jueves, 5 de abril de 2012

50 U N A M U E R T E , N I N G Ú N M A L

En otro lugar del espacio-tiempo…

Otro día más del secuestro, caminamos ya muy despacio pues era muy tarde. Yo recordaba la figura lastimera del extraño y me dolía su final.
¿El Thecnetos había determinado la desaparición de esa persona en un momento determinado y el Emisario lo había ejecutado? ¿O había sido una decisión sólo de éste? ¿Había para mí un momento ya determinado por esa inteligencia invisible, a dónde me llevaba el Emisario realmente?
El Emisario durmió, enterrando así sus nuevas emociones y yo cerca de él, dormí lleno de aprehensión.
Al cabo estaba soñando. Una rara conversación me aguardaba en ese sueño.
Dentro de mi cabeza, en un lugar irreal pero tan nítido como la realidad, una fría mano me tomó el hombro. Al voltear vi al extraño, a Haelius mirando con atención a su asesino.
Le dije:
–Buscas vengar tu muerte. ¿Será mi asesino también?
–Sí. Pronto debe cumplir su deber. Pero yo no deseo vengarme, él no es culpable de nada —dijo el otro.
–Él te mató —contesté— y tú eras inocente de todo.
–Piensa —agregó frío—, sólo es malo aquello que causa dolor. Por eso el Emisario no tiene culpa.
–Pero tú, ¿no deseabas vivir? —contesté —. ¿No es malo que deseando vivir se muera?
–No– respondió— pues cada segundo que deseaba vivir, vivía. Cuando no vivía, no deseaba nada. Se cumplió mi deseo de vivir hasta el último segundo. El deseo es presente. Y no perdí el presente.
–Dices que sólo es malo provocar dolor —contesté— y que tú no puedes sentirlo ahora. Quizás el Emisario siente dolor por lo que hizo.
–Sólo si él lo considera malo. Pero él no lo considera así. Nadie sufre —contestó.
Me sentí confundido y triste.
– ¿Estás triste por mí? —preguntó.
–Sí, hay un dolor en tu desaparición: el mío —contesté.
–Es un dolor ilegítimo —dijo—. Es un dolor por un mal que nadie siente, un sentimiento absurdo.
Luego me miró sintiendo pena por mí y me preguntó: “¿Por qué creías que el muerto era yo?”
Asombrado, vi que se aproximó al Emisario y recostándose a su lado buscó el sueño. Vislumbré la intimidad de los dos que había creído erradamente mía y una dolorosa desesperación se empezó a encender en mí, mientras me desvanecía en el aire.

En el mismo instante en que desaparecía el último átomo de mí, desperté.

El Emisario dormido movió una de sus manos buscando —sonámbula— una de las mías, despertándome al aferrarla, inconsciente de hacerlo, en el momento justo para salvarme.

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