Todos nacen creyendo que hay algo especial en la vida, pero no lo hay. Y todos nacen temiendo a la muerte, pero no hay nada que temer en ella. Como ves, los hombres nacen condenados a no entender el mundo. Es un acto de caridad con el cosmos acabar con la ceguera de los ciegos, los hombres nacen irracionales, incognitivos y ciegos. Yo antes fui humano y ahora soy un ente lógico en las vísceras del Thecnetos. No tengo cuerpo ni forma. Sólo la coherencia de la razón me conforma. Si por ella me detienes, me detendré. Pero será imposible. La vida carece de sentido y por lo tanto de razón de ser —concluyó invencible.

No hay comentarios: