jueves, 5 de abril de 2012

40 ¿SOMOS LOS MISMOS DE HACE 5 MINUTOS?

En otro lugar del espacio y el  tiempo…

¡El largo camino hasta el transmundo!
     Llegamos a unas ruinas muy densas. En el centro de ellas encontramos un enorme monumento de piedra muy extraño. El Emisario decidió descansar bajo él y antes de desvanecerse en su sueño me miró unos minutos atentamente, como si me viese por primera vez o como si reconociese recién algo largamente ignorado en mí. Sentía algo que aún no se dejaba entender. Finalmente fue vencido por el sueño y entró en el sopor de la inconsciencia.
Entonces esa terrible estructura sobre el Emisario captó toda mi atención y me hizo comprender algo que ya iba sospechando. Era una estructura cuadrangular muy alta. Partía de una ancha base de diminutos elementos pétreos que al inicio eran caóticos y después se elevaban formando cuatro dobles hélices escalonadas. De cada uno de esas dobles espirales nacían cuatro robustos gigantes, extrañamente semejantes al Emisario, que también estaban algo torcidos, como continuando el ascenso espiral de las hélices que los sostenían. Pero más arriba, sus gruesos brazos sostenían a duras penas una inmensa y pesadísima estructura. La rara geometría de esa pesada carga estaba colmada de signos y parecía a lo lejos un negro cubo ladeado. Pero era más bien dos cubos, uno dentro del otro, las líneas de comunicación entre sus aristas dibujaban una trama que confundía y mareaba al ser examinada. Lo llamaré provisionalmente hipercubo. Lamentablemente la erosión había borrado los detalles, así que su forma real sólo era posible de verse con cierto esfuerzo visual. Las esquinas inferiores del hipercubo descansaban en los anchos cuellos de esos hombres colosales, que aunque fornidos como toros, trabajosamente aguantaban el peso. Los gestos llenos de presión, la tensión muscular al borde del desequilibrio, la sobriedad geométrica del hipercubo y el vertiginoso ascenso de las espirales bajo ellos, todo estaba esculpido en una negra piedra manchada y resquebrajada por la erosión. 
El Emisario echado y dormido en la base de esos cuatro gigantes, como dije, parecía como un quinto que, agotado por la dura tarea de sostener al negro hipercubo, hubiese caído rendido, agravando de este modo la labor ya difícil de los otros cuatro.

     Estos bellos atlas de piedra también tenían los ojos cerrados a  semejanza de todos los que siempre observé en mi vida, incluyendo al Emisario ahora soñando. Pero su sueño parecía ser incómodo e incluso intolerable, como si soñaran un castigo duro e insufrible. Los gigantes vivían en sus vísceras de piedra un dolor mineral, fruto de aquel severo  peso, eternamente sobre ellos.
     Empecé a caminar alrededor del dramático monumento. Cada gigante era igual físicamente a los otros, aunque en distinta posición de sostén y con gestos también distintos por el esfuerzo, se notaba una cierta descoordinación de sus esfuerzos musculares, que desequilibraba aún más el sostén del hypercubo, aumentando el dramatismo  del conjunto escultórico. La base del monumento era más ancha que todo e inicialmente estaba formada  de esos pequeños elementos desordenados. Al mirarlos más de cerca miré que cada uno de ellos, parecía ser esférico. Estas esferas, mientras uno subía la mirada, se iban organizando y girando formando dos espirales; una paralela a la otra que se comunicaban por peldaños o puentes.  A  cierta altura estas gruesas hélices se convertían en los desarrollados muslos de los cuatro  gigantes, de modo que cada uno de estos nacía de una de las cuatro espirales dobles. Y la torsión tensa de sus músculos y volúmenes repetía esa tensión elíptica de las dobles hélices, símbolo y forma de la molécula germinal, esencia de la vida misma. Obviamente los gigantes representaban a la humanidad. ¿Pero qué era el hypercubo?
     Los gigantes eran idénticos en rasgos y tamaño entre sí y con el Emisario, pero distintos pues dibujaban diferentes posiciones y plasmaban diversos gestos. ¿Eran el mismo gigante? ¿O distintos gigantes?
En eso medité distraído.
     Yo mismo tenía gestos diversos. Cada minuto mi cuerpo adoptaba posiciones y formas diferentes. Y sin embargo era yo el mismo ¿O no? Si algo no es igual en modo y forma, ¿por qué llamarlo “el mismo”? ¿Será que no soy el de hace cinco minutos?
     Miré el perturbador monumento que se alzaba invencible y arrogante hasta una gran altura y comprobé el trabajo extenuante de los cuatro gigantes o del único gigante.
     Supuse luego que a pesar de que mi cuerpo cambiaba de posición como lo hacían los gigantes, los átomos de mi cuerpo eran los mismos.  Eso me hacía a mí ser siempre yo. En cambio los gigantes tenían átomos diferentes y eso los hacía distintos entre sí.
     Pero recordé, que al cabo de unos años los átomos de mi cuerpo se renovaban por otros. Los átomos que antes eran polvo ahora son mi carne y los de ahora serán mañana quién sabe qué. ¿Por qué creía que yo continuaba si me iba deshaciendo y rehaciendo con el tiempo? Los  átomos de los cuatro gigantes eran otros también. No podían ser el mismo gigante, ni yo el mismo hombre de hace algunos años.

     Pero a diferencia de los gigantes yo tenía una memoria de la cual podía decir que era mía. Medité así caminando alrededor del monumento.
     Luego recordé que cada día acumulaba nuevos recuerdos y otros se iban borrando. Más rápido que el recambio de mis átomos era el recambio de mis ideas. No podía decir entonces que fuera yo el mismo de hace algún tiempo en base a mi constitución material o mental. Miré al Emisario pensando.
El enigma planteado por ese monumento no tenía solución, pero al fin creí hallarlo. ¿No había acaso una continuidad entre mi pasado y yo? ¿No había una sucesión de  estados, todos relacionados unos después de otros que me hacían a mí?
     Me alegré aliviado. Pero de pronto me decepcioné de nuevo, pues esa continuidad sólo significaba una relación, una proximidad, hasta una génesis, pero no una identidad, no igualdad. También había sucesión entre las esferas y los gigantes y entre el hipercubo y el aire, pero no eran lo mismo. De hecho había una continuidad entre el viento que surca el planeta y yo, pero no éramos lo mismo. Yo me originaba del Thecnetos pero no era uno con él.
     Mi cuerpo no era el mismo pero lo debía ser mi consciencia construida por él, aunque eso me obligaba a pensar que mi consciencia no era parte de mi cuerpo. Mi consciencia debía ser una estructura igual a sí misma. Sus partes materiales acaso cambiaban y se perdían pero la consciencia que formaban no. Pero ¿por qué si las partes de la mente son de materia inconsciente, el todo que forma era consciente e inmaterial? ¿Por qué no todo en el cosmos era inconsciencia y materia? ¿Y mi yo era igual a sí mismo al cabo del tiempo? No sabía que era la consciencia pero sabía que era igual a sí misma, yo seguía siendo yo.
¿O no?
¿Qué significaba ser “yo”?
     Seguí girando lentamente alrededor de este misterioso monumento y pensé que al cabo de la vuelta ya no sería yo.
     Cuando terminé de dar la vuelta al monumento encontré al Emisario de pie. Me miró agudamente respirando inquieto y así me comunicó que empezaríamos de nuevo la marcha y que abandonara esas frívolas preocupaciones. Las abandoné. Habría abandonado un cosmos por ir adonde él fuera.
     Pero en lo íntimo, jamás olvidé el acertijo que el monumento de los cuatro emisarios dejó en mí.

El acertijo de la consciencia.

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