jueves, 5 de abril de 2012

62 N O T A S S O B R E L A P R E H I S T O R I A 1

Un trillón de trillones de años después…

¡Ah, la prehistoria! un mundo saturado de colosales hombres, de feroces generaciones atravesando el universo y el tiempo, engendrándose y pululando en cada resquicio de aquel cosmos intenso.
-En lo más remoto —dijo el Emisario— la raza humana era una especie animal más, en un primitivo planeta. Pero en esa especie apareció por primera vez la razón, un ventajoso medio de supervivencia. La inteligencia permitía conductas inéditas, era un software anti-software biológico, por ella los hombres podían desprogramar a su capricho instintos y reflejos con milenios de antigüedad. Al principio, la razón multiplicó las moléculas germinales de sus portadores y les dio la victoria frente a otras formas de vida menos cognitivas.
Pero después esa misma capacidad, magnificada una y otra vez por la evolución, sacó del todo a la humanidad de la naturaleza, floreció entonces la primera artificialidad. Pudo el hombre ser totalmente libre de sus pulsiones naturales y hacer todo lo contrario a lo que los animales hacen. A lo que la misma vida hace. Empezó entonces, por primera vez, a desobedecer a la molécula germinal. Empezó ahí la libertad y lo artificial. Empezó ahí el más remoto Thecnetos. El hombre y su razón eran el fin y no el medio de un accidente químico-evolutivo. Pero el precio se empezó a pagar pronto. Como desapareció la selección natural, se inició una lenta degeneración, nada eliminaba los defectos que la humanidad iba acumulando. El azar crea miles de errores cada generación, la reproducción sexual distribuye esos errores desigualmente y la selección natural los elimina a los portadores. Pero eso dejó de pasar en los seres humanos. La vida humana, que se extendió a cientos de años, generación tras generación, sumaba defectos genéticos, errores de copia, mutaciones y genes sin significado, que se añadían unos sobre los otros, envileciendo la molécula germinal. Como un libro que eternamente transcrito y error tras error delira hasta que ya no dice nada. Así fracasó la primera artificialidad y el hombre volvió a ser un animal más. Volvió a las formas naturales y triunfaron, como siempre, los individuos más capaces de multiplicarse.
Así, una humanidad irracional, religiosa y prolífica surgió del Homo sapiens sapiens y entraron en extinción aquellas variedades humanas aún racionales.
La lúcida humanidad estaba condenada a la extinción. Pero de pronto logró su carta de salvación: el desarrollo de los genes artificiales.
Así se empezó a insertar a voluntad información genética nueva. Inicialmente la inserción de genes sólo se empleó para corregir a los genes defectuosos causado por el envilecimiento de la molécula germinal. Pero pronto, para incluir nuevos genes y capacidades. Esto nos hacía cada vez menos humanos. Así fue forjándose el Homo sapiens thecnecies (del arcaico vocablo, Thecnetos que significa artificial). El único cromosoma donde se pudo insertar esos genes fue el cromosoma Y, pues en él una sola copia bastaba para lograr el fenotipo y por la imposibilidad de ponerlos en los demás cromosomas al ser pares y requerir por esta razón, de dos copias en el mismo lugar, cosa, técnica y teóricamente difícil. La inesperada consecuencia de este detalle técnico fue que se fue forjando un dimorfismo sexual cada vez más acentuado, generación tras generación. La evolución artificial sólo ocurría en los individuos masculinos de la nueva especie humana.
Esta variedad humana semi-artificial extinguió a la irracional. Y la artificialidad ganó la batalla finalmente y tuvo su segundo florecimiento. Ya para siempre.
Pero las diferencias entre los Homo sapiens thecnecies masculinos y femeninos todavía sapiens sapiens se iba agudizando, tanto que podían tomarse ya como dos especies distintas viviendo en simbiosis.
Estas dos variedades humanas se volvieron dos especies separadas cuando apareció la tecnología de androgenotes. Ésta permitía a los hombres modificados genéticamente reproducirse entre ellos y a las mujeres entre ellas. Sólo bastaba unir, en óvulos vacíos, los semi-genomas de dos hombres o dos mujeres. Y hacer los cambios epi-genéticos apropiados. (*)
Terminó aquella vieja simbiosis, se escindieron las dos especies y de la competencia evolutiva entre los hombres modificados genéticamente y las mujeres no modificadas, sólo quedo una. Hombre y humanidad ahora eran escrupulosos sinónimos.
El Emisario hizo una pausa oprimiéndose en un recuerdo, ¿Él había presenciado personalmente estas eras?

(*)Una especie, es biológicamente hablando una república del sexo, se es de la misma especie que otro individuo, si nos podemos reproducir con él, y si no, es de otra especie. Por eso el crecimiento de los cromosomas Y por genes artificiales llevaría a separar en dos especies la humana, al hacer imposible la unión de cromosomas homólogos.

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