jueves, 5 de abril de 2012

12 LA PARADOJA DE LOS INOCENTES y LA PRIMERA CARTA


L A   P A R A D O J A   D E   L O S   I  N O C E N T E S 

En otro lugar del espacio tiempo.

En el grupo central, todo era cotidiano y repetitivo. Se trató al resto de prisioneros con indiferencia. Los apilaron sistemáticamente en unos contenedores gigantescos adosados a las naves. Allí serían mantenidos para su uso posterior como esclavos, si así lo determinan los cálculos de los técnicos de la meta corporación o serían ejecutados para combustible si se decidía su eliminación.
     Los contenedores se fueron saturando de los fuertes y gastados prisioneros. Eran atravesados por corredores que dejaban ver y oír a esa multitud resignada o desesperada.
     Terminada la labor Andros, un abultado guerrero de ojos soñolientos, se acercó al grupo junto a su erómenos, un hiperactivo compañero de lucha[1].
     Así, se iban juntando ya sin obligaciones todos los guerreros. Informalmente se iban formando círculos alrededor de  los más notorios de ellos, por ejemplo alrededor de Ayazx, creando una composición concéntrica de titanes, que componía  así, un terrible y dramático paisaje de brillantes músculos y  artefactos salpicados de vísceras y sangre. Las plantas de sus botas estaban astilladas de huesos con células aún vivas.
     Esperaron disciplinadamente las órdenes de la meta-corporación. La mayoría callaba y se buscaban sin premura los pares de eromenois  combatientes, íntimamente entrelazados en su destino militar y carnal común.
Sólo el sufrido erastés de Ayazx, Gerontes, se mantenía humildemente lejos de él.
     Los hombres se inclinaban naturalmente a formar pares con el otro género, pero la meta-corporación había extinto ese desconocido género hacía muchos milenios, controlando así la misma generación de vida, la mayoría se acomodaba sin problemas a la única situación posible. Sólo algunos como Ahelios no podían.  
     Recostados unos sobre los otros, sus carnes iban recuperando la calma y el sosiego, rodeados del paisaje, que acababan de asolar.
     También M yacía recostado sobre la piel de su eromenoi, con el que tenía una indiferente unión. Otra, hecha de etéreo viento, iba devorándole la cabeza.
     El maduro Fratedes, un guerrero con un ojo borrado por confusas cicatrices, cobijaba a su joven erómenos Wille. Fratedes era el más viejo y astuto de los guerreros, había visto nacer y morir varias generaciones de recios gigantes. Conoció y había combatido codo a codo con los dos fuertes hombres de los que nació M y con los pares de guerreros que engendraron a todos los demás, solo ignoraba quienes habían sido los que habrían engendrado a Ayazx, solo sabía que no había combatido con ellos, si no contra ellos y acaso los habría matado el mismo en un punto olvidado del pasado. 
     Fratedes notó a M aún más indiferente que siempre a su compañero, pero cuando lo vio suspirar por segunda vez, rodeado de la felicidad de los demás, decidió acercársele:
Hoy estás de otro ánimo. ¿Qué anda pasando allá dentro? dijo al rígido M, cogiéndole la cabeza cariñosamente.
M mintiéndole y mintiéndose le respondió melancólicamente—. No lo sé, un fastidio me está recorriendo. Quizás siento asco de lo que estamos haciendo. Espero poder olvidarlo pronto.
¿Es eso? dijo el maduro e híper-perceptivo Fratedes y enfocó con preocupado afecto su único ojo sobre M.
¿Nada más te pasa? Sabes que en cientos de años muchas cosas he aprendido. Confía en mí agregó sinceramente preocupado Fratedes.
M, calló largos segundos como una montaña de roca. Y de pronto preguntó lo más rápido que pudo.
¿Qué cosas ha observado de la relación entre eromenois de distintas castas? —Esta pregunta asombró a Fratedes. Los grandes ojos de M eran algo agazapados y severos, pero en ellos había ahora una húmeda debilidad, como si un niño desesperado se asomara por ellos, atrapado en el descomunal gigante, enfermo ahora de un mortal sentimiento.
Fratedes  lo miró apenado de confirmar en M ese sentimiento.
Es algo imposible, no lo intentes le respondió preocupado—. La estructura de la meta-corporación es de rígidos estratos horizontales. Sólo somos felices con los iguales. Los eromenois entre individuos de distintas castas son siempre trágicos y está además prohibido engendrar entre ellos. Y solo se permiten las parejas para engendrar. ¿Por que querrías unirte a algo tan distinto a ti?
Pero yo no soy feliz con mi igual dijo M muy bajo y algo impaciente de hallar respuestas y alivio en la sabiduría de Fratedes.
–Amar a los iguales es amarnos a nosotros mismos, no se puede ser feliz amando a algo distinto de nosotros, pues es como no amarse a uno mismo. ¿Entiendes? Dijo comprensivo Fratedes—, debes dejar ese sentimiento extinguirse.
Ayazx interrumpió ¿Qué cuchichean estos dos? preguntó levantando la voz para incluir a todos en la conversación.
Fratedes lo ignoró despectivamente.
No sólo está prohibido, sino además es improductivo y sin futuro, no se puede hacer vida entre hombres de distinta especie, por eso es un tabu, la vida debe hacer vida. agregó en voz muy baja Fratedes.
Sí. Estoy haciendo toda la fuerza para dejar de pensar en ello respondió M con la voz hecha un hilo y sus bellos labios repetían  el gesto compungido de sus cejas.
Haces bien, puedes pedir ayuda bioquímica para desaparecer lo que sientes, tan pronto lleguemos aconsejó Fratedes.
No hará falta. Con mi voluntad debe ser suficiente dijo M, determinado y estoico…Y también equivocado.
     Mientras, Ayazx fanfarroneaba con un grupo de otros orgullosos guerreros  de sus batallas en muchos mundos. A través del telégrafo quántico llegó el esperado algoritmo: La orden era sacrificar a los prisioneros sobrevivientes.
Dado que ya estaban ordenados en los contenedores, su eliminación sería instantánea e indolora.
Tenemos unos minutos para eliminar el cargamento y volver dijo consumido por los nervios Gerontes.
M escuchó la orden intranquilo, y miró pensativo por los contenedores de prisioneros. Un murmullo nervioso los atravesaba. Los millares de prisioneros eran exactamente iguales a ellos: robustos y fieros, pero ahora sensibles y asustados. El miedo al dolor no puede compararse al miedo de dejar de sentir dolor, de estar inconsciente de ser. Ayazx, imperturbable, ordenó encender los dispositivos de eliminación impaciente de volver pronto.
     M, más alto y pesado que todos los demás, dibujaba ahora con su enorme cuerpo una estructura melancólica. Miró en los contenedores de prisioneros por entre un corredor profundo, cargado de ojos que le devolvieron al unísono la mirada. Una pululante y profunda mirada que se hundió en el corazón de M asustándolo, desordenando algo dentro de él, como si él también fuese a morir con ellos. Y eso, el miedo, era algo que M nunca había sentido.
     Ayazx, impaciente, encendió los dispositivos de eliminación y una enorme turba de guerreros perdió la consciencia en ese instante. En cada uno de ellos el universo terminó. Ni un sólo ruido más que el de sus músculos deslizándose flácidos sobre los de los demás.

     Ayazx saboreó ese fugaz aunque cotidiano placer de matar.
Para cada uno de los demás guerreros era como si no hubiese pasado nada. Pero miraron asombrados el ahora enrojecido rostro de M cuyo fuerte pecho respiraba cargado de una anómala emoción. M fue incapaz de disimularla.
Ayazx intrigado se le acercó retándolo.
¿Algo malo te pasa? dijo hablando más a los demás que a M, que lo miró repudiándolo.
M respiraba poderosamente al centro de las miradas de los demás. Y dijo para todos:
Sólo creo que siento toda la maldad que aquí hemos hecho. Soy consciente por primera vez.
Ayazx, burlón, torció las cejas con extrañeza y agregó:
Todos sabemos que no hay nada malo en matar. Somos útiles a la meta-corporación que nos hizo y sin la cual no habríamos nacido.
Esto no es bueno dijo con una voz grave y profunda M.
No somos culpables de nada dijo Fratedes intercediendo para calmarlo—. Morir es algo inocuo. Por eso los guerreros, tanto ellos como nosotros, no tememos morir.
Sinceramente dijo M—. ¿No temen a la muerte? Ahora pienso que hay algo monstruoso en saber que un día dejaré de ser consciente. No importa cuan lejano este ese día.
Todos se avergonzaron por la sensibilidad que ahora mostraba el que creían más fuerte de todos.
Llegará ese día y estaremos para siempre en el odioso estado de no ser nada agregó M que se remarcaba por su mayor tamaño, entre la multitud.
Una eternidad sin sentir nada, ni sentir que no sentimos nada dijo Ayazx burlón y despectivo¿Qué hay de temible en eso?
Señaló los millares de cuerpos ahora como dormidos en los contendores. Y dijo:
–Es absolutamente inocuo ser una cosa. Estos hombres muertos son como piedras. ¿Sientes pena por las piedras? De vivos no los hicimos sufrir más que lo que nosotros sufrimos. Además ellos venían a matarnos.
No les hemos hecho ningún mal, agregó el sólido Andros, con esos ojos con sueño y rodeado de los brazos de su erómenos eso es la primera cosa que aprenden los guerreros en su instrucción. Sólo es malo aquello que causa dolor o sufrimiento a alguien, si alguien sufre. Quitar la vida es quitar la posibilidad de sufrir, así que no se hace mal a nadie.  La muerte es una experiencia que nadie puede tener. Y que nadie va a tener. ¿Por qué temerle?
M lo comprendió a medias pero siguió su raro estado emocional. Se incomoda más y más, sólo el generoso Fratedes sabía que no era por los muertos que se sentía así. Algo había nacido en él, que una vez crecido, lo mataría. Así que Fratedes sintió conmiseración por su perdido pupilo.
Pero ellos deseaban como nosotros vivir. ¿No es malo que deseando vivir se muera? Preguntó inocente el joven erómenos de Fratedes.
No respondió Andros, que parecía resplandecer entre los demás—. Pues mientras  deseaban vivir, vivían. Cuando no vivían, no deseaban nada.
Perdieron el futuro dijo M—, desear vivir es desear vivir en el futuro intentó argumentar.
¿Cómo es perder el futuro? —Dijo Ayazx con los ojos llenos de sorna—. Eso es imposible, ni los vivos tenemos el futuro. Sólo tenemos el presente. Demasiado trajina tu cerebro manejando un cuerpo tan grande que le queda poco aliento para otras tareas dijo y se echó a reír con ferocidad. 
M lo escuchó colmado de ira. Preparándose para vengarse.
Gerontes agregó débilmente de entre el grupo:
Pensemos, el presente de alguien que morirá en un minuto y de otro que no morirá nunca, es exactamente igual.
Pero creo, que sé por qué realmente está tan caliente M agregó irónico Ayazx, de nuevo hablando alto para ser escuchado por todos.
Fratedes abrió su único ojo asombrado.
M temiendo que todos adivinaran sus nuevos sentimientos agregó torpemente:
¿Qué cosa?
Lo noté desde la visita que hicimos para entregar esos archivos dijo—, ¡Qué vergüenza que nosotros los seres más perfectos de la meta-corporación gastemos el semen con esas sombras de hombres! ¡Que monstruos engendraríamos con ellos!  ¡Sólo degeneración! y rió en un tono muy bajo y opaco, rió para él. Endulzándose en el poder que descubrir ese secreto, le daba sobre M.
Fratedes enfurecido por la indiscreción de Ayazx le ordenó callarse.
     Luego Fratedes detuvo a M y lo arrastró con otros a un lado, pues sabía que si continuaba esta disputa, M no podría seguir ocultando a los demás, lo que quería dejar de sentir.
Pero fue imposible impedir que todos los supieran o que M lo siguiera sintiendo.























L A   P R I M E R A   C A R T A

En las remotas distancias del Ouranus…

     Yo apenas sobrevivía sin apoyo artificial. Ya sentía la falta de oxígeno y sustento en mis tejidos, pero aún tenía un poco de tiempo.
     Una noche, un terrible ruido me despertó. Su fuerza me crispó. Después de semanas de silencio absoluto, ese ruido era como un cataclismo. En medio de mi turbación  noté en el suelo un  papel que se había deslizado hasta mí; pensé que sabía de qué se trataba, pero me equivocaba. Pegué a la pared mi oído y percibí en ella un ruido muy sutil, como de sedas rozándose. Era el Emisario saliendo de la casa. El íntimo y lejano Emisario. Inmediatamente me paralicé y así, quieto y tenso, miré de reojo el papel invasor: la ineludible carta sobre el suelo. Unas horas después, ya menos tenso, me moví muy lentamente y la recogí. Para desembocar en este simple acto, horas luchó la curiosidad  en deshacer uno a uno los nudos  del miedo.
     Esos cuidados provenían de mi fobia de ver accidentalmente al Emisario y a la aversión que me causaban sus esporádicas visitas. En realidad ese rechazo no era en particular al Emisario, sino en general a los otros seres humanos (en aquellas épocas creía que el Emisario tenia formas humanas). Sentía algo chocante y obsceno en tener contacto con otra persona, aunque este contacto no había ocurrido nunca y era posible que nunca ocurriera mientras viviera.
     Me asustaba imaginar mis propios rasgos repetidos en otro objeto del mundo, eso que me hace único y distinto de la pared, del corredor. Eso que me hacía entenderme y distinguirme del entorno, repetido en otro ser. Era una perplejidad, como si el mundo me enrostrara mi banalidad.
     Se dirá que frente a un espejo uno ve también imágenes semejantes a uno, pero son meras impresiones nuestras. Un tipo de sombra que depende de nosotros para tomar su forma y su movimiento, obedientes siempre de nosotros. Pero en los otros seres humanos vería con terror una copia independiente de mí, con voluntad y destino propio. Y, lo más aberrante me resultaba pensar, con un yo igual al mío. Y sin embargo, ese mismo yo, estaría en otro lado y sentiría otras cosas.  ¡Qué aversión! ¡Un yo del que acaso yo era la copia, o tal vez, un borrador ya inútil!

     Acaso todas las consciencias son iguales y sólo las distingue el contenido de lo que viven, quizás los otros tienen un yo igual al mío, es decir, el mismo, sólo que rodeado de otras cosas. Y si son iguales las consciencias, ¿son la misma y una?
      Si una repetición de mí ya existe, ¿para qué ser? ¿Qué distingue el ser nosotros de ser otro o no ser nada?
Nada trasciende en las repeticiones y creo que sólo lo único, lo inédito, e irremplazable tiene derecho a ser. Ninguna de esas cosas era yo y lo podía evidenciar al sentir al Emisario y al recordar que había más humanidad consciente por ahí.
     Felizmente, lo común era la soledad, como ya he dicho. Felizmente nunca me había topado con otro ser humano, pero sé que el último planeta es vasto y que debe haber decenas de esos ecos míos deambulando en su perversa existencia por el mundo.
     Tal vez sea necesario explicar que las máquinas del Thecnetos fabrican  hombres muy “similares” en sus rasgos físicos y, por lo tanto, necesariamente en su carácter. Presumo que todos somos sólo variaciones de un mismo tema. Ignoro si eso significa el éxito del Thecnetos en su afán de construir una humanidad perfecta. En todo caso, esa repetición me avergüenza y es el motivo de mi aversión.
     Pero hay algo que no he anotado aún, algo sin explicación. Miré la carta y traté de leer sus instrucciones. De obedecerlas dependía como siempre mi subsistencia, urgía reparar el Mekhanes averiado. En fin, éste era su contenido misterioso:

M.,  He escrito para ti esto:
Tus ojos son severos,
Son una puerta entreabierta que nunca he cruzado
Por temor, quizás...
He dibujado en tantos
Papelitos tus ojos
Que ahora rodarán en distintos puntos de la ciudad.
Cuántas cosas aun no comprendo de ti.
Las completo de sueños,
De recuerdos,
De detalles necesarios a mi inconsciente
Y quizá, de mi poder de premonición.
Además, para encubrir aún más mi ignorancia,
Te he dado otro nombre.
He dado en pensar que eres un felino
Y por eso persistes
Violento e ingenuo,
Asesino y niño.
Pero me entristece saber cuán rápido pasa el tiempo.
Aún permaneciendo quieto veo al tiempo avanzar y esfumar esas formas con las que te recuerdo.
Temo que antes de conocerte
Nos desvanezcamos en recuerdos a la deriva.
Que se pierda este mundo en otros.
Y sólo quede ese cielo sin estrellas, la garúa y el frío.
Pero,
Tal vez el tiempo alcance
Y un día
Se tienda un puente entre los dos,
Hecho de algún material precario, como un aire o una esperanza.
Un camino hasta ti en el que tú también llegues a mí,
Y por fin pueda cruzar
Tu mirada sin respuestas.
Con emoción lejana, L.
                                                                            
Inmediatamente noté que en el itinerario del Emisario había habido un error: un terrible error. Sin más instrucciones para el mekhanes no sobreviviría. Estaba claro el Thecnetos buscaba ya mi muerte, o se desinteresaba de mi sobrevivencia, ¿pero por qué tan pronto? No era para mí esta carta y carecía de todo sentido. ¡No podía provenir del Thecnetos! Era la correspondencia de dos seres, acaso humanos. Pero no parecía natural que un ser humano escribiese tales cosas, ni que sintiesen eso. A menos que otro mundo y otra vida independientes del Thecnetos existiese, cosa imposible. Otra cosa rara: yo sabía leer su idioma, ¿cómo lo habría aprendido? Esa comunicación no era parte de la dialéctica infinita que el Thecnetos tiene con el mundo, sino palabras aparte de éste y acaso, ignoradas por éste. ¿Es que acaso había un mundo paralelo a la perfección del Thecnetos? ¿Acaso vivía y pululaba otra vida en la lejanía del último planeta? Un destello de esperanza se encendió por primera vez en mí al presentir el Transmundo (así lo llamaré). Una esperanza nacida en el mismo momento que terminaba mi vida.
     A pesar de mi simplicidad noté otra cosa más que ya no significaba sólo un error en la labor del Emisario sino uno en la estructura misma del universo. Noté que un error en el Emisario debía ser también un error del Thecnetos; éste necesariamente erró al instruir al Emisario o era impotente frente a la torpeza de aquél, pues ¿qué significaba sino  que el Thecnetos no pudiese impedir que el Emisario se equivocara? Esa imperfección era su imperfección y ésta podía ser la evidencia de que el Thecnetos, además de no ser eterno como yo ya llevaba tiempo sospechando, tampoco era perfecto. De vez en cuando deliraba. Una falta, en un precario detalle, era suficiente para que el Thecnetos no fuese infalible. Además —pensé con una árida  pena— si existiese el Thecnetos, si no fuera sólo un mito sostenido por mi confusión, debía ser omnipotente y la carta negaba que lo fuera. Acaso simplemente era un error pensar en el Thecnetos. Ese dios de materia y su ángelos de carne se desdibujaban grotescamente en mi mente preocupada. Debía olvidar pronto esa carta errada.
Pero no pude.
     Ahí mismo empezó algo turbador. En mi vida, hasta ese momento tranquila, algo empezó a fugar y a salir de mí, dejando un desolado espacio de ansiedad. Esa equivocada y ajena correspondencia era como una pluma de otro planeta que hubiese entrado por mi ventana; evidencia de un mundo que existía en paralelo al mío y que hasta entonces había sido invisible, lo llamé transmundo. Un planeta que no debía existir flotaba también en el Ouranos. O acaso ese planeta flotaba en mí. Pronto ya estaba deseando llegar a él. Pero me separaba del transmundo, un infinito de vacío y de silencio.
     Pero un infinito de nada, es nada. Así que el transmundo podría teóricamente ser alcanzado, ¡antes de que mis pobres carnes dejaran de respirar, yo lo encontraría! Desde mi nacimiento había atendido solamente a mi voz interior. De los "otros" sabía que eran iguales a mí, pero sólo teóricamente; nunca había visto a nadie, ni era probable que los viese jamás. Y era un alivio que no los viese jamás.
Pero esta carta era un pedacito de los otros. Mi primer y quizás único contacto con esa exótica y asombrosa forma de vida: la vida humana. Y no parecía semejante a la mía. Parecía inofensiva a pesar de la inicial turbación que me causó ¡Cuanto me equivocaba!

     Hasta ahora el planeta era figuradamente mío y la vastedad de mi ignorancia era el amplio desierto donde recorría mi vida. Pero siempre, en un recodo de mi alma tranquila,  guardaba la curiosidad por saber de los otros. Una curiosidad escondida bajo toneladas de temor y asco, que ahora emergía tímidamente, pero también irreversiblemente.

Sólo llegar al transmundo, a M y a L  importaba ahora. Por primera vez sentí que debía vivir.  


[1] El erastés (griego ἐραστής,) es el amante del erómenos, conformando una pareja de  eromenois.

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