jueves, 5 de abril de 2012

77 DOS PALABRAS DESDE EL OTRO LADO DEL COSMOS



Un trillón de trillones de años antes…
L salió del grupo para recibir la comunicación privada de M; sabía también que sería la final.
En la soledad de su locus leyó sobre un monitor estas últimas palabras:
T e     a m o
     Los dos puntos más distantes jamás antes comunicados ahora tenían una breve simultaneidad, la que pronto se esfumó, dejándolos separados irremediablemente.
     Delante de la androide Nimis, como si estuviese solo, L se partió al primer contacto con esa separación definitiva. Las lágrimas nublaron sus carcomidos ojos, mientras su cuerpo atravesado de heridas caía sobre el suelo del locus. Sus miembros empezaron a tensarse y lastimarse. Era insoportable para L estar en sí mismo durante esos primeros segundos arrancado de M.
     La androide Nimis lo miró perpleja. Toda su existencia había observado en los humanos conductas inexplicables como éstas. Ahora sabía que correspondían a algo que ellos experimentaban, pero que no podían comunicar. Algo que existía, sensaciones y consciencia de esas sensaciones.
La androide Nimis era un ser cognitivo, y aun carecía yo. Pero los dramáticos gestos de L incitaron su interés sobre el tema.
Finalmente no pudo reprimirse y habló:
–L, quiero saber qué ocurre cuando alguien dice “sentir” esas cosas.
L, atormentado, la miró con asombro.
Apretando su cara con todas sus fuerzas, L, como buscando algo de comprensión en la fría percepción de la androide muerta, respondió:
–Siento un intolerable dolor, como si todo el universo fuera dolor, Nimis —dijo L, que olvidaba lo vacía que estaba la androide.
– ¿Qué está ocurriendo cuando dice dolor? —Preguntó la  androide—. ¿Qué es eso que llama dolor? Yo, si mi cuerpo  se acerca a un objeto que lo daña, tengo sistemas que me informan que debo cuidarme o retirarme. ¿Eso es el dolor? ¿Una orden o una decisión de alejarse de lo dañino?
–No, eso no es —respondió afligido L que era todo él, dolor y  consciencia del dolor.
–Pero, ¿qué es? —pensó Nimis mientras aguzaba sus sentidos en escrutar el dolor de L.
Pero Nimis, mirándolo acuciosamente, no podía de ningún modo ver el dolor.
Mientras las dos palabras se apagaban en el monitor:




Te amo.




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