jueves, 5 de abril de 2012

26 F I N D E L A I N V E S T I G A C I Ó N


En los límites próximos a la nada…

     ¡Ah, las cartas! De pronto comprendí que el idioma era la clave final para resolver el acertijo. Los proto-idiomas aparecen una sola vez y para una sola persona, como dije antes. Este idioma común implicaba un vínculo entre un hombre solo consigo mismo, imposible entre dos distintos. Así, M y L eran con toda seguridad una sola persona, y además M,  L  y yo debíamos ser una misma persona también. No pude escapar de esta conclusión. Pero no debería asustarme; no implicaba esto locura. Estaban en mí, pero no como otras personalidades, sino como abstracciones.
     Yo había perdido la capacidad de entenderlos y reconocer con naturalidad mi relación con ellos. Me asombraba de su existencia como un hombre senil se asombra de que se le llame por su nombre, al no reconocerlo. Si la humanidad estaba en lo más lejano y agudo de su senilidad como especie, ¿cómo pensaba yo no estarlo también, siendo un punto de esa humanidad? Yo era como un sujeto que va por algo y al llegar, olvida qué lo movió, o como un moribundo asombrado aún de tener un cuerpo y de que le hablen quienes ahora no conoce.
Si esto era así, no estaba enajenado, pero la vejez ya estaría muy avanzada en mí, deteriorando mi mente. Mi muerte debía estar muy próxima. Había fracasado al tratar de salvarme, no había engañado del todo a los Mekhanes, la muerte ganaba la partida.
     Del mismo modo que la vejez de la especie nos ha vuelto a todos ciegos e insuficientes para el mundo, en mi breve vida se repetía esta lenta muerte de la humanidad.
     Persistía mi incomprensión general sobre el significado de diversos neologismos. Creí deducir su significado a veces, pero nuevas cartas contradecían los sentidos que les iba dando.
     Cuando renuncié formalmente a continuar la investigación sobre M, L y ese mundo libre del Thecnetos, ya llevaba tiempo sin creer en ella. En este planeta la consciencia de lo que hacemos no coincide con lo que hacemos, sino que sigue sus lejanas huellas. Notamos lo que somos muy posteriormente a serlo y casi sólo sabemos lo que hacíamos y nunca lo que hacemos.
     Habitamos y comprendemos el pasado, el presente es borroso.
Quizás ahora pienso en lo que pasó hace muchísimos años y relato el pasado de otro con el que no comparto ni el cuerpo ni la mente.
El presente siempre es un pendiente para  el futuro de quién sabe quién.
     En este planeta la resignación también llega muy rápido, antes de que se dibuje siquiera la esperanza. Así que acepté que no me tocaría ver ni mucho menos influir en los lejanos M y L ni escapar del Thecnetos, si acaso existía. El Emisario era también inalcanzable.
     Me vi ajeno a ese lenguaje a pesar de su pseudo-familiaridad, sentí compasión y tal vez un poco de amor por mí mismo. Luego me consolé pensando que quizás en mí estaba dormida  la facultad de entender las cartas, aunque no lo hiciese jamás y que no importaba que no las entendiera yo. Eran importantes porque tenían un sentido para sí mismas y para ese otro mundo al que pertenecían, del que extraviadas habían llegado a mí. Y eso era —creo— hermoso. Resolví no volver a engañar a los Mekhanes y volver a mis ruinas natales y morir ahí. No había podido entender por qué la realidad era así. Ni  mucho menos por qué “era”. Pero ya no importaba.

     En regiones lejanas, en la punta de algún edificio muerto, iba soltando los pedacitos que hacía con las cartas ya sin leer. Fueron días de resignación y también de hastío.  Di en pensar que la incomprensión de las razones del mundo, en una humanidad carente de cualquier tipo de instrucción, hace aparecer estos y otros espejismos en la vida del hombre moderno. Así el Thecnetos nutría y aseguraba una actitud pasiva frente a la disposición y estructura del mundo. Dejar pasar y olvidar era ahora la misión del hombre. 

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