En otro lugar del espacio-tiempo…
La negra noche descendió un día del Aether (**) sobre el universo y lo tragó todo. Muriendo entre sus tinieblas el bello universo de luces. Quedó en su lugar otro, sórdido y a oscuras. Pero aunque murieron todas las estrellas, la vida no quiso morir y continuó su agotadora, aunque también infructuosa, lucha por persistir.
La vida, es ese meloso fenómeno, esa inclaudicable reacción en cadena, en la que un cierto tipo de proceso, crea máquinas químicas para viajar por el tiempo. Las moléculas germinales y nosotros, somos sus deleznables instrumentos, somos efímeros e imperfectos, pero suficientes a sus pobres fines. Por esta razón aún hay vida, por eso aún hay civilizaciones, batallando en unas titánicas luchas, por los escombros negros de lo que antes fueron galaxias.
Por eso en un insignificante punto del espacio-tiempo una de las colosales meta-corporaciones batalla por subsistir entre los despojos de mundos.
La humanidad, ha tiempo que pobló todo ese oscuro cosmos, hecho de despojos de planetas y sin una sola luz natural. En estos tiempos sólo hay hombres, luego de una vasta época de exterminios. Pero como todo ser vivo, estos hombres están obligados a reproducirse…solo eso los hace vida.
Así es la Babilonia futura, amorfa y diversa, que ha abandonado esa ya vieja humanidad, que hace milenios esta aburrida de haber conquistado y apoderándose de todo el universo, así son, las tristezas de su lucidez.
Esclavizados y encerrados, sus ciudadanos se entregan al único entretenimiento permitido por la meta-corporación: la vida virtual.
Dado el pánico de una cercana guerra, las calles para un fugitivo niño estaban solitarias, solo las recorrían ecos de miedo y de tristeza, el cielo era manchado de a ratos por multicolores explosiones de la batalla. Los pequeños ojos reflejan en su humedad los brillos de esa lejana hecatombe.
Todo niño tiene dos padres, excepto este, hijo, o mejor dicho huérfano de una melancólica humanidad y de un triste experimento, un punto minucioso que logra escapar y perderse sin ser visto en ese vértigo artificial que es ahora el mundo, que así mismo es un detalle microscópico, entre, lo que llamó alguna vez un poeta: Oscilantes galaxias de hórrida atrocidad.
Un melancólico técnico: Ahelios, de rasgos levemente andróginos, pasea también ensimismado por las regiones deshabitadas, de esa ciudad de metal. Interrumpe sus tristes reflexiones. Ve al extraviado niño por unas gigantescas escaleras del sector L, minutos después, dado que no hay más personas en las anchas calles, habla con él, preocupado de su abandono.
–¿De dónde has salido?- preguntó cálido.
–No lo sé- dijo el pequeño disimulando su terror.
–Pero ¿Quién eres o de quién?
–No lo sé, no recuerdo nada —dijo el niño mintiendo a la perfección.
Ahelios lo escaneó con un equipo portátil de identificación, el equipo debía estar averiado pues decía que tenía casi 670 años de edad, y luego de un ajuste no logró hallar ya su identidad. Era seguro que era un esclavo o prisionero de alguna meta-corporación derrotada. Debía entregarlo para su eliminación o aprovechamiento como combustible.
–¿Ves las luces? —dice Ahelios con ojos también infantiles dada su juventud.
Sí —dice el niño—, dos meta-corporaciones se están matando.
–En esas batallas se hacen pequeños universos, ¿Lo sabías? —pregunta Ahelios tratando de fascinar al niño.
Pero ve en la mirada indiferente y lúcida de este, que sí lo sabía, Ahelios no se sorprendió demasiado de las habilidades del pequeño, la educación hacia prodigios a todos los niños de esa remota humanidad, pero este era aún más notable.
–¿Cómo crees que lo hacen? —preguntó intranquilo de escuchar la respuesta:
–Se logra poniendo pequeñas regiones del espacio en raíz de menos uno. Fabricando “tiempo imaginario” (***).
–Sigue —dice Ahelios encantado y algo asustado.
–Primero el punto de singularidad hace tiempo que corre hacia atrás, en lugar de elevarse la entropía (medida física de desorden o caos), disminuye, así una escasa energía se acumula.
–Pero esto sólo era el primer paso —dice Ahelios preocupado por los detalles de la respuesta.
–Sí, después de poner el tiempo hacia atrás, se pone este en su raíz cuadrada (La raíz cuadrada hace perder dimensiones, por ejemplo convierte el área en una línea, o el cubo en plano), así que ese tiempo pierde una dimensión, pero, dado que es tiempo hacia atrás —especularmente— para el nuestro, lo gana. Se convierte en tiempo imaginario. De este modo la poca energía ganada se multiplica exponencialmente, al pasar esa energía a una dimensión mayor. Pero este estado es altamente inestable y termina en una terrible explosión de entropía (desorganización), un estallido termodinámico de caos reventado todo en una compleja inflación. Un efímero universo nace y muere en cada explosión.
Una racionalidad de ese nivel produjo en Ahelios un principio de naúsea y una pena muy grande por el niño, a ese extremo era un defecto en su mente. Una minusvalía.
Conmovido decide rescatarlo de ese caos.
Lo llamó L, por el sector de escaleras en las que lo encontró. A su lado L madurará y sobrevivirá entre el caos de esa humanidad decadente.
(*) Reproducción sin intervención de pareja. Origina clones que vienen a ser gemelos jóvenes, más que hijos.
(**) Aether del latín aethēr y a su vez del griego αἰθήρ aithēr, substancia etérea; parte más alta del firmamento
(***) Un número imaginario es un número cuyo cuadrado es negativo.
martes 12 de abril de 2011
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