jueves, 5 de abril de 2012

51 A N D R O G E N O T E S

En otro lugar del espacio-tiempo…

Así entre revueltas y represión, se reconstruyó el Mekhanes y el experimento ya estaba preparado, de nuevo faltaba un solo día para el viaje de M fuera del universo. El cuerpo de L había empezado a ser invadido por los mecanismos y cables de los que normalmente infectaban y aprisionaban a los Thaumasios; y ya tenía prohibido cualquier vínculo humano.
Pero eludiendo la vigilancia, logró escapar y buscó a M, en una agotada madrugada, para proponerle la androgénesis.
L entró silencioso al cubículo de M, que se despertó aún sin escucharlo.
–M —dijo L muy despacio para no estropear el casi completo silencio de las plataformas a esa alta hora—. Vengo para dar un fruto a nuestra enfermedad atávica, la androgénesis. Espero aceptes ser de esta forma mi verdadero erómenos. Deseo estar unido a ti por el resto del tiempo antes de que nos separen por completo los demás.
El violento y a la vez inocente M lo miró deseando lo mismo, pero dijo:
–Eso está absolutamente vedado, ningún laboratorio nos admitirá…Además, los Thaumasios no pueden hacer lo que tú haces. Y lo peor, mañana moriré. Siento el mismo deseo, pero desde mañana será imposible que estemos cerca. No se puede engendrar un androgenote en esas condiciones.
–Porque morimos es que nos reproducimos y no habrán otras condiciones. Estoy seguro de que volverás —dijo L casi mintiendo y contradiciendo lo que él antes había creído—. Para ese momento ya se estará desarrollado.
M calló, una antigua pulsión se movió dentro de él. Aquélla que empezó en ese oscuro mar primitivo y que lo atravesaba también a él. Miró el aire vacío, pensó en que mañana ya no lo sentiría y dijo con cierta pena: “Sería como que una parte de mí se quedará en este mundo, del que no participaré más. Una parte mía siempre contigo”.
–No sé cómo, pero lo haremos. Los dos estaremos juntos en él, lo dejaremos en un mundo que no sabemos cómo será después de que desaparezcamos —dijo L recordando lo absurdo de la reproducción—. La enfermedad atávica sacrifica la vida del hombre presente, por el que vendrá —concluyó L y entendió brevemente el absurdo de la enfermedad atávica y la lógica del odio que Herakón tenía por ella.
–Sí, lo deseo —dijo cargado de emoción M—, aunque no exista otra generación lo haremos.
–Sí —dijo L decidido—. Primero preparemos las células —dijo L atrapado como M por ese anhelo de eternidad que hay en todo lo que es finito. La voluntad de inmortalidad de todo lo que muere.
Entonces, ahí, en el locus de M, ambos por primera vez y también por última vez se entregaron al antiguo ritual de los eromenois.
Los amantes buscan una unidad desde su incompletitud, a través de una intensidad que traspasa y funde sus inmaterialidades, usando para ello sus materialidades.
M respiraba como si estuviese a punto de sollozar, los ojos con que se miraron brillaban lúbricos de la enfermedad atávica, L vio a M despojado de cualquier cosa que no fuera él y se mostró sin aditamentos ni uniformes, sólo ellos dos en estado puro. Sus integridades, sin fronteras ni bordes, se juntaron.
Cuando M sitió por primera vez la tibieza y humedad de L bajo su quijada, no pudo dejar de proferir un ruido ahogado que desahogaba una desesperada forma de qualia: el placer.
Como la madera fría e inmóvil pasa a ser fuego cambiante e intenso, como la materia se vuelve energía, sus carnes doloridas y gastadas, detonaron en sensaciones físicas y en poesía carnal. El primer segundo del vértigo, L sintió tal placer que era como si el cosmos mismo fuera la qualia del goce y cayera sobre él, atravesándolo en todas direcciones.
Sumando los vacíos de sus dos soledades se formaba por primera vez en ellos una simple cosa, sin partes ni estructura. Se encontraron uno con el otro en ese adentro sin formas ni diferencias que es el amor físico.
En el trance final, al acabar la última urgencia del rito, M gritó como si sufriera un placer terrible. En la intensidad del primitivo y tosco goce, se abrían abismos dentro de ellos y caían juntos hasta chocar uno con el otro, despedazándose. En ese universo de adentro, sin tiempo ni extensión, sus dos consciencias se hicieron una.
Luego, L y M durmieron mientras lágrimas cortas salían de sus ojos, conmovidos de tanta y tan rara felicidad. Tanto que hubiesen querido morir en la tibieza de ese corto sueño juntos.

Después de eso, salieron por los complejos en busca de una central de androgénesis inseguros de que lo artificial les ayudase a dar vida.

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