jueves, 5 de abril de 2012

32 ELHOMBRE ES UN DIOS MORTAL



En un cosmos congelado por la nada…

     Antes de torcer la última esquina del regreso, un sonido brusco me paralizó: eran unas pisadas duras en los escombros. Debía ser el Emisario. Pensé naturalmente en esconderme y quedarme quieto mientras se iba, ya sin otros planes ni esperanzas.
Pero algo muy poco común pasó.
     Acurrucado en silencio, sentí que el ruido de las pisadas no se agazapaba, como era lo usual. Más bien, las sentía cada vez más fuertes y claras y en unos segundos descubrí que venían hacia mí.
     Atónito, no supe qué hacer al respecto y esperé tras la esquina el increíble encuentro que inevitablemente ocurriría. Demasiado pronto apareció una figura monumental, viva y móvil. Creo que era la primera vez que veía al paisaje moverse; un enorme bulto de la realidad se movía hacia mí. La desmesurada corporalidad del Emisario se estaba delineando frente a mis ojos y lo tuve finalmente enfrente.
     El Emisario, al hallarme, se detuvo a unos metros. Mi corazón palpitaba dolorosamente. Descuidadamente, encontré su mirada y él la mía; nunca había cruzado mi mirada con la de ningún otro ser consciente y éste era un fenómeno muy paradójico, un vicioso fenómeno circular semejante a cuando dos espejos se miran frente a frente. Es raro, ya que una consciencia sea consciente de una cosa, pero más raro aún que una consciencia sea consciente de otra consciencia. Eso pasó ese día, cuando el Emisario y yo nos miramos por primera vez en nuestras vidas, hasta ese momento, paralelas.
     Me miró agudamente como haciendo un primer análisis profundo y rápido; era un gigantesco e inocente asesino sobrecargado de grades y pesados músculos, que construían sobre sus gruesos huesos, una altura sobrehumana. Sus ojos estaban pasmados, pero vivos, se remarcaba por su gran tamaño, entre la multitud de escombros. Asintió cansado, como corroborándome. Luego aguzó los ojos, como tratando de escudriñar una duda. Yo bajé la mirada y comprendí que el Emisario era como una de las estatuas del desierto, pertenecientes a esa misma descomunal raza antigua y como una de éstas, se recostó enorme y pesado bajo un monumental dintel. Ahí se quedó inmóvil, como sosteniéndolo. La geometría serena y sólida del edificio era armónica con las líneas que dibujaban con belleza cada parte del Emisario. Parecía como si el edificio tuviese secretas proporciones y relaciones con los volúmenes grandes y fuertes de su cuerpo, que al igual que él era ancho y pesado. Pero también noté en la tosca corpulencia del desmesurado gigante, una gastada y bella melancolía.
     Sus manos estaban rojas y su respiración áspera, agitada. El Thecnetos lo había enviado a acabarme. Luego noté una cosa asombrosa, una más terrorífica que la presencia misma del Emisario bajo el dintel: el suelo estaba lleno de escombros y había también mucha luz en esa esquina que usualmente a esa hora quedaba a oscuras. Avancé  preocupado. El monumental Emisario no se movió ni un milímetro de su rígida posición, pero seguía con sus profundos ojos mis inseguros pasos. Al doblar el muro, vi un sistema nuevo de escombros. Lo que llamaba mi casa se había derrumbado totalmente después de resistir endeble millones de años. Recordé las manos rojas del Emisario, su cuerpo extenuado y sentí su mirada insoportable y mortal en mi espalda.
     Sentí el viento jugar en el hueco que dejó mi casa y era como sentir de pronto toda la nitidez de la soledad cósmica.
Empezaba mi fin. ¡Si la desaparición fuera sólo por unos meses!  Por sólo miles de años, sería difícil aceptarlo. Pero la desaparición para siempre es una monstruosidad que nunca nos resignamos a mirar de frente. Comprender esto tan sólo un segundo nos destroza y por eso nunca lo hacemos, siempre eludimos mirar al eterno final. Lloré ahí por amor a la casa a la que no regresaría nunca y que en realidad no era ni mía, y ni siquiera una casa. Lloré por el significado de esa desaparición y porque la presencia del Emisario era anuncio de la desaparición perpetua de todas las cosas, por la interminable desaparición de mí mismo. Mi muerte interminable venía. No había escape. Una eternidad de vacío me esperaba.
     La belleza del acromegálico Emisario era casi intolerable y nada que escriba podrá dar una idea de ella. Solo una cicatriz en su brazo izquierdo, con algo debajo de ella, empañaba su absoluta perfección corporal. Pero a pesar de la pureza de sus formas y de la limpieza de su expresión serena, el Emisario parecía tener cientos de años, quizás miles. Era la prueba de que era efectivamente un ángelos del Thecnetos, uno que venía a anunciar muerte, sin prórrogas ni excepciones.
     En la polvareda, indiferente y sólido, estaba el Emisario mirando desde su inmortalidad y su belleza, mi fugacidad y fealdad. Había sido su misión ayudar al derrumbe de la casa, cosa seguramente nada dificultosa para sus titánicas fuerzas.
     Vi que con seguridad era un descendiente directo de la primitiva humanidad, ésa que enfrentó y extinguió todas las otras civilizaciones del universo. Aquélla de la que había degenerado nuestra pobre raza. Llevaba cientos de miles de años al servicio del Thecnetos. Estaba construido en el espacio con grandes y bellos volúmenes; las líneas que lo delimitaban emanaban esa belleza y serenidad que las cosas naturales y perfectas tienen. Cubierto íntegramente de polvo no se distinguía de las estatuas de piedra, pero éste era una con entrañas de carne y a diferencia de los gigantes de mármol, sus grandes ojos no estaban ciegos, sino abiertos nítidamente al mundo.
     Su mirada estaba trasparentada de tanto paisaje, desfondada de tanta vastedad. Participaba de una realidad más minuciosa y concreta que la mía; miraba mi desamparo desde su altura como a un hombre primitivo. Era de la raza que construyó las ciudades que ahora son ruinas, y al Thecnetos. Recordé también que ese titán cansado se comunicaba con él a través de raros aparatos y en ocultos lugares; que administraba el mundo, un mundo millones de veces superior al mío. Lo miré asombrado como si mirara a un dios. Pero este dios estaba a unos metros y respiraba dificultosamente y estaba  cubierto del mismo polvo que yo.
     Yo estaba derrumbado como la casa. Había quedado aún más desnudo en un mundo ahora más ajeno.
Entonces, imperceptiblemente, el Emisario, luego de un microscópico titubeo, dejó su inmovilidad escultórica. Primero eran cambios milimétricos, luego noté que empezaba a acercarse a mí. Abrí los ojos de terror cuando por fin noté su movimiento, casi imperceptible al principio. Traté de alejarme, pero en un torpe movimiento de huida tropecé y caí. Al incorporarme, el Emisario ya  me había cogido de un brazo y empezó a andar arrastrándome. Tenía la obligación de destruirme también a mí.
     Me puse muy rígido, me aferré inútilmente a unos escombros, me sacudí. Pero de pronto entendí que detrás del milenario Emisario estaba la omnipotente decisión del eterno Thecnetos y entonces me dejé llevar y traté de obedecer sus incomprensibles órdenes. Con terror inicialmente y luego con pasiva resignación, caminé con él a través de las otras casas muertas. ¡Debía despedirme de ellas para siempre! Finalmente el Emisario me colocó en el hueco que formaban dos muros que se juntaban, parado delante de mí para impedir mi evasión.
Caí sin fuerzas, diminuto frente a sus pies.
     Incrédulo de mi fin, no quise ver cómo manipula unos instrumentos raros y los acomodaba apuntando mi frente, noté los preludios de mi ejecución en su sombra, que también era bella. Vi que ya me apuntaba con aquellos artefactos. Los instantes de espera se hicieron largos segundos y estos dilatadísimos minutos de aterrada y pasiva agonía.
     ¿Qué ocurrió esa tarde destinada a mi muerte? ¿Qué fue esa informe debilidad dentro del Emisario, de común hecho todo voluntad e inmisericorde fuerza? ¿Cómo entendemos una primera sensación sin   referentes ni recuerdos? ¿A dónde se desviaba su obediencia de enviado del infinito, que vencía ese amplio y fuerte pecho que ahora respiraba como si le faltara el aire?
Nadie, ni él mismo, lo sabían.
     Luego, milimétricamente, muy despacio, y también incomprensiblemente,  el Emisario dejó de apuntarme y el silencio y la calma del paisaje continuó.
     Inmóviles los dos, uno frente al otro, mientras todo lo demás era silencio. Noté ahí un ruido muy leve, pero de algo frenético y poderoso. Tanto era el rígido silencio de ese momento que pude escuchar los agitados latidos del corazón del Emisario. 


     Su rostro de sólidas magnitudes, estaba rojo como sometido a una gran presión y su frente, dibujada con una geometría perfecta, se llenó de gotas calientes. Cogió de nuevo mi brazo, renunciando a su inicial determinación y empezamos a andar. 

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