jueves, 5 de abril de 2012

38 UN LABERINTO DENTRO DEL EMISARIO

En el perdido Ouranus…

Dormí con el recuerdo del extraño viajante.
     Como aquellos melancólicos hombres de piedra que se deshacen en los desiertos, el Emisario permanecía por horas inmóvil. Miraba imperturbable, con una bella y limpia mirada, esa última luz, antes de que la gran tormenta girase y empezase a rodar por debajo del planeta. Pero no la atendía en realidad. Siglos de siglos se cansaron esos ojos de ver nadas. Era como si dentro de ellos estuviese pasando una vida más concreta que la pobre realidad de este lento atardecer llamado Thecnetos. Un  mundo volvía a su mente ¿Qué había dentro de sus ojos esas tardes de polvo? En sus ojos algo más importante que la realidad ocurría; el Emisario los apretaba y callaba, conmovido en su secreta vida interior.
     Él era como los edificios muertos que tanto visité, que parecían decir siempre algo que yo nunca alcanzaba a entender, pero que implacablemente siempre lo estaban diciendo.
Algo se instalaba en su mente. Algo débil pero y letal.

     A veces yo despertaba y notaba que el Emisario estaba mirándome fijamente. Aún mirándome así sabía que mis ojos eran para él un punto cualquiera, una excusa para perderse dentro de sí mismo, siempre a una enorme distancia de mí. Pero creí sentir, de vez en cuando, que algunos segundos posaba su atención efectivamente en mí, sus ojos eran entonces más brillantes y húmedos de lo normal, se delineaban como con cierto anhelo triste, sobre su cuerpo enorme y contrito. Con el tiempo esa muda atención sobre mí se volvió más concentrada, profunda y frecuente.

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