jueves, 5 de abril de 2012

52 E L I D I O M A D E L E M I S A R I O

En otro lugar del espacio-tiempo…

¡Así era el viaje y así era el extraviarse en el laberinto del Emisario! Así era el camino hasta el transmundo. Recorrimos esas noches donde las cosas no le pertenecen a nadie y procuran guardar perfecta inmovilidad para no correr el riesgo de desvanecerse. Tal vez saben que están olvidadas de la humanidad y que con su mirada les dio ser, sin ella podrían perderlo. Como un par de linternas débiles, nuestros ojos rescataban las banales cosas que encontrábamos, sólo para dejarlas luego atrás, sumergidas en su invisibilidad y anonimato eterno.
Nuestros corazones eran como pequeñas velas que nos calentaban mientras nos extraviábamos más y más. Y ese lugar donde nos perdíamos, éramos nosotros mismos.
Pensaba: “¿Qué motivó que estas ruinas crecieran así en la noche? Eran como un bosque artificial que en su intento por huir de la tierra y alcanzar el cielo, se hubiesen petrificado y muerto.”
Me acurruqué a él en el frío, intentando también dormir, pero me quedé en pensamientos como éste:
El Emisario parece haber sido arrancado de algo muy importante, desarraigado de algo no olvidado. ¿En qué momento la inteligencia del Thecnetos lo ha esclavizado?, ¿de qué otro mundo proviene? ¡Quizás éste no sea el último planeta ni ésta la última humanidad! ¿Su mundo se había perdido para siempre o existía inalcanzable para él? Yo a su lado era todo lo contrario: un ser que no dejó nada pues nada tuvo, ni buscaba nada, pues para buscar hay que tener una idea de lo que se busca y yo no sabía casi nada. ¿Qué pensará el Emisario de mí? ¿Qué sentirá al verme dormir como cuando yo ahora lo miro a él?
Formas diferentes a estos desiertos y edificios aparecerían frente a ese yo interior de su sueño. Yo podía acercarme íntimamente a su corpulencia dormida, podía escuchar su aliento frío y ronco y sincronizarlo con el mío. Pero, ¿cómo podría llegar a la inexpugnable intimidad de su pensamiento? Yo era como un hombrecillo frente a una impenetrable muralla que encierra una gran ciudad. Yo pegaba mi oído a su cuerpo al dormir, con la vana esperanza de que esto me ayudase a comprender sus adentros y como si él fuese una indiferente montaña, yo me acurrucaba a él para dormir en sus laderas.

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