martes 12 de abril de 2011

cap 8 THAUMASIOS HEKANTOKEINOS (fragmentos)

En otro punto del espacio-tiempo…
L pensó melancólico en lo caprichosa que era la realidad, el universo podría haber sido simple, por ejemplo hecho solo de unas partículas flotando en el espacio y así siempre, pero en cambio surgió la vida, su torvo sinsentido y sus casi infinitos detalles. Todas las expresiones de la vida, eran para L además de recargadas, absurdas y sin sentido. Y acaso lo más preocupante de la vida orgánica era que él mismo estaba atrapado dentro de ella. Él era un instrumento de esos genes, pero los defraudaría y además sabía que ellos no eran los verdaderos protagonistas de la vida, sino instrumentos de algo más profundo, pues los genes desaparecen y cambian, ¿acaso la evolución no es el cambio de los genes? ¿Qué clase de protagonista sale de escena ni bien entra? Los genes son instrumentos de un fin distinto a ellos, estos se pierden, lo otro queda. Pero también a estos vencería…o al menos eso planeaba joven y núbil L.

Sólo lo más central de su yo era libre: su trans-biológica voluntad. Despreocupado del mundo, dejaba de atender a las formas y los colores que acaso lo distraían del verdadero ser del mundo. Le daba igual si este caprichoso y redundante universo acabase mañana.

...En el centro, un hombre grande y lento avanzaba con las dificultades de un anciano. Era uno de los Thaumasios Hekantokeinos (**), los sabios oscuros de la meta-corporación y su nombre era Herakón. Era viejo pero fuerte y avanzaba penosamente hacia quién sabe dónde, por aquel hormigante edificio. Los asistentes hacían mucho ruido hablándose a gritos y L miró reverente y fascinado a ese hombre raro, de esa casta de centenarios carísimos para la meta-corporación. Herakón se detenía cansado de trecho en trecho, su traje estaba abrumado de artefactos y cableado. Sus ojos y oídos, se veían sellados por negros instrumentos relucientes, pero las vacías cuencas de sus ojos estaban colmadas de cables, que llegaban a su poderoso cerebro.
Entre el caos que lo rodea, bajo las artefactos que lo aprisionan, el oscuro Thaumasios exhalo un cansado suspiro.

...Al llegar de madrugada se les podía ver a esos Thaumasios recostados en desorden por todo el edificio recibiendo mensajes por sus cableados, meditando las largas respuestas, ciegos y casi inmovilizados por esos artefactos que invadían sus ropas y sus cuerpos.
Cuando alguno se levantaba y movía por el edificio, sus movimientos eran torpes y lentos, por la vejez y por la ceguera. Su actividad era meramente intelectual, pero sin descanso y esto los mantenía en una desconexión que los hacía parecerse a los enajenados. A veces también descansaban, pero no se descubrían los ojos o los oídos; ¿qué sentían, en esos pocos minutos que se detenía su labor, en esos períodos en que no había programada ninguna actividad o comunicación? —Se preguntaba el inmaduro y anónimo L.
Faltos de una vida como la de los demás, sin descendencia, casi sin pasado ni porvenir, con los ojos y el resto de sentidos colados de artefactos, los Thaumasios solo tenían el vacío de sí mismos. Sus conciencias vacías de contenido, simplemente vivían el pasar del tiempo.

...Los Thaumasios, eran mártires de una época difícil y si no sacrificaran así sus vidas, se derrumbaría la precaria estabilidad que mantenía a la meta-corporación con vida. Se decía que estos ancianos construyeron esa inteligencia que ahora los esclavizaba. Pero no es por la fuerza o la extorsión que esa inteligencia conseguía su trabajo devoto y su entrega absoluta. Como cualquiera, ellos podrían escapar, pero en cambio su labor continuaría hasta que la muerte los alcance en sus incómodos trajes.
Solo aquellos que construyeron la meta-corporación y que conocían más de cerca los vínculos de gobierno, sabían algo acerca de sus motivos irrenunciables.
Pero este Thaumasios era aún más singular que los demás, ningún ser humano había nacido antes con la capacidad cognitiva de Herakón, su mente era toda una descomunal razón, vacía de emociones, no era como la inteligencia usual de los técnicos y científicos, que se entregaban a la razón por el placer de razonar, por el deleite intelectual.

En Herakón la razón ocurría por la misma razón, no por el placer de pensar. La suya era una inteligencia en estado puro y ésta no estaba al servicio de nada más que de sí misma. Los demás usaban la razón como medio y no como fin. Pero para el Thaumasios Herakón, la razón no podía subordinarse a nada que le fuera inferior. L admiraba y compartía, desde su humildad, las convicciones del viejo Thaumasios.