jueves, 5 de abril de 2012

19, 20 y 21 B I O L O G Í A D E L A M U E R T E



En otro punto del espacio y el tiempo…
     La noticia de la desaparición de los animales meta-dimensionales se infiltró en la población, fue conocida por toda la meta-corporación y también por sus enemigas.
     Inicialmente no hubo ninguna reacción, pero pronto empezó a germinar la desesperación y el horror por todo el universo. Se paralizaron las batallas en todos lados del oscuro Aether.
Ésta sería la última generación humana, el fin de la materia. Era ineludible.
     Tras un período de indiferencia se reanudaron las guerras, pero con más fuerza y número, guerras desesperadas, sin estrategias ni objetivos. Al parecer ahora era más crucial que nunca vencer a las demás metacorporaciones, dada la precariedad de la materia y el tiempo que restaban.
     Así una numerosa y total hecatombe carcomió la vida a lo largo del oscuro universo. La meta-corporación local no demoró tampoco en atacar, pero dada la multitud de meta-corporaciones ahora enemigas, el ataque era siempre insuficiente. Matar a las cercanas y esperar que las lejanas se maten era la consigna. Igualmente, dada la magnitud de esta batalla exasperada, la meta-corporación local se redujo en pocos días a sólo unos pocos millones de sistemas. La imposibilidad de una solución permanente llevó luego a una  larga calma y un cese de las guerras.Así, los seres humanos,  sin expectativa de vivir, perdieron la  motivación de matar. Desahuciada, la población se entregó de lleno al antiquísimo vicio colectivo: la vida virtual, esta había evolucionado de antiguas formas de arte, el hombre siempre se había enviciado en vivir experiencias falsas; la música los hacia vivir emociones inexistentes o ajenas, algunas extremas, la literatura sumaba a las emociones de mentira, acciones imaginarias, el cine y la realidad virtual aumentaron la ficción, pero nada era tan preciso como la vida virtual, los hombres subjetivamente satisfechos de sus vida inventadas, dejaron en realidad de vivir. La vida virtual había llegado a sus últimos extremos de realismo y emoción, miles de veces más completa y nítida que la pobre vida real, el hombre común podía vivir las experiencias más extraordinarias y sublimes, había diversas obras famosas, pero ahora una llamada Thecnetos 1, se había hecho un vicio muy popular.
     Pero no todos querían morir soñando. Resquebrajada la prisión de L, este deseó explorar unos pasos aquel mundo de afuera, pero ese mundo que exploró no era el de antes.
Todo perdía su función y por lo tanto, su forma. Las formas son el vehículo del ser para realizarse en la realidad. Y este se perdía. En el desorden social que quedó nadie sabía su lugar, lo que somos no depende del pasado como muchos creen, sino de nuestra proyección al futuro, de nuestra espectativa. Pero ahora, sin futuro, nadie sabía quién era. La estructura social de la meta-corporación local se disolvía y perdía, cayendo sobre sí misma a pesar de los esfuerzos de los Zombis Hekantokeinos y los Thaumasios. Así las partes antes estructuradas y separadas de ese meta-organismo se combinaban con otras ajenas, antes aisladas de ellas. Por eso M y L se encontraron entre el caos, en esos últimos días de la humanidad.
     En el anonimato de la noche, en un lugar cualquiera M susurraba una sensible canción al aire helado, sucumbido de melancolía., cerca el viejo Fratedes acariciaba con intimidad invasiva a su eromenos Wille, entre las oscuridades Fratedes notó con su único ojo que un invisible técnico los espiaba, supo que no era la primera vez. Sutil, tomo la mano de su erómenos y dejo a solas a M. Antes de terminar de irse regresó la cabeza a mirar a los dos eromenois que recién ese día se conocerían. Sintió conmiseración por ese par de engranajes que no calzaban y que no conocerían la felicidad que el si tenía con el tierno Wille.  

     A pesar del consejo de su tutor Ahelios, L llevado por un irrazonable instinto, había averiguado como hallar al guerrero y aún sin conocerlo lo había expiado. Se justificaba racionalmente pues estaba estudiando a M y a sí mismo. Pero la noche que escuchó ese triste canto en la boca del acromegálico guerrero algo nuevo tomó las riendas de su voluntad. Fallo su razón, en el acaso, peor error de su vida.  Así pues, en esos días en que las cosas dejaban de ser lo que eran, M y L se hallaron en secreto y desde que se vieron no dejaron un día de buscarse. Todos los días los gastaban en contemplarse y tratar de comprenderse y acaso ubieran llegado a entenderse, si no feur pro que eran muy pocos los días que le quedaban a la humanidad. 



























L O S   V I A J E S   T R I S T E S

En el otro espacio y en el otro tiempo.…

     Otra carta, como un meteorito del futuro, llegó unos días después y reforzó mi interés de hurgador. Aquí está:
M: Sobre mi tristeza de hoy,
El verdadero meollo del asunto es
Que no estás a mi lado mirando conmigo el techo;
Que no he llegado un poco tarde para empezar a estar juntos;
Que no estás en un punto de las plataformas impaciente esperando que yo llegue;
Que no habrá un pasillo o una escalera  en la que de pronto nos den ganas y nos abracemos, y en esa intensidad que es el abrazo sintamos lo esencial de nosotros mismos y te cerciores de que no sólo vivimos en esta casa, sino uno dentro del otro.
El meollo de mi tristeza, esta tarde vacía,
Es que comienzo a aceptar que somos dos ríos,
Cada uno con su propio camino hacia el mar.
Que el tiempo que nos queda antes de llegar a la sombra, no será compartido
Como soñé tantas veces mientras te miraba de lejos.
He estado explorando por tus territorios y no te he hallado, no has huido de mí, sino que no sabías que te andaba buscando. Pero algo me hace temer
Que no sólo era  azar ese desencuentro entre tú y yo;
Que hubo algo de intención de tu parte.
Otros oirán en la intimidad de una tarde cualquiera esas cosas que te preocupan tanto.
Y no seré yo quien halle las palabras que te animen, y no cosecharé la forma linda en que sonríen tus ojos.
A pesar de  que me asusta más que cualquier cosa buscarte,
A pesar de que presiento que sólo tú me podrías dar
Ese abrazo que hace que uno se pierda en el tiempo, como decías.
¿No estarás en mi futuro?
Si es así, qué poca importancia tiene el mundo que me queda.
Aunque contigo
Desearía más que nunca vivir, vivir para siempre.
La explicación última de mi tristeza y de mi cansancio esta tarde, es que aún  malgasto mi tiempo soñándote…L
     De nuevo esa maldita familiaridad en mí. Un fugaz estado de ser en el tiempo. Una vez pasado, no podía ya identificarlo ni retenerlo y nunca podía entenderlo. Me preguntaba en qué preciso lugar del último planeta eran escritas y enviadas estas cartas. Debía viajar hasta ese lugar. ¿Quién era ese L que las redactaba, y quién ese M que las recibía o quizás, que no las recibía? Como si hubiese algo prohibido u obsceno en ellas, yo me escondía en lugares inaccesibles para releerlas. Aunque, pensándolo bien, ¿qué lugares en el último planeta no son inaccesibles?
     Después de la primera carta me decidí a explorar el desierto, cosa que nunca había intentado por temor a lo que encerrara. En esos viajes buscaría a M y L, y también nuevos Mekhanes de mantenimiento, pues el local ya no podía usarse. Me asustó empezar el viaje, lo primero que encontré entre las nadas del desierto fueron los últimos pisos de un edificio en medio de un océano de arena. En el dormí rendido luego de mi paseo por las regiones circundantes, pero estas no eran ruinas. Debía seguir. Descubrí después, que las ruinas más cercanas a éstas estaban a unas tres semanas de camino desde aquí (en ellas hallé la tercera carta). Cuando llegué a ellas primero me topé con edificios muy apiñados, tanto que sólo de lado se podía caminar entre ellos. Así —como todos saben— para comprender un edificio hay que verlo un poco de lejos, pero éstos estaban a pocos centímetros de la cara. Así, también el mundo está a pocos centímetros de nosotros, pero nadie puede abordar con éxito su comprensión, así esté dentro de nosotros mismos. Esas ruinas databan de antes de la extinción de  la sociedad humana (si bien no del hombre) y de antes de que el Thecnetos tomase el control total del cosmos.
     Luego de unas horas de recorrer los estrechísimos pasajes, los edificios se comenzaron a destejer y a derrumbar. Había entre ellos unos puentes de piedra muy toscos y burdos que se alzaban entre los modernos edificios que eran millones de años más antiguos. Eran, seguro, la obra de una cultura humana bárbara, ya extinta, pero que vivió en una época posterior a la muerte de la primera humanidad. Noté que vivieron  más como animales que como hombres en los últimos planetas ya vacíos. Fue una humanidad bestial que convivió o sobrevivió al nacimiento del Thecnetos, aunque sólo por poco tiempo.
Descubrí también en esas desconocidas ruinas, unas estatuas de hombres fornidos dando gritos, enmarcados en nichos de piedra, aunque lo más sorprendente de ese sistema de ruinas eran unas estatuas poblando un fragmentario anfiteatro.
     Eran cientos de estatuas de hombres macizos. Colosos disfrazados por el viento de papeles y de jirones de tela. Se levantaban a distintos niveles, más o menos concéntricos a una concavidad pétrea. Esas moles humanas tenían los ojos cerrados, como si durmieran; pero expresaban una misteriosa vida, mostrándose imperturbables, inmóviles, secos y sin embargo, vivos. Era una numerosa población resquebrajada, pero insensible al dolor de sus heridas de granito. Vagué entre esa muchedumbre de petrificados movimientos, tan solo y anónimo como siempre. Sin importar las variadas posiciones y actitudes que ellos representaban (algunas muy dramáticas) todos mantenían cerrados los ojos, como si hubiesen sido detenidos repentinamente por un paralizante cataclismo y permanecieran desde entonces vueltos hacia sí mismos, en un pensamiento intenso e íntimo; un pensamiento que requería una eternidad de tiempo para resolverse.
     Yo pensaba con nerviosismo que al final de esa eternidad hallarían sus respuestas y volverían a mover sus pesados músculos y a respirar con sus vigorosos torsos. Quizás eso ocurriría en cualquier momento. Mientras, permanecerían paralizados y yo podría pasear seguro entre ellos. Aunque con cautela, quizás ya el mundo había gastado una eternidad y volverían a la vida pronto. Después sabría, que en cierto sentido, no me equivocaba. Las estatuas repetían una única forma humana, una muy distinta a la mía y al resto de la humanidad actual. Los cuerpos de las estatuas estaban dibujados de grandes y hermosas curvas, de fuertes y solidos volúmenes que producían una rara sensación de gusto al ser vistas,  inexplicable fenómeno que acompaña siempre a todo lo que es bello. Una asociación misteriosa y sin explicación, pues no hay razón para que lo bello tenga que ser también placentero. Además recordé otra de esas asociaciones inexplicables: siempre noté que la belleza acompaña a todas las cosas  puras y naturales, por lo que deduje hace años que las estatuas  debían corresponder a las formas de los hombres de la antigua humanidad. A la prehistoria. Ésa que forjó al Thecnetos y después desapareció. Por supuesto, hay que recordar que en el planeta la antigua humanidad ha de entenderse como lo más acabado y perfecto, y la actual como lo degenerado y envilecido.
     Uno de esos hombres enormes y bellos tenía uno de los ojos borrado de cicatrices y dormía recostado en una bestia de mármol. Me recosté en él. Inundado de un tibio cansancio, cerré los ojos emulando algo traviesamente a las dormidas estatuas, jugando a ser una de ellas y me deleité en secreto en la tibia temperatura de la tarde.
     Cogiendo la mano de mármol del gigante tuerto, me dejé dormir por el cansancio y fui como un barco que se dejase hundir indiferente y ebrio hasta la oscuridad.
     Pero, por entre el enredo de cuerpos titánicos percibí movimientos agazapados. Una cosa sórdida atravesaba veloz aquel paisaje pétreo. Mientras, los gigantes gravitaban como densos astros de piedra alrededor mío, en su perfecta y eterna inmovilidad, inertes, pero sospechosos de alguna rara versión de la vida. No lo sé, creí entonces que esa sombra, esos ruidos y esas piedrecillas desmoronándose me buscaban y que eran eso que yo llamaba el Emisario.
     Deseando huir de esa aversión, acurruqué mi transitorio sueño al sueño sin pausas del gigante de piedra, rendido de la larga caminata de tres semanas. La estatua seguía inmóvil y tranquila, viviendo su propio sueño sin imágenes ni sensaciones. De su mano se me fue apagando el mundo y encendiendo otro, el verdaderamente mío, pues el hombre moderno sólo es singular al dormir, ya que en el no se parece a los demás ni comparte sus sueños ni con el Emisario ni con el Thecnetos. Para él sólo es ese universo de mentira que son los sueños.  Por eso sólo al dormir el hombre moderno legítimamente es y al despertar ya no. Al despertar muere. 
     Ya mis sueños reventaban en otros sueños, como olas sobre otras olas. Recuerdo el último de ellos, uno recurrente:
Soñé que encontraba  al Emisario en mi casa y extrañamente no sentía miedo. Lo hallaba al final del corredor, mirando por la ventana un infinito atardecer. Mi sueño le dio al Emisario forma humana. Veía su amplia espalda, quieto frente a ese polvoriento sol. En el sueño caminé hacia él, lentamente y sin ruido para que no me notara.
Ya cerca de él extendí mi mano hasta su hombro, y al rozarlo con un dedo como siempre ocurría suavemente desperté.
















¿ S O N   INF I N I T A S   L A S   L E Y E S 
 N A T U R A L E S ?
                                                                          
En el otro tiempo y en el otro espacio…
     La primera cosa que determinó Herakón esos días de caos, fue realizar el antiguo ritual: la ceremonia gnoseológica. Este rito se introducía en lo más sagrado de la civilización. Y lo que lo hacía hermético y prohibido era que podía cambiarlo. Eran siglos que no se llevaba a cabo. Pero esta urgencia lo ameritaba, se debía llevar un nivel más lejos la meta-filosofía[1]. En cierto sentido este era el ritual más sagrado y devoto de las inteligencias de las metacorporación. Sus resultados valían como dogmas y lo que en ella pasaba y como pasaba, era tabú. Nada propiamente humano participaría en el rito. Algunos Thaumasios como Herakón participaban a través de un sistema que sintetizaba sus opiniones. Algunos ciudadanos podían intervenir anónimamente, aunque antes sus aportes eran censurados por decenas de niveles de lógica artificial.
Los participantes entraban en el corazón más protegido de la metacorporación, su sistema de conocimiento del mundo, una metafilosofía capaz de conocer el mismo “ser”. Estaba escrito en lenguajes mecánicos, fuera del alcance de la compresión del hombre común y estaba resumida y conservada en ellos como en un texto sagrado: la epistemología artificial de la metacorporación. En este ritual se escribirían nuevas hojas en ese libro del todo y acaso se arrancarían otras. Un error equivalía a la blasfemia.
Una pauta de esos textos gnosticos era que un nivel de la naturaleza se explicaba siempre por uno anterior: la biología se explicaba por la química, la química de la física, y ésta por la ciencia de las partículas elementales y ésta por otras trans-físicas más fundamentales y así sucesivamente por varios niveles más. Luego, se empezaba ya entrar en los terrenos de la ontología que estudiaba al mismo ser. En su último fondo estaba la meta-filosofía que era ontología científica, universal y absoluta. Pero había sospechas de que no era la última explicación del mundo. Muchos habían muerto por insinuar esa imperfección de la gnoseología artificial de la meta corporación. Ahora tenía que admitirse y auscultar las sagradas bases de la meta-filosofía estándar, hacer un nuevo progreso para construir una tecnología nueva, y con ella salvar a la humanidad o cuanto menos, la vida propiamente dicha. Pero Herakón confiaba en que no se encontraría.
A continuación se traslada al lenguaje humano parte de aquella   simposia sagrada.
     El primer problema que abordaremos es: ¿Son finitas o infinitas las leyes de la naturaleza? —dijo  a través de unos pulsos de frecuencia muy baja el MG[2].
–Hemos —agregó Herakón— escarbado y comprendido cientos de niveles de la naturaleza, desde que se superaron la ciencia y la filosofía arcaicas en la revolución epistemológica de la meta-filosofía. Pero aún no hemos llegado al fondo. No hay evidencias de que nos acerquemos al último nivel, si es que lo hay. Una tras otra se han sucedido las revoluciones gnoseológicas, la última hace 300 años sin llegar nunca a la estructura fundamental de la naturaleza. Ese abismo al que se asoma la ciencia ¿tiene fondo? ¿Hay una unidad indivisible y final de lo real?
–Quizás el ente final, sin partes ni estructura, no existe  —dijo anónimo L cuya opinión había sobrevivido los miles de filtros de la híper lógica del sistema central de inteligencia artificial —. Quizás no debimos escarbar hacia lo más pequeño,  sino  a lo más grande, el ente sin partes ni estructura, el átomo podría ser el todo, el epifenómeno más general del que nos vamos alejando —concluyó—. Nos contradecimos cuando consideramos al universo ontológicamente uno, pero epistemológicamente diverso.
     Sobre los equipos y conductos se estiraba amorfo y lineal un raro Theknos, esta cosa lineal se movía por toda la nave a través de fisuras delgadas y era una mezcla de partes de la mente del Hekantokeinos y aportó su propio enfoque:
–Si fuesen finitas las leyes de la naturaleza y sus niveles de complejidad ¿Podrá la meta-filosofía describir ese último nivel? ¿O el átomo impedirá que se pueda pensar en él, por ser él mismo anterior al pensar y fundamento de este?
     Una estructura lineal que se movía como una masa flotante de filamentos luminosos intervino:
–En el comienzo todo era caos y nada era comprensible a la consciencia. Los distintos niveles de la naturaleza no se observaban relacionados entre sí. Después la proto-meta-filosofía[3] empezó a conectar las unas a las otras. Esa tarea no ha terminado aún. Pero no importa si tiene fin o no ese camino, sino saber si podemos bajar un solo nivel, buscamos lo útil no lo verdadero, buscamos solucionar la muerte del universo.
–Quizás sí —agregó Herakón— o quizás no.
–Comprensión es compresión, —agregó anónimo L por medio del artilugio lógico—  la meta-filosofía busca leyes más simples para explicar lo más complejo…




[1] Fusión de la ciencia y la filosofía.
[2]  Sistemas expertos construidos alrededor de la base de datos de la molécula germinal.
[3] La ciencia.

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