jueves, 5 de abril de 2012

70 EL CEREBRO MECÁNICO

Un trillón de trillones de años después…

Un punto en la vastedad
Una nube helada deshaciéndose en la madrugada
Ruidos nocturnos en un edificio vacío
Los sueños que quedaron eternamente pendientes en un hombre que muere
Son ejemplos de los miles de mundos que dejan de ser cuando tu no estas.
     Así pensé triste por la lejanía del Emisario. Caminé por días por esas nuevas ruinas a salvo del Thecnetos. Al cabo de los días ya conocía de memoria mi nuevo hogar. Ese largo viaje había sido un viaje a las afueras del Thecnetos. Era claro, el Thecnetos era imperfecto. El mar respiraba alrededor mío calmo. Pero un viejo y secreto enemigo no dormía. A veces parecía oír leves sonidos. Y una tarde hasta parecía que algunas cosas habían cambiado de lugar, pero no le di importancia a esas minúsculas incoherencias de la realidad y me deje abordar por la calma y el agradecimiento al ahora invisible Emisario.  Hasta que empezó aquel temblor.     Primero era una vibración permanente y suave, aunque gruñidos cavernosos se oían desde el fondo del suelo. Caminé por el laberinto hecho de agua y piedras mientras el suelo se sacudía ahora con más fuerza. Con ondas y giros y se empezaron a desplomar algunos edificios antiquísimos. Entonces noté que el suelo giraba alrededor.
De repente desde una grieta salió violentamente un apéndice delgado que se clavó en mi pie. Atravesando la carne, perforó el hueso y dentro de él extendió unas cortas ramificaciones que lo fijaron en él.  Luego otros apéndices de a modo de una extremidad artificial, salían como plantas perversas que germinaban a mi alrededor. Sujetándome. Vi que el suelo se resquebrajaba debajo de mí, una boca del avernus se abría aterradoramente bajo mis pies. Caí en el cráter que se formó. Jalado de los apéndices. Por fin mi final llegaba. 

Me desmayé aterrado al ser tragado por el Thecnetos.

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