jueves, 5 de abril de 2012

24 R E F L E X I O N E S S O B R E E L E M I S A R I O


En la última vejez del mundo…

     ¡Ah soñar en examinar al Emisario! ¡Atrapar al Emisario, seguir al Emisario! ¡Qué sueño arduo he forjado! Difícil como recorrer completo el planeta, imposible como “sentir” que ya estamos muertos. ¡Impreciso  como tratar de adivinar en los silencios y titubeos de dios, aquellas cosas que no nos quiere decir!
     ¡El Emisario! ¿En qué oscuro lugar estará ahora? Quizás cerca de M o de L, ¡O quizás en el centro del Thecnetos! ¿Qué lenguajes usará para comunicarse con él? ¿Cómo será este enviado del infinito?
     Es —según todo indica— un ser vivo y  tal vez humano, pero de otra raza definitivamente. Si no, sería imposible su vínculo con el Thecnetos. No sé cuántos dedos habrá en sus manos o si las tiene. No sé si su fisonomía tiende más al Thecnetos o al hombre. Su cuerpo ha de ser perfecto, pero claro, dada su humanidad, ésta debe ser una perfección en términos humanos, cosa que en realidad es contradictoria y me confunde. ¿Perfección humana? Eso sería como ser fugazmente eterno o “ser” una nada. ¿Cómo comprender al Emisario entonces? En todo caso, es seguro que pertenecerá a una  raza diseñada para comerciar con esa tormenta de vértigos que llamamos Thecnetos.

     Aunque también podría ser que su contacto con este ente omnisciente fuese sólo indirecto, como un cartero que llevase la correspondencia entre los dioses; capaz de transportarlas pero incapaz de entenderlas. Así, los trámites los hará con los niveles más superficiales de esa inteligencia secreta, especialmente construidos para hacer posible esa comunicación.

     Muchas veces pensé que el Emisario no tenía formas humanas, pero el ruido de sus pisadas, las huellas que deja en la arena, alguna vez su sombra o su tos, lo descubrieron humano, como yo.
Aunque quizás sólo lo es en forma  y no en  contenido.
     ¡Debajo del aparentemente humano Emisario, otros órganos y sistemas se tejerán y moverían en un infinitamente más perfecto organismo!
     En cualquier caso, debe ser más complejo que nosotros, y tal vez eso lo condena a una mayor e íntegra soledad.
Por fin la noche llegó. Ya en lo profundo de la oscuridad, escuche ruidos sutiles, una fuga en la oscuridad, un cambio leve en los movimientos del aire por la casa. Debía ser de nuevo el Emisario y debía haber ya cerca otra carta. Era mi oportunidad de verlo y avanzar la investigación; mi ocasión de abordarlo y tal vez, con algo de valor, de seguirlo al transmundo. ¡Llegar por fin a M y a L! Y a su mundo de libre del Thecnetos.
     Pero pronto apareció en mí esa antigua aprehensión de la que hablé antes. Finalmente permanecí tan quieto y silencioso como siempre y aun más que antes, tanto que acaso ni siquiera el Thecnetos podría haber notado mi presencia, ni los pensamientos e intenciones que guardaban silencio en mí.

     Aliviado, sentí luego que el Emisario ya se iba. Esperé a que acabara su equivocada entrega y dejé pasar mucho tiempo certificando que el silencio fuese absoluto y permanente, mientras palpitaba cada vez más lento mi corazón. Ya luego de mucho, me permití el primer imperceptible movimiento.
Había fracasado sin hacer absolutamente nada.

     Pero el silencio que quedó después de su visita no me tranquilizó del todo. Sentía como si las sombras que el Emisario había proyectado en suelos y paredes, hubiesen dejado algo que persistía; algo con una misión, algo que después iniciaría su labor.
     Temí que algunos átomos de mi plan de evasión se me hubiesen escapado y él ya adivinara por ellos mis torpes intenciones. Esto no sería raro. “Si no lo adivinara él, la inteligencia del Thecnetos sí lo hará”, pensé con temor:
¿Qué medidas tomará el  Thecnetos al adivinar mis planes? Quizás a través de mí entendería el error de las cartas: su error. ¿Qué consecuencias produciría este insulto venido desde algo tan pequeño como yo en el Thecnetos?
     Pero, luego, como adicto, busqué en la casa la carta. Las incomprensibles palabras me llenaron de pasión y de somnolencia, como una droga que hacía más confuso el mundo, pero también un poco más dulce. Éstas fueron:
M.:
Las cosas con las que a veces te  siento, las más...
Con las que tejo tibios desiertos: te extraño.
Les da a veces y son todo. Un cielo encima de mí, incansable planeta debajo. Se abren rosas áridas en las playas, la infinita caída de las estrellas, más en mis manos se asoman las rosas que no pudieron nacer. Pobres como mi alma, sin fragancia, se esconden de la oscuridad del día y del grito de la noche. Soñamos juntos que no hay nada afuera, ni la ciudad, ni detrás del cielo más planetas. Detrás tengo un armario. En las noches es una mancha oscura donde te guardo, sabiéndote lejos. Allá mis libros: algunos son caminos de tierra, paisajes extraviados. Los más son dueños de mi voz verdadera y cuando ellos se pierdan, con ellos me iré de verdad, no con la muerte que  se ha de comer todos los niños que he podido ser. El caso es que no te tengo, ni en mi mente como he creído; el caso es que estoy solo, pariéndome a mí mismo en cada palabra, nada entre renglón y renglón................. Te extraño.
L.
     Leí esta carta atento, aunque sin comprenderla, pero ya una desilusión había germinado en mí. La vida había sido sólo un accidente químico y nosotros, los hombres, un accidente de la vida. Por lo tanto mi plan era el error de un error de un error, tratando de sublevarse a la perfección del Thecnetos. Al fracasar ese día (como fracasan todos) empezó a morir mi investigación y mis sueños de escapar del sistema que el Thecnetos tenía para mí. Una confusa rebelión metafísica que sólo existía en mi mente y que en mi mente murió. Lo avanzado en mis investigaciones era en realidad poco y mi recorrido no se distinguía de un simple andar al azar. Mis conclusiones eran como aquellos razonamientos perdidos que mi mente siempre había  trazado, reflexiones que no llegaban a ningún lado y que tampoco partían de ningún lugar. Alcanzar a L y a M a través del Emisario era imposible. Ese otro mundo giraría para siempre inalcanzable, paralelo al mío. Si es que acaso existía. Debía ya dejarme morir.
Desalentado, de pronto pensé algo terrible:
     El Emisario es un perverso; él ha redactado estas cartas para hacerme creer que estoy loco, para hacerme creer que el Thecnetos se equivoca y que hay un transmundo. Tal vez el Emisario no es un Emisario, sino sólo un adulterador. Un saboteador de la realidad. No hay en ningún lugar ni M ni L ni un mundo libre del Thecnetos.
Pero, después, la más terrible conclusión empezó a delinearse en mi consciencia y a presentarse terrible y nítida delante de mí. Era una consecuencia lógica del pensamiento anterior:
     El Emisario no es un adulterador, sino un completo inventor. ¡El Thecnetos no existe! Sólo existe el Emisario que ha montado su mitología. Por eso, de su existencia no hay prueba ninguna, ni consecuencias de sus actos. Y es lógico que fuera así —pensé tristemente—, pues la nada no deja rastros. Por eso hasta es imposible negarla, pues al estar vacía, no hay como reducirla al absurdo, pues la nada es el mismo absurdo. Y el Thecnetos es nada.
     La realidad cobraba simpleza y sentido de pronto. Sin el Thecnetos no hay ya ninguna explicación ni respuestas para el mundo; pero tampoco hay preguntas sobre el mundo. Sólo la senilidad de la humanidad existe en solitario en este último planeta.

     Como si hubiese un peligro infinito en esta teoría, me prohibí pensar en ella de nuevo. Pero la tristeza de su posibilidad ya nunca me dejó y contaminó de triste desencanto los últimos días de mi investigación.

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