jueves, 5 de abril de 2012

17 U N S U E Ñ O D E L

U N   S U E Ñ O   D E     L
Al otro extremo del espacio-tiempo…
     La evanescente y artificial madrugada se va despertando, delineando las construcciones de Plouton, una ciudad colgando y creciendo sobre los restos de otra despedazada hace ya mucho, y que a su vez se hizo con las partes deformes de otra más antigua y una vez más, y así hasta a lo incontable. Quedando una retorcida ciudad llena de recovecos y pasajes inútiles, de monstruosas cosas grandes ya sin uso. Entre tantos puntos laberínticos, el locus de L, donde dormía un sueño intranquilo como todos los que tuvo desde el día del informe traído por M y Ayazx. En sus sueños, construidos de un inconsistente material (el mismo que edificaba su vigilia), volvía al locus de Herakón, éste se hallaba aún sentado de espaldas y a más altura de él, pero unas escaleras, que L no había notado en la vigilia, llegaban hasta el Thaumasios.
     Suavemente L subió las negras y lustrosas gradas, aterrado pero curioso de ver el rostro del oscuro sabio, tan superior a todos y a él mismo. Éste a su vez, empezó a girar lentamente en su silla, deseoso de mostrarse a L. Cuando los dos movimientos lentos y sincrónicos como administrados por secretos engranajes terminaron, coincidiendo en su final, L se encontró con la profunda mirada de un hombre descomunal; M ocupaba el asiento del Thaumasios Herakón, su figura sobrecargada de músculos sobrepasaba las dimensiones de aquel trono y de los instrumentos conectados a él. M miró intensamente a L y sin mover los labios, dijo estas raras palabras:
También sueño contigo.
     Después M calló conmovido, reprimiendo un gesto acongojado o anhelante, una frase titubeaba en su boca y pasaron los segundos frenándola, luego mirando a L la dejó libre:
Hay otro que lee tus cartas.
     Al despertar L sintió una enfermiza tristeza. Pensó en ese nebuloso gigante hecho ahora sólo de un incompleto recuerdo. Le peso que  pronto, cuando acabase el universo, como su teoría sostenía, M acabaría. Pero ¿por qué le importaba el destino de ese desconocido? Sabia muy bien que la aversión a la muerte no se justificaba racionalmente en algo malo que en ella hubiera, sino solo en un instinto primitivo. Un truco de la ciega evolución que obligaba a los seres vivos a querer vivir sin ningún motivo verdaderamente válido. A él no le importaba vivir o morir, pero M…Por un segundo L deseó salvar al mundo solo para que M siga existiendo. Cogió un papel y escribió una segunda carta solo para exorcizar esas erradas emociones:
M.:
Sobre mi tristeza de hoy,

El verdadero meollo del asunto es que…

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