jueves, 5 de abril de 2012

18 CONSIDERACIONES PARANOICAS



Al otro extremo de una distancia infinita…

     Las cartas eran un mapa borroso hacia el misterioso transmundo, mi corazón que había nacido muerto y moriría muerto, ahora soñaba con vivir en aquel lugar.  Sólo quedaba llegar a él. Pero llegar ¿era posible?
¡Oh, castigo de los vicios! Obsesionado por entender lo que me pasaba al leer las cartas, llegué a extravagantes hipótesis y finalmente di en una terrible:
Sólo hay un lenguaje por cada ser humano. Yo entiendo este lenguaje, por lo tanto esas cartas sólo las pude haber escrito yo. Si el idioma que pienso y nunca pronuncio es sólo mío, hay otros en mí que escribieron estas palabras y si no las entiendo ahora, es que estoy perdido en mí mismo, de mí mismo. Por eso no sé quien soy.
Tirité de horror en la habitación vacía.
     Entonces, dentro de mí —en mi locura— vivían otras personalidades; unas separadas de las otras. Yo ahora me tropezaba, por accidente, con la correspondencia que se enviaban esas otras personalidades secretas que vivían en mí. Sólo eso explicaría la familiaridad que me producían y la premonición de comprender algo que no comprendía nunca.

     Quizás hace mucho se había resuelto una batalla en mí por la dominación de mi consciencia. Yo había perdido y había sido condenado a desaparecer. Relegado, ahora yo sólo era cuando el otro se distraía, cuando olvidaba, cuando se cansaba de pensar. Quizás el otro vivía en un planeta distinto, en ese transmundo coherente y real; y yo estaba extraviado dentro de ese otro yo, habitando sólo sus distracciones, sus desvaríos. Quizás, tú lector, que me acompañas en estas elucubraciones, compartes este irreal rincón conmigo, en algún lugar olvidado de la mente de un desconocido.

     O eres tú el real dueño de lo que creí mi consciencia y escuchas con desdén las meditaciones de algo perdido dentro de ti.  Algo que por más que te esfuerces, no puedes silenciar.
     En fin, esa hipótesis me llenó de una indecible melancolía, más que por confirmar mi enajenación, por romperse mi sueño de poder investigar y alcanzar la soñada vida exterior. De hecho, si esto es cierto, no hay vida exterior real, ni hay Emisario ni hay Thecnetos. El transmundo de perfección no sería más que un sueño, tejido con nadas.

     Así yo giraba en esas solitarias masturbaciones emocionales, saltando desordenadamente de conjetura en conjetura.


     Pronto olvidé la hipótesis de la locura y felizmente no regresé a ella nunca. Fui como el dormido que toma momentáneamente consciencia de que sueña y luego las formas del sueño lo atrapan y lo vuelven a engañar, hundiéndolo ya sin esperanza de emerger del error. 

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