jueves, 5 de abril de 2012

22 H O M B R E S I N R O S T R O

  
Un tramo de infinito más allá…      
     Afuera del sueño la sombra había sido el Emisario en efecto y tenía otra carta en mi pecho. El papel era amarillento y viejo, pero la tinta era nueva. Otra carta venida desde el transmundo. Una vez más esas dos personas tras esas dos letras:
M:
En unos minutos vendrás,
Te espero impaciente...
Pienso en cuántas cosas se deben cumplir todavía en el mundo antes de que tú llegues,
Aunque sólo son unos minutos.
Su vastedad la siento en esta helada banca.
Temeroso como si el pasado pudiese cambiar, enumero
esas coincidencias y azares de las que dependió nuestro encuentro.
Noto que esos requisitos no se acaban ahí, que hizo falta más.
Por ejemplo, toda tu infancia y la precisa historia de nuestros miles de antepasados para que esta noche ocurra,
tal como está ocurriendo.
Te espero,
Endulzo los segundos pensando en ti.
Ahora sé que todo el pasado y su repertorio de detalles y pormenores  han hecho falta.
No sólo nuestro pasado, sino el del cosmos entero,
Todo el mundo ha colaborado para que existas.
Todo el universo ha sido preciso
Para que vengas esta noche y pases conmigo estas horas a mi lado.
Ya te veo,
Estoy frente a un hecho demasiado singular.
Ya te  veo viniendo por el puente  y comprendo al ver la belleza de tus ojos
Que la dulzura de estas horas a tu lado
No podría haberle costado menos al universo.
L.
     Después de leer, me quedé presenciando la clarísima realidad, la notoria existencia del planeta silencioso, la maciza estatua dormida, la carta y en ella el misterio venido de ese transmundo de sueños, uno al que pronto llegaría. Con el desdén que tiene la marea en dejar cosas inútiles, el azar me traería a mí esta correspondencia ajena y milagrosa. Yo, un silencioso y perdido punto en la vastedad, podría por este error escudriñar en el alma de un hombre remoto. Sí, desconocido, tal vez minúsculo, pero  real.
     Seré como un solitario buzo sumergido en las profundidades de un ser oscuro y sin rostro, recorriendo los meollos más secretos y sensibles de una personalidad particular. Por cierto, debo precisar que ignoro yo mismo mi cara; leguas y leguas de desierto y no hay un solo espejo que me diga cómo soy o si acaso tengo rostro, pues  no sé si tengo formas o si sólo soy parte del viento que recorre este mundo que dispone y gobierna el Thecnetos ¡Mas qué importa esto! Estoy en contacto íntimo conmigo mismo, siento quién soy y ahora exploro la consciencia de otro ser. Una parte de él ahora me pertenece o en algo ahora somos uno. ¡Qué importa que seamos fantasmas sin cuerpo, pensamientos sin forma ni ubicación! Yo  miraba en L, con más profundidad y certeza que a las cosas inertes que miro todos los días y que no revelan nunca su ser íntimo. Aunque sé, lo tienen. En esto ya soy también un reflejo minúsculo del Thecnetos, que es, nadie lo ignora, un ente cognitivo por excelencia.

     Empecé a alejarme de esas ruinas colmadas de gigantes dormidos y de sus consciencias sin contenido, pues creo eso es lo que es una cosa, un ser consciente de nada. El polvo de mis pasos se unía al polvo que siempre deambulaba calmo y que giraba por la redondez del planeta. Pero una inquietud iba tejiéndose en mí.
     Se iba disparando en mí una morbosa arrogancia: quizás un día podría alcanzar el otro cosmos donde habitaban M y L. ¿Podría yo alterar su existencia? Ellos alteraban ya la mía, prueba de que la comunicación entre nuestros dos universos era posible.
     Pero no sabía que mis trucos para sobrevivir y mis dudas sobre el Thecnetos no pasaron desapercibidas. En lo profundo del planeta empezaban a moverse y a viajar hasta mí un Theknos mortal y su misión era detener mis pensamientos. Pero su llegada aún estaba lejana.
     Delante de mí, un paisaje de ruinas absorto en sí mismo sencillamente existía; era tan vasto como indiferente de lo que mi pobre corazón iba sintiendo.
     Y a ese corazón recién nacido ya no le bastaba sólo investigar el sentido semántico de las cartas; necesitaba rozar a sus dueños con un dedo siquiera, no sólo manosearlos teóricamente. Deseaba alterar siquiera microscópicamente sus destinos.
     Recordé que un minúsculo cambio en algún mínimo detalle del mundo modifica todo el porvenir y su efecto, por trivial que parezca, satura todo el mundo. Cada cosa que se mueve en el universo mueve el todo y acaso modifica también el pasado. 
     Pensando así, yo dejaba caer un papelito o empujaba una piedrita y me inundaba una alterada felicidad el suponer los tenues efectos que esto podía provocar en los lejanos M y L. Tanta soledad e ignorancia hubo en mi juventud que me entregué a este juego de conocimiento y manipulación en su más mínima dosis. Me bastaban esos ridículos ejercicios entonces, aunque sólo por poco tiempo.
     Pareciera falso que el hombre consciente pueda ser en este juego un simulacro microscópico del Thecnetos, pero en realidad el conocimiento es un juego de naturaleza extraña, casi sobrenatural. Sólo por ser accesible a todos no notamos la rareza del fenómeno consciente: una cosa, que ni siqiera se conoce a sí misma, conoce otra cosa fuera de ella.

     Comprendí que a través de las cartas poco avanzaba. Debía valerme del Emisario que las traía para tener otro enfoque y quizás obtener la ruta final. Si eso era un Emisario, el Thecnetos también enviará disposiciones a aquellos nebulosos M y L a través de él. Los pasos del Emisario a lo mejor pisarían el soñado suelo del transmundo donde ellos vivían, algo de su arquitectura, de felicidad quedarían en él, cuando volviese a este mundo muerto.
¡Seguirlo podría permitir que yo llegara al transmundo! Yo que sólo había nacido para morir, entonces viviría.
     Pero este el Emisario es muy esquivo. Mi exaltación inicial se desvanecía rápidamente en desilusión, las dificultades se volvían muros altísimos. Pero el deseo de vivir  me asaltaba y me mordía, mientras miraba la lejanía sin fondo de las tardes.
     No sé por qué supuse tantas cosas de aquellas erradas cartas.
¡Las cartas! Aquí la siguiente:
M:
Esta noche estoy tan enamorado,
Tan injustamente enamorado.
Pero es tan buena la noche
Que está generosamente cargada  de estrellas.
Qué mala suerte estar enamorado  así…
Hoy confío en la malvada ciudad
Y sé que…
     Al entender al Emisario entenderé los mensajes –susurraba mi pensamiento-  y tal vez se acabe la infinitud y la mudez de este planeta. No me importa ahora el helado viento que siempre enfrenta mi camino, ni los inútiles paisajes, siempre indiferentes e inertes, ni la vejez que desde mi nacimiento avanzaba en mis carnes. No importa ese tedio que es vivir y esperar volver a ser polvo insensible, tedio de no saber las respuestas, ni si éstas son las preguntas cruciales. No importaba ahora, siquiera en mi esperanza, el transmundo existía.
     Mi curiosidad se convirtió pronto en obsesión y después en una pródiga fantasía. Esperaba con impaciencia las cartas para ser un espía, un escudriñador, un remedo del Thecnetos o del Emisario, para ser un elucubrador, para ser algo diferente a lo usual, que era ser nadie, para dejar brevemente de no ser.
     Así ocupaba mis días trazando complejos planes y en las noches los soñaba realizados. Una de esas noches soñé que mataba al Emisario y que abría su cuerpo. Era ahora en este sueño una especie de insecto o de objeto hecho de pedazos orgánicos, unidos por coyunturas artificiales. Me asombraba que un ángel del Thecnetos fuese un ser tan monstruoso. Examiné los órganos del Emisario y en su interior encontré cartas y artefactos diversos, palabras aún no dichas, el cronograma de visitas y un plano para llegar hasta el Thecnetos y también hasta el transmundo. Entre las vísceras estaba también un código para hablar con la molécula germinal.
     Ya muchas veces había llegado a la misma conclusión: el Emisario era la bisagra entre el mundo y yo, entre el mundo y el Thecnetos. ¿Cómo entender las cartas o cualquier cosa sin entender al Emisario?
     Al despertar tomé la decisión (alucinada) de matarlo y luego desmenuzar su cuerpo para estudiarlo. Así entendería la arquitectura del Emisario, o sea, la de un artefacto de comunicación entre el Thecnetos y los hombres. Un puente entre este remoto último planeta y aquel lejano universo donde vivían M y L. Y era como disecar una sombra para poder saber cómo es realmente el ser que la proyectaba. Entenderlo requería entender esas dos cosas y era garantía de hacerlo.

     Pero no sabía que los idiomas del cuerpo son más complejos y vastos que los que usan el Thecnetos para hacer una astronave. Sólo entender cómo respiraba el Emisario duraría siglos. Pero así, de todos modos, fue surgiendo el vago proyecto de capturarlo o de seguirlo. En las noches había mucho silencio, a veces oía un ruido como de lajas que se resbalaban unas encima de otras. Eran los movimientos lentos, pero tenaces, de pequeños autómatas viajando en la oscuridad, su forma era como la de un libro mediano de metal muy pesado. Cortos apéndices de número variable los rodeaban. Su ruido me frustró repetidamente. Ignoro de qué forma sirven al Thecnetos.

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