jueves, 5 de abril de 2012

46 LA LIBERTAD ES SOLO AZAR


En otro lugar del espacio-tiempo…

     Recordaba constantemente a aquel otro ciudadano que vi. Nunca sabría quién era, pero sabía que había sido, como yo, hecho al azar por el Thecnetos.
     Estaríamos ahora a una enorme distancia de él. Y si la marcha proseguía, estaría pronto inaccesible. La ruta del Emisario no lo incluía pues la dirección que tomaba era opuesta a la ruta de aquel.
     Una vez más, cayó la noche y el Emisario quedó inmóvil balbuceando recuerdos. Tan pronto durmió, me solté cuidadosamente de una de sus manos. No olvidaba que el Emisario era también un ángelos de la muerte. Cuando reprogramé los Mekhanes para sobrevivir, el Thecnetos había mandado al Emisario a darme muerte. Era imposible desobedecer por siempre al omnipotente Thecnetos.
     Empecé a andar de regreso entre las tinieblas, deseaba vivir y debía escapar del Thecnetos. Primero despacio y luego velozmente regrese por el camino. ¿Era libre? Creo que no. Simplemente obedecía a otro amo. Era prisionero de un deseo que tenía, pero que no había elegido tener: el deseo de ser libre.
     Pronto, encontré las huellas del extraño. Revivió el anhelo vivir y de alcanzar el transmundo y empecé a correr. Mi memoria recordaba cada paso dado. Parecía como si mi mente hubiese planeado esta huida desde que miré al extraño y me trazaba una ruta clara para hallarlo. Las horas pasaron volando, hasta que hallé el punto en donde nuestras huellas se cruzaban con las suyas. Ahí empecé a seguir las huellas del extraño. ¿Era esto la libertad? Era libre de perseguir esas huellas, pero no era libre de dejar de desear perseguirlas. Ni era libre de dejar de desear ser libre. Libertad es esclavitud de los deseos.
     Solo el deseo de vivir es mayor que el deseo de ser libre, y hay algo más fuerte que el deseo de vivir. Más fuerte que el hambre o la sed. Frenético ya, noté que mi deseado encuentro estaría cerca, pero también noté que el Emisario se hacía cada vez más lejano. Sospechar que lo perdería me intranquilizó. Creó una angustia que fue frenando mis pasos poco a poco. De pronto me detuve. Algo me jalaba, algo más fuerte que el instinto de conservación. Di algunos pasos más con un esfuerzo y volví a detenerme. Esta vez definitivamente. El instinto de conservación del individuo es siempre un proyecto sin futuro, dado que el individuo morirá. El otro, el instinto de conservación de la molécula germinal si puede realizar el anhelo que hay en todo lo que nace, el deseo de eternidad. Ese anhelo, esa locura, esa fiebre, recibe el nombre de amor. 
     Ahí no sabía si volver o continuar. Los deseos de cualquier dirección eran exactamente iguales. No importaba cuánto pensara, no elegía ninguna ruta. ¿Porque elegimos una puerta y no otra? Generalmente lo hacemos porque una conviene más que la otra. No somos libres pues sólo una puede ser la más ventajosa. Nuestra capacidad de calcular determina la elección.
     Si son iguales o no podemos calcular, elegimos al azar. Ninguna de estas dos posibilidades implica ser libre. La libertad no existe, solo el azar o una determinación exterior o interior.
Así que en ese punto debía elegir al azar entre el Emisario o la vida. Pero no pude.
Entonces, oí unos pasos muy lejanos en la dirección de las huellas del extraño. Debía estar ya cerca de este último.
     Continué tras ellas muy despacio. De rato en rato un leve sonido delataba la dirección del buscado. Así avancé cauto y callado. A los pocos minutos pude ver su figura humana claramente. Una enjuta silueta recostada entre las piedras. El extraño estaba acostado entre unos escombros, inmóvil. Dormía casi helado de espaldas a mí. Al acercarme con cautela pude escuchar su respiración suave. Miré su rostro: era sosegado y triste. Me inundó una profunda compasión. Avancé despacio hasta él y me senté a esperar que despertara. Y era como sentarme frente a un espejo. Ese hombre ahí dormido, polvoriento y gastado, ese ser grisáceo, ¿quién era realmente? No importaba. ¿Acaso podía contestar a la pregunta de quién era yo realmente? Lo rocé con un dedo lentamente respetando su sueño. La piel de C-Haelius era fría. Sentí conmiseración por él y por todos nosotros, hijos abandonados del Thecnetos. Huir del Thecnetos, vivir rebeldes a su oscuro poder, ése era el plan.
     En eso, medité que era muy extraño que hubiese escuchado sus pisadas, pues el extraño no estaba caminando sino inmóvil en el sueño desde hacía mucho.
     ¿Qué había escuchado? De pronto entendí que aquí debía estar otro. Un humor patológico inundó mis huesos, al momento que note una sombra.
     Un ruido nuevo, esta vez brusco y fuerte y volteé. Vi al Emisario altísimo y oscuro detrás de nosotros. Él era el origen de esos ruidos, los había hecho para guiarme a aquel lugar. Había llegado mucho antes que yo.
Se acercó muy silencioso hasta C-Haelius. Su rasgos, más duros que nunca, dejaban escapar apenas, una reprimida desesperación. Me miró intensamente, sus cejas estaban retorcidas con furia y al centro de esa mirada violenta, había una pequeñísima pincelada de dolor. Yo retrocedí vencido y confundido. Él se paró delante del durmiente y por unos momentos manipuló unos artefactos confusos.
Luego en silencio señaló con su brazo la nuca del durmiente.
     Todo lo hacía sin el menor ruido, lo que me hizo notar que los ruidos de antes habían sido un señuelo para que yo los encontrara. Unos segundos estuvo apuntándolo mientras el silencio y la calma seguían.
De pronto hubo un terrible ruido como un crujido del aire y un resplandor blanquísimo que me cegó. Después, una polvareda que acabó en un silbido corto.
     Yo me había cubierto los oídos con las manos. Una polvareda nos rodeó. El extraño (C-Haelius) a pesar de la brutal violencia del disparo, ya inanimado no perdió la calma de su actitud corporal, y aflojo aún más su cuerpo dormido. 
     El Emisario, después de eso, se alejó por la ruta anterior, agitado pero callado. Yo observé al durmiente. Tenía el cráneo despedazado y hueco. Sólo la mitad de su rostro permanecía intacto y su cuerpo seguía recostado en tranquilidad. ¿Qué había pasado? ¿A dónde fue esa cosa que tenemos todos y que perdemos al morir? Lo dejé temblando y debía unirme al Emisario. Éste me esperaba.
     Mientras avanzaba hacia él, su mirada se sostenía al nivel de la mía, haciéndose cada vez, más clara y viva. Concentrada de ira. Al llegar cerca de él, hizo bruscamente algo violento, pasó sus brazos alrededor mío, apretándome muy fuerte con ellos y también con su cabeza. Sentí qué me era imposible respirar o zafarme. Temí la interminable inconsciencia que vendría. Finalmente el Emisario cumplía las órdenes del Thecnetos. También perdería eso que todos los seres conscientes tienen: la impresión subjetiva de existir. Me sofocaba la asfixia. Pero luego sentí que el abrazo del Emisario no era mortal, escuché una corta y ansiosa exhalación de su pecho, con la que el Emisario hallaba desahogo a una larga angustia. Un afligido y reprimido deseo.
     No entendí el significado de ese gesto pero me juré que no intentaría escapar de él nunca más. Tampoco él lo entendía. 

Y tampoco podría escapar ya de mí.  

No hay comentarios: