jueves, 5 de abril de 2012

58 S P E C U L U M O C E A N U S

En otro lugar del espacio-tiempo…

El Emisario despertó. Faltaban unas horas antes del amanecer y ninguna luz había, sólo sonidos, quizás algunos fotones perdidos en el vacío, atrapados por el último planeta en su eterno viaje por el hueco Ouranos.
Empezamos a andar. Levanté la cabeza al cielo neciamente queriendo mirar ese abismo infinito. En él, mi mirada no encontró nada en su fondo que me hiciese notar su eterna profundidad.
El Emisario me llevaba de la mano. Con todos los demás sentidos inútiles, mi tacto sintió la qualia de la tibieza de su piel en la negrura. Todo aquí en el último planeta es helado y esperaba que lo fuese también el Emisario, pero noté que era tibio. Cerré los ojos mientras andaba. Concentrándome en la qualia que era esa dulce tibieza, sin tamaño ni forma.

Al andar, nos metimos en más y más capas de oscuridad y ya la asfixia nos apremiaba; atravesar esos escombros era como intentar desenredarnos de una ceguera, sólo para enredarnos más en otra. Por fin, en el cielo aparecieron unas pinceladas de intenso naranja: las primeras nubes de la gran mancha ¡estaban tan remotas! Vi en la leve luz que proyectaban que descendíamos por unos conglomerados helados. Al remontar un último montículo, vino un fuerte declive, sentí que mis pies se enfriaban y hundían. Era el borde final del desierto, un quiebre abrupto en los desechos y el comienzo de una inundación helada sin fin a la vista. La escasa luz de esas tenues nubes no alcanzaba para poder contemplar sus límites. Horas después sabría que no los tenía. En la negrura sentí materiales flotantes. Por el borde de esa plateada inundación caminamos. Ya arriba, las nubes naranjas se estiraban en toda su longitud mientras otras iguales se reflejaban en la plana superficie de ese Oceanus de pseudo-materia. Señalaban nuestro destino: unas ruinas semi-sumergidas.

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