En lo profundo flota —como siempre lo ha hecho— la eterna mente del Thecnetos. Ésta piensa, de tiempo en tiempo, en una molécula germinal particular y sus órganos mecánicos la hacen. Después, con esta molécula germinal se hace una persona. Así, el Thecnetos va haciendo hombres al azar, de centuria en centuria.
Un día el Thecnetos soñó mi molécula germinal. Ésta siempre tiene unas 25,000 partes (genes) y numerosas versiones de cada una de esas partes (alelos). Al azar escogió los elementos de esa complicada molécula, crea una particular combinación de entre trillones posibles, construyendo un armonioso objeto teórico hecho de miles de elementos, perfectamente comunicados y equilibrados entre sí. De inmediato sus millares de manos empezaron a componerla usando los átomos del polvo. La anti-entropía (*) para esta tarea, se tomó de la poquísima energía potencial aún disponible. Así que mi nacimiento aumentó el casi total desorden. Poniendo, en este proceso, al universo un paso más cerca al caos absoluto. Ese caos absoluto donde por fin, el tiempo se detendrá.
Así mi molécula germinal fue construida, con su precisa estructura, átomo a átomo en el oscuro avernus. Luego en medio de microscópicos artefactos aquella molécula empezó a rodearse de otras moléculas. Esas nano-industrias, miles de veces más complejas que la célula que hacían (en medio de tejidos artificiales y rodeados de sondas), construyeron mi microscópico embrión, que fue germinando y creciendo, rodeado de móviles miniaturas tecnológicas. Mucho después yo ya estaba listo físicamente para sobrevivir, aunque inconsciente y un mensaje se envió al Emisario para que me ayudara a emerger a la superficie. Ahora sé que ese mensaje llegó también a otra región del Thecnetos subterráneo, al Guardián-Herakhón que aguardaba en la eternidad, que al identificar la estructura determinada de mi molécula germinal, despertó un pensamiento nocivo y helado.
Así, a través de la densidad del córtex subterráneo, viajaron a mi encuentro, el Emisario y la otra cosa pululante.
Yo inconsciente y pequeño aún, respiraba entre las máquinas, sin notar que el ente mortal había llegado antes y acomodaba su compleja estructura en mis cercanías, preparaba así su rutinario y letal procedimiento. Uno de sus múltiples apéndices se acomodaba ya en uno de mis parietales y nueve cánulas empezaron a entrar cruelmente bajo mi piel. Así que la primera cosa que sintió mi consciencia, ese primer segundo de vida, fue ese punzón metálico y doloroso, provocándome con esa primera sensación, dejar la nada y empezar el vivir. Empecé a ser consciente de que era consciente y del paso del tiempo. Justo en ese momento apareció por primera vez el ambiguo Emisario, disputó e intercambió órdenes con el Guardian-Herakhón, esa fría inteligencia que pululó siempre en las entrañas del Thecnetos y cuyo único empeño es matar la vida. Después de una abstracta lucha, cedió el Guardián-Herakhón. Debía esperar un poco más para acabarme. Pero ya había esperado millones de años y no cejaría en su misión. Y al final vencería.
Finalmente, inconsciente de lo que pasaba, fui llevado a la superficie del último planeta por el Emisario. En la superficie completamente a solas, empecé a pensar y a vivir. No volvería a tomar contacto directo con ese Emisario ni con nadie más.
Así del fondo del planeta me sacó un día el Emisario y a él me regresará el día de mi muerte, allí devolveré al Thecnetos mi sensación de que el tiempo pasa.
(*)Según las leyes de la termodinámica el desorden o entropía aumenta en el universo, los seres vivos son ordenados por lo que requieren gastar energía o anti-entropía, para revertir el desorden general.
viernes 3 de diciembre de 2010
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