jueves, 5 de abril de 2012

6 TODO ACERCA DE NADIE




En otro tiempo  y espacio…

     Sí, los humanos somos la única forma de vida y dado que yo estoy completamente solo, yo soy por el momento la vida. Dado que el Thecnetos no me deja morir y vivir pareciera imposible en el último planeta, su misión debe ser entonces preservar mi vida y en general, la vida. Pero, ¿para qué? No lo sé. ¡Si yo supiera para qué sirve la vida sabría verdaderamente para qué sirve el Thecnetos!
    Mucho después, cuando ya lo entendí todo, vi, al enfocarme en la prehistoria humana que el único sentido de la vida es la supervivencia; cada detalle del que está hecho un ser vivo sirve para eso. Por eso, el sentido de la vida no es más que la vida y el sentido de la supervivencia no es más que la misma supervivencia. Así de tautológica es la biología en sus profundidades. Una gallina (alguien lo dijo) es el instrumento de un huevo para hacer otro huevo. Aprendí —quizás muy tarde— que la tortuosa historia universal no era más que el tortuoso método que tuvo un hombre para hacer otro hombre. Descubrir a esos dos hombres daría  algún sentido a los días que siguieron y justificará este largo y a veces tedioso monólogo. 
En los seres vivos, los de ahora y los de antes, es infructuoso buscar otro sentido, otro significado a su industria, a su anatomía, a su conducta y a su psicología. La vida solo sirve para persistir; cualquier examen de los elaborados y a veces oscuros rasgos de la vida, si llega a una suficiente profundidad, llega siempre a esta conclusión: el vacío sentido de la vida es la vida. Y es quizás más honesto y simple admitir que no tiene ningún sentido. Se dice que el fin justifica y explica los medios. Pero en la vida el fin perseguido por ese medio es el mismo medio. La vida es reproducción que se auto reproduce y nada más. Esto es obvio en los individuos, pues solo egoísmo y ansiedad por seguir siendo se observa al estudiar la prehistoria universal,  pero ya somos menos los que sabemos que detrás está la vana pulsión de supervivencia de la molécula germinal, que es una molécula capaz de generar otras moléculas iguales a sí misma, —y que no sabe hacer otra cosa más que eso— y que ha encontrado, después de un infinito tiempo de perfeccionamiento, una infinitamente eficaz forma de copiarse a sí misma: el Thecnetos.
Así, una molécula inerte es —paradójicamente— la final y única protagonista de la vida.

     De esta definición de vida —por supuesto, la que existía antes de que el universo se quedara vacío— se pueden deducir y explicar a todos los seres vivos que alguna vez colmaron el cosmos. Y debería por lo tanto servirme para explicar el  misterio supremo: qué es esa consciencia en mis carnes inconscientes. Pero no la explica.[1]

     Y esta explicación, si yo la alcanzara a entender por completo, explicarían las vacías ruinas que recorro y que me intrigan, por qué mi yo no se ignora a sí mismo como normalmente hacen las cosas, siempre ajenas a las demás cosas del mundo y a sí mismas. 
     La vida también debería explicar quién soy yo o qué es el Emisario. Y explicar el contenido de esas cartas erradas y por sobre todo, aunque no sé con qué palabras, qué es en verdad el Thecnetos. Pero no hay nadie ni nada encargado en revelar eso.

     Dudas. Solo de dudas colmo mis días. Y acaso vendrá mi muerte sin que pueda responder mis pobres preguntas, ni entender si acaso esas eran las preguntas importantes. No sabía aún, que esa muerte ya me buscaba, presurosa e impaciente.

     Así es el último planeta, para el solitario hombre moderno no hay familia ni relaciones amorosas; no hay comercio, ni arte, ni medios de comunicación; no hay libros, ni arquitectura, ni religión, ni ciencia; no hay filosofías ni supersticiones, no hay cementerios, ni tecnologías, ni siquiera hay lenguaje en el sentido estricto de la palabra; cada individuo tiene en su mente pensamientos que no requieren ser simbolizados en palabras, ¿a quién se las dirigiría en caso de existir? No hay signos en lugar de las cosas, hay solo nociones puras de las cosas y de sus relaciones. Ese proto-idioma individual solo sirve para entenderse a sí mismo y al Emisario. No hay lenguaje verbal,  pero sí hay ese proto-lenguaje por cada persona que nace (lo que ocurre muy rara vez) y hay un sistema escrito común solo con el Emisario (la cartas son un ejemplo de ello). Todas éstas y demás estructuras usadas por la primitiva humanidad para su supervivencia, son ahora innecesarias. Ha desaparecido cualquier rastro de civilización o de sociedad.

     No hay memoria, ni individual ni colectiva. Hay máquinas, pero no las hemos hecho nosotros y no se han hecho para nosotros; ellas  tienen su raro lenguaje, éste sí,  universal y común a las otras máquinas, al Emisario y al Thecnetos.

     Ahora el perfecto Thecnetos multiplica infaliblemente a la molécula germinal y no es necesaria más la vida y la consciencia, mientras haya energía, por muy poca que ésta sea, no llegará el fin y funcionará el Thecnetos, usándola para multiplicarla.

     La vida orgánica y la consciencia solo fueron instrumentos de la ciega molécula germinal para multiplicarse. Medios, no fines. Yo mismo soy un medio, el Thecnetos es un medio y el fin es en realidad, nada.



[1] Consciencia es la experiencia subjetiva de ser un yo, es eso que perdemos cuando morimos.

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