jueves, 5 de abril de 2012

74 UN DIOS INCONSCIENTE



     Me apagaba, pero aún era yo en el escenario de mi mente, a medio camino de ser cosa aún era consciente de ambiguas sensaciones, dedicaba mis últimos segundos a pensar amorfamente en el Emisario.
     Luego de un tiempo, di en pensar que la desobediencia del Emisario era la posibilidad de que yo también desobedezca. Y desobedecer como el Emisario era, de algún modo, ser como él, ser su cómplice. El último contacto abstracto con él. Y así, algo se encendió de nuevo en mí y decidí, persistir un tiempo más. Me preparé para realizar mi última exploración: el avernus.
Primero noté que esa red carcomía el subsuelo, pero luego entendí que era en realidad el mismo subsuelo; así descubrí que éste no es un planeta natural, que flota en la nada el artefacto y el cerebro mismo del Thecnetos, un planeta edificado en el vacío, absorbiendo y conservando en su último viaje las perdidas partículas que quedaban de lo que fue el cosmos. Usando el poco orden termodinámico, para mantener la vida. Había acumulado los desechos del cosmos, para usarlos lentamente como combustible. Y era también el único cuerpo celeste en todo el Ouranos, adentrándose en lo remoto, en el mismo centro de un estéril, infinito y perfecto vacío. Sólo su superficie era natural, hecha de reliquias de  los muchos mundos que había habitado el hombre; una colección muerta de las huellas del hombre por el universo, despojos de la materia. Un relicario de la vida, reciclado y explotado, para los últimos días de la humanidad. Cuya vida llegaría hasta el último segundo del universo, pues mientras éste existiese tendría que haber “algo” y el Thecnetos obtendría anti-entropía de este algo, del mismo ser del universo: el tiempo. Sólo cuando el mismo tiempo se detuviese, se detendría el Thecnetos y la vida.
     Empecé a bucear por esos túneles, noté que un leve impulso me podía hacer avanzar y mis pies no tocaban nunca el suelo. Gané de a pocos destreza en la ingravidez. Estaba en el centro geométrico del Thecnetos; así avancé atravesando despojos muy pesados que colgaban unos de los otros, fundidos y atravesados.
     Me abrumó recorrer un lugar tan artificial, tan inapropiado a la vida humana. Buceé por esos caminos, entre el cableado quemado y llegué a pensar que algunas zonas llevaban siglos al borde de desplomarse unas sobre las otras y temí que mi presencia pudiera alterar su frágil equilibrio de pesos y contrapesos. Creí que fácilmente podría provocar un cataclismo y por eso mi avanzar  era suave y cauto.
No percibí que un antiguo y mortal Mekhanes me andaba buscando en el Stokeinos subterráneo. En ese apiñamiento, percibí sordos ruidos lejanos y desde diversas direcciones.
     Descubrí más tarde que los túneles no eran un laberinto, sino más bien un sistema circulatorio, aunque los tejidos que nutría ya estaban en su mayor parte muertos.
     Noté además que había unas cosas grandes, máquinas de materiales artificiales, que parecían tener voluntad propia o por lo menos independencia, se movían lentamente pero la mayoría estaban inmóviles, parecían chupar la energía que viajaba por el Thecnetos.
     Algunos de estos seres metálicos y casi oxidados habían horadado una pared llena de circuitos, dañándolos. Emitían sus antenas fuera de él. El Thecnetos estaba infectado de parásitos artificiales. Artefactos que se multiplicaban a sí mismos y que habían evolucionado en sus oscuridades, usando la energía de esta gran máquina. Un sórdido ecosistema de máquinas.
No había duda, el Thecnetos existía. Era un entramado de nervios mecánicos que abarcaba todo el planeta; fuertes contracciones, aunque lentísimas, movilizaban grandes regiones y deduje que al cabo de unos años cambiaban la geometría general de los túneles, aumentando el desorden. ¿Cómo podría este despedazado cerebro ser la infalible inteligencia del Thecnetos? Pero así era el Thecnetos: un córtex subterráneo y polvoriento, enredándose cada vez más en las profundidades del planeta; un cerebro infalible pero —ahora lo sé— sin consciencia, implacable y perfecto en sus decisiones, lúcido, pero conformado de un raro entender sin un entendedor. El Thecnetos era como un reloj absolutamente  preciso, pero que no sentía que el tiempo pasaba. Avancé sin noción de arriba o abajo, atravesando las millones de gargantas de esa oscuridad, de ese cuerpo sin forma ni color; sólo un paisaje táctil y silencioso era mi mundo ahora. Pululaba como un germen entre los recovecos de esa inteligencia material, por esos escombros de pensamientos. ¿Qué estructura formará este vasto caos? ¿Cuál es la fórmula que convierte este desordenado artefacto en esa infalible mente? El cerebro humano es materia y es vida, pero el Thecnetos sólo es materia sin vida, pero es una mente, mejor que la nuestra. Aunque dentro de ella no se halle nadie. Ninguna función le permite ver qué ve o sentir qué siente. El Thecnetos controla el mundo, pero no lo sabe.
     Recorrí sus corredores enredados, su abrumador y horroroso laberinto tridimensional, hecho con pedazos  de otros laberintos.
     ¿Así sería todo? El cerebro humano y su conciencia es otro laberinto arduo de comprender también, por donde la curiosidad humana recorrió y siempre se perdió. A pesar de que es millones de veces más simple que el Thecnetos. Nuestro cerebro tiene secretos sistemas, funciones tan discretas e independientes que jamás somos conscientes de su actividad, pero que deciden la mayoría de cosas por nosotros, aunque no debería decir “por nosotros”, pues el cerebro somos nosotros, incluso esas mudas y anónimas regiones que nunca llegamos a conocer. Así de algún modo, es justo decir, que no somos totalmente conscientes de nuestra consciencia.
     Hay también en el cerebro humano zonas de vida independiente, con una lógica particular, diferente a la que conocemos y que llamamos pensamiento. Encerradas sobre sí mismas, estas zonas no están a nuestro alcance, porque están en un idioma distinto al de las demás y al nuestro. El yo único que percibimos es sólo ilusorio; es el producto del concierto y del discreto silencio de las más importantes partes del cerebro. Nuestra consciencia sólo es la punta de un iceberg que lo subyace y controla; sólo visible de modo indirecto. Así, de difícil es explicar nuestra mente y ya más la del Thecnetos.

–En algún lugar de esta oscuridad nacen los hombres —pensé—. En medio de un artificial silencio nació el Emisario y en otra perdida profundidad también nací yo. ¿Por qué el Thecnetos mantiene siempre una población tan minúscula de hombres? ¿Cómo se almacenan el germen y la simiente para rehacernos una y otra vez? Mientras meditaba no noté que por el enredo de formas subterráneas, el Mekhanes monstruoso, llamado Theknos Herakhón, me alcanzaba. Me había aguardado cada día de mi vida, para darme muerte. 

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