jueves, 5 de abril de 2012

60 E L O C E A N U S E T E R N O

En otro lugar del espacio-tiempo…

Cuando esas nubes se desvanecieron en la luz del día, noté que esa inundación no se movía y que enterraba todo el horizonte: era un espejo sin fin, homogéneamente plateado como el cielo. Cuando nuestros pies perturbaban su perfección, causaban ondas que recorrían sin prisa su increíble vastedad. Pensé ese día: “El Oceanus es más quieto y más elemental que el desierto.” También pensé que esta inundación abarcaba el resto del cosmos.
Hubiese reparado en que ese espejo vasto podría por fin darme el conocimiento de mi rostro, pero eso ya no me importaba. Yo ya había olvidado mis antiguas obsesiones, como el hombre de la vigilia olvida los planes y temores del hombre del sueño. Además, un espejo me esperaba en el corazón del Thecnetos, uno mucho más minucioso que el que me daría esa semi-material e inerte agua.
Avanzando detrás del Emisario, escuchaba su poderosa respiración la cual era como un eco de la también fuerte respiración de ese etéreo mar.
Una vez más se extendía delante de nosotros otra despedazada ciudad, como un abandonado campo de batalla. Uno que mostraba demasiado claramente, cuán inútil había sido la victoria de unos y la derrota de otros.
Las construcciones estaban invadidas por el Oceanus; una venenosa y livianísima pseudo-agua la habitaba. Veía por primera vez pozos, charcos, canales. ¿En esta brumosa ciudadela podría morar L o M? ¿Era lógico pensar que éste fuera el transmundo? Noté que era imposible. Quizás había venido a visitar una tumba, bajo un espejo delgado de “agua” helada. Y ese “agua” sólo era levemente más pesada que el aire.
Las ruinas eran muy antiguas y extrañas, diría que mucho más que las numerosas que yo había conocido. Su arquitectura me resultaba aún más ajena: éstas venían desde el desierto y se hundían en la playa, aunque mejor es imaginar que hace miles de años el mar avanzó sobre las ruinas.
En el interior estático de los edificios, el agua semi-material, vacía de vida, llenaba lo que antes llenaba la fría arena y hace milenios, alguna oscura población.
En un promontorio de antigüedad geológica nos sentamos el Emisario y yo, rodeados de esa plateada inundación tachonada de construcciones que emergían cada tanto, como un archipiélago de artefactos gigantescos. Arriba, el cielo ya se rompía en todos los colores: era el amanecer de la gran tormenta. El suelo estaba inundado por esa traslúcida liviandad.
Era evidente que ya habíamos llegado, pues el Emisario ya no viajaba apresurado. Sentados en ese paisaje final, de nuevo me miró a los ojos con ese rictus inminente; esa mirada se hundía demasiado profundamente en mí, pero también me hundía a mí en él. Sentía que velozmente podía robar el contenido de mis más escondidos pensamientos y por otro lado, revelarme sin palabras las cuerdas más sensibles que movían su yo interior.
Pronunció más palabras íntimas, tibias como las nubes. Sus palabras me sonaban demasiado cercanas, como si fuera una extensión de mis propios pensamientos.
Quizás sea cierta esa doctrina filosófica que postula que hay un solo yo en el cosmos, que cada vida es un ojo distinto de un mismo organismo. El Emisario y yo éramos formas simultáneas de un mismo ser.
Un ser a punto de escindirse en dos.
–Mi misión —dijo pausado y contrito— es ayudar a vivir, pero también a morir. Pero ahora por primera vez no he podido. Así que te traje lo más lejos del Thecnetos que he podido… Aquí quizás el Theos subterráneo ya no piense más en ti. Y estarás a salvo.
El Emisario calló, incapaz de hablar por la presión que se iba acumulando en su garganta.
–Dentro del Thecnetos —prosiguió— otro Emisario busca tu muerte, el Theknos Herakhón. Pero Aquí no ha de encontrarte. Él ya es uno con el Thecnetos. Yo partiré para que no te alcancen a través de mí… Sería mortal que siga cerca de ti.

Me miró conmovido de mi destino y también su destino. Y aunque titubeó, decidió regalarme algo antes de partir.
–Todos nacen y viven sin saber qué es el mundo, pero tú lo sabrás —dijo como para que lo perdonara. Sus ojos, que ahora brillaban húmedos, me miraban con un afecto triste e incontenible.
Aguardé sus palabras.
–Te contaré la historia de estas ruinas —dijo débilmente el fuerte Emisario y empezó a narrar el amplio relato de nuestros antepasados, una historia tan larga como había sido su vida, testigo de esa abrumadora eternidad:
–Hace trillones de años, el destino del hombre no tenía los senderos claros que ahora traza el Thecnetos. Los hombres se afanaban en el control del mundo: inventaron y olvidaron muchas realidades, se aniquilaron, desaparecieron y se reinventaron en miles de guerras. Y de nuevo, renacieron en múltiples civilizaciones, poblaron casi todas las galaxias y saturaron casi todas las eras, se perdieron y sobrevivieron a miles de catástrofes cósmicas. Pero cuando empezaron a apagarse las últimas estrellas, los hombres se supieron perdidos y ya parecía imposible hacer sobrevivir a la humanidad, ante la muerte misma del universo.
En esta ciudadela, los mejores hombres de aquella generación crearon al Thecnetos para que se embarcara y adentrara en las vastedades de la nada, a donde el hombre ya no podría llegar. Su misión era preservar la vida. Una vez construido el Thecnetos, los últimos hombres cerraron las puertas de esta ciudadela para esperar la muerte que vendría; el protagonismo del hombre había acabado, pero su supervivencia estaba asegurada por fin. Esperaron la corrupción final de su mundo y el comienzo de otro, que no los incluiría. Aquí, debajo de esta etérea agua, está el corazón más antiguo del Thecnetos. Yo, que ya he logrado traerte, debo partir.
El naranja del cielo se reflejaba en sus ojos y sus cejas se torcían compungidas, me miró como buscándose dentro de mí. Un dedo de su mano buscó un dedo en mi puño apretado.

–Antes te contaré la larga historia de nuestros antepasados —agregó.

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