jueves, 5 de abril de 2012

56 L A S R U I N A S D E L M A R

En otro lugar del espacio-tiempo…

Una noche dormíamos tirados en el suelo. Desperté y al abrir lo ojos, vi al Emisario examinándome de un modo muy acucioso, como con un anhelo necesitado. Había pasado mucho tiempo mirándome; sus ojos repletos y cansados me auscultaban con una profundidad invasiva. Y como si hiciese algo cotidiano, dijo de pronto sus primeras palabras pausadamente, con una profunda y cálida voz:
–Ya casi llegamos, ya casi termino mi misión —concluyó como para sí.
Lo escuché sorprendido. El Emisario tenía un idioma común a mí y a las cartas; la química del Emisario usaba mi misma nomenclatura y sus sueños, si yo los pudiese conocer, me serían comprensibles. ¡Si yo entrara en ellos, podría entenderlos! ¡Si él no callara siempre! Era aún una hora muy temprana; el viento helado que resbala por el último planeta hizo tiritar al Emisario. A lo lejos, había una polvareda densa que viajaba removiendo los bordes del amanecer. Él, después de hablar por primera vez, se dejó caer en el sueño de nuevo y hecho un ovillo sobre sí mismo, regresó al mundo raro de sus sueños.
¡Pero el Emisario había dicho que habíamos llegado al fin del viaje! Yo esperaba llegar hasta M y L, había erradamente creído que ellos me esperaban, ellos y su mundo de libertad. Pero el Emisario quizás me había llevado a las nadas que flotan dentro del avernus. La nada que une y hace iguales a todos seres. Porque en la nada, y sólo ahí, estaban las cosas y personas con que soñaba mi corazón.
Soy un ser de lo minúsculo y de lo intranscendente; siempre descuido lo importante, quizás porque no está hecho para mí. El temor me inundó de nuevo.
Esa noche en que el Emisario habló, era también la última noche a su lado. Habíamos llegado ya hace mucho al fondo del mundo, en donde terminaba el último desierto. Allí estaban las últimas ruinas. Pero algo medraba en ese pozo subterráneo, donde las vidas empiezan y terminan.
Siempre me había preguntado cómo sería el fin del mundo y ahí supe, que en el fin, la materia pierde sus formas y colores; por eso no es posible cogerla y no se puede tampoco ver. La precisa arena da lugar a una sustancia sin forma propia. Los colores se convierten en transparencia. Y así, sin un rasgo distintivo, la materia aún es.

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