jueves, 5 de abril de 2012

54 BIOQUÍMICA Y METAFÍSICA DEL AMOR


En otro lugar del espacio-tiempo…

No sé si ya son años o segundos del secuestro del Emisario; avanzo y él avanza, pero ¿quién sigue a quién?
Sobre nosotros gira ese ningún lugar que es la noche. Un profundo hueco hay ahora donde hace millones de años solía estar el Aether, pero giran aún en el vacío Ouranos los recuerdos fantasmales de ese cosmos perdido, retumban frágiles los ecos últimos de la materia.
Nosotros somos parte aún de esos movimientos hermosos y secretos del universo, como dos microscópicos engranajes en un invisible reloj, hecho él mismo de tiempo y al que le quedan pocos segundos ya que medir: Los últimos segundos del universo.

He corroborado, sin excepciones, que en el universo las cosas naturales y puras son además bellas. Así, era proporcionado y hermoso el Emisario —como he dicho muchas veces—, pero yo era feo y fragmentario. ¿Cómo podrían armonizar estas dos piezas de engranaje?

Tal vez sólo al modo de la sombra que armoniza con el cuerpo que la proyecta, sin tener para nada su naturaleza ni su sustancia. Así, yo era alguna proyección del Emisario y como una sombra, era mínimo frente a él. Pero de algún modo, hecho a causa de él y tal vez, me atrevería a decir que era por él.

Ahora, no creo que existan causas y efectos; creo que sólo nos lo parece porque unos están temporalmente antes que los otros, e incluso eso es lo que nos parece. Para el intemporal Thecnetos, la causa ocurre simultáneamente a su efecto. También, creo, llamamos causa a lo conocido y efecto a lo desconocido, pero una vez que ya conocemos todo (como también hace el Thecnetos), sólo quedan cosas simultáneas y mutuamente necesarias. Así, podría atreverme a decir que en algún sentido —no claro, por supuesto— yo era necesario para el ser del Emisario y no sólo un efecto de él.
No tendré en este planeta más de unos pocos años pero no recuerdo haber sido niño nunca. En cambio, el Emisario podría literalmente tener miles de años pero permanecía prístino, nuevo. Una inminencia muda empezaba a dibujarse entre su respiración y la mía. No sé, no puedo explicar la naturaleza de ese sentimiento entre los dos, sólo la puedo comparar con esa intimidad del yo solitario conociéndose a sí mismo. Así llegamos a ser el Emisario y yo, una sola cosa, sin partes ni estructura interna.
Y aún no se había cruzado entre los dos, ninguna palabra.

Esa brisa leve que siempre nos acariciaba en nuestro avanzar había sido hace millones de años un soplo vigoroso que apagó las últimas estrellas. Y esa vasta muerte del cosmos era ahora como una felicidad en mi pecho. No sé bien cómo explicarlo.

Duraba milésimas de segundo y era del grosor de un punto. Pensarla ya era desvanecerla, ¡pero sin duda era una felicidad!
Estábamos rodeados de huellas de recuerdos y recuerdos de huellas de recuerdos. Estamos —pensé— pero alguna vez tampoco estaremos, incluso el Thecnetos podría llegar a no estar.

Ese viscoso futuro me hacía necesitar más su proximidad y su existencia. Durmiendo a su lado, en mi interior, aún vivían esas estrellas que alguna vez saturaron los cielos. Mi alma ya no era oscura y fría; mi alma era una noche donde se disolvían ahora miles de estrellas en una dulce muerte y nacían otras. ¡Ah, el Emisario existía!

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